martes, 6 de julio de 2010

Dialogando con Padre Simeón: Padre, háblenos de la Oración de Corazón

Primera Parte.
Deseo comenzar, en esta primera parte, diciéndoles que según una antigua tradición, existe una profunda relación entre la veneración milenaria al Santo Rostro de Jesucristo -Mandylion- y otras devociones también dirigidas a aspectos de su persona: a su Santo nombre, a la Eucaristía -devoción por excelencia-, a su Sagrado Corazón. En efecto, las cuatro se dirigen a los aspectos más significativos del ser humano y todas, en última instancia nos conducen a la persona misma del Dios encarnado:

*El rostro, expresión del interior y que nos relaciona con el otro, lo vemos, nos ve.

*El corazón, sede de la vida y, por analogía, de la emoción más profunda y espiritual del ser humano, el amor. El amor es lo que define a Dios. Si era "El que es" en el Antiguo Testamento, Juan lo define como Amor en el Nuevo. De ese Ser, que es Amor, participamos. Y ese Ser por esencia, que es Amor, se manifiesta convirtiéndose en uno de nosotros con corazón humano y palpitante, y a nosotros nos humaniza, se transforma en la sede de lo más profundamente humano y más profundamente divino.

*La Eucaristía, medio privilegiado escogido por Cristo para permanecer realmente entre nosotros, escondido a los ojos físicos humanos, pero vivo y real a los del espíritu creyente, El Viviente que transmite vida.

*El nombre, que define la persona como un todo y que cuando lo invocamos, como hizo el ciego de Jericó, suplicamos con él a la persona que nombra, implorando su ayuda y misericordia: ¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!.
La oración del corazón o la oración de la invocación de Jesús, se remonta a los orígenes del monacato. El primero en mencionarla explícitamente fue Diadoco de Fótice, en el siglo IV: Los que no cesan de meditar en las profundidades de su corazón el nombre de Jesús santo y glorioso podrán ver un día la luz en su espíritu, este es el fin de la tan Santa Práctica.
Pero su origen es más antiguo, pues se encuentra en los mismos Evangelios: ¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!, gritaba con insistencia el ciego que estaba al borde del camino de Jericó. Lo mismo clamaban los diez leprosos en tierras de Samaría: ¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros! Y todos fueron sanados gracias a su fe y a la profundidad de su clamor.
Esta invocación continua del nombre de Jesús, hecha de un deseo lleno de dulzura y de gozo hace que el espacio del corazón se desborde de alegría desde la serenidad y que a partir de que el pensamiento no cesa de invocar el nombre de Jesús, y el espíritu está totalmente atento a la invocación del nombre divino, la luz del conocimiento de Dios cubre con su sombra toda el alma como una nube inflamada en llamas.
La oración de Jesús está emparentada con el rosario a María en su origen último y objetivo: ambas tienen sus raíces en medios monásticos, de Oriente la primera, de Occidente la segunda; ambas son oraciones de súplica; en ambas imploramos aquello que más deseamos y necesitamos de verdad y que no sabemos pedir porque puede que lo desconozcamos; en ambas dejamos que el Espíritu hable en nosotros, utilizando para ello palabras de la Escritura o propuestas por la Iglesia y la Tradición; ambas son oraciones para todo tipo de personas, que recitadas con tranquilidad y sin prisas, concentrando dulcemente el ánimo en lo que decimos, producen sosiego y, con tiempo y perseverancia, paz duradera, reforma de vida.

Padre: ¿Dónde y cómo se puede rezar ésta oración?
La oración de Jesús, por su brevedad, puede rezarse en cualquier lugar y a todas horas. Aunque su base es la plegaria del ciego de Jericó, puede tener variantes personales: "Jesús Hijo de Dios, ten compasión de nosotros" o "Jesús Hijo de Dios, por medio de la Virgen María ten compasión de nosotros pecadores" etc.
Se ajusta esta oración perfectamente al consejo evangélico: Hay que orar continuamente, sin desfallecer. Si te ves llamado a seguir este camino de la oración del corazón, búscate un buen consejero que te guíe. Y comienza, ya: Dios irá haciendo el resto si es que desea que este sea tu forma de dirigirte a Él.
Si la Iglesia respira con dos pulmones -Oriente y Occidente- se puede decir que la Oración de Jesús es la expresión más característica de la espiritualidad de la Iglesia Oriental. Por el bien que ha hecho y hace allí, y por la influencia que actualmente tiene en Occidente, vale la pena conocer algo de este escondido venero de piedad y espiritualidad.

Equipo de redacción: "En el desierto"

sábado, 3 de julio de 2010

Continuamos compartiendo algunos para parágrafos del Capítulo Cuarto del libro del Padre Gabriel Bunge, sobre la Vigilancia “Vasos de Barro”, última parte)

5.- “Ellos hacían oración con ayunos” (Hch 14,23)
Tan estrechamente unida como estaba, ya desde los tiempos bíblicos, la oración con la sobriedad vigilante, igualmente lo estaba con otra práctica corporal: la del ayuno; práctica que por eso mismo no debemos dejar de mencionar, siendo que desde antiguo está, también él, ligado a determinados tiempos. A la mayoría de las personas que viven hoy por hoy en Occidente sólo les es familiar bajo la forma secularizada de "ayuno en pro de la salud". El “gran ayuno cuaresmal” que precede la Pascua, hoy apenas si afecta la vida cotidiana, aun la del cristiano práctico. Esto no fue, como ya dijimos, siempre así, y sigue no siéndolo en el Oriente cristiano.
La oración y el ayuno están ya desde antiguo tan ligados entre sí, que con mucha frecuencia aparecen juntos en la Sagrada Escritura, puesto “que excelente es la oración unida al ayuno”1. La anciana profetisa Ana “servía a Dios día y noche con ayunos y oraciones”2, del mismo modo que Pablo3 y la comunidad primitiva4. Esta costumbre estaba tan bien arraigada en la primitiva tradición cristiana, que algunos copistas agregaron espontáneamente a la palabra “oración”, la de “ayuno” en textos en los que originalmente, - con toda probabilidad -, no aparecía, como en Mt 17,21; Mc 9,29; 1 Co 7,5.
A primera vista pareciera que la práxis primitiva del ayuno no puede remitirse al ejemplo y a la palabra de Cristo, y, más aun, que estaría en flagrante contradicción. ¡Cierto! Cristo estando en el desierto ayunó cuarenta días con sus noches5, pero por lo demás se lo tenía por “glotón y borracho”6, por que no tenía empacho en comer con “publicanos y pecadores”, y muchas veces hasta tomaba él mismo la iniciativa de hacerlo. Tuvo por eso que dejarse preguntar por qué sus discípulos no ayunaban y rezaban con tanta frecuencia como los discípulos de Juan y los de los fariseos7. ¿Será que tanto Pablo como la comunidad primitiva mal interpretaron a Cristo cuando finalmente imitaron en esto a los discípulos de Juan y a los de los fariseos?
En modo alguno, pues Cristo ni rechazaba la oración ni tampoco el ayuno. Lo que en ambos casos le importaba era preservar a sus discípulos de todo tipo de hipocresía o de cualquier clase de vanidosa ostentación de la propia “piedad”:
Cuando ustedes ayunen no pongan cara triste, como los hipócritas , que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan; en verdad les digo que ya recibieron su recompensa.
Tú en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre, que está allí en lo secreto; y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará
.8
Con el ayuno, por lo tanto, ocurre lo que con la oración: naturalmente que también los discípulos de Cristo practican el ayuno, pero lo hacen únicamente por (amor de) Dios, no para ser vistos o alabados. Lo mismo vale de la limosna y, al fin de cuentas, de toda práctica virtuosa. Los Padres, que como es sabido eran grandes ayunadores, tomaban esto muy a pecho. Para el caso del ayuno es muy válido aquello de “sellar el perfume de los propios esfuerzos (ascéticos) con el silencio”:
Del mismo que les escondes tus pecados a los hombres, escóndeles también tus esfuerzos (ascéticos)9.Por lo demás, lejos de los Padres toda sobre valoración de cualquier “obra” corporal, y por tanto también del ayuno:
Preguntaron a un anciano: “¿Cómo puedo encontrar a Dios?” Y él contestó: “en los ayunos, en el esfuerzo de los trabajos (ascéticos), en la misericordia y más que en cualquier otra (práctica) en la discreción. Porque te aseguro que muchos castigaron su carne, pero como lo hicieron sin discreción acabaron con las manos vacías. Nuestra boca apesta a causa del ayuno, sabemos toda las Escrituras de memoria, e (igualmente) de memoria recitamos a todo el David (es decir el salterio entero), pero no poseemos lo que Dios busca: el amor y la humildad 10
Es bueno saber que Cristo tenía una razón muy concreta para apartarse de las costumbres sobre el ayuno generalmente admitidas en aquellos tiempos por los “piadosos de Israel”, liberando de ellas a sus discípulos: la presencia del “Esposo”11. En ese corto y privilegiado lapso de su presencia el asunto es muy distinto: “¡El Reino de Dios está muy cerca, conviértanse y crean en el Evangelio!”12. Cristo se servía de la comida en común como un medio privilegiado para acercarles a todos la Buena Noticia de la reconciliación y el anuncio de la conversión: a los jefes de los fariseos13, a los publicanos influyentes14 como también a “pecadores” de todo tipo y especie15. La comida en común como signo de reconciliación: enseñanza,- también esta -, tomada muy a pecho por los Padres del desierto:
Si tu hermano te amarga y exaspera,
invítalo a tu casa,
y no dudes en visitarlo,
antes bien, come tu bocado con él.
Obrando de este modo,
salvarás tu alma
y no se te hará así obstáculo
en el momento de la oración
16
Por lo general vale aquello de que “los regalos apaciguan el rencor”, cosa que ya decía el sabio Salomón17. Los Padres del desierto apenas si poseían algo para regalar. Es por eso que “nosotros, al ser pobres, - aconseja Evagrio -, suplimos nuestra indigencia invitando a la mesa”18.
“Ciertamente que el ayuno es cosa útil, pero depende de nuestra libre elección”19.
Muy diferente es lo que se refiere al divino mandamiento del amor: ya que abroga todas las costumbres humanas por más útiles que sean. El deber de la hospitalidad suprime entonces todas las reglas del ayuno, aunque uno tuviera que preparar la mesa seis veces...20.
En una ocasión dos hermanos fueron a visitar a cierto anciano. Este no tenía la costumbre de comer todos los días. Al verlos los recibió con alegría, y les dijo: “El ayuno tiene su recompensa. Por otra parte, quien come por amor (de caridad) cumple dos mandamientos, pues deja de hacer su propia voluntad y cumple el mandamiento (del amor)”. Y agasajó a los hermanos21.
Recordando siempre este precepto del amor, en lo referente al ayuno los discípulos de Cristo para nada se quedaron atrás, - “una vez que el Esposo les fue arrebatado” -, ni de los discípulos de Juan el Bautista ni de los de los fariseos22; si bien es cierto que ya desde antiguo, y con el fin de distinguirse de los judíos, no ayunaban como estos los lunes y los jueves, sino los miércoles y los viernes23.
Dado que el ayuno forma parte de los ritos penitenciales, se explica por si mismo, que desde antiguo estuviera prohibido ayunar en aquellos días en los que los cristianos hacen memoria del retorno de Cristo, el “Esposo”:
Desde el sábado al atardecer, en las vísperas del día del Señor, hasta el anochecer del día siguiente, no se doblan las rodillas entre los (monjes) egipcios, como tampoco durante todo el tiempo de la "Pentekoste" (entre Pascua y Pentecostés), y durante este tiempo tampoco se observa la regla del ayuno .24
Si el ayuno tiene un valor meramente relativo, como las demás austeridades de este tipo, ¿qué sentido tiene, entonces? Ya el salmista señala una primera razón: “humilla el alma”25, al revés de la “saciedad” que enorgullece al alma hasta apartarla de Dios26. El ayuno recuerda palpablemente al ser humano que “no sólo vive de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”, del que igualmente recibe el pan indispensable para mantenerse en vida. Justamente, para que hiciera esta experiencia es que Dios “humilló e hizo hambrear” a Israel en el desierto27.
El sentido espiritual del ayuno, consiste entonces en primera instancia, en humillar el alma. “Pues nada humilla tanto al alma como el ayuno”28. Ya que esto le permite experimentar de manera primordial su dependencia absoluta de Dios.

Los obstáculos para llegar a esta humildad del corazón son nuestras “pasiones”, aquellas “enfermedades del alma”, que no le permiten expresarse de modo “natural”, es decir, en consonancia con la creación . El ayuno es un medio privilegiado de “cubrir” dichas pasiones como nos lo dice Evagrio, explicando alegóricamente el versículo de un salmo:
El ayuno es el cobertor del alma, que cubre sus pasiones, es decir sus apetitos dañinos y su ira irracional. Por tanto, quien no ayuna muestra su desnudez indecentemente29, como Noé en su ebriedad30, a quien Evagrio alude aquí. Constatamos así que el sentido del ayuno corporal es el de purificar el alma de sus vergonzosos pecados insuflándole el sentido de la humildad. Sin esta “pureza del corazón” el mero deseo de tener una “oración auténtica” sería ya blasfemo:
Aquel que (aun) se halla sumido en el pecado y en accesos de cólera, y en ese estado se atreve a dirigirse hacia el conocimiento de las cosas divinas y, hasta pretende hollar (el lugar) de la oración inmaterial, sea consciente que se hace merecedor de la amonestación del apóstol, según la cual orar con la cabeza descubierta y sin velo no carece de peligro: “Un alma tal, debe – nos dice – por tanto, llevar sobre la cabeza un signo de autoridad por causa de los ángeles que la rodean31, revistiéndose del pudor y de la humildad convenientes32.
Pero además de todo lo anterior, el ayuno tiene una finalidad eminentemente práctica:
Un estómago vacío
prepara a orar vigilantemente ,
pero el estómago saciado
conduce al sueño profundo33 .

Esta utilidad práctica, a su vez, tiene una finalidad espiritual, a la que todo finalmente apunta:
En un espejo sucio no se ve con nitidez
la imagen que en él se refleja,
al igual que el intelecto embotado por la saciedad
no puede asimilar el conocimiento de Dios34.
La oración del que ayuna
cual aguilucho sube rauda hacia lo alto,
mientras que la del crápula, entorpecida por la saciedad,
se precipita hacia el abismo35.

El intelecto del que ayuna
es una estrella que brilla en noche serena,
mientras que la (mente del) crápula
se ampara en las tinieblas nocturnas36.

En otras palabras, al igual que la “sobria vigilancia”, también el ayuno predispone el espíritu del orante para la contemplación de los misterios divinos.
Si para quien desea “orar con autenticidad” se hacen indispensables tanto la “sobria vigilancia” como el ayuno, ello tiene que ocurrir, - como todo en la vida espiritual -, “a su debido tiempo y en su justa medida”. Cada uno tiene su tiempo y medida, según sus fuerzas, edad, circunstancias de vida, etc.
Lo hecho sin medida y a destiempo dura muy poco y lo que poco dura es más bien perjudicial que provechoso37.







Notas:
1-Tb 12,8.
2-Lc 2,37.
3-2 Co 6,5; ver 1 Tm 2,8 y la nota 160.
4-Hch 13,3.
5-Mt 4,2 y par.
6-Mt 11,19.
7-Lc 5,33.
8-Mt 6,16-18.
9-Evagrio, Ad Eulogium 14 (PG 79,1112 B).
10-Nau 222.
11-Mt 9,15.
12-Mc 1,15.
13-Lc 7, 36 ss.
14-Lc 9,1 ss.
15-Mt 9,10 s. y etc.
16-Evagrio, Ad Monachos 15.
17-Pr 21,14.
18-Evagrio, Praktikos 26.
19-Casiano 1.
20-Casiano 3.
21-Nau 288. (Equivale a Py J XIII,10; nota del traductor).
22-Mt 9,15.
23-Didajé 8,1 (Rordorf/Tuilier).
24-Casiano, De Institutis II,18 (Petschenig).
25-Sal 34,13.
26-Ver Dt 8,12 y ss; 32,15; etc.
27-Dt 8,3.
28-Evagrio, In Ps 34,13 j.
29-Evagrio, In Ps 68,11 u.
30-Gn 9,21.
31-1 Co 11,5. 10.
32-Evagrio, De Oratione 145.
33Evagrio, De Octo Spiritibus Malitiae I,12.
34-Ibid. I,17.
35-Ibid I,14.
36-Ibid. I,15.
37-Evagrio, Praktikos 15.

jueves, 1 de julio de 2010

Dialogando con Padre Simeón, Padre siguiendo el tema de la Voluntad de Dios.: ¿Qué nos puede decir sobre el Santo Temor de Dios?
Cuarta Parte
Finalmente les diré que el temor de ofender a Dios en alguna cosa -es el primer grado de amor-.
Alejar el espíritu puro de los pensamientos pasionales -es el segundo grado de amor-, más grande que el primero.
Sentir la presencia de la gracia en el alma -es el tercer grado de amor-, más grande aún.
El cuarto grado -el amor perfecto por Dios- es tener la gracia del Espíritu Santo en cuerpo y alma.
Incluso el cuerpo de aquel hombre está santificado, y después de su muerte se transformará en reliquia. Es a ese grado que han llegado los grandes Santos, los Mártires, los Profetas y los santos Ascetas. Aquél que se encuentre en ese grado estará libre de la codicia carnal. Podrá dormir libremente con una joven, sin sentir por ella el menor deseo. El amor de Dios será más fuerte que el amor por la joven, hacia el cual todo el mundo se siente atraído, salvo aquellos que tienen la gracia divina en plenitud, pues la dulzura del Espíritu Santo regenera al hombre por entero y le hace amar a Dios perfectamente. Si el alma se encuentra en la plenitud del amor divino, el mundo no tiene más poder sobre ella. Aunque el hombre viva sobre la tierra con otros hombres, olvidará, en su amor por Dios, todo lo que está en el mundo.
Nuestra desgracia es que, a causa del orgullo de nuestro espíritu, no perseveramos en esta gracia y entonces ella abandona el alma. El alma la busca llorando, y lamentándose dice: "Mi alma languidece detrás del Señor"


lunes, 28 de junio de 2010

Dialogando con Padre Simeón, Padre siguiendo el tema de la Voluntad de Dios: ¿Cómo se manifiesta la Voluntad de Dios?
Tercera Parte
El Espíritu divino dirige a cada uno de una manera diferente: hay quien se aleja en la soledad del desierto y allí persevera en la plegaria del corazón; otro intercede ante Dios por los hombres; otro tiene la vocación de apacentar el rebaño de Cristo; a otro se le ha designado para predicar o consolar a los que sufren; otro sirve a su prójimo con su trabajo o su fortuna. Y todos estos, son dones del Espíritu Santo, acordados según diferentes grados: a uno treinta, a otro sesenta, a otro cien (Mc. 4, 20).
Si nos amáramos unos y otros en la simplicidad del corazón, el Señor nos mostraría, por el Espíritu Santo, muchos milagros, y nos revelaría grandes misterios.
¡Cómo es claro para mí que el Señor nos dirige! Sin Él no podemos tener ni un solo buen pensamiento. Es por eso que debemos abandonarnos humildemente a la voluntad de Dios, a fin de que el Señor pueda guiarnos.
Todos nos atormentamos en la tierra y buscamos la libertad; pero hay pocos que saben en qué consiste la libertad y en dónde se encuentra.
Yo también deseo la libertad y la busco día y noche. He comprendido que está junto a Dios y que Dios la otorga a aquellos que tienen el corazón humilde, a los que se han arrepentido y que han suprimido su propia voluntad para Él. A aquél que se arrepiente, el Señor le da la paz y la libertad de amarlo. No hay nada mejor en el mundo que amar a Dios y al prójimo. Es allí donde el alma encuentra paz y alegría.
¡Oh pueblos de toda la tierra!, caigo de rodillas ante vosotros y os suplico con lágrimas en los ojos: "Venid a Cristo, yo conozco su amor por vosotros. Yo lo conozco y es por eso que lo grito sobre toda la tierra. Si se desconoce una cosa, ¿cómo podríamos hablar?".
Preguntarás, quizás: "¿Pero, cómo podemos conocer a Dios?" Yo afirmo que hemos visto al Señor en el Espíritu Santo. Si te humillas, entonces a tí también el Espíritu Santo te revelará a nuestro Señor. Y entonces, tú también querrás anunciarlo en voz alta al mundo entero.
Yo estoy viejo y espero la muerte. Escribo la verdad por amor a los hombres, por los cuales mi alma está en pena. Si pudiera ayudar a salvar aunque fuera a un solo hombre, bendeciría a Dios eternamente. Pero mi corazón sufre por el mundo entero; ruego y derramo lágrimas por él, para que todos los hombres se arrepientan y conozcan a Dios, vivan en el amor y gocen de la libertad en Dios.
Oh! vosotros todos, hombres de la tierra, orad y llorad vuestros pecados, para que el Señor os los perdone. Y allí donde está el perdón, reinan también la libertad y el amor.
El Señor no quiere la muerte del pecador, y a aquél que se arrepiente Él le otorga el don de la gracia del Espíritu Santo. Ella da la paz al alma y la libertad de estar en Dios con el espíritu y el corazón. Cuando el Espíritu Santo perdona nuestros pecados, el alma recibe la libertad de rogar a Dios con un espíritu puro. Entonces ella contempla libremente a Dios y permanece apacible y alegre en Él. Es esa la verdadera libertad. Pero sin Dios, no puede haber libertad, porque nuestros enemigos turban el alma con malos pensamientos.
Diré la verdad al mundo entero: soy abominable ante Dios. Hubiera desesperado por mi salvación si Dios no me hubiera acordado la gracia del Espíritu Santo. Y el Espíritu Santo me ha enseñado, y es a causa de ello que escribo sin esfuerzo sobre Dios, porque Él me insta a escribir.
Tengo compasión de los hombres; lloro y me lamento por ellos. Muchos son los que piensan: "He cometido muchos pecados: maté, robé, fui violento, calumnié, viví en el desorden e hice muchas otras cosas más". Y la vergüenza los retiene y no los conduce al camino de la penitencia. Pero olvidan que todos sus pecados son, ante Dios, como una gota de agua en el mar.
¡Oh mis hermanos de toda la tierra!, arrepentíos entonces, que aun es tiempo. Dios espera con misericordia nuestro arrepentimiento. Y todo el cielo, todos los santos también esperan ese arrepentimiento. Como Dios es Amor, lo mismo en los Santos, el Espíritu Santo es amor. Pide y el Señor te perdonará. Cuando hayas obtenido el perdón de tus pecados, habrá alegría y júbilo en tu alma; la gracia del Espíritu Santo entrará en tu alma y dirás: "Esta es la verdadera libertad, está en Dios y viene de Dios".
La gracia divina no quita la libertad, sino que ayuda a cumplir solamente con los mandamientos de Dios. Adán estaba en gracia, pero su voluntad no estaba abolida. Igualmente los Ángeles permanecen en el Espíritu Santo, pero su libre voluntad no les es quitada.
Muchos hombres no conocen el camino de la salvación; han caído a las tinieblas y no ven la luz de la Verdad. Pero Él fue, es y será, y llama con ternura a todos los hombres: "Venid a Mí todos vosotros que penáis y que estáis abrumados; conocedme y os daré la paz y la libertad".
Esta es la verdadera libertad: es estar en Dios. Antes, yo tampoco lo sabía. Hasta los veintisiete años solamente creía en la existencia de Dios, mas no lo conocía. Pero desde que mi alma lo conoce a través del Espíritu Santo, ella se arroja a Él con ardor; y ahora, día y noche, lo busco con un corazón ardiente.
El Señor quiere que nos amemos unos a otros. Es en esto que consiste la libertad: en el amor por Dios y por nuestro prójimo. Es allí donde encontramos la libertad y la igualdad. En el orden social, no puede haber igualdad, pero esto no tiene importancia para el alma. Es imposible que cada uno sea rey o príncipe, patriarca o higúmeno o jefe, pero en toda condición se puede amar a Dios y serle agradable, y esto es lo que importa ante todo. Aquél, cuyo amor por Dios sea el más grande sobre la tierra, será la Gloria más grande en el Reino. Aquél que ame con un amor más grande se arrojará a Dios con más fuerza y estará más cerca de Él. Cada uno será glorificado en la medida de su amor. He comprendido que el amor puede variar en su intensidad.

sábado, 26 de junio de 2010

Dialogando con Padre Simeón, Padre siguiendo el tema de la Voluntad de Dios. ¿Cómo definen los Santos Padres a la voluntad humana de frente a la Voluntad de Dios?

Segunda Parte
Abba Poimén ha dicho: "Nuestra voluntad es como un muro de bronce entre Dios y nosotros, impidiéndonos acercarnos a Él o contemplar su misericordia". Siempre debemos pedir al Señor la paz del alma, a fin de poder cumplir los mandamientos del Señor; porque el Señor ama a aquellos que se esfuerzan por cumplir su voluntad, y de esta manera encuentran una gran paz en Dios. Aquél que cumple la voluntad de Dios está contento de todo, porque la gracia del Señor lo alegra. Pero aquél que está descontento de su suerte, que se queja de su enfermedad o de aquél que lo ha ofendido, que comprenda bien que tiene un espíritu orgulloso que le ha arrebatado la gratitud hacia Dios.
Aunque fuera así, no pierdas coraje, esfuérzate por poner toda tu esperanza en Dios y pídele un espíritu humilde. Y cuando el humilde Espíritu Santo se acerque a ti, comenzarás a amarlo y encontrarás el descanso. El alma humilde se acuerda siempre de Dios y piensa: "Dios me ha creado; ha sufrido por mí; perdona mis pecados y me consuela; me nutre y me cuida. Entonces, ¿por qué preocuparme, aunque la muerte me amenace?".
El Señor ilumina toda alma que se abandona a la voluntad de Dios, pues Él ha dicho: "Invócame el día del dolor, yo te liberaré y tú me glorificarás" (Sal. 49, 15). Toda alma turbada por alguna cosa debe interrogar al Señor, y el Señor la iluminará. Esto sobre todo en la desgracia y en la confusión. Hay que interrogar más bien al padre espiritual, porque esto es más humilde. En su bondad, el Señor hace comprender al hombre que hay que soportar las pruebas con gratitud. Durante toda mi vida no murmuré ni una sola vez a causa de mi sufrimiento, acepté todo proveniente de las manos de Dios como un remedio saludable. Siempre he agradecido a Dios, y es por eso que el Señor me ha hecho soportar fácilmente todas las aflicciones.
Todos los hombres sobre la tierra encuentran inevitablemente el sufrimiento, y aunque los sufrimientos que el Señor nos envía no sean grandes, parecen insoportables a los hombres y los aplastan. Esto proviene porque nadie quiere humillar su alma, ni abandonarse a la voluntad de Dios. Aquellos que se han abandonado a la voluntad de Dios, el Señor mismo los conduce por su gracia. Ellos soportan todo con coraje, por amor al Dios que aman, y por el cual estarán eternamente glorificados.
En la tierra no se puede escapar al sufrimiento; pero aquél que se haya abandonado a la voluntad de Dios lo soportará fácilmente. El ve los sufrimientos, pero espera en Dios, y los sufrimientos pasan.
Cuando la Madre de Dios permanecía al pie de la Cruz, su sufrimiento era inconcebiblemente grande, porque ella amaba a su Hijo más de lo que se puede uno imaginar. Y sabemos que cuanto más se ama, más grande es también el sufrimiento. Como ser humano, la Madre de Dios no hubiera podido soportar su dolor, pero se abandonó a la voluntad de Dios, y el Espíritu Santo la reconfortó y le dio la fuerza para soportar este sufrimiento.
Observad a aquél que ama su propia voluntad; jamás tiene paz en el alma, y está siempre insatisfecho y descontento. Pero aquél que se ha abandonado enteramente a la voluntad de Dios, recibe el don de la plegaria pura.
Así se abandonó a Dios la Santísima Virgen: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra". Y si, de igual modo, dijéramos: "Yo soy tu servidor; hágase tu voluntad", las palabras del Señor, escritas por el Espíritu Santo en el Evangelio, permanecerían en nuestras almas, y el mundo entero se colmaría con el amor de Dios. ¡Cómo sería de maravillosa la vida sobre la tierra! Aunque las palabras del Señor sean escuchadas en el mundo entero después de tantos siglos, los hombres no las comprenden y no quieren aceptarlas. Pero aquél que vive según la voluntad de Dios será glorificado en el Cielo y en la tierra.
El que se ha abandonado a la voluntad de Dios no se ocupa más que de Dios. La gracia divina lo ayuda a permanecer continuamente en la oración. Aunque trabaje o hable, su alma está en Dios; y porque se entrega a la voluntad divina, el Señor cuida de él con solicitud.
Una tradición cuenta que en la ruta hacia Egipto, la Sagrada Familia encontró un bandido y que éste no le hizo ningún daño. Al ver al Niño, dijo que si Dios se había encarnado, no podía ser más bello que ese Niño. Y los dejó seguir en paz. Es sorprendente que un bandido, que de costumbre, al igual que una bestia feroz, no perdona a nadie, no haya maltratado a la Sagrada Familia. Al ver al Niño y a su dulce Madre, el alma del bandido se enterneció y la gracia divina lo tocó.
Se produjo lo mismo con las bestias feroces que, al ver a los mártires o a los hombres santos, se volvieron apacibles y no les hicieron ningún daño. Hasta los demonios temen al alma humilde y dulce; ella prevalece sobre ellos por la obediencia, el ayuno y la oración.
Otro hecho asombroso: el bandido tuvo piedad de Cristo Niño, pero los grandes sacerdotes y los ancianos lo entregaron a Pilatos para crucificarlo. Y esto es porque no oraron y no pidieron al Señor que los iluminara sobre lo que debían hacer y cómo debían proceder.
De esta manera y muy frecuentemente, los jefes y los otros hombres buscan el bien, pero no saben dónde está; no saben que está en Dios, y que está dado por Dios. Hay que orar siempre, para que el Señor nos haga comprender lo que debemos hacer. El Señor no nos dejará seguir el mal camino. David no preguntó al Señor: "¿Está bien que tome la mujer de Urías?" Y cayó en el pecado de asesinato y adulterio.
Fue igual para todos los santos que cometieron pecados; caían en el pecado porque no rezaban al Señor para que los ayudara y los iluminara. San Serafín de Sarov dijo: "Cuando hablaba fundándome en mi propia inteligencia, se producían errores". Pero ciertos errores provienen de nuestra imperfección y no son pecados; lo vemos hasta en la Madre de Dios. Dice el Evangelio que cuando dejó Jerusalén en compañía de José, pensaba que su Hijo iba en camino con los parientes o con los conocidos. Y no es sino al cabo de tres días de búsqueda que lo encontraron en el Templo de Jerusalén conversando con los doctores (Lc. 2, 44-46).

jueves, 24 de junio de 2010

(Continuamos compartiendo algunos para parágrafos del Capítulo Cuarto del libro del Padre Gabriel Bunge, sobre la Vigilancia “Vasos de Barro”, Segunda parte)

El vigilar y velar en oración, que tampoco para los Padres era cosa fácil y que siempre requirió de un cierto esfuerzo de voluntad, no fue en ninguna época mera muestra de un esfuerzo ascético con el fin de “domar la naturaleza”. La tal maltratada “naturaleza” terminaría, a la larga o a la corta, con todo derecho por reivindicar sus derechos.
El gran aprecio que tanto el hombre bíblico como los Padres mostraban por el velar en oración, tenían diversas razones. Del “aguardar (el retorno) del Señor” y de su carácter escatológico, ya hablamos; debería ser, además, una característica de todo cristiano. Esta nota (escatológica) le confiere al tiempo una cualidad nueva, haciendo que su indefinido fluir tenga una meta cierta, logrando que toda la corriente vital tenga su sello específico. Son cosas muy distintas “vivir atolondradamente” o vivir, aún en la “ignorancia del Día del Señor”, como “quien aprovecha sabiamente el tiempo”1 .
El velar y vigilar engendra en el orante aquella “sobriedad” que le evita a los cristianos aquella soñolienta embriaguez propia de los hijos de las tinieblas. Mientras que los que duermen el sueño de la (embriaguez) se embrutecen, la sobriedad de espíritu, “afina” a los que la practican, haciéndolos receptivos para la contemplación de los divinos misterios:
De aquel, que al igual que Jacob cuida de su rebaño2, se aleja el sueño y aunque se vea un poquito invadido por él, ese sueño es para él lo que es el velar para otros. El fuego que arde en su corazón impide que durante el sueño se hunda. Pues salmodia con David y dice: “Da luz a mis ojos para que no me duerma en la muerte”3.
Quien ha llegado a esas alturas gustando de su dulzura, comprende de qué se está hablando. Pues ese tal no se ha “emborrachado” con el sueño material, sino que simplemente se sirve del sueño natural4.
Lo que debe entenderse con eso de “alturas” y “dulzura” nos lo deja atisbar una palabra de san Antonio abad que nos es transmitida por Juan Casiano, quien a su vez se la escuchó a abba Isaac:
Pero para que ustedes tengan una visión clara de lo que es la verdadera oración, voy a citarles una enseñanza que no es mía sino del bienaventurado Antonio. De él sabemos que solía permanecer sumergido con tal ardor en la plegaria que a menudo los primeros rayos del sol naciente lo sorprendían en su éxtasis. En una de esas ocasiones le oí exclamar, inflamado en el fuego del espíritu:
¡Oh sol!, ¿por qué vienes a turbarme? ¡Sólo te levantas tan temprano para privarme de los fulgores de la verdadera luz!5 .
De hecho Evagrio nos asegura que nuestro espíritu sólo con gran dificultad capta, a la luz del día, el mundo inteligible y espiritual, ya que nuestros sentidos son acaparados por lo que se distingue con claridad a la luz del sol, distrayendo de este modo el espíritu. Pero de noche, en el tiempo dedicado a la oración, si que puede captarlo, cuando, totalmente envuelto en luz, se le muestra... 6.
El mismo Evagrio se vio favorecido por una revelación de ese tipo, mientras meditaba de noche sobre el texto de uno de los profetas7.
Hoy en día son los miembros de las así llamadas órdenes contemplativas prácticamente los únicos que “velan de noche”, es decir, los que se levantan en un horario nocturno para rezar el Oficio (divino). El ritmo de vida moderno, dominado por la tiranía del reloj que marca cada minuto y cada segundo, para nada es favorable a dicha práctica. La vida del hombre en la antigüedad transcurría más reposadamente. El día desde la salida del sol (aprox. A las 6,00 a.m.) hasta su puesta (aprox. A las 18,00 p.m.) estaba dividido en intervalos de tres horas cada uno; lo que daba lugar a las antiguos tiempos de oración a la tercera, a la sexta y a la novena hora, es decir: a las 9,00; 12,00 y a las 15,00 horas.
“En estos tiempos últimos” hasta la mayoría de los religiosos tendrá que conformarse con bastante menos. Pero tanto el ejemplo de Cristo como la regla, arriba citada, tal como se halla formulada en la carta del recluso Juan de Gaza, nos permiten reconocer cuál sea el sentido último de todo ello y que aun hoy en día es posible “perseverar velando en oración”. Pues, sin duda, que ni siquiera Cristo pasó cada noche en oración. Pero evidentemente que sí tenía por costumbre el retirarse a rezar él solo al atardecer, después de la puesta del sol, y al “amanecer, cuando todavía estaba oscuro”, cosa que ya hacía el piadoso orante de los salmos. Estos son precisamente los mismos momentos que los Padres, en general, reservan para la oración. La medida la podrá fijar cada uno a través de la experiencia y del consejo de su padre espiritual, quien tendrá en cuenta la edad, la salud y la madurez espiritual de cada cual. Una cosa, en todo caso, si que es segura: sin el esfuerzo de “velar (perseverantemente)” nadie puede llegar a esa “vigilante sobriedad”, tan ensalzada por el monje Hesyquio del monte Sinaí:
Que bella y deliciosa virtud (es) la vigilante sobriedad8, (es) luminosa y muy dulce y toda hermosa, resplandeciente y llena de encanto. Tú, ¡oh Cristo nuestro Dios!, nos facilitas el camino hacia ella. ¡Y la inteligencia despertada del hombre avanza con gran humildad!
Pues ella “extiende sus sarmientos hasta el mar y hasta los abismos” de la contemplación; y (ella) prologa sus ramas hasta las corrientes de los gozosos misterios divinos... 9. La sobriedad unida a la vigilancia se asemeja a la escala de Jacob en cuya cumbre Dios habita y por la que suben los ángeles... 10.

Notas:
1-Ef 5,15 y s.
2-Ver Gn 31,40.
3-Sal 12,4.
4-Barsanufio y Juan, Epistula 321.

5-Juan Casiano, Conlationes IX,31 (Petschenig).
6-Evagrio, Kephalaia Gnostica V,42 (Guillaumont).
7-Evagrio, Vita I.
8-Traducimos como “vigilante sobriedad” el importante concepto monástico de: népsis, que muchos traducen o por “sobriedad” o por “vigilancia/velar”. Bunge lo traduce unas veces como “sobriedad” = Nüchternheit y otras como velar/vigilar = Wachen. (Nota del traductor).
9-Sal 79,12.
10-Hesyquio (de Batos) a Teódulo, capítulos 50 y 51 (Philokalia I, p. 149, Atenas 1957).

martes, 22 de junio de 2010

(Les seguimos compartiendo extractos del Libro de Vida y Comunión de los Monjes de la Santa Cruz)
Cómo celebrar el Oficio del Domingo
Siguiendo el uso y la tradición de los Santos Padres del desierto, también nosotros pondremos una atención especial al domingo y a todas las grandes fiestas del Señor y a aquellas que estén en nuestro typicon1.
Celebramos juntos y solemnemente no sólo la Santa Misa, sino también las vísperas de la tarde anterior (primeras Vísperas) y el oficio nocturno adelantado a la media noche y por la mañana del Domingo o del día de la fiesta u solemnidad celebramos el Orthros2.
Los hermanos se reúnen a la hora establecida para las Vísperas, sea aquellas que se celebra en la soledad del Kellión, como la que celebran juntos en la capilla del monasterio. El Padre del Monasterio, según antigua tradición, asigna a cada hermano los salmos a cantar, teniendo en cuenta que lo hagan aquellos que edifiquen a la comunidad, y lo harán, cada hermano desde el ambón del coro, se cantan con los tonos acostumbrados los doce salmos, de manera lenta y clara, los lectores – cantores, no serán más de tres al máximo cuatro. Los demás hermanos como el resto de la gente que asiste al oficio común de la comunidad, tomaran su lugar, los monjes en el coro y los fieles en la parte de la capilla destinada para ellos, y podrán seguir el oficio sentados, de pie o de rodillas, cada uno según lo crea mejor. Durante la salmodia se pueden venerar los Santos Iconos. El padre del Monasterio, o el monje sacerdote que preside la celebración estará delante del altar mirando el Icono de la Trinidad.
Equipo redactor de "En el desierto"
Notas:
1-Ordo propio.
2- Oración de la mañana, como Laúdes.

viernes, 18 de junio de 2010

(Continuamos compartiendo algunos para parágrafos del Capítulo Cuarto del libro del Padre Gabriel Bunge, sobre la Vigilancia “Vasos de Barro”, Primera parte)

“Feliz el que esté en vela” (Ap 16,15)
El hombre moderno está acostumbrado a mirar la noche como tiempo de un bien ganado reposo. Si a pesar de todo queda voluntariamente en pie, será o porque su trabajo lo exige o para festejar o cosas por el estilo. Ciertamente que el hombre bíblico y los Padres dormían como cualquier persona, pero la noche era para ellos un tiempo privilegiado de oración.
Cuántas veces se habla en los salmos que el orante “medita” la ley del Señor no sólo de día sino también de noche1, que extiende de noche sus manos hacia Dios2, que se “levanta a medianoche, para alabar a Dios por sus justos juicios”3 ... Como ya vimos, también Cristo tenía la costumbre de “pasar la noche en oración con Dios”4, o “temprano cuando todavía estaba oscuro, ir a lugares desiertos para orar”5.
Por eso el Señor exhorta insistentemente a sus discípulos “a velar y orar”6, dando una nueva razón para ello: “ustedes no conocen la hora de la venida del Hijo del hombre”7, ya que debilitados por el sueño “podrían caer en tentación”8.
Igualmente el Apóstol exhorta insistentemente a “perseverar en oración dando gracias”9, -ya que él, según propio testimonio “veló durante muchas noches”10- . Ciertamente que no es en última instancia que el cristiano se distingue de los soñolientos hijos de este mundo por su velar de noche en oración:
Pero ustedes, hermanos, no viven en la oscuridad,
para que ese Día (del retorno del Señor)
los sorprenda como ladrón,
pues todos ustedes son hijos de la luz e hijos del día.
¡Nosotros no somos de la noche ni de las tinieblas!
Así, pues, no durmamos como los demás,
sino velemos y seamos sobrios.
Pues los que duermen de noche duermen
y los que se embriagan, de noche se embriagan.
Nosotros, por el contrario, que somos del día,
seamos sobrios... 11.
La primitiva Iglesia tomó de inmediato muy a pecho el ejemplo de Cristo y de los Apóstoles llevando a la práctica sus exhortaciones. La vigilia pertenece a las costumbres más antiguas de la primera Iglesia:
Vigilen sobre sus vidas. Que sus lámparas no se apaguen12 y que sus cinturas permanezcan ceñidas13, estén preparados. Pues ustedes no saben la hora en la que vendrá nuestro Señor14.

El auténtico cristiano se asemeja al soldado. La oración es la “coraza de la fe”, como también “su arma defensiva y agresiva contra el enemigo que acecha alrededor nuestro”. Gracias a eso “jamás anda por ahí desarmado”:
¡Durante el día no dejamos nuestro puesto de centinela, en el transcurso de la noche no cesamos de estar en guardia (velando)! Provistos con el arma de la oración preservamos la divisa de guerra del jefe de nuestro ejército, mientras orando aguardamos que el ángel haga resonar la trompeta. 15
Este “rasgo escatológico” de la espera del retorno del Señor pasó de los primeros cristianos, - quienes veían su fe puesta a prueba en medio de las sangrientas persecuciones que debían soportar -, a los monjes, quienes se consideraban a sí mismos sucesores de aquellos (primeros) “soldados de Cristo”:
Se los puede ver (viviendo) desperdigados por los desiertos, (donde ellos) cual auténticos hijos del Padre, aguardan a Cristo, o como un ejército a su Rey, o como una noble servidumbre doméstica a su Señor y Liberador. Entre ellos nadie gasta su tiempo (pensando) en alimentos o vestidos, sino que mientras (cantan) himnos16 sólo aguardan la venida de Cristo17.

Como no perdían jamás de vista tal meta, hasta ordenaban desde tal punto de vista el desarrollo y el uso del tiempo de cada día:
En lo que se refiere al descanso nocturno, tú reza durante dos horas desde el atardecer, contadas a partir de la puesta del sol18. Y después de haber alabado (a Dios), duerme seis horas19. Álzate luego para las Vigilias nocturnas y pasa las restantes cuatro horas (en oración hasta la salida del sol)20. En el verano sigue (idéntica) observancia; pero con (el rezo de) menos salmos por la brevedad de las noches21.

En aquellos tiempos no se usaban relojes de precisión para medir el tiempo, - ¡ni siquiera existían! -, sino que lo medían a través de los versículos de salmos recitados en una hora, pues por experiencia se sabía cuántos debían ser22. Seis horas de sueño, la mitad de la noche23 son un lapso harto prudente. El levantarse durante la noche requiere un cierto esfuerzo de voluntad. No hay que maravillarse entonces que el fervor inicial corriera peligro de ir disminuyendo con el tiempo, también entre los clérigos. Es por eso mismo que Nilo de Ancyra le exhorta enfáticamente al diácono Jórdán:
Sabiendo que Cristo, el Todopoderoso, queriendo enseñarnos a vigilar y a rezar lo hizo (él mismo) “pasando toda la noche en oración”24, y que también “Pablo y Silas glorificaban a Dios a medianoche”25, y que el profeta (David) dice: “a medianoche me levanté para alabar tus justos mandamientos”26, ¡me sorprende cómo tú, que te la pasas durmiendo y roncando la noche entera, no seas condenado por tu propia conciencia! Decídete también tú a tomar la resolución de sacudirte el sueño mortal a fin de poderte dedicar, sin apatía ninguna, a la oración y a la salmodia27.


Notas:
1-Sal 1,2.
2-Sal 76,3; 133,2.
3-Sal 118,62.
4-Lc 6,12.
5-Mc 1,35.
6-Mc 14,38; ver Lc 21,36.
7-Mc 13,33 y pars.
8-Ver Mt 26,46 y pars..
9-Col 4,2; ver Ef 6,18.
10-2 Co 6,5; 11,27.
11-1 Ts 5,4 y ss.
12-Ver Mt 25,8.
13-Lc 12,35.
14-Didajé 16,1. La referencia última es a Mt 24,42. 44.
15-Tertuliano, De Oratione 29.
16-Ver Ef 5,19.
17-Historia Monachorum in Aegypto, prólogo 7 (Festugière).
18-Es decir aproximadamente entre las 18 y las 20 horas.
19-Desde las 20 hasta las 02 de la madrugada.
20-Desde las 02 hasta las 06 de la madrugada.
21-Barsanufio y Juan, Epistula 146.
22-Ibid. Epistula 147.
23-Ibid. Epistula 158. En el desierto de Escete se acostumbraba a dormir durante un tercio de la noche, es decir 4 horas,. Ver Evagrio, Vita D (con la correspondiente nota).
24-Lc 6,12.
25-Hch 16,25.
26-Sal 118,62.
27-Nilo d Ancyra, Epistula III,127 (PG 79,444 A).

miércoles, 16 de junio de 2010

Dialogando con Padre Simeón, aclaramos que este es el nombre de fantasía que utilizamos para mantener la privacidad de nuestro Abba, para comunicarse con el Padre se ha de hacer a través de este Blog.
Padre Simeón: ¿Cómo podemos saber si estamos en la Voluntad de Dios?

Primera Parte
Siguiendo lo indicado por el gran Padre Silvano del Monte Athos yo iniciaría diciendo que es un gran bien el abandonarse a la voluntad de Dios. Entonces, sólo el Señor está en el alma; no entra allí ningún otro pensamiento. La oración se vuelve pura, y el corazón experimenta el amor de Dios, aun cuando el cuerpo estuviera sufriendo. Cuando un alma se abandona enteramente a la voluntad de Dios, el Señor comienza a guiarla. El alma es entonces directamente instruida por Dios, mientras que en otros tiempos lo estaba por maestros y por las Escrituras. Pero es raro que el Maestro del alma sea el mismo Señor, y que Él la instruya por la gracia del Espíritu Santo. Poco numerosos son aquellos que lo experimentan: únicamente los que viven según la voluntad de Dios.
El hombre orgulloso no quiere vivir según la voluntad de Dios; porque le gusta dirigirse él mismo. No comprende que no puede dirigirse él mismo por su sola razón, olvidándose de Dios. Yo también, cuando vivía en el mundo y no conocía al Señor y a su Espíritu Santo, no sabía cuánto nos ama, y confiaba en mi propia razón. Pero cuando, por el Espíritu Santo, conocí a nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, mi alma se abandonó a Dios. Y desde entonces, acepto todas las pruebas que me llegan y digo: "El Señor me ve; ¿qué he de temer?" Pero, en otros tiempos, no podía vivir así.
Para aquél que se ha abandonado a la voluntad de Dios, le es mucho más fácil vivir, porque hasta en la enfermedad, en la pobreza y en la persecución piensa: "Eso gusta a Dios; y yo debo soportarlo a causa de mis pecados".
Hace muchos años que sufro dolores de cabeza, difíciles de soportar. Pero eso me hace bien, porque, por la enfermedad, el alma se vuelve humilde. Mi alma tiene un deseo ardiente de orar y velar, pero la enfermedad me lo impide, pues el cuerpo enfermo tiene necesidad de calma y reposo. He rogado mucho al Señor para que me cure, pero el Señor no ha escuchado mi plegaria. Es el signo de que esto no me sería útil.
Esto me sucedió una vez, cuando el Señor me escuchó rápidamente y me salvó. Un día de fiesta, servían pescado en el refectorio. Comiendo, tragué una espina que quedó prendida profundamente a mi garganta. Invoqué a San Pantaleón, pidiéndole que me curara, porque los médicos no pueden extraer una espina del pecho. Y en el momento en que pronunciaba la palabra "cúrame", recibí en el alma la respuesta: "sal del refectorio, respira profundamente y la espina saldrá con sangre." Así lo hice; salí, respiré profundamente, tosí y una espina grande salió con sangre. Entonces comprendí que si el Señor no cura mis dolores de cabeza, significa que me es útil sufrir así.
Lo más preciado en el mundo es conocer a Dios y comprender, por lo menos parcialmente, su voluntad. El alma que ha conocido a Dios debe abandonarse totalmente a la voluntad de Dios, y vivir ante Él en el temor y el amor. En el amor, porque el Señor es amor. En el temor, porque hay que cuidar de no ofender a Dios con algún mal pensamiento. Cuando la gracia está con nosotros, ella fortifica nuestro espíritu; pero cuando la perdemos, descubrimos nuestra debilidad. Vemos que, sin Dios, ni siquiera llegamos a tener un buen pensamiento.
Veamos un indicio: si la privación de alguna cosa te aflige, es porque no te encuentras enteramente abandonado a la voluntad de Dios, teniendo quizás la impresión de vivir según su voluntad.
Aquél que vive según la voluntad de Dios no se preocupa por nada. Y si tiene necesidad de alguna cosa, confía su persona, así como esa cosa, en las manos de Dios. Y si no obtiene lo que necesita, permanece tranquilo, como si la tuviera.
El hombre que se ha abandonado a la voluntad de Dios no teme nada: ni la tormenta, ni a los bandidos, ni a nada. Y ante cualquier cosa que pase, él se dice: "Esto le gusta a Dios". Si está enfermo, piensa: "¡Es el signo de que esta enfermedad me es necesaria, sino Dios no me la hubiera enviado!"
Es así como se mantiene la paz en el alma y en el cuerpo.
Aquél que se preocupa por sí mismo, no puede abandonarse a la voluntad de Dios de tal manera que su alma encuentre la paz en Dios. Pero el alma humilde se abandona a la voluntad de Dios y vive delante de Él en el temor y en el amor. En el temor: para no ofender a Dios en nada; en el amor: porque el alma sabe cuánto el Señor nos ama.
La mejor obra es abandonarse a la voluntad de Dios y soportar las pruebas con esperanza. El Señor, viviendo nuestras penas, jamás nos cargará más allá de nuestras fuerzas. Si nuestros sufrimientos nos parecen demasiado pesados, es el signo de que no nos hemos abandonado a la voluntad de Dios.
El alma que se ha abandonado enteramente a la voluntad de Dios, encuentra el reposo en Él, porque sabe, por la experiencia y por las Sagradas Escrituras, que el Señor nos ama y vela sobre nuestras almas, haciendo revivir todo por su gracia en la paz y en el amor. Aquél que se ha abandonado a la voluntad de Dios no se aflige por nada, aunque estuviera enfermo, pobre y perseguido. El alma sabe que el Señor cuida de nosotros con ternura. El Espíritu Santo atestigua las obras divinas y el alma Lo conoce. Pero los hombres orgullosos y desobedientes no quieren abandonarse a la voluntad de Dios, pues les gusta realizar su propia voluntad, lo que es pernicioso para el alma.

jueves, 10 de junio de 2010

(Les seguimos compartiendo extractos del Libro de Vida y Comunión de los Monjes de la Santa Cruz)

El oficio divino en la noche
En la antigüedad la vida de los hombres estaba profundamente relacionada con el ritmo de la naturaleza, marcado por el sol y por la luna. El hombre de nuestro tiempo se ha alejado de estas condiciones naturales gracias a la técnica y sus invenciones, como el reloj, la electricidad, etc. Nosotros como hombres de nuestro tiempo, dependemos de estos factores, no obstante intentamos mantener el significado profundo y simbólico del ritmo antiguo de la jornada monástica, que se orienta a la luz del sol.
La oración presentada en la Regla de Pacomio, está pensada para un cenobio, no para una estructura como la nuestra, que ora gran parte de la liturgia en la soledad del Kellión.
Nosotros retomamos la tradición antigua de los Santos Padres del desierto que instruidos por un ángel, conocían solamente dos oficios: las Vigilias y las Vísperas compuestos cada uno por doce salmos y doce oraciones sálmicas.
Los monjes se levantan en nuestros monasterios de la Santa Cruz a las 4:00 es decir en la cuarta vigilia nocturna, antes de que salga el sol. Después de haberse ocupado de las necesidades personales, cada monje en su Kellión, celebra el oficio de Vigilia, seguido de la lectio divina, salmodia y oración, lectura y meditación ocupan la vida del monje que espera que salga el “Sol de Justicia”, Cristo, nuestro Dios. De hecho el monje es un siervo que espera, libre de toda preocupación terrena con cantos e himnos el regreso de Cristo.
A las 7:15 celebran cada día, juntos en la capilla del monasterio, con gran reverencia los santos Misterios Eucarísticos como alabanza eterna y por la salvación de vivos y difuntos.
Cada uno se mueve a su ritmo con el tiempo necesario para estar en la capilla veinte minutos antes del comienzo de la Santa Misa y se dispone al Santo Sacrificio, repitiendo el Santo Nombre de Jesús, terminada la Santa Misa la comunidad permanece silenciosamente por espacio de treinta minutos en acción de gracias en la Capilla, este tiempo termina con el toque y rezo de Ángelus a María Santísima. Luego cada monje se retira a su Kellión y a las actividades comunes o personales.
El monje entre la Vigilia y la Lectio toma un frugal desayuno, té, mate etc. con pan o lo que haya en la cocina para todos, en los días que no se hace ayuno, que solamente se tomará algo líquido.
La mañana de 8:30 a 12:45 el monje se dedica al trabajo sea en la soledad del Kellión o en los lugares comunes, según venga dispuesto por el Padre del Monasterio.
El trabajo se interrumpe a las 10:00 de la mañana para el rezo de tercia, la oración se eleva de manera silenciosa en donde se encuentre cada monje.
A las 12:00 el hermano encargado toca el Ángelus y los monjes dejan sus trabajos y se dirigen a sus Kellión en donde se higienizan y rezan la hora sexta, luego buscan por la cocina la vianda con el almuerzo, que se consumirá en soledad acompañado de una buena lectura que ha de procurar siempre el Padre del Monasterio o el Maestro de Novicios por delegación del Padre del Monasterio para los hermanos novicios.
Cuide y cultive siempre el monje el silencio y el recogimiento con todo fervor, atención y devoción teniendo su espíritu siempre en oración, como lo recomienda Juan de Gaza, para poder mantener esta gracia siempre y a lo largo de toda la jornada y conseguir finamente por la misericordia de Dios el don de la oración continua. También nos puede iluminar lo que dice el Santo Abad Santiago: “Una vez fui a visitar al Abad Isidoro, lo encontré sentado y escribiendo. Permanecí junto a él un poco y lo observé y vi que cada tanto el Santo Padre levantaba los ojos al cielo sin mover los labios y sin sentir ninguna voz. Le pregunté ¿qué haces Padre mío? El me respondió ¿no sabes lo que hago? No, absolutamente Padre, le dije. El me respondió, si no lo sabes, Santiago quiere decir que no fuiste nunca monje, ni siquiera por un día. Escucha lo que digo: Jesús, ayúdame. Señor mío te bendigo. De esto se trata hermanos, de vivir en la Santa presencia de Dios, es decir en el santo temor del Señor que es unión de amor.


a) Cuántos salmos se han de decir en las Vigilias
Tomamos los salmos uno después del otro, sin omisión - lectio continua – aquellos más largos los dividimos según el sentido y las partes que resulten los cantamos como salmos completos.
Cada salmo es cantado lentamente y con mucha atención y termina con el aleluya, se sigue con la oración silenciosa, en la cual con palabras inspiradas por los salmos presentamos a Dios nuestras intenciones. Estas oraciones terminan con un gloria y una postración delante de los Santos Iconos y de la Santa Cruz sobre la cual nuestro Señor está misteriosamente presente, luego se pasa al salmo siguiente. El décimo segundo salmo es siempre uno de esos aleluiáticos (112; 145; 150), cambiando cada día. Al llegar a la oración salmica número doce, cada monje en el silencio orante de su Kellión pide a Dios que acepte con amor y misericordia este sacrificio de alabanza para su gloria y gloria de su Santo Nombre, por el bien de cada uno y de toda su Santa Iglesia. Oramos esperando que salga Cristo el Sol de justicia.


Equipo de Redacción "En el Desierto"
orthroseneldesierto@gmail.com

viernes, 4 de junio de 2010

(Continuamos compartiendo algunos para parágrafos del Capítulo 2 del libro del Padre Gabriel Bunge, “Vasos de Barro”, tercera parte)
3. “Siete veces al día te alabo” (Sal 118,164)
En esta tierra el ser humano está sujeto al tiempo y al espacio. Es por ello que la “elección del tiempo adecuado” para rezar no es menos importante que la elección del lugar, como ya lo constataba Orígenes.
Experimentamos el tiempo como sucesión ordenada del sol y de la luna según un ritmo determinado. Algunas de estas sucesiones se repiten cíclicamente. Desde un punto de vista global el tiempo en nuestra vida avanza linealmente hacia una meta. Es por eso que uno de los secretos de la vida espiritual consiste en una rítmica regularidad que se adapte a la cadencia de nuestra vida. En este terreno todo ocurre como para el aprendizaje de cualquier oficio, - o de cualquier arte -, para lo cual no basta, por ejemplo, tocar de vez en cuando las teclas de algún piano para llegar a ser un eximio pianista. “La práctica es lo que logra la maestría”, - igualmente en el caso de la oración. Un “cristiano práctico”, en el sentido que le dan los santos Padres, no es una persona que con mayor o menor fidelidad cumple sus obligaciones dominicales, sino aquel que a lo largo de toda su vida reza cada día, ¡más aun varias veces al día!; es decir alguien que practica con regularidad su fe, del mismo modo que ejercita con regularidad las funciones necesarias a la vida, - comer, dormir, respirar... -. Únicamente así su “quehacer espiritual” adquirirá aquella connaturalidad que para las funciones nombradas se da por descontada.
Para el hombre bíblico era evidente la necesidad de practicar la oración personal con toda regularidad como también la de participar en la oración comunitaria. Daniel doblaba tres veces por día sus rodillas para rezarle a Dios vuelto hacia Jerusalén ya que se hallaba en el exilio babilónico1 . Esta era sin duda la costumbre de todo judío piadoso. Los salmos están llenos de alusiones correspondientes (a dicha costumbre). Las horas preferidas para orar eran evidentemente temprano a la mañana 2, por la tarde3 o bien por la noche4 es decir los momentos más apacibles de la jornada. Como vimos estos eran justamente los momentos en los que Cristo prefería retirarse a la soledad para orar.
El hecho de orar tres veces por día, es decir por la mañana, al mediodía, en la tarde5 ,- vale decir a las horas de Tercia, Sexta y Nona -, era una costumbre fijada ya en tiempos del cristianismo primitivo 6. Los antiguos Padres derivan esta costumbre de los Apóstoles mismos, quienes sin duda simplemente se mantuvieron fieles a la costumbre judía como nos lo demuestra el ejemplo de Daniel. Es así que Tertuliano escribe aproximadamente entre los años 200 y 206:
Respecto a los momentos de oración nada se nos prescribe, a no ser el “orar siempre” 7, y “en todo lugar” 8.
Tertuliano, después de aclarar en qué sentido quiere se entienda aquello de “en todo lugar”, - lo explica por el lado del decoro o necesidad -, para así no caer en contradicción con lo expresado en Mt 6,5, y luego continúa escribiendo:
Respecto a los tiempos (señalados para orar) no es superfluo observar ciertos horarios, precisamente aquellas horas comunitarias que señalan los momentos más importantes del día, como las (horas) de Tercia, Sexta y Nona que también en la Escritura se nombran como las más destacadas. Cerca de la hora de Tercia el Espíritu Santo fue derramado por primera vez sobre los discípulos reunidos 9. Era la hora Sexta cuando Pedro, al subir a la azotea para rezar, tuvo la visión de la comunión (entre judíos y paganos 10. Y fue en la hora de Nona cuando el mismo Pedro, subiendo con Juan al Templo, le devolvió la salud al paralítico11.
Aunque Tertuliano no ve en esta costumbre apostólica una prescripción obligatoria, tiene sin embargo por muy adecuado darle forma y solidez a la oración mediante el rezo en los tres momentos arriba señalados. “Prescindiendo, naturalmente, de las oraciones obligatorias, de las que aunque nadie nos exhorte somos deudores los cristianos de hacerlas al inicio del día y de la noche”, deberíamos rezar “no menos de al menos” tres veces por día, - como deudores de las tres divinas Personas: del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”12. Con lo que tendríamos cinco momentos de oración diarios, como aquellos a los que todavía hoy se atienen los discípulos de Mahoma.
El uso de una frase como “no menos de al menos” ya insinúa que el sentido de esos momentos fijos de oración no puede ser el de únicamente rezar a esas horas, ya se trate de hacerlo sólo por la mañana y por la tarde, ya cinco veces, ya “siete veces por día”13 como se hará costumbre más tarde.
Si algunos dedican horas fijas a la oración, como por ejemplo tercia, sexta y nona, debemos objetar a eso que en todo caso el gnóstico está orando la vida entera, esforzándose por estar en unión con Dios, y, para decirlo brevemente, desentendiéndose de todo aquello que de nada le sirve una vez que ha llegado allí, pues ya desde aquí abajo ha logrado la perfección del que obrando en el amor ya ha llegado a la perfección de la edad adulta.
Sin embargo la triple distribución de horas (arriba mencionadas) que están agraciadas con idénticas oraciones, bien la conocen los que están familiarizados con la feliz y bienaventurada trinidad de las santas moradas14 (celestiales)15 .
Este ideal del “gnóstico” cristiano, es decir el contemplativo agraciado con el verdadero conocimiento de Dios, que Clemente de Alejandría formulara mucho antes de que surgiera un monacato organizado, fue más tarde asumida por los discípulos de san Antonio. Los padres del desierto sólo conocían dos tiempos fijos de oración, al comienzo y al final de la noche, que ni siquiera eran demasiado largos. Para el resto del día y buena parte de la noche se servían de un “método”,- que ya tendremos ocasión de ver -, para “mantener su espíritu permanentemente en Dios”. El monacato palestino tenía un número mayor de tiempos fijos de oración. Vemos así como Epifanio, obispo de Salamina en Chipre, y que era originario de Palestina, deduce siete tiempos de oración, a partir de citas tomadas del salterio, libro con el que está tan familiarizado.
(Epifanio de Chipre) decía: el profeta David “oraba en lo profundo de la noche16, “se levantaba a medianoche”17, “invocaba (a Dios) antes de la aurora”18, “al alba ya estaba en oración (ante Dios)”19, “imploraba al amanecer, al mediodía y por la tarde”20, por eso podía decir: “siete veces al día te alabo” 21.

Con todo, igualmente para (Epifanio) el ideal era el de la “oración continua”, ideal que así mismo ya se halla delineado en los salmos. Pues el salmista asevera “que todo el día invoca a Dios”23 , o que “medita su ley día y noche”23, es decir continuamente.
El bienaventurado Epifanio, obispo de Chipre tenía un monasterio en Palestina. Su abad le mandó decir: “Gracias a tus oraciones no hemos descuidado nuestra regla, sino que con celo celebramos no sólo la hora de Prima, sino también las de Tercia, Sexta y Nona como también la de Vísperas”. Pero él lo reprendió con las siguientes palabras: “Es claro entonces que ustedes descuidan las demás horas del día, cesando en la oración. El verdadero monje debe tener la salmodia y la oración incesantemente24 en el corazón”25.
La observancia de cierto número de horas fijas de oración repartidas a intervalos durante el día (y la noche), -lo que requiere cierta autodisciplina-, no tiene al fin y al cabo otra finalidad que la de proporcionarnos puentes a través de los cuales nuestro inquieto espíritu pueda atravesar el “río” del tiempo. Gracias a este entrenamiento (nuestro espíritu) adquiere un adiestramiento que le permite la agilidad y soltura de movimientos sin los cuales ningún artista y ningún artesano pueden arreglárselas en su oficio. Ciertamente que todo esto simplemente puede calificarse de “rutina”, pero ella es necesaria para cumplir con la finalidad del oficio en cuestión: el arte, -sea el del carpintero, el violinista o el futbolista ..., y también el arte de la oración- que es la ocupación más alta y más noble de nuestro espíritu como nos lo asegura Evagrio26 (así lo exige). Cuanto mayor sea la práctica tanto mayor será la impresión de una completa naturalidad de movimientos, y tanto mayor la alegría al realizarlos.
Como en cualquier arte también habrá que superar en la práctica diaria de la oración ciertos obstáculos que de vez en cuando se irán presentando. El peor enemigo es un cierto hastío frecuentemente indefinible, que también se hace presente aunque a uno no le falte el ocio necesario.
Esta situación de disgusto y desgano, que los Padres harto bien conocían, puede a veces llegar a ser tan fuerte, que el monje, - al menos eso es lo que piensa- ya no es capaz de recitar su oficio diario. Si cede en esto llegará al punto en que dudará del sentido de su propia existencia. Equivocadamente, ya que:
Luchas como estas se nos presentan como un estar abandonados por Dios, con el fin de poner a prueba la propia libertad, para verificar hacia donde se inclina27.
¿Qué hay que hacer? Hay que obligarse, vale decir activar la fuerza de voluntad, con el fin de cumplir con los tiempos de oración prescritos aunque su contenido deba ser reducido a un mínimo: un salmo, o tres “gloria al Padre”, o tres “santo eres” y un ponerse de rodillas, siempre que uno al menos pueda esto. Si el abatimiento espiritual se agiganta hay que recurrir a un último remedio:
Hermano, si esta lucha contra ti arrecia, a tal punto que hasta te cierra la boca, no permitiéndote recitar el oficio, ni siquiera de la manera como lo dije más arriba, entonces oblígate a ponerte en pie y a recorrer tu celda de arriba abajo, mientras saludas a la cruz y haces una “metanía”, y nuestro Señor en su misericordia hará que (esta lucha) cese 28.
Cuando las palabras parecen haber perdido todo sentido, sólo queda el gesto corporal, un tema sobre el que explícitamente volveremos
más adelante.
Equipo de redacción "En el Desierto"
Notas:
1-Dn 6,10. 13.
2-Sal 5,4; 58,17; 87,14; 91,3.
3-Sal 54,18; 140,2.
4-Sal 76,3. 7; 91,3; 118,55; 133,2.
5-Sal 54,18.
6-Didajé 8,3 (Rordorf/Tuilier).
7-Lc 18,1.
8-1 Tm 2,8. Cita de Tertuliano, De Oratione 23.
9-Hch 2,15.
10-Hch 10,9.
11-Tertuliano, De Oratione 25. Ver Hch 3,1.
12-Ibid.
13-Sal 118,164.
14-Ver Clemente de Alejandría, Strom VI,114,3 (referencia corregida por el traductor).
15-Clemente de Alejandría, Strom VII,40,3-4.
16-Sal 118,147.
17-Sal 118,64.
18-Sal 118,148.
19-Sal 5,4.
20-Sal 54,18.
21-Epifanio 7(202); la última cita es del Sal 118,154..
22-Sal 31,3.
23-Sal 1,2.
24-1 Ts 5,17.
25-Epifanio 3(198).
26-Evagrio, De Oratione 84. (Algunos traducen “actividad del intelecto” más bien que . “del espíritu”. Nota del traductor).
27-Jausep Hazzaya, p. 140.
28-Ibid., p. 144.

martes, 1 de junio de 2010






PROFESIÓN SOLEMNE DEL HERMANO FRANCISCO DAMIÁN OÍO
Sábado 29 de mayo de 2010
I Vísperas de la Solemnidad de la Santísima Trinidad
Capilla Santa Teresita - Los Cocos - Sierras de Córdoba - Argentina

Querido Hermano administrador de “En el Desierto”, los Monjes de la Santa Cruz les queremos compartir con algunas fotos y textos la hermosa experiencia que hemos tenido el pasado sábado con motivo de la Profesión Solemne del hermano Francisco Damián.
Para que nos conozcan un poco más.
Desde los primeros siglos de la Iglesia, hubo hombres y mujeres llamados a imitar a Cristo, en su condición de siervo, siguiéndolo por la profesión monástica.
Los Monjes se hacen portadores de la Cruz y se comprometen a ser portadores del Espíritu, hombres y mujeres espirituales, capaces de fecundar secretamente la historia, con la alabanza y la intercesión continua, con los consejos ascéticos y las obras de caridad. El Monje, busca la hesichía, es decir, la paz interior, la oración incesante, en espera de la venida definitiva del Señor.
La vida monástica significa “no anteponer nada al amor de Cristo”, conciliando el trabajo y la vida interior (cf. VC, 6).
Enraizados en la tradición de la vida monástica antigua de la Iglesia, los Monjes de la Santa Cruz, buscamos vivir como los santos Monjes de Palestina y Egipto, de los siglos IV y V, teniendo como Padre a San Pacomio, de quien tomamos la Regla, el iniciador de la vida monástica en comunidad, es decir, la koinonía, donde los Monjes buscan tener un solo corazón y una sola alma, como la primera comunidad cristiana.
Además, consideramos como Padre y modelo de nuestra vida solitaria, eremítica, a San Antonio, a quien la tradición de la Iglesia recuerda como Antonio, el Grande quien, en su soledad supo combinar, en equilibrio y armonía, la oración y el trabajo, viviendo en la continua presencia y el recuerdo de Dios. Con él, se dio origen explícitamente en la Iglesia al monacato cristiano como seguimiento del Cristo Crucificado en la soledad del desierto.
Somos Monjes de la Santa Cruz, ya que desde la Cruz entregamos nuestra oración con Cristo a Dios Padre. Y como San Pablo, predicamos a un Cristo Crucificado que es fuerza y sabiduría de Dios.
Con la Profesión Monástica, el Monje es consagrado al Señor, como respuesta a una iniciativa enteramente de Dios Padre, que exige una entrega total y exclusiva para que, no sólo Cristo sea el centro de su vida, sino que el Monje se vaya conformando a Él, y pueda decir: “Para mí la vida es Cristo”. El Espíritu Santo es quien guía y modela a aquellos que son llamados a esta forma de vida, siendo separados del mundo para el servicio de la Iglesia y de sus hermanos (cf. VC, 17-19).
Todos nosotros, que hoy compartimos esta celebración, participaremos como testigos de su entrega hecha en la Iglesia y para su edificación.
En este día en que celebramos la Solemnidad de la Santísima Trinidad, se nos revela su misterio de comunión y de amor. Dios, que existe desde el principio nos elige y, por medio de su Hijo Jesús e impulsados por su Espíritu, nos ha llamado a anunciar su Nombre en toda la tierra. En este misterio tenemos puesta nuestra esperanza y por esto, cada Monje se entrega con confianza para la alabanza continua de la Santísima Trinidad.
La consagración es una acción de toda la Iglesia, del cielo y de la tierra. Por eso, invocaremos a nuestros hermanos, los santos. Po ello el Hermano Francisco Damián fue cubierto por el gran Schema, signo de la muerte de Cristo.
El monje por la profesión Monástica muere al mundo para vivir sólo para Dios, por su vocación está llamado a ser signo de la vida eterna, de los bienes que se esperan, viviendo en el Santo Temor de Dios.

El Obispo, consagró al Hermano Francisco Damián, quien se ofrece a Dios como su propiedad exclusiva, uniéndose a la entrega de Cristo en la Santa Cruz, y así fue hecho templo del Espíritu Santo y testimonio del amor de Dios entre los hermanos.
Además, el Obispo intercedió por el Hermano Francisco Damián, pidiendo al Señor que derrame sus dones para que él pueda vivir con fidelidad la vocación que ha recibido.

El Obispo bendijo los elementos que simbolizan la pertenencia a la comunidad de los Monjes de la Santa Cruz, y los entregó al Hermano Francisco Damián: la Regla de nuestro Padre San Pacomio, el Libro de Vida y Comunión, los Estatutos de nuestra comunidad monástica, la cogulla coral y el anillo.
La “cogulla coral” o “rasson” es una túnica negra, con el schema bordado. Con ella, el Monje se convierte en rassophoro, es decir, “portador del signo”, que simboliza su consagración para la continua alabanza a la Santísima Trinidad.

Con la entrega del anillo, el Obispo confirmó como Padre y Pastor, en nombre de la Iglesia, la consagración definitiva del Hermano Francisco Damián y su pertenencia como Monje a la Pequeña Familia de la Santa Cruz.

viernes, 28 de mayo de 2010

(Continuamos compartiendo algunos para parágrafos del capítulo segundo del libro del Padre Gabriel Bunge, “Vasos de Barro”, Segunda parte)


Juan Damasceno comienza por una constatación general: de que la doble naturaleza del ser humano, físico-corporal e interior–espiritual, postula igualmente la necesidad de una doble adoración. La idea proviene evidentemente de Orígenes quien sostiene que la actitud interior y espiritual en la oración razonablemente exige la correspondiente actitud exterior en el porte del orante1. Si el cristiano se vuelve y orienta espiritualmente hacia el Señor, esto debe análogamente manifestarse visiblemente con y en el cuerpo.
Después de esa constatación general pasa Juan Damasceno a las “pruebas escriturísticas”. Ya que la “luz” y análogamente el “oriente” son en la Sagrada Escritura metáforas para Dios y su Cristo, se destina el lado este, el oriente para la adoración orante de Dios. Conocemos ya esa idea gracias a Pseudo - Justino2.
Sigue a continuación con la historia de la salvación en un sentido más estricto, y en primer lugar con la historia primitiva: el jardín del Edén al oriente, y la instalación de Adán, después de la expulsión, “hacia el poniente”, “enfrente del paraíso”.
En la Antigua Alianza reaparece de muchísimas maneras el “este” como dirección privilegiada. Juan enumera la disposición de la tienda de la alianza, la manera de acampar de las tribus de Israel y al templo de Salomón. Tengamos en cuenta que partiendo de aquí pueden fácilmente prolongarse las líneas hasta llegar al simbolismo (expresado por la orientación a elegir para) la construcción de los templos cristianos.
Es totalmente correcta la conclusión de que la Nueva Alianza, - como cumplimiento y perfeccionamiento de la Antigua -, ha asumido el significado simbólico de la “orientación hacia oriente”. Juan Damasceno menciona la Crucifixión, la Ascensión y el Retorno de Cristo; a su nacimiento había ya aludido antes: Cristo como el “Oriente” predicho por los profetas; pensemos también en la estrella “hacia el este” que vieron los Magos – en coincidencia con las promesas proféticas se trata de una “estrella que surge en Jacob”3 - y que interpretaron en referencia al nacimiento del Mesías4.
La tradición apostólica, oralmente transmitida, de rezarle a Dios vueltos hacia oriente tiene, por tanto, diversas razones que se complementan mutuamente y que Juan Damasceno va señalando cuidadosamente a lo largo del capítulo. Ya que hay que consagrar a Dios, - origen de todo lo bello y bueno -, toda belleza y dado que fuera de toda duda “la salida del sol” está entre las cosas más hermosas, debe por ello ser reservada para la adoración de Dios. Se trata entonces de un argumento “cósmico” que podría ser igualmente sostenido por un no cristiano, y es por eso que el oriente, ya en tiempos precristianos y extra bíblicos, gozó de una consideración privilegiada como aún veremos. Pero fue recién al hombre bíblico, -y más en concreto al cristiano en una medida aún mayor que al judío-, al que se le concedió la plenitud de la revelación al develársele toda la profundidad histórico salvífica de dicha “orientación”. Vuelto hacia el este el cristiano le reza a Dios teniendo enfocada su mirada en la “antigua madre patria” en búsqueda de la cual se halla empeñado desde el momento en que fuera expulsado del paraíso. Al mismo tiempo se “orienta” y dirige al Crucificado que por su muerte y resurrección le (re)abrió la puerta hacia aquella su “patria de origen”, y a la que le precedió según lo insinúa Lc 23,43. Desde allí, del oriente, aguarda el retorno glorioso de su Señor en su segunda venida, cuando llevará a pleno cumplimiento la salvación prometida.
La fuerza y profundidad de esta interpretación teológica de la “orientación hacia el este” para orar, creemos que no dejará de causar profunda impresión, aun en el hombre moderno. Más aún, al caer en la cuenta que fuera de todo lo arriba dicho este simbolismo se enraíza en el mismo hecho de su bautismo, gracias al cual es cristiano. Pues hay que tener en cuenta que dicho estar enraizado en el sacramento modifica vitalmente la propia existencia. Lo que gracias a la historia de la salvación le tocó en herencia a la humanidad entera, se hace mío por el sacramento (del bautismo).
Así, pues, cuando renuncias a Satanás, rompiendo todo pacto con él y con las viejas alianzas con el infierno, se te abre entonces el paraíso de Dios que fue plantado al oriente y del cual, por haber transgredido el mandato de Dios, fue expulsado nuestro primer padre. Como símbolo de esto te volviste desde el occidente para mirar al oriente, la región de la luz 5.
La relación entre el “oriente” y Cristo es para el espíritu de los Padres tan estrecha, que Ambrosio en idéntico contexto, al girar el bautizando de occidente a oriente puede simplemente decir: “Quien renuncia al diablo, se vuelve hacia Cristo, y mira directamente su rostro”6.
Siempre que un cristiano se dispone a rezar ante su Señor volviéndose hacia oriente renueva, – aunque no lo diga o no sea totalmente consciente de ello -, aquel acto de renuncia al mal y de confesión del Dios Uno y Trino que efectuó de una vez para siempre en el bautismo7.
Teniendo en cuenta todo lo dicho hasta aquí, no es sorprendente que la “orientación” en la oración sea de tal importancia que cualquier otra costumbre, por querida, simbólica, o llena de sentido que fuese, deba capitular y ceder ante ella. A este popósito, Orígenes escribe lo siguiente:
Debemos decir ahora algo respecto a la dirección en que se ha de mirar al hacer oración. Ya que los puntos cardinales son cuatro, norte, sur, puesta y salida (del sol), ¿qué persona no reconocerá sin sombra de duda que debemos orar mirando hacia oriente, como expresión simbólica del alma que contempla “el surgir de la luz verdadera”?8
Si alguna persona dijera que prefiere presentar sus ruegos (ante Dios) en la dirección en que estuviese orientada la puerta de su casa, con la motivación de que se inspira mejor mirando al firmamento que ante una pared, ya que la puerta de su casa no se abre hacia oriente, entonces hay que contestarle: es por mera arbitrio humano que las puertas de las casas se abren hacia uno u otro lado, pero por naturaleza hay que preferir el oriente a los restantes puntos cardinales. Lo que es por naturaleza ha de anteponerse a lo arbitrario. Después de estas consideraciones, si alguien desea rezar al aire libre, ¿rezará vuelto hacia oriente más bien que hacia occidente? ¡Por supuesto! Si al aire libre es así, prefiérase hacerlo así en todas partes.9
El hombre de la antigüedad, fuera pagano o judío, tenía la costumbre, como todavía veremos, de rezar vuelto hacia el cielo abierto10. Esta costumbre tan querida, de ser necesario, debe ceder ante la “orientación” cristiana, ¡aun ante el peligro de encontrarse ante una pared totalmente cerrada! En esto Orígenes es categórico: la elección del lugar, las actitudes durante la oración y muchas otras cosas deben adaptarse a veces a las circunstancias, pero jamás (hay que adaptar o variar) la orientación al rezar. El hacerlo hacia oriente excluye toda otra dirección11. Hacia allí hay que mirar “sean cuales fueren las circunstancias”12– si bien las razones de la tradición eclesial no les son conocidas a todos13. Cuáles sean esas razones aquí sólo lo insinúa Orígenes con su referencia al “levantarse de la luz verdadera”; eran sin embargo, esencialmente las mismas que las enumeradas por los Padres posteriores (a Orígenes).
Por otra parte, a los Padres les era de sobra conocido el hecho de que aun fuera de la tradición bíblica era el oriente la dirección preferida a las otras tres, y eso era incluso cierto como dirección preferida para la oración. La manera en que explican dicha coincidencia merece ser repensada y meditada en un tiempo como el nuestro, de convergencia entre las religiones a nivel mundial.
Por eso también (en) los templos más antiguos (la puerta) miraba hacia occidente, para que los que estaban de pie de frente a las imágenes, se habituaran a volverse hacia el oriente 14.
Aquella “salida/subida”15 de la “luz eterna”16 , de la cual los pueblos se alejaron voluntariamente cuando decidieron construir la torre de Babel – pecado por el que fueron castigados por Dios con la pérdida del idioma único que hasta ese momento tenían en común17. Únicamente Israel no se alejó de esa “surgente” preservando así su “idioma originario”, el idioma “fontal/oriental”, por lo que entre todos los pueblos se convirtió en el único que al no alejarse de la “fuente” conservó el “idioma originario” la “lengua de la subida/salida” gracias a lo cual llegó a ser la “heredad del Señor” según lo explica profundamente Orígenes18.
Sin que fueran conscientes de ello, el Pedagogo divino iba conduciendo también a los paganos, perdidos en su servicio a los ídolos, hacia la “salida/subida”, hacia su verdadero “origen”, desde donde se “derrama la luz que empezó a brillar en las tinieblas”19, es decir Cristo, el “Sol de justicia”, que “a los que yacían en la ignorancia”20 les hizo alborear, cual sol, el día del conocimiento de la verdad 21.
¿Quién se atreverá a decir, después de todo lo expuesto, que la “orientación” en la oración es algo secundario, apenas fruto del espíritu de una determinada época? Donde se entiende su sentido y donde se lo vive conscientemente, preserva al orante del peligro, - hoy más amenazador que nunca -, de perderse en lo intrascendente. El mahometano sabe muy bien por qué se vuelve hacia La Meca para rezar, y eso con independencia de la arquitectura del ámbito en el que casualmente se halle. Por el contrario el adherente del (budismo) zen sabe muy bien por qué no necesita de “orientación” ninguna durante su meditación, pues le es extraño hasta el menor atisbo de pensamiento de un “estar ante”, o, “en presencia de”.
¿Y el cristiano? Debería saber que la felicidad sólo le es posible en su unión con Dios, en la que (sin embargo) persiste, total y absolutamente, la posibilidad de estar personal y mutuamente uno en presencia del otro. Hay que saber que el “modelo” y la posibilidad de esta unión sin mezcla y sin confusión proviene de la unidad de las tres divinas Hipóstasis en el Único Dios (Evagrio). ¡Justamente eso es lo que no le deja olvidar y le recuerda su volver el rostro, - tanto el físico como el espiritual -, hacia oriente, hacia el Señor!.



Equipo de redacción de “En el Desierto”





Notas:
1.Orígenes, De Oratione XXXI,2.
2.Ver arriba, Cap. 2, nota 28.
3.Nm 24,17.
4.Mt 2,1 ss.
5.Cirilo de Jerusalén, Catechese Mystagogicae I,9 (traducción propia).
6.Ambrosio, De Mysteriis II,7 (traducción propia).
7.En lo que respecta a la señal de la cruz, que también va colocada en un contexto bautismal, ver más adelante Capítulo IV,6.
8.Ver Za 6,12,; Lc 1,78 (Sol de Oriente); Jn 1,9 (Luz verdadera).
9.Orígenes, De Oratione XXXII
10.Ver más adelante Capítulo IV,3.
11.Orígenes, Num, hom V,1 (Baehrens).
12.Orígenes, De Oratione XXXI,1.
13.Orígenes, Num. hom. V,1 (Baehrens).
14.Clemente de Alejandría, Stom. VII,43,7.
15.En alemán Bunge usa la palabra “Aufgang” que tiene el doble significado de “subida” y de “salida”. De ese modo juega con un doble significado: el del subir/elevarse de la torre de Babel y el de la salida del sol. Ese doble significado no se da en castellano (nota del traductor).
16.Sb 7,26.
17.Ver Gn 11,1 ss.
18.Orígenes, Contra Celsum V,29 ss (Koetschau).
19.Ver 2 Cor 4,6.
20.Ver Mt 4,16.
21.Clemente de Alejandría, Strom VII,43,6.