martes, 16 de noviembre de 2010

Compartiendo la Vida de Evagrio Póntico

EVAGRIO PÓNTICO: Su vida. Sus escritos.[1]

I PARTE

Introducción

La fuente principal, y casi única, para conocer a Evagrio, es la noticia que nos ofrece su discípulo Paladio de Helenópolis (+hacia 420-430)[2] en la Historia Lausíaca (=HL), compuesta en los años 419-420[3].

Un reciente estudio[4] ha puesto de relieve el alcance y los límites de esta obra:

a. Es una de nuestras principales fuentes narrativas para el conocimiento del monacato egipcio de tipo anacorético (Nitria, Escete, Las Celdas) en el siglo IV.

b. Su autor pertenece a una fuerte corriente[5], que forma parte del monacato anacorético, la cual con posterioridad será acusada de heterodoxa en virtud del “origenismo” que profesaba. Paladio era además discípulo y confidente de Evagrio.

c. La HL es, por tanto, “una obra escrita en el espíritu de Evagrio” (R. Draguet)[6].

d. No menos importante es la cuestión de la tradición manuscrita de la HL. En la introducción a la traducción francesa de algunos fragmentos coptos de la HL, Bunge llega a dos conclusiones:

1. La génesis literaria de la HL permanece como “un misterio” (QE, p. 76). E igualmente problemática se presenta la cuestión de las fuentes literarias de Paladio (QE, p. 77). Una puerta para la solución de estas cuestiones es considerar que la HL “fue sometida a una severa censura, cuya finalidad era borrar todo recuerdo de los monjes «origenistas» y los contactos que Paladio tuvo con ellos. Salió entonces una HL «neutra» y un Paladio que, en un cierto sentido, era otro personaje. Aunque muy visible, sin embargo, la censura no se pudo imponer en todas partes, y la continua contaminación de los manuscritos, los unos por los otros, felizmente nos ha conservado en buena parte lo que antes había sido tan cuidadosamente eliminado” (QE, p. 78).

2. “De ciertos índices -internos y externos a la HL- hemos deducido, dice G. Bunge, que se debe atribuir la «materia paladiana», que entró sobre todo en los Synaxarios coptos, pero también atestiguada en otros lugares, a otra obra de Paladio. Lo que nos queda conduce a creer que ella estaba consagrada (exclusivamente?) a la historia del monacato anacorético egipcio del siglo IV” (QE, p. 78). Aún sabiendo muy poco de este hipotético monobiblon “sobre los Verba et Facta Seniorum de Nitria, Escete y Las Celdas fue muy probablemente compuesta por Paladio durante su permanencia en Egipto (388-399). Sócrates la denomina, en efecto, explícitamente una obra del monje Paladio. Nos parece que es necesario reconocerlo (al monobiblon) como una de las principales fuentes de la HL. Escribiendo su obra para Lauso, Paladio habría recurrido, veinte años después de su partida de Egipto, no solamente a su memoria, sino que también (habría utilizado) ampliamente esta obra anterior para escribir -y en algunas partes sin duda para volver a escribir- la historia de los Padres en la escuela de los cuales él vivió. “Todo (ese material) no entró en esta nueva obra, porque ahora el destinatario era otro..., otro el horizonte geográfico... Por lo que el conjunto fue concebido, tal como ya se ha señalado, bajo la forma de una autobiografía, el cuadro de una historia del monacato en el siglo IV. “Se puede lamentar el hecho de que el monobiblon no nos haya llegado íntegro, pero el historiador del monacato egipcio, sobre todo el de carácter anacorético, estará agradecido por las preciosas informaciones que estos fragmentos nos han conservado” (QE, pp. 79-80).


Vida de Evagrio

El Señor guía a los humildes para que obren rectamente (Sal 24[25],9a).

La lectura y análisis del texto de la HL, en su edición griega, confrontado con la versión francesa del texto copto[7], nos permiten establecer, con bastante detalle, el itinerario de abba Evagrio.

Su existencia terrena se puede dividir en tres grandes etapas:

1. desde su nacimiento hasta su llegada a Constantinopla;

2. en Constantinopla y Jerusalén;

3. en Nitria y Las Celdas (Egipto).


1. Desde su nacimiento hasta su llegada a Constantinopla

HL38,2

El lugar de su venida al mundo es una pequeña ciudad del Ponto[8] llamada Ibora, situada no muy lejos de Anesoi (o Anesi), donde Basilio de Cesarea (+379) había tenido su primera experiencia monástica personal. De aquí que Evagrio será luego llamado “Póntico”. De modo muy preciso el copto dice: “El hombre del que hablamos era, pues, originario del Ponto” (QE, p. 154).

Era hijo de un chorepískopo[9] (HL) o de un presbítero (QE, p. 154), ordenado por san Basilio. El año de su nacimiento se calcula por la información que de su muerte da Paladio: “murió a la edad de 54 años” (HL 38,1). Aunque no se indica explícitamente el año de la muerte, se supone generalmente que ya había abandonado esta vida en el 400, puesto que Paladio -en su Diálogo sobre la vida de san Juan Crisóstomo-no lo menciona entre los que se fueron de Las Celdas por causa de la expedición del arzobispo Teófilo de Alejandría[10] contra los “origenistas”. Evagrio mismo ya había hecho alusión, en sus cartas, a las tensiones que precedieron esa crisis, pero no parece que la haya experimentado[11]. Por ende, se suele ubicar su muerte en la Epifanía[12] del 399, lo que nos conduce a fijar su nacimiento en el año 345 (otros prefieren los años 344 ó 346).

De Basilio, y seguramente también de Gregorio de Nacianzo (+hacia 390), recibió Evagrio su primera formación: el amor por las Sagradas Escrituras y el conocimiento de Orígenes. Y a la muerte de aquél, Gregorio lo llevó consigo a Constantinopla, confiriéndole el diaconado (hacia el 379):

“Después de la muerte de san Basilio, el obispo..., Evagrio marchó a Constantinopla lleno de ciencia, porque él caminaba tras las huellas de san Basilio y se adhería a Gregorio, el obispo de Constantinopla (desde el 378/79), y cuando éste vio que él (Evagrio) era sabio y que su inteligencia era buena, lo ordenó de diácono...” (QE, p. 155).


2. En Constantinopla y Jerusalén

HL 38,3-9

Evagrio realmente sobresalió en la gran ciudad, en particular por sus dotes para rebatir a los herejes (cf. HL 38,11). Con toda probabilidad estuvo presente, junto a su obispo, en el IIº Concilio Ecuménico (año 381): “Fue a Constantinopla con nuestros padres los obispos en tiempos del sínodo que tuvo lugar en Constantinopla...” (QE, p. 155; cf. HL 38,2).

Cuando el Nacianceno dejó la sede constantinopolitana, no mucho después del Concilio, Evagrio permaneció, al parecer por voluntad del mismo Gregorio, con su sucesor, el patriarca Nectario (HL 38,2).

Fue entonces cuando se produjo el “asunto” que iba a cambiar toda su existencia:

“Toda la ciudad lo alababa mucho. Después de toda esa enseñanza... tal vez por causa del orgullo que se había apoderado de él, cayó en manos del demonio de la concupiscencia de las mujeres, por el pensamiento, como nos lo contó más tarde, cuando fue librado de las pasiones” (QE, p. 155; cf. HL 38,3-7).

La situación que vivió fue, según parece, tan extrema que finalmente optó por abandonar Constantinopla y buscar refugio en la ciudad santa.

Lo recibió Melania la Anciana, o Melania de Roma (o también, la Romana). Pero al poco tiempo una nueva crisis hizo presa de Evagrio:

“Su corazón dudaba, tenía el corazón dividido. La juventud efervescente, la abundancia de saber verbal, el cambio de bellas ropas multiformes -se cambiaba dos veces por día- lo hicieron caer en el orgullo y el placer del cuerpo. Pero Dios, que siempre impide la pérdida de los suyos, le envió una tempestad de fiebre fría, al extremo que contrajo una grave enfermedad y su carne devino débil como un hilo” (QE, p. 157; cf. HL 38,8).

Hasta que, frente a la impotencia de los médicos, Melania consiguió que el enfermo le abriera su corazón y le revelara todos sus pensamientos. A continuación le hizo prometer que abrazaría la vida monástica y lo encaminó hacia la montaña de Nitria en Egipto. La HL (38,9), que nos narra este episodio, también atribuye a Melania la entrega del hábito monástico; en realidad fue Rufino de Aquileya quien revistió con sus nuevas ropas a Evagrio[13].


3. En Nitria y Las Celdas (Egipto)

HL 38,10-13

En su estado actual es bien poco lo que nos dice la HL sobre los años “monásticos” de Evagrio. Debe haber llegado a Nitria en torno al 383, permaneció dos años en esa montaña y en el tercer año partió para Las Celdas, donde estuvo catorce años (HL 38,10).

Con la ayuda de la Vida copta, sabemos que Evagrio fue discípulo de abba Macario, el Alejandrino, antiguo comerciante de golosinas, que era el presbítero de Las Celdas cuando aquél llegó. Sin duda, mucho le debe Evagrio, especialmente en lo que respecta a su formación ascética, y lo cita más de una vez llamándolo: “Nuestro santo padre”[14].

Evagrio se sometió a una abstinencia rigurosa, que le provocó problemas intestinales, motivo por el cual “los ancianos le hicieron cambiar su ascesis, y no comió más pan hasta su muerte, sino que comía un poco de legumbres y un poco de tisana[15] cocidas, tomadas entre los alimentos suficientes, hasta que acabó su poco de tiempo. En cuanto a los frutos u otras cosas que procuran el placer del cuerpo, no las comía ni dejaba que sus discípulos las comieran. Tal fue su ascesis alimenticia” (QE, p. 159; cf. HL 38,10. 13).

Dormía un tercio de la noche, es decir cuatro horas. Esta era, probablemente, la “regla común” en Las Celdas, según la cual los otros dos tercios de la noche de se dedicaban a la oración y al trabajo manual. De día no dormía nada, sino que durante la mitad del día se paseaba en un recinto, a lo largo y a lo ancho, para alejar el sueño; aplicando además “su inteligencia en la consideración de determinadas contemplaciones. De noche, cuando había dormido el tercio (correspondiente), empleaba el resto en caminar en el recinto, meditando y rezando para alejar el sueño, haciendo considerar a su inteligencia las contemplaciones de las Escrituras” (QE, pp. 159-160).

Evagrio gozó de bastante popularidad y prestigio como maestro espiritual:

“He aquí cuál era su costumbre: los hermanos se reunían en torno a él, el sábado y el domingo[16], examinando sus pensamientos con él durante toda la noche, escuchando sus palabras de aliento hasta el amanecer. Entonces todos se iban con alegría dando gloria a Dios, pues su enseñanza era muy dulce[17]. Cuando ellos lo visitaban, él les hacía esta pregunta: «Hermanos míos, si alguno de entre ustedes tiene un pensamiento oculto[18] o penoso, que se calle hasta que los hermanos se retiren, y que interrogue en privado, aparte, entre él y yo. Que no lo diga delante de los hermanos, no sea que un pequeño perezca en pensamiento y la tristeza lo trague de un golpe” (QE, pp. 161-162; cf. HL 38,10)[19].

A este grupo de discípulos pertenecieron Paladio, quien posiblemente llegó a Las Celdas entre el 390-91, y Juan Casiano (+434/35), que tal vez haya llegado antes (386/87?).

Del primero, Evagrio mismo da testimonio llamándolo: “hermano Paladio” (Epístola 51,1). En tanto que éste varias veces habla del “beato Evagrio”[20]; llamándolo “mi maestro” (HL 23,1), y colocándose entre los discípulos de Amonio y Evagrio (HL 24,2), o más directamente entre los discípulos de Evagrio, de cuya comunidad se considera miembro (HL 35,3. 5).

“Fue él quien me enseñó, dice Paladio, la vida en Cristo, quien me hizo comprender la santa Escritura espiritualmente y me enseñó lo que son los cuentos de viejas (cf. 1 Tm 4,7)[21], como está escrito: Para que se manifieste el pecado y el pecador (Rm 7,13). Pues todo el tiempo que él pasó sobre la montaña, yo lo pasé con él[22], cada uno viviendo en su celda. La noche del sábado y el día domingo, los pasaba junto a él... Tomo a Cristo por testigo de que la mayor parte de sus virtudes, las vi con mis ojos, al igual que los milagros que hizo y que yo voy a poner por escrito para ustedes, para provecho de aquellos que los leerán y de los que los oirán, para que glorifiquen a Cristo, que concede a sus servidores el poder de hacer lo que a Él le agrada” (QE, pp. 153-154).

La relación entre Evagrio y Casiano permanece envuelta en un velo de silencio, ya que éste nunca lo menciona en sus obras.

Aparte de sus discípulos, Evagrio parece haber recibido numerosos visitantes:

“Era tan hospitalario que en su celda nunca dejaba de recibir cinco o seis extranjeros por día, venidos de otra región para escuchar su enseñanza, su inteligencia y su ascesis[23]. Disponía de dinero, pues muchos se lo enviaban. Poseía más de doscientas piezas de plata, que estaban en manos de su ecónomo, que servía siempre en su casa[24]” (QE, p. 162; cf. HL 38,11).

Su renombre atrajo sobre él la atención del arzobispo Teófilo de Alejandría, quien quiso ordenarlo obispo de una diócesis egipcia (Thmoui). Evagrio no aceptó[25] y por un tiempo huyó a Palestina, seguramente cerca de sus amigos Melania y Rufino.

Las noticias de la HL (38,11-12) y de la Vida copta (QE, pp. 162 ss.) nos muestran asimismo las muchas luchas contra los demonios que Evagrio debió sobrellevar antes de alcanzar la paz interior (cf. HL 38,13). También nos relatan algunos de los milagros que el Señor obró por su intermedio (HL 38,12; QE, pp. 165-166: conversión de una mujer y su marido, que vuelven a hacer vida matrimonial), y las revelaciones que tuvo (HL 38,12; QE, p. 164).

Equipo de redacción: "En el Desierto"


Notas

[1] Cf. Evagrio Póntico: Su vida, su obra, su doctrina en Cuad. Mon 11 (1976), pp. 83-95.

[2] Cf. La autobiografía de Paladio en Cuad. Mon 21 (1986), pp. 301-305.

[3] Fuentes “complementarias” de la HL son:

- Rufino de Aquileya (+410/11), Historia de los Monjes (Historia Monachorum) 27; PL 21,387-402 (trad. italiana de Giulio Trettel en Rufino de Concordia. Storia di Monaci, Roma, Città Nuova, 1991, pp. 171-173 [Collana di testi patristici, 91]).

- Sócrates historiador (+hacia 450), Historia Eclesiástica IV23; PG 67,521 (trad. inglesa en A Select Library of Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church. Second Series, vol. II, New York, 1890, p. 106).

- Sozomeno historiador (contemporáneo del anterior), Historia Eclesiástica VI30; PG 67,1384 (trad. inglesa en ob. cit., p. 368).

- Genadio de Marsella (+hacia fines del siglo V?), Sobre los varones ilustres 11; PL 11,1066 (trad. inglesa en ob. cit., vol. III, New York, 1906, p. 387).

Estas fuentes, excepto Sócrates y Genadio (cf. Evagrio Póntico en los Catálogos de varones ilustres, en Salmanticensis [Salamanca] 33 [1986], pp. 333-343), no aportan datos distintos respecto de la HL. Sozomeno, según parece, depende del texto griego de esta obra (cf. QE, p. 57, nota 149) y Rufino, además de la alabanza de Evagrio no agrega nada nuevo. Sócrates y Genadio presentan aportes útiles en el terreno de la producción literaria de Evagrio.

[4] Cf. Quattre ermites égyptiens d’aprés les fragments coptes de l’Histoire Lausiaque (présentés par Gabriel Bunge; traduits par Adalbert de Vogüé), Abbaye de Bellefontaine, 1994, pp. 17 ss. (Spiritualité orientale, nº 60). En adelante abreviamos esta obra con la sigla QE.

[5] En su obra Diálogo sobre la vida de san Juan Crisóstomo, 7, Paladio aporta las siguientes cifras: antes de la expedición de Teófilo contra los monjes “origenistas”, de los 600 monjes que había en Las Celdas aproximadamente la mitad formaban parte de la corriente “origenista”. Este movimiento no era, pues, marginal, aún cuando los monjes “letrados” fuesen una minoría.

[6] En estos tres apartados citamos casi literalmente las afirmaciones de G. Bunge en QE, p. 17.

[7] QE, pp. 153-171.

[8] Antigua región de Asia Menor, a orillas del mar Negro. Mitrídates, noble de origen persa, fundó allí un reino (301 a. C.), el cual fue conquistado por Roma en tiempos de Pompeyo.

[9] Obispo de un distrito rural con un poder limitado, sólo podía conferir las órdenes menores.

[10] Patriarca de Alejandría del 385 al 412.

[11] Cf. QE, p. 24, nota 46.

[12] Cf. HL 38,13.

[13] Cf. la Epístola 22,1 de Evagrio, señalada por QE, p. 158, nota 24.

[14] Cf. QE, p. 33.

[15] Parece ser una bebida purgativa (QE, p. 159, nota 33).

[16] Tal era la tradición característica del monacato anacorético; cf. HL 7,5 (QE, p. 161, nota 37).

[17] La dulzura parece ser el meollo de la enseñanza espiritual de Evagrio. Era asimismo el rasgo característico de su personalidad. En una visión se le había dicho: “Ve, sé misericordioso, humilde (equivalente a dulce, del griego prays; cf. Sal 24,9) y pon tu pensamiento recto en Dios” (QE, p. 164 y nota 53: «Según Evagrio “la dulzura es la madre del conocimiento”. Epístola 27,2»).

[18] Literalmente: “profundo”.

[19] Parece resonar aquí el texto de 2 Co 2,7: Conviene ahora perdonarlo y animarlo para que el pobre no quede agobiado por una pena excesiva. Esta discretio no se aplica solamente a la enseñanza del abba, sino también, y sobre todo, a los problemas de la vida ascética, con la preocupación constante de adaptarse a la capacidad del otro (QE, p. 162, nota 39).

[20] HL 11,5; 12,1: “a mí y al beato Evagrio”; 26,1; 35,3: “el beato Evagrio y sus discípulos”.

[21] Se trata del falso conocimiento, tema que Evagrio aborda con frecuencia en sus obras (QE, p. 153, nota 3).

[22] Esta noticia no es exacta, pues Paladio llegó después que Evagrio (siete u ocho años más tarde).

[23] El mismo Evagrio habla de tales visitas en su correspondencia (Epístolas 10,1 y 22,1), al igual que de las cartas que recibía (QE, p. 162, nota 40).

[24] Evagrio debía además percibir muy buenas entradas por su trabajo de copista (HL 38,10), bien remunerado en aquel tiempo. La costumbre de tener un “ecónomo” no era extraña en Las Celdas; cf. HL 10,3.6: abba Pambo (QE, p. 162, nota 42).

[25] Cf. Epístola 13 (¿alusión a este hecho?).

sábado, 30 de octubre de 2010

Artículo de O. Clement, por nuestro Hermano PABLO.

Tercera parte.

La Madre María (Skobtzov), que vivió en Francia, donde se hizo religiosa en la segunda mitad de su vida, ha precisado esta ascesis del servicio. Militante socialista revolucionaria, casada dos veces, luego convertida y enseguida consagrada al servicio de los humildes y de los oprimidos, recorrió toda Francia para ayudar a los sub proletarios, comprender y curar a los drogadictos, consolar y liberar. A veces, en algún viaje por tren solía escribir un artículo, un poema. Durante la guerra, con otros miembros de la “Acción ortodoxa”, salvó a muchos judíos y luego, detenida, encontró la muerte en un campo... La oración, decía, debe despojarnos hasta impedirnos proyectar nuestro propio psiquismo sobre el otro. Hay que descubrir al otro en sus caracteres propios, es decir, descubrir en él la imagen misteriosa de Dios. Entonces, muy a menudo se descubre hasta qué punto esta imagen se halla desdibujada, deformada por el poder del mal. Se ve el corazón del hombre como el lugar en el que Dios y el diablo se traban en una lucha incesante. Oramos para llegar a ser en ese combate el instrumento de Dios. “Y podemos hacerlo si ponemos toda nuestra confianza en Dios; si nos despojamos de todo deseo interesado, si, como David, abandonamos nuestras armas y nos arrojamos al combate contra Goliat sin otra arma que el nombre del Señor”. Es más o menos esto lo que me decía el patriarca Atenágoras: que hay que llegar a ser “un hombre desarmado”, es decir, un hombre que ya no tiene miedo, que avanza con las manos abiertas en la acogida y en el amor porque lleva en sí la certeza de la Resurrección.

Así, a la noción fundamental de nepsis, despertar, vigilancia, la vía de la deificación incluye la noción no menos fundamental de katanyxis, ternura, no sentimental sino de todo el ser... Toda la fuerza pasional del hombre, cuando pasa por la muerte resurrección bautismal, se transforma en esta dulzura, en esta ternura, en esta acogida infinitas del “pobre que ama a sus hermanos” (San Simeón el Nuevo Teólogo). Ese es el misterio mismo de la Madre de Dios, la “Virgen de la Ternura”, Nuestra Señora de todos los afligidos...

Esta plenitud del ser transfigurado por la comunión se manifiesta en la verdadera belleza. La belleza significa la integración del ser en el amor, la castidad en el sentido de “integralidad”, de integración de toda la inmensidad de la vida en la ternura personal. Castidad monástica o nupcial, las dos vías se completan. El espiritual descubre la llama de las cosas y el icono secreto que oculta cada rostro. La belleza es un Nombre divino. La vía de la deificación es llamada “filocálica”, y “filocalia”, que designa toda colección de textos espirituales, significa “amor de la belleza”.

Así, la Parusía, es decir la Venida del Señor, se inscribe en la historia, en el Apocalipsis de la historia por estos deificados paradójicos que son los publicanos y las prostitutas, los obreros de la undécima hora, todos aquellos que en la cruz de su miserable vida murmuran con el ladrón: “Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino” y a menudo oyen esta respuesta: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Deificados paradójicos, que llevan en su transfiguración los desconcertantes estigmas de su locura transformada en inocencia “pues lo que es locura de Dios es más sabio que los hombres”. La huella de Dios se inscribe así en la historia por la transformación inesperada de los últimos en los primeros, testimonio de la misteriosa identidad del Varón de dolores y del Transfigurado. Estos santos, que son primeramente pecadores conscientes, pecadores perdonados, todos esos grandes o muy humildes y desconocidos multiplicadores de amor, de justicia, de belleza, si hablan –pero a veces basta su silencio– hablan a través de la densidad de su vida crucificada y resucitada. Su palabra es una palabra de Silencio, “ese lenguaje del mundo futuro”. “Toda palabra puede ser contestada por otras palabras, decía San Gregorio Palamás, pero ¿cuál es la palabra que puede contestar la vida?”. Esa vida que no es nuestra vida mezclada de muerte sino el Amor más fuerte que la muerte. “Ya no soy yo quien vive, dice el Apóstol, sino Cristo quien vive en mí”. Y Jesús en el Evangelio de Juan afirma, dirigiéndose al “hombre de deseos”: “Si alguien tiene sed que venga a Mí y beba. De su seno manarán ríos de agua viva”. Y Juan precisa: “Él decía esto del Espíritu”.

Equipo redactor de: "En el Desierto"

miércoles, 27 de octubre de 2010

Segunda parte

Artículo de O. Clement, por el Hermano PABLO.

La metanoia. San Isaac el Sirio decía: “El arrepentimiento es necesario siempre y para todos, para el pecador como para el justo”. Y agregaba:

“Hasta el momento de la muerte el arrepentimiento no tendría que acabar ni en su duración ni en sus obras”. Y vemos a los más grandes ascetas que en el momento de morir dicen: “Aún no he comenzado a arrepentirme”. Así en la vida de los Padres del desierto: sabemos que Sisoes el Grande va a morir y que los ascetas van a él y le dicen según la costumbre: “Padre, danos una palabra de vida”. Y Sisoes les responde: “¿Qué podría decirles? No he comenzado aún a arrepentirme”.

Aquí resuena ya la breve oración que ritma toda la vida espiritual del Oriente cristiano, la oración de Jesús, –sería mejor decir la oración a Jesús– que se ha estereotipado en el siglo XIII, en el Athos, en la expresión “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”. Y aquí, en la metanoia, se trata simplemente de la oración del publicano del Evangelio: “Señor, ten piedad de mí, pecador”. Es necesario comprender que este arrepentimiento no tiene sólo un sentido sentimental como tampoco es por lo general un arrepentimiento por tal o cual infracción, tal o cual pecado. Tiene un sentido global, tiene el sentido de un viraje total de toda nuestra existencia: méta designa ese viraje, noïa designa la inteligencia, el noûs, en el sentido de nuestra manera de ver el mundo. Es una revolución copernicana; se trata de que el mundo ya no gira alrededor del yo individual o colectivo, sino alrededor de Dios y del prójimo. Hay que salir de la maldición luciferiana: Sin Dios, seréis como dioses, seréis los dueños del mundo. No seréis los sacerdotes del mundo, no seréis los grandes celebrantes de la vida para vuestro Dios, ya que vosotros seréis los dioses del universo. En nuestra civilización que quiere dominar, que quiere ser una civilización del poder, necesitamos más que nunca hombres que sean no sólo dueños sino, ante todo, sacerdotes de la vida universal. De lo contrario, el hombre se desintegrará y la materia y la naturaleza que lo rodean se desintegrarán también. Pues la obra espiritual es obra de reintegración.

En el arrepentimiento, la metamorfosis del hombre pasa por lo que los ascetas llaman la “memoria de la muerte”. En el sentido muy fuerte de una revelación que percibimos con todo el ser: no es saber que moriremos un día sino descubrir que ya estamos ahora en un estado que no puede sino desembocar en la muerte, en un estado de separación, de opacidad, de ausencia y de fracaso. En realidad, todo un sector de la literatura contemporánea no hace otra cosa que ahondar esta memoria de la muerte, pero es un ahondar que no desemboca en nada. Es un ahondar que acaba en la nada o en la ilusión de una revolución que realizaría el paraíso sobre la tierra. La “memoria de la muerte” debe desembocar en la “memoria de Dios. La “memoria de la muerte” y la “memoria de Dios” son inseparables. La “memoria de la muerte” es descubrir la necesidad de ser salvados y que Dios ha venido, que descendió a la muerte para vencer la muerte. Nos gusta hablar, con respecto del Oriente cristiano, de teología “negativa”, de teología “apofática”. Hace un momento leímos en un hermoso texto de san Gregorio Nacianceno que evoca a Dios diciendo justamente: “Oh, Tú, el que estás más allá de todo”. Es cierto que en todos estos grandes espirituales, en todos estos teólogos, está la certeza de que no podemos alcanzar a Dios por medio de imágenes o de conceptos. El está siempre más allá. Dios más allá aun de la palabra Dios. Y siempre hacen esta relación: entonces, arrepentíos. No podéis tener ante el Inaccesible más que una sola actitud: el temor que se hace arrepentimiento, que se hace adoración, que se hace celebración. Nadie puede ver a Dios sin morir. La “memoria de la muerte” es el descubrimiento de todo lo que en nosotros es mentira y vacío y que debemos hacer morir. Pero la verdadera teología apofática es la gran antinomia del abismo y de la Cruz. Abismo de plenitud, más allá de todas las palabras, de todas las imágenes, de todos los conceptos. “Los conceptos crean ídolos de Dios, sólo el temor y el temblor presienten algo” decía un Padre de la Iglesia. Y al mismo tiempo este Dios abismo, este Dios más allá de Dios, es el Crucificado. Él se nos revela sobre la Cruz. Y la distancia entre el Abismo y la Cruz mide el amor sin medida de Dios por nosotros. Entonces comprendemos que esta separación entre Dios y el hombre, esta separación que es nuestra angustia y a veces nuestro infierno, pues ella es también separación del otro y de nosotros mismos, esta separación, esta hendidura se identifica con la llaga del costado abierto por la lanza y de esta llaga brota la luz. De esta llaga que es nuestra separación, mi separación, manan el agua y la sangre, es decir, como dicen los Padres, el agua del bautismo, la sangre de la eucaristía, la Iglesia como poder de resurrección. Así como Eva nació del sueño estático de Adán, así la Iglesia, la humanidad en vías de deificación, nace del sueño estático de Cristo sobre la Cruz.

Así, el recuerdo de la muerte, el recuerdo del infierno, es caer no en la desesperación sino a los pies de Cristo, que desciende ahora a nuestra muerte y a nuestro infierno.

Cabasilas dice cosas sorprendentes acerca de esto. Dice: lo que hay que hacer es combatir el olvido. Sin cesar estamos en el olvido, sin cesar tenemos la tentación de vivir como autómatas, como sonámbulos. El hombre olvida. Olvida que existe; olvida que los otros existen; olvida que el mundo existe; olvida a Dios. Vive en un tiempo devorador en el que cada instante devora el siguiente, donde en cierto sentido jamás hay presente. Entonces es necesario despertar. Es uno de los grandes temas de esta ascesis: nepsis, el despertar. El despertar en el sentido evangélico, el despertar porque Cristo es el que viene, “He aquí que vuelve el Esposo en medio de la noche” dice la liturgia de la semana santa, alusión a la parábola de las vírgenes prudentes y de las necias. Es por eso que, algunas veces también es necesario vigilar, vigilar y despertarse’ 1 ; las dos palabras van juntas porque el tiempo en el cual estamos es un tiempo que Él –en cualquier momento– puede desgarrar para volver. Cabasilas nos dice: ¿Pero, qué hacer? Él, que es un laico, quiere hablar para hombres comprometidos en el siglo y que no pueden practicar una técnica monástica de vigilancia, Y dice entonces: a veces, en cualquier momento, recordad de pronto que Dios os ama, que os ama con un amor hasta la locura. No se os pide primero amar a Dios sino recordar que Él os ama. Siendo impasible ha inventado en cierto modo la encarnación, la humillación, la muerte en la Cruz, para probarnos hasta qué punto nos ama. Él es como un mendigo de amor a la puerta de nuestro corazón. Entonces, nos dice Cabasilas, si pensáis en esto, vigilaréis, abriréis la puerta a ese mendigo de amor quien, desde que el sí de la Madre de Dios le permitió retomar la creación por el interior, está allí, en lo más profundo de nosotros, nos espera en lo más profundo de nosotros. “Él desciende, busca al esclavo a quien ama. Él, el rico, se inclina hacia nuestra pobreza. Se presenta, declara su amor, ruega que le devolvamos ese amor. Rechazado, no se ofende. Espera pacientemente a la puerta”.

Aquí, en esta meditación sobre la muerte, que se hace meditación del amor hasta la locura de Dios por nosotros, se encuentra un gran misterio, el de las lágrimas. No precisamente de las lágrimas que se derraman, sino esa dulzura que viene del corazón y hace brillar una mirada. Nos hemos transformado en una civilización donde ya no se llora y es por eso que hoy se grita de tal manera, es por eso que los jóvenes gritan como si ellos quisieran liberar en sí mismos los gemidos del Espíritu y no supieran hacerlo. Hay que reencontrar esta posibilidad de hacer surgir en nosotros, por las lágrimas, el agua del bautismo, de disolver en el agua de las lágrimas la piedra del corazón para que el corazón de piedra se transforme en un corazón de carne. Y esas lágrimas son ante todo, las lágrimas de la penitencia, las lágrimas de la memoria de la muerte, cuando tomo conciencia de que soy responsable de este estado de separación. Luego, poco a poco, por la humildad, por la confianza, por la memoria del Dios que vino en carne mortal y que es más fuerte que la muerte, las lágrimas de arrepentimiento se transforman en lágrimas de admiración, de gratitud, de gozo. San Juan Clímaco decía: “La fuente de las lágrimas –después del bautismo– es algo más grande que el bautismo. El que se ha revestido de lágrimas como de un vestido de bodas, ese ha conocido la bienaventurada sonrisa del alma”.

La vigilancia implica lo que los ascetas llaman “guarda del corazón”. Es decir, la guarda de la profundidad de nuestro ser investido de la presencia de Cristo. Es necesario que la conciencia, armada con el nombre de Jesús, adquiera el hábito de escrutar atentamente lo que el Evangelio llama con una palabra difícil de traducir los logismoi, es decir los pensamientos, no los pensamientos en el sentido cerebral, sino los pensamientos como pulsiones germinativas de lo que tal vez va a llegar a ser una obsesión, de lo que tal vez va a llegar a ser una idolatría. Allí hay que distinguir lo que en este impulso es simplemente la energía vital y lo que constituye la desviación idolátrica de esta energía. Con el nombre de Jesús aplastamos la idolatría, con el nombre de Jesús revestimos del poder del Espíritu este pensamiento germinativo para que él sea transfigurado.

Y para los que son débiles, para los que no saben vigilar durante la noche, escrutar el abismo del corazón, pescar, capturar los logismoi que, durante la noche suben desde el abismo del corazón Cabasilas aconseja confiar la guarda del corazón a la sangre eucarística. Y preconiza la comunión frecuente, diciendo: “Es el mismo Cristo quien guardará vuestro corazón”. Solamente pensad en ello de tiempo en tiempo; asombraos de esta presencia que lleváis y que os lleva”.

La segunda etapa es, entonces, la etapa de la reunificación del hombre. El hombre está profundamente disociado. Por una parte tenemos una inteligencia afiebrada, una inteligencia seca, exteriorizada, y por otra, todo el torbellino de las pasiones. Entre las dos está ese centro de integración que muy a menudo ignoramos y que es el corazón. Y justamente debemos prestar atención a la presencia de la energía bautismal en nuestra más profunda profundidad. ¿Este corazón, es el corazón físico? ¿Este corazón, es un corazón simbólico? Es las dos cosas. La antropología de la Biblia y de la gran ascesis cristiana es una antropología unitaria, de suerte que el corazón físico constituye el símbolo real del centro de integración de todo nuestro ser. Allí, en ese santuario secreto Cristo nos espera, la energía del Espíritu resplandece. Es necesario poco a poco desprender la conciencia de sus identificaciones ilusorias y poco a poco “hacerla descender” al corazón, unirla al corazón para reconstituir la unidad del “corazón espíritu”, del corazón inteligente donde el hombre eclesial se vuelve transparente a la “Luz de la Vida”. Unido al aliento, invocado al ritmo de una respiración pacificada, penetrada por instantes de silencio, el Nombre de Jesús, portador de su presencia, es el mayor instrumento de esta unificación y de esta transparencia. Toda una ascesis acompaña y facilita el impulso de este conocimiento amante. Y, ciertamente, hay que saber readaptarlo a nuestra época, donde el tipo humano ha cambiado tan profundamente. “En las condiciones de la vida moderna, escribió Paul Evdokimov, bajo el peso del surmenage y del desgaste nervioso, la sensibilidad ha cambiado. La medicina protege y prolonga la vida pero al mismo tiempo disminuye la resistencia al sufrimiento y a las privaciones. La ascesis cristiana jamás es un fin en sí misma; ella no es más que un método al servicio de la vida... La mortificación actual será la liberación de toda necesidad de doping: velocidad, ruido, excitantes, drogas de toda especie. La ascesis será más bien la disciplina de la calma y del silencio donde el hombre reencuentra la facultad de detenerse para la oración y la contemplación... pero sobre todo la facultad de escuchar al otro, el amigo de cada encuentro. El ayuno, en oposición a la maceración que uno se inflige, será el renunciamiento gozoso de lo superfluo, el compartir con los pobres, un equilibrio sonriente, natural, apacible. La ascesis deviene así atención a los llamados del Evangelio, a la gama de las Bienaventuranzas; ella buscará la humildad y la pureza de corazón a fin de liberar al prójimo y restituirlo a Dios”.

En el espíritu de la tradición, la ruptura discreta de los ritmos biológicos significa la atención prioritaria a Cristo que viene: el ayuno recuerda que “el hombre no vive solo de pan sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”, como Jesús lo declara al Tentador; y la vigilia, que el Señor puede venir “en medio de la noche”, “como un ladrón”.

Al releer la correspondencia de Barsanufio y Juan de Gaza, esos grandes espirituales del siglo VI, me sorprendió su realismo evangélico. Especialmente en las relaciones de Barsanufio con el joven Doroteo, quien, ya novicio, quería practicar enseguida una ascesis despiadada para entregarse a la oración perpetua. Barsanufio, un poco burlón, –Tú crees haber dejado todo pero has traído tu biblioteca, escribió a Doroteo– pide al joven que construya primero un hospital y allí cuide a los enfermos. Más tarde, cuando Doroteo se queja de duras tentaciones carnales, Barsanufio hace con él un contrato: “Yo tomo tu pecado sobre mí, le dice, no lo combatas de frente; todo lo que te pido es que confíes plenamente en Dios, que no hables mal de tu prójimo y que te liberes de toda agresividad”. Le sugiere la humildad, la transparencia. Entonces la vida misma de Cristo surgirá en él, brotará por esa transparencia central...

Esta ascesis, a la vez realista y exigente, no es pues una tensión voluntarista sino, a partir del corazón, la apertura a un encuentro. Cuando yo era niño solía jugar con una pelota. Una vez la pelota se rompió, se le hizo una abolladura. Yo presioné la goma y la abolladura desapareció, lo cual me alegró mucho. Sólo que, cuando di vuelta la pelota vi que la abolladura se había formado del otro lado. Algo parecido sucede cuando se practica una ascesis voluntarista. Combatimos una debilidad, una falta, un defecto en la periferia, y cuando creemos haber triunfado encontramos el mismo defecto “del otro lado”, transpuesto a otro nivel y tal vez más peligroso: que lo sensual se haga gula no es tan grave, pero que la gula se transforme en vampirización de las almas es más peligroso.

Es por eso que la gran ascesis es fundamentalmente una ascesis de humildad y de confianza. El hombre se descubre incapaz de llegar a ser lo que es y por eso es constantemente tentado por la idolatría, la violencia y la mentira. Entonces se abre a Cristo y se descubre fundamentalmente amado, con un amor que le abre los caminos de la creación y de la libertad. Su corazón quebrantado por el destino, destrozado de angustia y de desesperación, se despierta repentinamente: el amor responde al amor. Ahora está transparente a la luz. Y ciertamente, después de este humilde abandono hay que luchar para dejar pasar la luz, para no ponerle obstáculo. Pero ya no se está solo.

Entonces llega, en efecto, la última etapa, la participación en la luz. “La oración, escribía Gregorio el Sinaíta, surge en el corazón como un fuego gozoso, luego actúa como una luz de buen aroma”. El corazón espíritu se abrasa, se enciende, primero por relámpagos y arrobamientos, luego, de una manera estable y apacible que lo abre a la verdad de los seres y de las cosas. Las experiencias extraordinarias, dice esta tradición, no tienen gran importancia, son un estímulo para los principiantes. Lo importante es devenir poco a poco presente y servidor en la humildad de lo cotidiano, permaneciendo interiormente transparente a los torrentes de paz y de luz.

Esta luz es también un fuego; también un silencio en el interior mismo de la palabra. Es como una transparencia de la energía divina en el interior de la comunión. Pues la luz increada no es impersonal, irradia del rostro del Resucitado, se identifica con la presencia misma del Espíritu Santo, tiene su fuente y su fin en un abismo que no es indiferenciado sino que se revela como “el seno del Padre”.

El hombre conoce entonces algo que ni es simplemente un éxtasis, ni tampoco un enstasis en el sentido del Oriente no cristiano. San Gregorio de Nisa ha hablado de epéctasis; épi evoca la omnipresencia de Dios que llena al hombre; ek, la tensión hacia el Totalmente Otro. Cuanto más Dios nos llena, tanto más lo descubrimos más allá de nosotros. Cuanto más nos es conocido, tanto más lo descubrimos como desconocido. Experiencia y no experiencia. Conocimiento por no conocimiento que ilumina también la relación con el prójimo, más maravillosamente no conocido cuanto más conocido. El hombre en vías de deificación se transforma así como un universo en expansión, por participación en la plenitud trinitaria que se multiplica en la comunión de los santos. La eternidad comienza desde aquí abajo, en ese dinamismo de comunión. Como escribía Gregorio de Nisa, la eternidad, esa eternidad ya presentida, es ir de comienzos en comienzos por comienzos que jamás tendrán fin.

Quisiera recordar aquí, como una expresión límite de esta “sensación de Dios”, un testimonio de san Serafín de Sarov, que vivió en Rusia en la primera mitad del siglo XIX. San Serafín conversaba un día con uno de sus discípulos, un laico, y éste, atormentado va, podríamos decir, por el problema de la identidad cristiana, le preguntó: “¿Cuál es el fin de la vida cristiana?”. –”Es la recepción del Espíritu Santo”, le respondió el santo. “Pero ¿cómo puedo reconocer que me encuentro en la gracia del Espíritu Santo?”. Entonces san Serafín le hizo entrar en el misterio de la deificación; los dos entraron en una luz resplandeciente. “¿Qué sientes ahora?” preguntó el Padre Serafín. –”Me siento extraordinariamente bien... siento en mi alma un silencio y una paz que no pueden expresarse con palabras...”. “–Esa es, amigo de Dios, esa paz a la que se refería el Señor cuando dijo a sus discípulos: ‘Os doy mi paz, no como la da el mundo’... Pero ¿qué más sientes?”. –Una dulzura extraordinaria–. “Es esa dulzura de la que hablan las Escrituras: ‘Se nutren de lo sabroso de tu casa; les das a beber del torrente de tus delicias’. “Esta dulzura... se diría que derrite nuestros corazones, colmándolos de felicidad...”. “¿Y qué más sientes ahora?” “–Todo mi corazón desborda de un gozo indecible”. “Cuando el Espíritu Santo –continuó Serafín– desciende sobre el hombre, el alma se llena de un gozo inefable porque el Espíritu recrea en el gozo todo lo que toca...”.

Así el hombre en vías de deificación experimenta simultáneamente la “memoria de la muerte” y la “memoria de Dios”, el arrepentimiento y la plenitud. Una plenitud que, de a ratos, se comunica a todo su ser, una “bienaventurada aflicción”, una “dolorosa alegría” y finalmente la certeza consciente de su propia resurrección en la Resurrección del Señor: “Yo sé que no moriré porque estoy sumergido en la vida y la he sentido, en plenitud, brotando desde mi interior” (San Simeón el Nuevo Teólogo).

Los grandes espirituales reciben la gracia de la “oración espontánea”, ininterrumpida, cuando la invocación del Nombre de Jesús se identifica con los latidos mismos del corazón. Esta coincidencia de la invocación y del ritmo del corazón no debe ser buscada, sino que es dada como gracia a todo el que reza con todo su corazón. Entonces el hombre reza con la pulsación fundamental de la vida, la de la sangre. “Cuando el Espíritu establece su morada en un hombre éste ya no puede dejar de orar porque el Espíritu no cesa de orar en él. Ya duerma o vigile, la oración no se separa de su alma. Mientras bebe, come, está acostado o trabaja, el perfume de la oración se exhala de su alma. En adelante ya no reza sólo en determinados momentos sino en todo tiempo. Los movimientos de la inteligencia purificada son voces mudas que cantan en lo secreto una salmodia al Invisible”.

El hombre deificado no es, pues, solamente acto de oración, sino estado de oración. Descubre que la verdadera naturaleza del hombre es oración, una oración donde se libera la celebración del cosmos. “El nombre de Jesús se transforma en una especie de llave que abre el mundo, un instrumento de ofrenda secreta, una aplicación del sello divino sobre todo lo que existe. La invocación del Nombre de Jesús es un método de transfiguración del universo” (Un monje de la Iglesia oriental). Los Padres griegos dicen que el hombre debe acoger el mundo como palabra y como don de Dios, debe descifrar los logoi de las cosas, sus esencias espirituales tendidas hacia el Logos, debe recogerlas no para apropiárselas sino para ofrecerlas a Dios, para transformarlas en ofrenda. El hombre deviene entonces sacerdote del mundo, el gran celebrante de la existencia, capaz de hacer eucaristía hasta en la obra común de los hombres, hasta en el arte, en la ciencia o en la técnica...

El hombre deificado reencuentra y sobrepasa la condición paradisíaca. Los niños y los animales vienen a él. Todas las creaturas, aún las más salvajes, están en paz con él pues dicen los ascetas ellas sienten en él el mismo perfume de Adán antes de la caída. Una caridad cósmica consume el corazón: “¿Qué es el corazón caritativo? pregunta San Isaac de Nínive. Es un corazón que arde de amor por la creación entera, por los hombres, por los pájaros, por los animales, por los demonios, por todas las creaturas. Por eso, ese hombre no deja de orar, aun por los enemigos de la verdad, y por aquellos que le hacen mal. Ora hasta por las serpientes, movido por la piedad infinita que se despierta en el corazón de aquellos que se unen a Dios”.

Todo culmina entonces en el amor verdadero al prójimo. Pienso en ese hermoso texto de un “loco en Cristo” de comienzos de siglo: “Sin la oración todas las virtudes son como árboles sin tierra; la oración es la tierra que permite crecer a todas las virtudes. El cristiano, amigo mío, es un hombre de oración. Su padre, su madre, su mujer, sus hijos, su vida, todo eso es para él Cristo. El discípulo de Cristo debe vivir únicamente por Cristo. Cuando ame a Cristo hasta ese punto, amará también forzosamente todas las creaturas de Dios. Los hombres creen que es necesario ante todo amar a los hombres y luego amar a Dios. Yo también he hecho esto, pero no sirve de nada. Cuando, por el contrario, comencé a amar a Dios, en ese amor de Dios encontré a mi prójimo. En ese amor de Dios también mis enemigos se han convertido en mis amigos, en creaturas divinas”.

“Déjate perseguir, escribía Isaac de Nínive, pero tú no persigas. Déjate ofender, pero tú no ofendas. Déjate calumniar, pero tú no calumnies. Alégrate con los que se alegran, llora con los que lloran, es el signo de la pureza. Sufre con los que sufren. Derrama lágrimas con los pecadores. Alégrate con los que se arrepienten. Sé amigo de todos, pero en tu espíritu permanece solo”. No una soledad mala sino sumergida en la paz y en el silencio de Dios de modo que conozcamos al otro más allá de sus personajes, en una profundidad semejante... El verdadero espiritual, decía Evagrio, está a la vez “separado de todos y unido a todos”.

Equipo redactor de "En el desierto"