domingo, 9 de mayo de 2010



Breve reseña biográfica de San Pacomio
en el día de su memoria, 9 de Mayo

San Pacomio nació en Egipto, en Esne, en la Alta Tebaida (292- 346). Hijo de padres paganos, durante su servicio militar en el ejército romano, se convirtió al cristianismo y experimentó la llamada al desierto. Recién enrolado, conoció a unos cristianos que se dedicaban a ayudar y consolar a los reclutados contra su voluntad. Impulsado por este testimonio de caridad, se convirtió al cristianismo y prometió dedicarse a ayudar a los demás si lograba librarse del ejército. Poco después fue liberado.
Pacomio se hizo bautizar a los 23 años en Shenesit o Chenoboskion, actual Kar-es-Sayad. Durante los tres años siguientes, vivió un estilo de vida semi- eremítico, como laico, sirviendo a una comunidad.
A los 26 años, fue a golpear a la celda del ermitaño Palamón, con quien entabló este diálogo:
-“¿Qué quieres?”
-“Por favor, haz de mí un monje”.
-“Tú no puedes ser monje. El servicio de Dios no es cosa fácil. Muchos vinieron y no lo soportaron...
Mi ascesis es ruda. En verano, ayuno todos los días; en invierno, sólo como cada tres. Y por la gracia de Dios, no como más que pan y sal. Paso velando, como me lo enseñaron, la mitad de la noche, orando y meditando la Palabra de Dios; a veces, incluso toda la noche...”

-“Confío en que, con la ayuda de Dios y tus oraciones, soportaré todo lo que has dicho”, le respondió Pacomio.
Palamón, convencido de la vocación de Pacomio, lo recibió y durante siete años lo formó como su discípulo, practicando la ascesis anacorética.
Un día, en que Pacomio andaba por el desierto, dio con una aldea abandonada, Tabennesis, y mientras rezaba allí, escuchó una voz:
-“Pacomio, Pacomio, lucha, instálate aquí y construye una morada porque una muchedumbre de hombres vendrán a ti, se harán monjes a tu lado y hallarán la salvación para sus almas”.
Al volver se lo contó a su padre espiritual, quien discernió que aquella era la voz de Dios y le ayudó a construir una celda en ese lugar. Entonces Pacomio llevó una vida eremítica hasta que empezó a llegar la “muchedumbre” anunciada por la Voz, comenzando por su propio hermano mayor, Juan.
Se cuenta que un día, mientras Pacomio trabajaba, se le apareció un ángel que le dijo: “La voluntad de Dios es que te pongas al servicio de los hombres para reconciliarlos con Él”.

Hacia el año 320, fundó el primer cenobio o koinonía en Tabennesis. A éste le siguieron otros ocho, dos de ellos femeninos.
Estas comunidades se basaban en una perfecta organización de la vida comunitaria. San Pacomio supo hacer compatible el espíritu eremítico y las exigencias de una vida en común organizada.
Cada koinonía constaba de una serie de «casas» dispersas en un amplio recinto cerrado por un tapial. En cada una de estas casas, unos veinte monjes vivían con gran independencia, pues cada uno tenía su propia celda individual o para dos personas. Incluso, aunque existían una serie de servicios comunes (cocina, comedor, despensa, biblioteca, etc.), cada monje gozaba de una amplia libertad para asistir a los servicios comunes, rezos, comida, trabajo...
Cada casa tenía un responsable, prepósito o prefecto, y cada tres o cuatro casas se constituía una tribu. Al frente de toda la Comunidad se hallaba un superior ayudado por un «segundo» y un ecónomo responsable de toda la administración económica. A su vez, cada una de las koinonías vivía en dependencia de un superior general, el propio San Pacomio que, a su vez, era ayudado por un ecónomo general.
La organización del trabajo en la comunidad se reglamentaba de manera estricta, pues cada casa estaba especializada en un servicio determinado: una era la responsable de preparar las mesas de los demás, otra de los enfermos, otra de los huéspedes, etc. En cada comunidad aparecen los «semaneros» o «hebdomadarios», cada uno de los cuales era responsable de un servicio general durante una semana.
Cada koinonía se configuraba como una aldea e incluso algunas fuentes las denominan «pueblo», formada por familias agrupadas en casas. El recinto que las rodeaba era un verdadero «témenos» que marcaba esta condición de separación y apartamiento y resalta su condición de lugar sagrado, separado del mundo. Se trataba de verdaderas «repúblicas» independientes plasmadas sobre el modelo de organización de las aldeas egipcias y de la estructura administrativa romana.
La base económica de la koinonía era la tierra, a cuyo trabajo se entregaban los propios monjes. Con el tiempo, los monasterios se convertirían en grandes propietarios de tierras y en unidades económicas independientes. Como actividades y fuentes de ingresos complementarios, trabajaban también en la artesanía, fabricando todo tipo de productos. Las casas agrupaban a los miembros que ejercían un mismo oficio: tejedores, estereros, carpinteros, zapateros, bataneros, sastres, etc. El ecónomo general era el responsable de la administración de todos los fondos y de la comercialización de sus productos que no sólo alcanzaba a las aldeas y ciudades próximas, sino que llegaba incluso a Alejandría.
Los monasterios estaban integrados por gente de las ciudades y aldeas próximas en las que abundaban los desheredados, desarraigados, fugitivos...
Pacomio intentó desarrollar una labor de formación cultural y de alfabetización. El mejor exponente de este afán fue la creación de una biblioteca en cada koinonía y la insistencia en las Reglas de que todos los analfabetos aprendieran a leer. El objetivo, naturalmente, era que todos tuvieran acceso a las Escrituras. La lengua predominante era el copto, que era la del propio San Pacomio, lo que contribuyó enormemente a afirmar en el interior de Egipto la lengua, cultura y tradiciones coptas muy alejadas de las imperantes en Alejandría.
Pacomio tenía como meta formar una comunidad de almas y de bienes según la primitiva Iglesia de Jerusalén. Al decir de Paladio: “Poseyó en grado eminente el espíritu humanitario y de hospitalidad fraterna” (Historia Lausíaca c. 32). Su monaquismo era resueltamente cenobítico y no un noviciado en vistas al desierto. Sin embargo, parece excesivo atribuirle la fundación de la comunidad de vida desde sus orígenes, si bien fue su primer y gran legislador, al punto que su Regla, juntamente con las de san Basilio y san Agustín, serán las Reglas madres de todo el monaquismo posterior.
La koinonía pacomiana ha de ser entendida ante todo como una comunidad organizada, cuyo objetivo es hacer visible el misterio de la presencia de Cristo en medio de un grupo humano. Su centro son la Eucaristía y la meditación de la Sagrada Escritura. De estos dos elementos brotan todos los demás que la identifican con la comunidad apostólica primitiva: oraciones comunes, servicio comunitario, bienes en común, caridad, etc.


San Pacomio, nos llama a reflexionar.

Ciertamente el camino de la santidad no es fácil; la puerta del cielo es estrecha y la vida que proponen los santos es la del camino que conduce al cielo. “…La casa de Dios y la puerta del cielo, como dice Génesis 28, 17…” También es verdad que no son muchas las personas que optan por este camino, y menos en éstos tiempos tan controvertidos y secularizados que desean aniquilar la fe de la Iglesia. Pocas personas piensan en opciones como estas. Sería bueno escuchar el corazón y animarnos a no seguir a la mayoría indiferente, sino a esos pocos que confiados en el auxilio de Dios siguen la llamada de la puerta estrecha.
Elegir el género de vida más seguro y no el más cómodo, es la opción que proponen los santos. Nosotros, ¿en dónde nos encontramos parados?.

Equipo de redacción de “En el desierto”.

viernes, 7 de mayo de 2010

Monjes de la Santa Cruz


Quiénes somos
Siguiendo la voz del Espíritu, un grupo de Hermanos, abrazamos en el corazó
n de la Iglesia y del mundo, el camino del seguimiento del Señor, según el ejemplo de la comunidad apostólica y la tradición primitiva de la vida monástica en las “Lauras”[1] de los desiertos de Palestina y Egipto de los siglos IV y V, como camino cotidiano de oración y vida en común.

Qué ofrecemos
De acuerdo con la índole de nuestra vida, en nuestro Monasterio ofrecerán hospitalidad a los que deseen compartir el silencio y la oración con la comunidad, y a los necesitados de ayuda y consejo. Acogeremos a nuestros hermanos en la oración y para la oración.
En nuestro Monasterio tendremos una especial atención en acoger a los hermanos que sufren, los marginados y olvidados. Estar en el Monasterio tiene que generar una conciencia de solidaridad con el que sufre, tiene que cultivar en el monje una conciencia de solidaridad con el prójimo. Por esto el Monasterio es Iglesia que se hace prójimo.

Cómo vivimos
Dos son los Objetivos que nos mueven.
  • Primero: Lo hemos dejado todo para alcanzar a Aquel que nos ha alcanzado[2].
  • Segundo: vivimos día y noche teniendo ante los ojos a Jesucristo crucificado[3].

Nuestro Libro de Vida y Comunión hunde sus raíces en las Sagradas Escrituras y en los Santos Padres. Nosotros queremos seguir como modelo la forma de vivir de los Santos Padres antiguos, en el desierto de Egipto y Palestina.
Tenemos un Libro de Vida, que es la relectura de los Santos Padres antiguos, particularmente, de las Reglas de nuestro Padre San Pacomio y de la experiencia de nuestro Padre San Antonio, buscando el encuentro entre la vida solitaria y comunitaria.



“Bendito sea nuestro Dios en todo Tiempo,
ahora y siempre y por los siglos de los siglos”.
Amén



Carta a los Monjes de la Santa Cruz
con la que el Padre del Monasterio introduce el Libro de Vida.


Queridos Hermanos:


La gracia y la paz de Dios nuestro Padre, el amor del corazón crucificado de Cristo y la fuerza del Espíritu Santo estén con Ustedes.
Hermanos, nosotros lo hemos dejado todo para alcanzar a quien ya nos ha alcanzado y de esa manera hacer crecer en nuestras vidas la semilla del bautismo, dando gloria y alabanza a la Trinidad Santa. Seguimos el camino de los Santos Padres que transfiguraron el mundo y sus propias vidas con la oración. Para que esto se desarrolle según el designio de Dios necesitamos de una reglamentación que nos ayude a vivir dignamente nuestra vocación.
Yo, indigno siervo del Señor y Padre del Monasterio les presento este compendio de Regla de San Pacomio y Libro de Vida y Comunión que expresan, el proyecto de vida de los Monjes de la Santa Cruz. Los creo inspirados por el Espíritu Santo al tiempo que hunden sus raíces en la Palabra de Dios y en la sabiduría de quienes fueron padres de monjes y en la tradición de la Santa Iglesia de Dios, nuestra Madre.
Dios nuestro Padre nos ofrece estos escritos como camino y medio de santificación, en ellos se expresa y se define el llamado al desierto de la Cruz, en el silencio y la soledad con Dios, opción que parte del corazón libre de los que elegidos por Dios, cotidianamente le decimos que s
í.
El Libro de Vida y Comunión nos hablan del espíritu de nuestra opción que tiene como anticipo y sustento la tradición de los Santos Padres, y trata de expresar, el llamado que Dios nos hace a seguirlo por el desierto del monacato.
Hermanos amados, mientras escribo esto, que recojo como a los frutos de mi experiencia orante y contemplativa, no puedo evitar sentir mi indignidad, limite y pecado, al mismo tiempo me siento inundado por la presencia del Santo Espíritu que me impulsa a compartirles este don de Dios.
Los invito a reflexionar de manera orante estos escritos, en los que se nos trazan las huellas de nuestro camino monástico, como forma de vida en el seguimiento del Señor por la senda de los consejos evangélicos, para que sea en nosotros experiencia viva que genere vida y frutos de santidad para gloria de Dios y edificación de la Iglesia.
“Dios es amor” (Cf. 1Jn 4, 8) y el monasterio tiene que ser morada del Espíritu Santo en donde los monjes, cada uno de nosotros, siguiendo a Cristo Crucificado, anhelemos y nos esforcemos por ser discípulos de éste amor. No somos maestros, en el monasterio que es escuela donde se aprende a vivir de y para sólo Dios, el único modelo que se transforma en maestro es Cristo Jesús quien nos lleva a un conocimiento profundo de nosotros mismos como espacio de conversión. La espiritualidad que nos enseñan los Santos Padres es una espiritualidad de lo profundo, desde el interior del corazón de cada uno de nosotros. Nos indican que hemos de iniciar por nosotros mismos y por nuestras pasiones. El camino hacia Dios, según los Santos Padres, está basado en el propio conocimiento. Evagrio Pontico lo formula así: “¿Quieres conocer a Dios? aprende antes a conocerte a ti mismo”. Este camino es necesario para no crearnos “un dios” a nuestra medida.
Caminar hacia Dios es caminar hacia el amor que engendra amor y nosotros sabemos que esto es posible, y con María la Madre de Dios aprendemos esto en la escuela de la Cruz. Sí, somos una comunidad que ora al pie de la Cruz junto a María la Madre y orando aprendemos la disciplina del amor y adquirimos la certeza de que en medio de la lucha de nuestra vida no estamos solos y estamos colmados de gozo y alegría, ya que Cristo está con nosotros. Es nuestro Maestro quien soporta todo el peso de la cruz, a nosotros nos deja una mínima parte, es Él quien lleva nuestros dolores.
Como Monjes de la Santa Cruz, estamos llamados a entregarnos libremente y por amor a Dios. “Nosotros podemos amar porque Él nos amó primero” (Cf. 1Jn 4, 19).
Con nuestra vida escondida en oración, silencio y soledad buscamos con gran dedicación la pureza del corazón abandonándonos en las manos del Padre Celeste, para poder ser monjes según su corazón. Viviendo en fidelidad nuestra vocación clamamos: “Que venga tu reino…” (Cf. Mt 6, 10), para “que todos sean uno, como el Padre y Cristo lo son” (Cf. Jn 12, 21).
En medio de nuestro mundo perturbado, nosotros, como Monjes de la Santa Cruz, como solitarios que vivimos juntos a la manera de compañeros de camino, damos testimonio de la supremacía de Dios, que es el Único que puede satisfacer nuestro deseo de verdad y de amor. Por esto busquemos sólo a Él en fidelidad a sus mandamientos.
Nuestra vocación de soledad y separación del mundo, de oración incesante y de penitencia en unión con Cristo participa de la conversión del Cuerpo de Cristo es decir de la Iglesia. Es por esto que en su Espíritu y por su Espíritu nosotros entramos en el desierto del Monasterio de los Monjes de la Santa Cruz con todo nuestro ser, y será en su gracia que podremos vivir plenamente nuestra vocación.
Oremos para que nuestro Monasterio sea un lugar de paz, amor y felicidad, donde el Dios de la esperanza, como dice San Pablo, nos colme de alegría y paz en la fe. (Cf. Rom 15, 13)
Pueda la Madre de Dios y Madre nuestra María Santísima, orante al pie de la Cruz, contemplativa en el Calvario, Reina de los Monjes de la Santa Cruz, interceder siempre por nosotros.
En la paz del Cristo en Cruz los bendigo de corazón.


P. Juan Bautista de la Santa Cruz, MSC


“Cuando sea levantado de la tierra
atraeré a mí a todos los hombres” (Jn 12, 32)


“Lo he dejado todo para alcanzar
a Aquel que me ha alcanzado” (Fil. 3, 12)





Monje

“No tenemos aquí ciudad permanente, sino que vamos buscando la futura” (Hb. 13, 14)

1. Introducción: Un libro de vida y Comunión
Nuestro Santo Padre Pacomio, ha escrito una regla
[4] para “cenobitas”, es decir monjes que viven juntos en una comunidad, indicando que el espíritu que mueve esto es el de compañeros de camino, para nosotros esto ilumina el espíritu de las “Lauras”[5]. Desde esta perspectiva podemos definirnos como solitarios que caminamos juntos, buscando alcanzar la gracia de ser “hombres de Dios” (anthopoi tou Theou) [6], es decir de alcanzar la divinización por la gracia y la misericordia del Altísimo.
Ciertamente Pacomio, no regula la vida de una comunidad mixta, es decir que contempla la vida de soledad eremítica y la vida de comunión fraterna. Sabemos que la RP, no es solamente un conjunto de prescripciones para la vida cotidiana de la koinonía, sino que es sobre todo un compendio de rica doctrina espiritual, fruto de cuanto Pacomio ha vivido, en relación con la tradición y con las Sagradas Escrituras.
Dos son los Objetivos que nos mueven en nuestra búsqueda de seguimiento del Señor. Primero: Lo hemos dejado todo para alcanzar a Aquel que nos ha alcanzado
[7]. Segundo: vivimos día y noche teniendo ante los ojos a Jesucristo crucificado[8].
Nuestro libro de vida y comunión hunde sus raíces en las Sagradas Escrituras y en los Santos Padre. Las Sagradas Escrituras son norma común de todos los cristianos, sea cual fuere la forma de vida que hayan elegido, y nuestro principal alimento y pedagogo.
Nosotros queremos seguir como modelo la forma de vivir de los Santos Padres antiguos, en el desierto de Egipto, Palestina y en Escete. Si bien en estos lugares vivían ermitaños completamente solos y casi sin ningún contacto con otras personas, el mayor número de monjes vivía en un monasterio con una regla y un Padre.
No obstante, determinante no era vivir juntos, sino caminar juntos, desde acá el nombre de “compañeros de viaje”, que recibía la comunidad. De hecho tenían en común el “camino del monacato” con sus medios de ascesis y de vida espiritual; y común era también la obediencia a los “Santos Padres” que con la palabra y con las obras habían precedido a estos “compañeros de camino”.
“Comienza por liberarte de todas las ataduras externas y después podrás atar tu corazón y alma a Dios. Es necesario tomar distancia de la materia y del mundo para poder unirse a Dios”
[9]
Un libro de vida, el nuestro, es la relectura de los Santos Padres Antiguos, particularmente, como ya lo hemos dicho de las Regla de nuestro Padre San Pacomio y la experiencia de nuestro Padre San Antonio, buscando el encuentro entre la vida solitaria y comunitaria.
De la organización de la Koinonia Pacomiana, en su estilo de vida de trabajo y litúrgica, en su organización interna que se diferencia de la vida netamente solitaria como la de nuestro Padre San Antonio. Nos iluminan la jerarquía de los trabajos, de las oraciones y de la relación de los monjes entre si y con el Padre del Monasterio. De las Reglas Pacomianas sacamos la fuerza espiritual que nos introduce y une a una tradición y en ella a la Iglesia.
Como hemos indicado, seguimos a los Santos Padres de las “Lauras”, tratando de reproducir una vida de Kellíon, encontrándonos en algunos momentos del día para orar y o trabajar juntos y el resto en la soledad de la ermita, del Kellión.
Nuestros Estatutos y este Libro de Vida y Comunión, no tienen la pretensión de fijar todo de una vez para siempre, pero quieren que la vida de los Santos Padres en toda su seriedad sea cercana, asequible, y al alcance del hombre de hoy.
Será la ocupación del Padre del Monasterio, como representante de toda la tradición, quien trasmitirá esta riqueza a sus hermanos. Para esto el mismo tiene que caminar por las pisadas de los Santos Padres, y con su vida ejemplar será una regla viviente. No podrá nunca pedir lo que no viva.
2. Monje: ¿Quién es monjes?
Es quien vive en un monasterio, nutriéndose del silencio y de la soledad, como espacios de encuentro: “El silencio es el misterio del siglo fututo”
[10]
Es aquel que noche y día está unido en diálogo con Dios y piensa sólo a las cosas de Dios.
Para San Macario el grande, monje es aquél que está orientado únicamente a las cosas de Dios, por lo cual está unificado interiormente y es llamado amigo de Dios.
Nosotros que vivimos esta tensión de soledad – comunión sabemos que estos dos aspectos de nuestra vida tienen en común buscar siempre la Voluntad de Dios. Común es la meta que hemos de alcanzar como común es igualmente la dificultad del camino a recorrer.
“Es bueno que el hombre sea dócil desde su juventud, que esté solo y silencioso”
[11].
En nuestros monasterios de la Santa Cruz intentamos llevar una “vida intermedia, mixta”, solitarios que vivimos juntos, cada uno en su Kellión.
De los Cenobitas asumimos el binomio Regla – Padre, en un número pequeños de hermanos, siete es el número ideal, a estos hermanos nosotros los llamamos monjes. Para esto nuestro Padre y modelo es San Pacomio.
De los Ermitaños, tomamos el Kellión, que será nuestro monasterio y el camino retirado del desierto, entendido como un lugar de soledad pero no de aislamiento total.
La soledad está destinada a custodiar el silencio y la paz. “La paz perfecta del silencio es madre de oración y espera”
[12], nuevamente Isaac el Sirio nos dice: “La boca del silencioso puede hablar de Dios, pero el que mucho habla se aleja de su creador”[13].
En nuestros monasterios – Kellión, vivirán una pequeña comunidad de “compañeros de viaje”, compuesta por no más de siete hermanos – monjes, pudiendo llegar a doce en vista a una fundación. Estos hermanos estarán animados por el mismo espíritu, siguiendo la misma Regla, que es la R. P., que viene completada con los Estatutos y éste Libro de Vida y Comunión. Todo esto bajo la guía de un Padre que nosotros llamamos Padre del Monasterio.
Cada monje vive en su Kellión, que le haces las veces de monasterio, en donde sirve a Dios con la oración y el trabajo. La presencia silenciosa de los hermanos, nos serán de gran ayuda y consuelo, y las necesidades de la comunidad nos darán la ocasión oportuna para servir a Dios en los hermanos. La soledad del monasterio y la pobreza comunitaria permitirá al Monje vivir en la simplicidad evangélica, confiando totalmente en la divina providencia.

Gracias por escucharnos, seguiremos compartiéndoles nuestra vida.

Los Monjes.

Notas:
[1] Lauras: colonia de solitarios, ermitaños, según la antigua terminología del desierto de Palestina y Egipto del siglo IV y V. Este término viene del griego y significa camino, estos caminos unían las celdas de los solitarios entre sí, alrededor de una iglesia y de los lugares y edificios comunes para la vida comunitaria.
[2] Cfr. Fil 3, 12.
[3] Cfr. Gal 8, 1.
[4] Regla de San Pacomio (RP).
[5] “Lauras” igual a camino. Ver articulo 1 del primer capitulo de los estatutos de los Monjes de la Santa Cruz.
[6] Es el apelativo que Atanasio da a su héroe Antonio. Para la teología de Atanasio la perfección Cristiana consiste en la divinización del hombre, según su célebre fórmula: “el Verbo de Dios se hizo hombre, para que aprendas de un pobre cómo el hombre puede hacerse Dios”. Cfr. Contra Arianos 3,19, PG 26, 361c.
[7] Cfr. Fil 3, 12.
[8] Cfr. Gal 8, 1.
[9] Cfr. Isaac el Sirio, sermón 4.
[10] Cfr. Isaac el Sirio epístola 3.
[11] Cfr. Lam 3, 27b – 28ª.
[12] Cfr. San Juan Clímaco, “Escala paraíso” 11, 3
[13] Cfr. Sermón 43, 1.

jueves, 6 de mayo de 2010

GABRIEL BUNGE

Eremitorio Santa Croce

Vasijas de Barro

La práctica de la oración personal
según la tradición de los santos Padres


Traducción de
Pedro Max Alexander

“¡No te conformes con ponderar complacido
las hazañas de los
Padres,
exígete el imitarlas
con tu propia vida!”
(Evagrio Póntico)
Introducción: “¡Señor, enséñanos a rezar!” (Lc 11,1)
Hoy por hoy es cosa harto frecuente escuchar en los círculos eclesiásticos lamentos acerca de que ‘la fe se evapora’. A pesar de ingentes esfuerzos pastorales actualmente puestos en juego, y jamás antes igualados, pareciera que la fe de muchos cristianos se ‘enfría’[1], o, expresado coloquialmente, ‘se evapora’. Por eso se habla de una gran crisis de fe, tanto en el clero como entre el laicado.

A esta tan lamentada disminución de la fe, especialmente en Europa Occidental, se contrapone un hecho que a primera vista parecerá paradójico: que simultáneamente este mismo ámbito geográfico es inundado por una inmensa catarata de libros sobre temas teológicos y sobre todo de espiritualidad, publicados año tras año. Ciertamente muchos de ellos son mero tributo a la moda y están concebidos según los caprichosos gustos del mercado, - ¡moscas que mueren en el día! -. Sin embargo también se publican ediciones críticas de innumerables clásicos de la literatura espiritual y se los traduce a todas las lenguas europeas. De este modo nos encontramos ante el hecho de que el lector moderno dispone de una riqueza tal de escritos sobre espiritualidad con la cual el hombre de la antigüedad ni hubiera atrevido a soñar.
Esta sobre abundancia podría ser tomada como un signo de hallarnos ante un florecimiento de vida espiritual jamás antes igualado - ¡sería así de no toparnos con la mencionada ‘evaporación de la fe’! Dicha catarata de libros debe ser entonces juzgada más bien como signo de una inquietud que por algún motivo no logra ser satisfecha. Fuera de duda que muchos leen dichos escritos, y hasta admiran la sabiduría de los Padres - pero nada cambia en su vida personal. Por alguna razón se ha perdido la llave que da acceso a dichos tesoros de la tradición. La ciencia habla aquí de una ‘quiebre o ruptura de la tradición’, dando como resultado un abismo infranqueable entre el presente y el pasado.

Muchos resienten el problema, aunque no sepan darle un nombre. Un sentimiento de intranquilidad hace presa de círculos cada vez más amplios. Se buscan entonces caminos de salida a esta crisis de fe. Muchos creen hallarlos en una apertura a un ecumenismo tan, tan amplio, que abarque hasta las religiones no cristianas. La oferta de ‘maestros’ de las más diversas escuelas les facilita de manera inaudita este paso más allá de las fronteras de la propia religión. Una variedad inmensa de literatura, que va desde lo ‘espiritual’ hasta lo ‘esotérico’, le es, de esta forma, servida al buscador hambriento. Y muchos opinan que al fin encuentran allí lo que en vano buscaron en el cristianismo, o lo que, - ¡así opinan! , jamás existió en él.

No se piense que nuestro propósito sea salir a hacer la guerra contra dicho tipo de ‘ecumenismo’. Únicamente al final formularemos algunas preguntas y esbozaremos la respuesta que los Padres les habrían dado. La finalidad de este libro es la de proporcionar una respuesta genuinamente cristiana a la búsqueda espiritual de muchos creyentes. Se trata de una respuesta ‘práctica’: es decir la de señalar un ‘camino’, - que enraizado en la Escritura y en la Tradición primitiva -, le permita al cristiano ‘practicar’ su fe de manera congruente a los contenidos de la fe.

La perplejidad suscitada por el interrogante del ‘por qué’ “se evapora” la fe de tantos creyentes a pesar de todos los esfuerzos por reavivarla tiene una respuesta muy simple, que tal vez no contenga toda la verdad sobre las causas de la crisis, pero que en cambio tiene la ventaja de indicar una salida: la fe “se evapora” cuando ya no es practicada de un modo adecuado a su esencia. Por “práctica” no entendemos aquí las innumerables formas de “compromiso social” que desde siempre son expresión naturalísima del amor (ágape) cristiano. Por más indispensable que sea esta ‘actividad exterior’ corre el riesgo de convertirse en mera exteriorización de un activismo huidizo y de ser por tanto expresión de una forma sutil de acedia[2] al no ser ya fruto de una ‘actividad interna’.
La ‘actividad interna’ por antonomasia es la oración, en la plenitud de sentido que esta palabra condensa en sí, de acuerdo a la Escritura y a la Tradición. “Dime cómo rezas y te diré qué crees” podría decirse adaptando un dicho harto conocido. En la oración y en su práctica se ponen de manifiesto cómo se relaciona el creyente con Dios y con el prójimo.

Por eso, exagerando podría afirmarse: Únicamente en la oración es el cristiano auténticamente él mismo.

Cristo mismo es la mejor prueba de ello. Su relación única con Dios a quien llama ‘mi Padre’, ¿acaso no se nos revela, - sea en la que nos permiten intuir los Sinópticos o en la que Juan nos muestra con toda claridad -, justamente en su oración? Al menos así lo entendieron los discípulos, y cuando le rogaron “¡Señor, enséñanos a rezar!” Jesús les consignó el padrenuestro. Aun antes de que existiera un ‘credo’ como ‘suma’ de la fe cristiana este sencillo texto resumía la esencia del cristianismo bajo forma de oración. Esencia justamente consistente en la nueva relación entre Dios y el hombre creada por el Hijo unigénito de Dios en su propia persona al encarnarse. Ciertamente que esto no es casual.

Según la enseñanza bíblica el hombre fue creado[3] ‘a imagen de Dios’, es decir, según la profunda interpretación de los Padres, ‘a imagen de la Imagen de Dios’ (Orígenes), del Hijo por tanto, quien es el único que en sentido absoluto es ‘Imagen de Dios’[4]. El hombre está, sin embargo, predestinado a ser ‘imagen y semejanza de Dios[5], y por lo tanto sujeto a un dinamismo que partiendo de su ser ‘a imagen de Dios’ lo lleve a la ‘semejanza’ escatológica con el Hijo[6].

De la creación ‘a imagen de Dios’ se sigue que corresponde a la esencia más íntima del hombre el estar relacionado o referido a Dios (Agustín), de modo análogo a la relación existente entre una imagen original y su copia. Pero dicha relación no es estática como la que existe entre un sello y su impronta , sino viva, dinámica, que sólo al ir haciéndose llega a serlo totalmente.

Esto en concreto significa que el hombre posee, - en analogía a su Creador -, un rostro. Al igual que Dios, - quien es el único en ser Persona en sentido absoluto y es también el único capaz de crear un ser personal -, posee justamente un ‘rostro’ : el de su Hijo unigénito. Es por esta razón que los Padres usan sencillamente como equivalentes las expresiones bíblicas “imagen de Dios” y “rostro de Dios”. El hombre, como criatura personal que es, tiene igualmente rostro.

El “rostro” es aquel ‘costado’, o ‘lado’, de la persona con el que se ‘vuelve hacia’ otra persona cuando entra en relación personal con ella. “Rostro” significa justamente “volverse hacia”. Únicamente una persona puede tener, en sentido propio, un “en - frente”, al que ‘volverse’ y del cual ‘apartarse’. Ser persona, - y esto es siempre en el hombre un dinamismo que lo va llevando a ser persona -, es algo que se realiza en un enfrentarse “cara a cara”. Por eso mismo es que Pablo contrapone nuestro manera actual de conocer indirectamente a Dios, “como por medio de un espejo y en enigma”, a la felicidad del conocimiento total y escatológico “cara a cara”, cuando el hombre “conocerá tal como es conocido”[7].
Lo afirmado del ser espiritual del hombre, encuentra igualmente expresión en su ser corporal. Es en el rostro físico que se refleja su ser espiritual. Dirigir o apartar conscientemente el rostro de alguien no es un hecho indiferente, como todos lo sabemos por diaria experiencia, sino un gesto con un profundo significado simbólico. Pues indica si admitimos entrar en relación personal con alguien, o nos negamos a ello.

La expresión más genuina de ese ‘estar - remitido’ a Dios la realiza el hombre aquí en la tierra, mediante la oración, en la que la criatura se ‘vuelve hacia’ su Creador; sobre todo, cuando el orante “busca el rostro de Dios”[8] y ruega al Señor que “haga brillar su rostro sobre él”[9]. En esta y otras expresiones similares de los salmos, que no son simples metáforas poéticas, , se expresa la experiencia fundamental del hombre bíblico para quien Dios no es un principio abstracto e impersonal, sino Persona en sentido absoluto. Un Dios que ‘se dirige’ y ‘vuelve’ al hombre, llamándolo hacia sí y deseando que igualmente el hombre ‘se vuelva’ hacia él. Esto se hace en su forma más pura en la oración, en la que se expone en cuerpo y alma ante Dios.

Llegamos así nuevamente al tema específico de este libro: la “práctica” de la oración. Pues “dejar que el Señor nos enseñe a rezar”, orar como lo hacían el hombre bíblico y nuestros Padres en la fe, no sólo significa apropiarse ciertos textos, sino también todos aquellos gestos, formas, maneras y demás cosas en los que dicha oración encuentra la expresión adecuada. En todo caso esta es la opinión de los mismos Padres, para los que no se trataba simplemente de exterioridades circunstanciales. Por el contrario ellos les dedicaban toda su atención y Orígenes, al final de su escrito “Sobre la oración” las resume de la siguiente manera:

No me parece (después de lo arriba dicho) esté fuera de lugar, - y con el fin de agotar todo lo referente a la temática sobre la oración -, hablar con mayor detención en esta introducción no sólo de la disposición interior sino (también) del porte exterior que debe guardar el orante, como también del lugar en el que hacer oración, sobre la orientación (según los puntos cardinales) que siempre hay que adoptar como así mismo del tiempo apto y privilegiado para orar y de otras cosas análogas[10].

Orígenes, demuestra acto seguido, sirviéndose para ello de citas bíblicas que estas cuestiones (externas) para nada son secundarias, sino que nos vienen prescritas por la Escritura misma. También nosotros nos dejaremos guiar por estas prescripciones. Nos concentraremos voluntariamente en la oración personal, ya que constituye el cimiento seguro no sólo de la vida espiritual, sino también de la oración litúrgica comunitaria.

Nadie lo sabe mejor que los Padres: si se quiere entender la Escritura correctamente, jamás debe ser desgajada de su contexto. Dicho contexto es para los cristianos la Iglesia de cuya vida y fe dan testimonio tanto la tradición apostólica como la patrística. Como consecuencia de esas rupturas en la tradición, que se dieron en la historia de la Iglesia de Occidente, este tesoro es hoy prácticamente inaccesible para muchos. Y esto, a pesar de que hoy disponemos de una abundancia jamás igualada de valiosas ediciones y traducciones de textos patrísticos. La finalidad de este libro es la de depositar en la mano de los cristianos de nuestro tiempo la llave que les de acceso a dicho tesoro.

Esa misma llave , la “práctica”, también abre las puertas hacia otros tesoros, como la liturgia, el arte y también, -¡y no en último lugar!-, a la teología en el sentido original y primero de esta palabra como un “hablar de Dios” no basados en estudios científicos sino como fruto de una íntima y profunda familiaridad

Corazón del Señor: Conocimiento de Dios.
El que repose en él, será teólogo[11].

Aclaración: Los Padres utilizan siempre la antigua traducción griega del Antiguo Testamento (llamada ‘de los Setenta’, o, ‘Septuaginta’) es la que también nosotros utilizaremos, aun en lo referido a la numeración de los salmos.

Notas
[1] Ver Mt 24,12.
[2] Ver nuestro libro AKEDIA. Die geistliche Lehre des Evagrios Ponticos vom Überdruss, Würzburg, 4. Aufl. 1995. ( es decir: ACEDIA, la doctrina espiritual de Evagrio Póntico sobre la acedia).
[3] Gn 1,27.
[4] 2Co 4,4.
[5] Gn 1,26.
[6] 1Jn 3,2.
[7] 1Co 13,2.
[8] Sal 26.8.
[9] Sal 79,4.
[10] Orígenes, De Oratione 31,1.
[11] Evagrio, Ad Monachos 120.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Características y organización de los monasterios pacomianos femeninos:
Los monasterios parecían pueblitos, ya que las monjas vivían en celdas indepenedentes pero formando una sola aldea cada tres o cuatro conjuntos de celdas. Así la iglesia tenía diferentes edificios alrededor, agrupando a treinta o cuarenta monjas. Ellas tenían la costumbre de dormir en sillas bajas con la espalda muy inclinada, no en camas. En cambio el trabajo, las comidas y la oración, lo hacían en común. El silencio era riguroso, con el fin de mantener todo el día la oración del corazón repitiendo frases de la Escritura. Se levantaban a las dos de la madrugada, para empezar la oración. Las comidas consistían en pan, quesos, hortalizas, frutas y leche. Hacían dos comidas al día. Cada monja tenía destinada una letra del alfabeto para identificarse. La letra "yot" (la "y") la guardaban para las más humildes. Según las habilidades, se las destinaba a hilar, coser, hacer cestos o sandalias ... El trabajo se hacía dentro del cercado del monasterio. Las murallas no sólo salvaguardaban la soledad, sino los asaltos de bandas armadas, propios de los siglos V-IX.
La clausura es propia de los monasterios pacominanos, pero algunas veces salían para pasar días orando en la soledad del desierto. Sólo celebraban la Eucaristía los domingos, mientras que rezaban el Oficio por la mañana, mediodía y atardecer, y a media noche hacían la gran "sinaxi" de las vigílias. Recitaban los 150 salmos en un solo día.
A los monasterios pacomianos, debemos no sólo la vida cenobítica (en común), sino la institución de los ritos de la "vestición" “toma de hábito”. Los ascetas de los siglos II-III, hombres y mujeres, no se distinguían por su forma de vestir. El velo que hacia el año 200, el obispo imponía a las monjas, era el mismo que llevaban las mujeres. La única distinción era la pobreza del vestido. Decían los Padres que la vestimenta de un monje tenía que poder estar tres días delante de la puerta, sin que ningún pobre se lo llevara.
Dionísio Areopagita ya habla de tres momentos en la vida monástica femenina: La renuncia al mundo. El corte del pelo. Y la vestición, que consistía en cambiar sus vestidos, por unos de más viejos y ordinarios, propios de los que seguían la vida monástica.
Las monjas pacomianes llevaban una capucha (kukol) que escondía la cabeza rapada, una túnica (kalovi), y encima una capa (mafori). Las postulantes eran admitidas desde los 16 o 18 años. A los primeros tiempos la profesión era aceptada por los obispos. En esta época tan floreciente del monaquismo de Egipto (sIV), monjes y monjas tenían las mismas Reglas.
Hay autores como Rufíno de Aquileia o Paladio, que hablan de haber encontrado en Oxirinco a unas 20.000 monjas. Lo cierto es que, en el s. V, el monacato femenino egipcio se extendió mucho. Alejandría quedó rodeada de monasterios con miles de monjes y monjas, a veces venidos del extranjero, atraídos por la fama de la vida monástica.
Nitria tuvo unos 5.000 anacoretas de los dos sexos. Escete 3.000 monjes y monjas, y en las Celdas vivían uno 600 ermitaños y ermitañas. Algunos historiadores aseguran que en el s. V los monjes y monjas de Egipto llegaron a los 500.000. Es que el alma egipcia era muy inclinada a la meditación y a pensar en el más allá. Lo demuestran sus pirámides, y los embalsamamientos.
S. Cirilo de Alejandría fue el último escritor griego, de esta época. Después, la ruptura con la filosofía griega empobreció mucho el monaquismo copto, a pesar de que en nuestros días hay un cierto resurgimiento promovido por el Abbá Matta el Meskín.



Shenute y las Monjas pacomianas:
Hace falta tener en cuenta la obra de Shenute entre las monjas (hacia 334-434). Shenute tomó las riendas del monasterio de Atripe de unas mil monjas, de inspiración pacomiana, y lo hizo independiente. Él fue un monje enérgico, pero con poco tacto. Introdujo una promesa de obediencia, pero debida a él, no a Dios, con el fin de obligar a las monjas a permanecer bajo su dirección. Éste fue el primer paso hacia la Profesión Monástica en la historia del monaquismo. Hizo muy rigurosas las normas de la clausura y del silencio, igual que las otras observancias monásticas. Eso hizo que los monasterios de Shenute no prosperaran a lo largo de los siglos, a pesar de haber dado un fuerte impulso al monacato femenino.
Amma Isidora: Vivió al 365 entre las monjas pacomianas. Su fiesta es el día 1 de mayo. Su vida es muy particular. Deseosa de humillaciones fingió estar loca (el tema de los "locos de Cristo" es muy corriente entre el monaquismo antiguo), y sus hermanas se lo creyeron. Iba siempre descalza, con la cabeza tapada, y se alimentaba de las sobras de la comida que daban a las otras. Nunca tuvo un gesto de impaciencia, ni hirió a nadie, ni murmuró, a pesar de ser muy incomprendida y maltratada, incluso con golpes. Decían las monjas que "era como un cordero llevado continuament al matadero".Se dice que un día, mientras el venerable Pitero (un anacoreta que vivía en Porfiles cerca del Mar Rojo) estaba en oración, se le apareció un ángel que le dijo: ¿por qué tienes vanidad de tu virtud? Ve al monasterio de Tabennesis y verás a una mujer, con un trapo a la cabeza, que es más virtuosa que tú. Pitero fue al monasterio, y todas las monjas salieron para ver a aquel monje que tenía tanta fama de santidad. Al notar que faltaba ella, Pitero la pidió, pero las monjas dijeron que estaba loca, a pesar de eso, ante la insistencia de Pitero, la fueron a buscar.
La tuvieron que forzar mucho, porque ella se negaba. Al verla, el anciano le pidió la bendición. Entonces ella se arrodilló para que fuera él quien la bendijera. Las monjas le avisaron que estaba loca, pero él les contestó: "vosotras y yo sí que somos locos, pero ella es una verdadera Amma, y yo pido a Dios que el día del juicio sea encontrado tan digno como ella". Entonces a las monjas se les abrieron los ojos del corazón, y le pidieron perdón por como la habían tratado.
Después Isidora, no pudiendo
soportar las alabanzas, una noche se escapó hacia el desierto, sin que nunca nadie supiera nada más de ella.

Amma Talida: Fue abadesa del célebre monasterio de Antinol, donde acogió a muchas chicas de la nobleza egipcia. Decía: "la mejor plegaria es la comunión con Cristo, y querer hacer en todo su voluntad".
Para Pacomio, Basilio, Jeronimo y muchos otros, lo normal del monacato es la vida cenobítica, y cuando los monjes demuestran ya una virtud probada, pueden pasar a la vida anacorética, mucho más fácil de ser engañosa. De hecho S. Juan Clímaco fue a la soledad después de 19 años de vida cenobítica.
El cenobitismo era llamado "compromiso" y la reclusión anacorética, dentro o fuera del monasterio, era el "matrimonio". Los dos estados tenían dos profesiones. La primera con el "pequeño hábito" y la segunda con el "gran hábito" (sXV-XVI). Dice el antiguo ritual: "que este día TRANSFIGURE tu vida a fin de que te acerques a Dios purificado".
Ambiente Monástico del Nilo: Según Póstumo, amigo de Sulpicio Severo, la ciudad de Cánope dentro de una isla del Nilo, era un lugar famoso de idolatría que Teodosio destruyó haciendo allí un centro monástico.
En general entre los Abbas y las Ammas no había ningún tipo de segregación, sino mucho respeto. Paladio dice en la historia Lausíaca que "el recuerdo de las Ammas, poseídas por el espíritu de Dios y luchando con esfuerzo, era un ejemplo para todos."También la Tebaida, a unos 70 Km del Cairo actual, era un gran centro monástico de atracción de peregrinos.
En el 320 Pacomio fue el principal impulsor del movimiento monástico. En vida de él se fundaron 9 monasterios cenobíticos. Uno de ellos tenía 600 monjes. Y para celebrar la Pascua se reunían 2.000 monjes.
Dicen el Padres armenios que las mujeres, con su sentido del deber y su sabiduría, han sido beneficiosas para los monjes. La intuición y delicadeza femenina, les ayudó a avanzar por el camino de la bondad.
AMMAS MENORES
Se dicen "menores" porque de muchas de ellas nos ha llegado poca información. A pesar de todo, sabemos que algunas fueron "didáscalos" o guías espirituales, y también diaconisas. Al principio algunas vivían la consagración en su casa. Con todo Paladio habla de 12 monasterios femeninos en la Tebaida.
Fuera de Egipto, entre las mujeres que llevaban una vida retirada en su casa, encontramos la venerable y distinguida Hosia, además de Basianilla, mujer de un comandante del ejército de Siria. Y en Antioquía, la diaconisa Sabiniana tía de Juan Crisósotomo.
Paladio también habla de Juliana de Cesarea, que hospedó Orígenes durante 2 años.

AmmaTalis: Se dice de Amma Talis que había conseguido "la apatheia", o sea la paz inalterable del espíritu. Cuándo ya llevaba 80 años de ascetismo, vivían con ella casi un centenar de jóvenes. Tuvo una discípula de nombre Taor, que permaneció durante 30 años recluida en el monasterio.
Acostumbraba a decir Amma Talis: "Todo lo que pasa de la medida justa es malo. La perfección se encuentra en la humildad y el silencio. No quieras adquirir la paciencia abusando de la virtud de otro. La severidad, la intransigencia y la dureza no cambian el prójimo, ya que no es con el demonio que se sacan los demonios".
Amma Alejandra: Nacida el 350, es una antigua sirvienta de una familia rica. Según Dídimo "el ciego", ella abandonó Alejandría a causa de su belleza, y se fue a vivir cerca de unos sepulcros que había al desierto.
Melània a la vieja la visitó en el 370. Fue una verdadera Amma, dando consejos a todos los que la visitaban. Pasados 10 años, al irla a visitar Dídimo, junto con unos discípulos, la encontraron muerta. Decía Amma Alejandra: "Sólo Dios sabe lo que es bueno. Para mantener la alegría, hay que vivir esperando la muerte, con confianza"
Amma Bassa de Palestina: Habla de ella Cirilo de Escitópolis en la vida de Eutimio, el maestro más venerado de las lauras palestinas. Bassa fue una abadesa muy pía de un monasterio de monjas que fundó cerca de Jerusalén. También fundó un monasterio de monjes.
La emperatriz Pulquéria, hermana de Teodosio, procuró la instrucción de estos monasterios, a fin de que no cayeran en el arrianismo, o el nestorianismo. La emperatriz actuaba aconsejada por S. Cirilo de Jerusalén.
La sabiduría y santidad de la abadesa Bassa era comparada a la de Eutimio.

AMMAS ANACORETAS
Mientras los hombres anacoretas fueron dados a los extremismos ascéticos, las mujeres se mantuvieron más prudentes. Hoy, acostumbrados a unas comodidades bastante sofisticadas, propias de la sociedad del consumo, nos resulta casi incomprensible la forma de vivir de estos hombres y mujeres, pero en el ambiente de los anacoretas de Egipto, ellas resultan más juiciosas que ellos.
Amma Domnina de Siria: Era hija de Antioquía (Síria), de una familia rica. En el jardín de casa suya se hizo una pequeña cabaña, donde vivió dedicada a la penitencia y a la contemplación. Teodoreto de Ciro la visitaba a menudo. Iba vestida con una túnica de piel de cabra que la cubría totalmente, de manera que nadie le veía la cara. Era severa con ella misma, pero muy comprensiva con los demás. Se celebra su fiesta el 5 de enero.
En sus exhortaciones decía: "En la oración tenemos que hacer como Moisés que entra en la nube para hablar sólo con Dios y después sale y habla al pueblo de parte de Dios". Decía también Amma Domnina con una confianza ilimitada: "Cuando cerremos los ojos a las cosas creadas, los abriremos para contemplar las maravillas de Dios".
Ammas Mapana y Cira de Berea: Hablando de Mapana, Teodoreto dice que hubo mujeres que no sólo igualaron a los grandes personajes masculinos, sino que los sobrepasaron. Mapana y Cira nacieron en Berea, donde había una de las iglesias fundadas por San Pablo, y eran de familia ilustre. Al hacerse mayores, se amurallaron totalmente en una pequeña habitación sin tejado, dejando sólo una ventana para recibir el alimento. Así, a la intemperie, a merced del sol o la lluvia, vivieron como las plantas silvestres. Cubrían su cuerpo con una túnica. Teodoreto las conoció cuando ya hacía cuarenta y dos años que vivían allí, y aseguró que su virtud rebasaba la de los hombres. Sólo salieron una sola vez de su cercado, para ir a pie en peregrinación hasta Jerusalén, pasando también por Seleucia para venerar la tumba de S. Tecla. Murieron hacia el 440. La iglesia oriental celebra la fiesta de las dos, el día 3 de agosto. Nos han dejado una gran estima por la austeridad, unida a la dulzura del espíritu. Decían: "Guarda silencio y oirás la voz de Dios. Si dices lo que conviene y cuándo conviene, no podrás escuchar lo que no conviene". Ellas llevaban unas cadenas de hierro enrollando su cuerpo, y las consideraban el signo con que fácilmente nos atamos al orgullo. Y decían: "Jesús las romperá en nuestro último día".



Amma Eufrasia de Constantinopla: Nació en Constantinopla, en el s. IV. Era hija del gobernador de Lícia. Cuando tenía siete años, murió su padre. Entonces fue con su madre a Egipto para visitar los monasterios, y la niña se quiso quedar. Pasados cinco años, murió su madre. Entonces ella dio todo lo que le correspondía, a los pobres. Pronto la gente acudió a ella para pedirle consejo, a pesar de su juventud, y Dios le concedió el don de hacer milagros. Murió cuando tenía 30 años.


LAS AMMAS DIACONISASAunque el monacato y el diaconado femenino son fenómenos diferentes, en tiempos antiguos, antes de que el diaconado femenino quedara abolido, la mayoría de diaconisas eran monjas.
Hasta el final del s. XII, la superiora de un monasterio, dentro de la tradición siríaca, era diaconisa y podía presidir el Oficio litúrgico comunitario. Para hacer este servicio recibía la bendición del obispo, igual que hoy la reciben las abadesas el día de su "bendición abacial".
En el sínodo del Líbano de 1888, finalmente los obispos dan por acabada la tradición antioquena de las diaconisas, que desde tiempo había caído en desuso.
Los armenios gregorianos han mantenido a las diaconisas hasta 1915. En el archivo fotográfico del Patriarcado Armenio de Jerusalén hay fotografías de diaconisas, de 1898, vestidas con dalmática, estola, y con un largo velo blanco.
Entre los bizantinos las diaconisas duraron hasta el sXIV.
La Diaconisa Olímpa de Constantinopla: Poco después de la muerte de San Basilio (384) el monaquismo floreció en Bizanzio con el abad Isaac, de manera que en la capital hubo ochenta monasterios donde se educaban los príncipes del imperio. Al lado de los monasterios de monjes, también abundan los de monjas que se unieron a los círculos de diaconisas, muy florecientes en la capital. Luego de fundados los primeros monasterios por el abad Isaac, hubo en la capital una boda ostentosa. La novia se llamaba Olímpia, y tenía 16 años. Huérfana de padres, fue educada por su tío Procopio, amigo íntimo de San Gregorio Nazianceno. El novio era Nebridio, prefecto de Constantinopla, que murió un año después. Entonces ella dio libertad a los esclavos de su casa y repartió sus innumerables bienes entre los pobres, aconsejada por S. Juan Crisóstomo. La generosidad de Sta. Olímpia ha sido considerada uno de las más excepcionales entre las comunidades eclesiales de Siria, Turquía y Grecia. Dio su casa, que era una de las más bonitas de Constantinopla, para hacer una basílica cerca de la de S. Sofía, que todavía hoy se llama "la casa de Olímpia".
Necratio, patriarca de Constantinopla (381-397) consagró a Olímpia como diaconisa de esta iglesia, a los 25 años. Necratio seguía fielmente los consejos de Olímpia. Ésta estima todavía aumentó con el siguiente patriarca: S. Juan Crisóstomo, que la hizo administradora de la beneficencia de la iglesia. Olímpia era para él una hija espiritual, una hermana confidente, y una madre que cuidaba con ternura.
En 404, junto con otras diaconisas, recibió de él la última bendición, antes que él marchase al destierro, dónde murió. Desde allí, y para su consuelo, le escribió catorce cartas que son un verdadero tratado sobre cómo se debe aceptar el dolor. Después también ella fue difamada y desterrada. Murió a los cuarenta años en Nicomedia.
Sabemos que ella fundó un gran monasterio del que fue abadesa, y que llegó a tener doscientas cincuenta monjas, además de cuatro diaconisas. Después de su muerte, Olímpia fue considerada entre los "confesores", ya que sufrió muchas persecuciones con una caridad sin límites.
Además de S. Juan Crisóstomo, fue consejera de muchos otros obispos, entre ellos de su primo S. Gregorio Nacianceno, y de los hermanos: Basilio, Macrina y Gregorio de Nisa.
La sucedió como abadesa la diaconesa Marina. Aunque el monacato y el diaconato femenino son fenómenos diferentes, en tiempos antiguos, antes de que el diaconato femenino quedara abolido, la mayoría de diaconisas eran monjas.

LAS PECADORAS ARREPENTIDAS
Amma Taís: nace en el 290, en Alejandría, y se vuelve una prostituta de oficio. En aquel momento esta profesión era muy divulgada, sobre todo en las grandes capitales como Roma, Corinto, Alejandría, Bizancio, Antioquía o Cartago. Taís era tan bonita que muchos para tenerla vendían su fortuna, y entre sus amantes a menudo se tiraba sangre. Cuando Pafnufio lo supo, la fue a encontrar, y le dio una moneda de oro. Ella lo hizo entrar en su casa. Pafnufio le pidió si no tenía una cámara más interior, y ella le respondió que sí, que tenía una más oculta. Entonces él le advirtió que no había nadie que nos pudiera esconder a los ojos de Dios. Y le dijo que pensara que ella sería castigada por el hecho de saber que por causa suya tantos otros serían condenados. Entonces ella salió a la plaza pública donde quemó todo el fruto de sus pecados y siguió Pafnufio que la cerró en una celda, en el interior de un monasterio de vírgenes, recomendándole que, de cara al oriente, rogara a Dios diciendo: "Tú que me has creado, ten piedad de mí". Al cabo de tres años Pafnufio fue a encontrar a Antonio para que le dijera si creía que Taís ya había sido perdonada. San Antonio reunió a todos los ermitaños para discernirlo. Mientras rogaban, Abba Pablo vio una estancia preciosa, guardada por tres vírgenes, y creyó que era la recompensa que tendría Abba Antonio, pero oyó una voz que le decía que aquella estancia estaba preparada para Taís, la prostituta. Entonces Pafnufio sacó Taís de la reclusión, pero ella sólo vivió 15 días fuera, y murió.
Amma María Egipciaca: a menudo se confunde con María Magdalena. Sofronio, obispo de Jerusalén, escribió la vida de María Egipciaca, que fue traducida por Pablo, diácono de Niápolis. Zózimo era un monje bueno que vivía en Palestina. Un día, mientras estaba rogando, Dios le dijo que fuese al río Jordán, que había una comunidad muy perfecta. Y él se juntó a ellos. Durante una cuaresma, Zózimo, como los otros monjes, se adentró en el desierto para hacer penitencia, donde encontró a una mujer desnuda que se escondía. Ella le pidió que la cubriera con su manto, y entonces se pidieron mutuamente la bendición. Después que ella bendijera Zózimo, él le pidió insistentemente que le explicara su vida. Y ella accedió. Egipcia de nacimiento, a los 12 años se dio a la prostitución en Alejandría. Durante 17 años vivió desenfrenadamente. Pero un día se encontró con un grupo que iba hacia Jerusalén, y se agregó a ellos. Al llegar el día de la Exaltación de la Santa Cruz, mientras hacía la visita al Santo Sepulcro con los otros peregrinos, oyó que ella era expulsada. Después de rogar a la Madre de Dios, y prometer no volver a pecar, pudo entrar. Habiendo besado el suelo, pidió a la Madre de Dios que la guiara y Ella le dijo: "atraviesa al Jordán y encontrarás paz". Ahora hacía cuarenta y siete años que estaba en el desierto. Durante diecisiete años soportó muchas tentaciones. Luego, al haberse hecho viejo su vestido, continuó desnuda y sola, su vida de penitente, soportando a la vez que las inclemencias del tiempo. Antes de separarse, Maria prometió a Zózimo que volverían a verse al cabo de un año. Al volver Zózimo el año siguiente, la encontró muerta, y él la enterró. Al retornar al monasterio, Zózimo lo explicó todo a su comunidad. Así la historia de S. María la Egipciaca corrió de voz en voz, hasta el día en que Sofronio, obispo de Jerusalén, la escribió.

Amma María Siríaca: es sobrina de Abraham el ermitaño, y fue S. Efrem (s. IV) quien escribió su vida. María quedó huérfana a los siete años, permaneciendo bajo la tutela de su tío, Abraham, que era ermitaño. Ella siguió la vida del tío durante veinte años, pero después el demonio la tentó, y ella, después de pecar con un monje, se fue a la ciudad para darse a una vida libertina. Su tío la lloró durante dos años. Después, informado de dónde ella estaba, se fue a buscarla. Él fue disfrazado, de manera que ella no lo reconoció. Entraron en una habitación para dormir juntos, y en aquel momento él se sacó el disfraz y le advirtió que el día del juicio, Dios le cargaría todos aquellos pecados. Ella volvió con él a la celda, y después de tres años de sincera penitencia, Dios le concedió el don de hacer milagros. Paladio explica que Dios un día dijo a un solitario, hablando de una prostituta arrepentida: "esta mujer me ha sido más placentera en la penitencia que otras en su virginidad".

Amma Paísa: habiendo quedado huérfana y con mucha fortuna, se dedicó a la plegaria y a la caridad. Pero al cabo de un tiempo cayó en el vicio. Juan "el enano", monje de escete, la fue a buscar y ella lo siguió. Aquella noche Paísa murió y Juan oyó una voz interior que le decía: "su penitencia de una hora, llena de amor, me ha sido más placentera que la de aquéllos que la hacen durante toda la vida, pero sin estimar".

Amma Pelagia: era una danzarina de Siria, en una época en que se vivía una gran religiosidad, pero también una gran permisividad a la que ella se entregó. En el 453, el obispo Nonus de Antioquía convocó una concilio provincial. El Santo obispo predicaba cuándo Pelagia pasó con un grupo de jóvenes libidinosas. Entonces el obispo exhortó a los cristianos a esforzarse por el Reino, mucho más de lo que aquellas jóvenes se sacrificaban para contentar el mundo. Pelagia reaccionó por la predicación de Nonus y el Santo obispo la bautizó. Al cabo de ocho días, al sacarse la túnica blanca, se puso los pantalones del obispo, y se fue hacia Jerusalén, a la montaña de los Olivos. Allí todo el mundo hablaba de la santidad del monje Pelagio. Cuando la fue a visitar al secretario del obispo Nonus de Antioquía, ella acababa de morir. Al amortajarla descubrieron que era una mujer.

Amma Eudoxia o la de detrás de las prostitutas: santa Eudoxia quería que su vida fuera presentada siempre en el último lugar, por considerarse la más pecadora. A finales del s. II, Eudòxia, que era samaritana, se fue a vivir a Heliópolis. Sus escándalos sobrepasaban los de muchas otras prostitutas. Un monje del desierto, llamado Hermano, se hospedó cerca de la casa de Eudòxia. Por la noche se puso a rezar en voz alta, sobre la dicha de los elegidos, y la reprobación de los pecadores. Por la mañana ella le pidió que le explicara más cosas de aquello que había oído que decía por la noche. Entonces ella se hizo bautizar y vivió siete días en ayuno y penitencia. El explicó que al septimo día ella vio una luz brillante que la atraía hacia el cielo, para disfrutar de la alegría de todos los bienaventurados. Entonces dio todos sus bienes a los pobres y vivió en una gran penitencia. Estando en el desierto se le presentó un admirador, pidiéndole, con engaño, consejos espirituales. Pero Eudoxia lo convirtió. Después de haber hecho muchos milagros, fue degollada en la persecución de Aureliano.

LAS MONJAS DISFRAZADAS DE MONJES
La mayoría de historias han sido escritas en griego, pero encontramos paralelos en versiones siríacas, coptas y bizantinas. La época de estas mujeres abraza de los s. IV al VII. El motivo del disfraz era para evitar el peligro de la violación, o también el incógnito, además está el miedo hacia los hombres, a causa de todo lo que rodea el "femenino".
Amma Eufrosina: nace en Alejandría en el s. V. Huérfana de madre a los doce años, para evitar casarse con el chico que su padre le había escogido, se disfrazó de monje y, marchando de su casa, se presentó en el monasterio del gran Teodosio donde había 350 monjes. El abba la admitió pensando que era una adolescente. Cuando tenía dieciocho años un día su padre fue al monasterio pidiendo a alguien que lo consolara, y ella lo atendió, a pesar de que él no la reconoció. Habiéndose puesto ella muy enferma, su padre fue al monasterio, doliéndose por la salud de su consejero espiritual. Entonces ella le dijo la verdad, y le pidió que fuera él quien la amortajara después de la muerte. Entonces su padre ocupó su celda durante diez años.

Amma Teodora: nace en Alejandría el 480, el mismo año de S. Benito. De familia noble, se casó, pero habiéndose enamorado después de otro hombre, pecó con él. Presa de remordimiento, al cabo de un tiempo se marchó vestida de hombre. Vivió durante ocho años en un monasterio de monjes, haciendo los trabajos más desagradables. Un día se encontró en la calle con su marido, que estaba buscándola desesperado, pero no se reconocieron. Ella era ejemplo de virtud para los monjes.
Un día una mujer pervertida que quería dormir con ella, creyendo que era un monje, como ella no cedió, la acusó de haber tenido un hijo con ella. Entonces el abad la sacó del monasterio. Ella estuvo cuidando a este chico en una cueva, que había cerca. Al cabo de siete años el abad la volvió a admitir, haciéndola cerrar en una celda con el niño. Antes de morir, ella pidió al niño que se hiciera monje, recomendándole que aguantara las calumnias por amor a Cristo. Al morir se dieron cuenta de que era una mujer. Entonces su marido se hizo monje, viviendo en la celda de ella.

Amma Anastasia: vivió en la corte del emperador Justiniano, el 510. Justiniano admiraba sus cualidades, pero su esposa Teodora no la quería. Al saberlo, Anastàsia se alejó de la envidia de Teodora diciéndose: "tú has nacido para ser princesa celestial". Entró en un monasterio de monjas cerca de Alejandría, y llegó a tener tanta fama de santidad, que le decían "Patrícia". Se quedó allí hasta la muerte de Teodora. Entonces, como Justiniano la buscaba para que fuera emperatriz, huyó en el desierto de Escete, donde el abad Daniel le concedió un hábito de monje, a fin de que viviera en una cueva retirada, donde estuvo veinticinco años. Murió y fue enterrada en la misma cueva.

Amma Marina: al morir su madre, su padre se retiró a un monasterio y se llevó a su hija, vestida de niño. Cuando Marina tenía diecisiete años murió su padre, y ella continuó en el monasterio en uno celda retirada.

Amma Apolonia: Hija del tutor de Teodosio el joven, deseaba la vida monástica. Abandonó Constantinopla disfrazada de chico. Vivió unos años en el desierto de Judá, pero después se fue a encontrar a Macario de Alejandría, que, aun sabiendo que era una mujer, la dejó vivir en Escete. Murió a finales del s. IV.

Amma matrona: vivía en Constantinopla, estaba casada, y después de tener una niña se aburrió del mundo y, con permiso de su marido, se retiró a un monasterio de monjes. Al cabo de un tiempo, decidió decir la verdad y fue a un monasterio de monjas donde atrajo muchas vocaciones.


LA SOLEDAD HABITADA DE NUESTROS MONASTERIOS
¿Y nosotros? Muchos hombres y mujeres se preguntan qué hacemos, con tanta soledad, los monjes. Lo que no saben nuestros hermanos es que en los monasterios de soledad no hay nada, ya que nuestra soledad está poblada de comunión, es encuentro entre la Jerusalén celeste y la terrestre. La tradición monástica mantenida durante siglos, tanto de ermitaños, como de cenobitas, evoca todas estas generaciones de hombres y mujeres que han orado a la vista del cielo y han anticipado la vida futura y nosotros nos adherimos a esta anticipación.



Equipo de redacción de “En el Desierto”.

lunes, 3 de mayo de 2010

AMMAS FAMOSAS DEL DESIERTO DE EGIPTO


Amma Synclética: es la más famosa de las Madres del Desierto. Su vida se escribió poco después de su muerte. Anterior a este escrito, sólo está la vida de S. Macrina (del 380) y las actas de los Mártires. Synclética abrazó la vida solitaria, en tiempo de S. Antonio. Su nombre quiere decir "asamblea celestial". Hija de Macedonia, fue a vivir con su familia (una hermana y dos hermanos) en Alejandría, entonces una gran ciudad cosmopolita. Después de Roma, la mayor del Imperio. A pesar de ser de una casa acomodada, quería vivir según las enseñanzas de S. Tecla. Por eso evitaba las conversaciones, para permanecer en la profundidad interior. A pesar de que amaba las penitencias como medio para fortalecer su vida en Dios, obraba con tanta discreción que nadie notaba sus renuncias. Al morir sus padres, abandonó su casa, dio sus posesiones a los pobres, y, junto con su hermana ciega, se fue a vivir en el Desierto, cerca de un sepulcro. Como lo hizo todo con mucha humildad, bien pronto la rodearon muchas jóvenes discípulas. Algunas vivían en comunidad con ella, y otras solas. Cuando las discípulas le preguntaban sobre el camino de salvación, ella acostumbraba a responder: "si desean instrucción, vayan a la Fuente, Cristo". Su doctrina está muy centrada en el amor, de donde proviene todo, y a donde va todo, decía. Según ella el amor es doble: dar y recibir. Y enseñaba a mantener el alma LIBRE, en medio de las riquezas espirituales. A los 84 años murió destrozada por la enfermedad, que soportó con gozo.
Tenemos veintisiete apotegmas (dichos famosos) de Amma Synclética. Copio algunos que evidentemente me parecen muy prácticos para la vida espiritual:
+ Se puede vivir solo entre la multitud, y vivir con la multitud estando solo.
+ Al Principio del camino hacia Dios hay dificultades, pero después se llega a un gozo inefable
+ Cuando pases dificultades alégrate de qué Dios te visite, y no dejes de cantar. La ascesis consiste en dominarse en el sufrimiento y continuar dirigiendo a Dios acciones de gracias.
+ Si las ventanas de tu casa están abiertas, entrarán los ladrones y te lo tomarán todo (quiere decir que no podemos vivir en la "galería", exhibiendo nuestra virtud)
+ Tu actitud delante de los enemigos depende de tus progresos en la virtud.
+ Por la medida y la discreción, conocerás si tu ascesi viene de Dios o de tu orgullo.

Las Ammas empiezan a llenar el desierto en el año 250, pero sin hacer ruido. Como los grandes acontecimientos que cambian la historia, aunque a menudo pasen desapercibidos. Amar la tradición, quiere decir ser conscientes de todo lo que hemos recibido de muchos hombres y mujeres que ni siquiera conocemos, pero que nos han dejado el legado de sus vidas santas.
Dice S. Juan Crisótomo: "si visitas el desierto de Egipto encontrarás a una multitud de mártires y de vírgenes que tienen aquí sus celdas.
Teodoreto de Ciro en la "Historia de los monjes" (444), junto con la vida de veintitrés monjes, nos explica la vida de tres monjas:
Mara, Cirina y Domnina: entre los Padres, dice Teodoreto, también a estas tres Ammes se les puede aplicar el calificativo de "renunciants", pues para seguir a Cristo hace falta "renunciar" a otros intereses:
1- Ellas renunciaron al materialismo, a través de la virginidad
2- Renunciaron a los vicios que llevan al desorden
3- Renunciaron a las cosas sensibles, para llegar a la pureza del corazón.


Esta renuncia, dice Teodoreto, es necesaria para conseguir la oración continua, fundamentada en el amor. Y las Ammas practican, sobre todo, esta oración del amor. Dicen: "a quien ama recordando siempre al Amado, descubre su Palabra en la soledad y el silencio". Según ellas: "es mejor vivir con la gente y desear la soledad, que llevar una vida solitaria y desear constantemente la compañía." A menudo la espiritualidad de las Ammes, contraria a la tendencia de algunos malos monjes que buscaban con deleite la fama, se centraba en la sinceridad de la vida.

Amma Sara: es contemporánea de Pafnufio (finales del s III). Cerca de de Escete (al lado de Alejandría) durante 60 años estuvo en una celda cerca del Nilo. Tenía costumbre de mantener la vista baja y por este motivo el demonio la tentaba duramente, pero viendo que no la vencía quiso hacerla caer con la vanagloria. Un día le dijo provocativamente: "Sara, tú me has vencido". Pero ella le respondió: "Te ha vencido Cristo que vive en mí". Así, Amma Sara permaneció siempre humilde. Se cuenta que en una ocasión en qué dos anacoretas de fama la visitaron para que les diera un buen consejo, ella respondió: "yo no soy más que una mujer esforzada y tenaz, fundamentada en Cristo que es mi Roca". De manera que ellos quedaron profundamente admirados de su virtud. La humildad es uno de los dones más queridos por la tradición monástica.
El deseo de Amma Sara era de ser olvidada de todo el mundo, a fin de que su centro fuera sólo Cristo. Llegó a ser una de las Ammas más austeras. Igual que de los Padres, también de ella se acuerdan algunos pensamientos:
Decía: "mi naturaleza es de mujer, pero el espíritu no tiene sexo", respondiendo a los que se admiraban de su fortaleza. Y demostrando una gran libertad interior afirmaba: "si quisiera que todo el mundo alabara mi conducta tendría que arrodillarme en la puerta de todas las celdas, pero lo que yo quiero es mantener el corazón LIBRE para Dios. Tenemos que hacer buenas obras, pero no para ser alabados por los demás, sino para gustar a Dios".


Amma Teodora: es una mujer culta y con conocimientos teológicos, de finales del s IV. Como Sara vivió cerca de Alejandría. Tenía una gran penetración psicológica, y era muy delicada y prudente.
Mientras los apotegmas de los Padres se centran más en la ascesis, la renuncia, y la penitencia, Amma Teodora, igual que las otras Ammas, hacen más atención a Dios y a vivir en Cristo a través de las Escrituras.
Amma Teodora avanzaba por el camino de la liberación interior, para descubrir el Dios-Misericordioso que es Padre y Madre.
Las sentencias de Teodora están llenas de juicio: "como los árboles que necesitan el paso de las estaciones para crecer, nosotros tenemos que pasar el invierno con el fin de dar buenos frutos". Decía: "Ni la rigidez de la observancia monástica, ni las austeridades corporales, nos salvan, sino la humildad sincera". Explicaba que un anacoreta que sacaba demonios, un día preguntó a los espíritus malignos qué era lo que les hacía marcharse: ¿El ayuno?, ¿Las vigilias? Pero ellos respondieron de que nada los vencía tanto, como la humildad. Entonces añadía ella: "Sólo la humildad nos da la victoria".
Un día explicó a un monje que quería marcharse del monasterio para no tener que pasar por tentaciones, que en una ocasión un monje tomo las sandalias para marcharse, y vio al demonio que haciendo lo mismo le decía: "No te marches por mí, porque allí donde tú vayas yo te precederé".
Y recomendaba a los que dirigen las comunidades que tienen que renunciar tanto a querer dominar, como a buscar adulaciones, siendo pacientes, humildes, y rectos. Condescendientes con equilibrio, y amando sin hacer distinciones.
Ella estaba convencida que las dificultades las llevamos todos dentro y que nos acompañarán siempre.
Se explica que un día Abba Teófilo le preguntó qué quería decir "redimir el tiempo", y ella le respondió que era "aprovechar todo lo que te viene, para transformarlo en virtud." Y añadió: "si te hacen una injuria, aprovéchala para ser humilde y penitente. Así el tiempo se convierte en una ganancia".
Según ella ni la ascesis, ni las vigilias, ni nada nos salva, sino la humildad sincera. La humildad que proviene de un auténtico conocimiento de uno mismo, es, pues, la principal herencia de Amma Teodora.

AmmA María (s. IV) Hermana de Pacomio.
La cultura de las Ammas de Egipto A pesar de que todo el mundo habla de Pacomio como fundador de la vida comunitaria, en realidad cuando Pacomio organiza la vida cenobítica en la Tebaida en el año 320, las monjas del monasterio de Panápolis, eran más de cuatrocientas. Amma María (hermana de Pacomio) fue la fundadora de estos cenobios femeninos. Amma María Como las otras Ammas, también Amma María (hermana de san Pacomio) más que en la ascesis corporal, se fija en la pureza del corazón. Decía: "Si nos dicen sexo débil, tenemos que poner en Cristo nuestra fortaleza. No son los ayunos, sino la caridad encarnada en el amor fraterno, lo que apaga la soberbia de los egoísmos".
Quería que todas las monjas aprendieran a leer y a escribir. La biblioteca era un elemento importante en sus monasterios. Así entre las ammas también había copistas de pergaminos. Amma María, sin embargo, ponía todo el acento en la caridad fraterna. Tanto ella como Pacomio, imponían la limpieza del cuerpo, cosa innovadora, puesto que los monjes y monjas solían ir sucios, considerándolo como una fuente de ascesis. Amma María procuraba que sus hermanas sintieran una gran reverencia por la plegaria. El fervor en la oración y por la Biblia, fue la característica de estas ammas. Cada día, al anochecer, las ammas se reunían para meditar la Biblia. Los monasterios parecían pueblitos, ya que las ammas vivían en celdas independientes pero formando una sola aldea. La Capilla tenía diferentes edificios alrededor, agrupando a 30 ó 40 ammas. Ellas tenían la costumbre de dormir en sillas bajas con la espalda muy inclinada, no en camas. El trabajo, las comidas y la plegaria, lo hacían en común. El silencio era riguroso, con el fin de mantener todo el día la plegaria del corazón repitiendo frases de la Escritura. Se levantaban a las 2 de la madrugada, para empezar la oración. Las comidas consistían en pan, quesos, hortalizas, frutas y leche. Hacían dos comidas al día. Cada amma tenía destinada una letra del alfabeto para identificarse. La letra "yot" (la "y") la guardaban para las más humildes. Según sus capacidades, se las destinaba a hilar, coser, hacer cestos o sandalias... El trabajo se hacía dentro del cercado del monasterio, pero algunas veces salían para pasar días orando en la soledad del desierto. Sólo celebraban la Eucaristía los domingos, mientras que rezaban el Oficio por la mañana, mediodía y atardecer, y de noche hacían la gran "sinaxis" (= asamblea) de las vigilias. Recitaban los 150 salmos en un solo día. Dionisio Areopagita habla de tres símbolos en la vida monástica femenina: la renuncia al mundo, el corte del pelo y la "vestición", con un vestido más ordinario y pobre, constituido por una capucha (kukol) que escondía la cabeza rapada, una túnica (kalovi), y encima una capa (mafori). En el siglo V, el monacato femenino egipcio se extendió mucho (se habla de unas 20.000 monjas). Alejandría quedó rodeada de monasterios con miles de monjes y monjas. El monje Shenute y las ammas pacomianas, hace falta tener en cuenta la obra de Shenute entre las monjas (entre los años 334-434). El monje Shenute tomó las riendas del Monasterio Blanco, de Atripe (de unas mil monjas) y lo alejó de la orientación pacomiana. Él fue un monje enérgico, pero con poco tacto: introdujo rigurosas normas de clausura. Sin embargo, es conocido y apreciado por su espléndida biblioteca, con más de 1.100 papiros, escritos en copto (la lengua del Egipto cristiano). Los primeros códices fueron descubiertos en 1946 en la ciudad de Nag Hammadi, a unos 100 km. de Luxor (Egipto). La biblioteca recoge papiros de los años 340-350. Son escritos de tendencia gnóstica, con secretismos, y presentando la salvación por medio del conocimiento. Es conocida la influencia del gnosticismo en el Egipto monástico. Entre los evangelios, el más conocido es el de Tomás. Se han encontrado también 6 Apocalipsis, algunas plegarias y varios tratados sobre el Bautismo y la Eucaristía. Incluso obras paganas, como un fragmento de "La República" de Platón. Algunos textos son traducciones coptas de escritos de épocas anteriores. La importancia de Nag Hammadi para el cristianismo primitivo, es semejante a la de Qumram de cara al judaísmo. Amma Isidoro El tema de los "locos de Cristo" es muy corriente entre el monaquismo antiguo, y Amma Isidora, amante de la humildad, fingió estar loca, y sus hermanas se lo creyeron. Iba siempre descalza, con la cabeza tapada, y se alimentaba de las sobras de la comida de las otras. Nunca tuvo un gesto de impaciencia, ni hirió a nadie, ni murmuró, a pesar de ser muy incomprendida y maltratada, incluso con violencia. Decían las ammas que "era como un cordero llevado al matadero". Un día, mientras el venerable Pitero, un anacoreta que vivía en Porfiles, cerca del Mar Rojo, estaba en oración, se le apareció un ángel que le dijo: "¿Por qué tienes vanidad de tu virtud? Ve al monasterio de Tabennesis y verás a una mujer, con un trapo en la cabeza, que es más virtuosa que tú". Pitero fue al monasterio, y todas las monjas salieron para ver a aquel monje que tenía tanta fama de santidad. Al notar que faltaba ella, Pitero pidió verla, pero las monjas dijeron que estaba loca; a pesar de eso, ante la insistencia de Pitero, la fueron a buscar y la tuvieron que traer a la fuerza, porque ella se negaba. Al verla, el anciano le pidió la bendición. Entonces ella se arrodilló para que fuera él quien la bendijera. Las monjas le reiteraron que estaba loca, pero él les contestó: "Ustedes y yo sí que somos locos, pero ella es una verdadera Amma, y yo pido a Dios que el día del juicio sea encontrado tan digno como ella". Entonces a las monjas se les abrieron los ojos del corazón, y le pidieron perdón por cómo la habían tratado. Después Isidora, no pudiendo soportar las alabanzas, una noche se escapó hacia el desierto, sin que nunca nadie supiera nada más de ella. Amma Alejandra, nació en 350, era sirvienta de una familia rica, pero abandonó Alejandría a causa de su belleza, y se fue a vivir cerca de unos sepulcros que había en el desierto. Fue una verdadera Amma, dando consejos a todos los que la visitaban. Decía Amma Alejandra: "Sólo Dios sabe lo que es bueno. Para mantener la alegría, hay que vivir esperando la muerte, con confianza". Amma Talida fue abadesa del célebre monasterio de Antinol, donde acogió a muchas muchachas de la nobleza egipcia. Decía: "La mejor plegaria es la unión con Cristo, y querer hacer en todo su voluntad". Ammas fuera de Egipto Dicen los Padres armenios que las mujeres, con su sentido del deber y su sabiduría, han sido beneficiosas para los monjes. La intuición y delicadeza femenina, les ayudó a avanzar por el camino de la bondad. De muchas Ammas nos ha llegado poca información. Sabemos que algunas fueron "didáscalas" o guías espirituales, y también diaconisas. En Siria encontramos a Basianilla, mujer de un comandante de aquella región, y en Antioquía, a la diaconisa Sabiniana, tía de Juan Crisóstomo, mientras que en Cesarea vivía la Amma Juliana, que hospedó a Orígenes durante 2 años. De Amma Talis se dice que había conseguido la "apatheia", o sea la paz inalterable del espíritu. Cuando ya llevaba 80 años de ascetismo, vivían con ella casi un centenar de jóvenes. Acostumbraba a decir: "Todo lo que pasa de la medida justa es malo. La perfección se encuentra en la humildad y el silencio. No quieras adquirir la paciencia abusando de la virtud de otro. La severidad, la intransigencia y la dureza no cambian al prójimo, ya que no es con el demonio que se sacan los demonios". De Amma Basa de Palestina, habla Cirilo de Escitópolis, en la biografía de Eutimio, el maestro más estimado por las ammas palestinas. Basa fue una abadesa muy piadosa de un monasterio que fundó cerca de Jerusalén. También fundó un monasterio de monjes. La emperatriz Pulqueria, hermana de Teodosio, aconsejada por san Cirilo de Jerusalén, procuró que estos monasterios no cayeran en la herejía del arrianismo. La sabiduría y santidad de la abadesa Basa era comparada a la de Eutimio


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