lunes, 3 de enero de 2011

EVAGRIO PÓNTICO

1. Su doctrina

2. Su pensamiento

I PARTE

El pensamiento de Evagrio ha sido objeto de continuos y minuciosos estudios a partir de Ireneo Hauserr, S.J. (principales publicaciones entre 1930-1960), pasando luego por Antonio Guillaumont (principales contribuciones: 1960-1980), Gabriel Bunge (viene publicando sus contribuciones especialmente desde 1986) y, más recientemente, Jeremías Driscoll, osb (publicó su tesis de doctorado sobre el Ad Monachos en 1991). Todos ellos han aportado nuevas y diversas luces que han facilitado mucho la comprensión de lo que puede denominarse el “sistema evagriano”.

A mi humilde parecer hay dos líneas básicas o principales para entender las obras de Evagrio: 1) las bases sobre las que asentó su reflexión sistemática; 2) la luz que pueden aportar sus diversas obras leídas en forma “paralela”, es decir, Evagrio explicado por Evagrio mismo, que me parece ser la posición que últimamente defienden Bunge y Driscoll. Ambas líneas no son opuestas y se pueden utilizar conjuntamente, como lo han hecho, y siguen haciéndolo, los especialistas mencionados.

1) El “sistema evagriano” se apoya sobre los siguientes pilares:

- la Sagrada Escritura interpretada espiritualmente (o sea, por medio del método alegórico del cual fue maestro indiscutido Orígenes)[1];

- la “herencia” de Orígenes;

- las enseñanzas de Basilio de Cesarea, de los Padres del desierto (sobre todo aquellos que habitaron los desiertos de Nitria y Las Celdas, contemporáneos suyos) y, en menor medida, de Gregorio de Nacianzo y de Dídimo el Ciego (+398)[2].

Primera aproximación a la doctrina de Evagrio: en camino hacia la contemplación[3]

Al tratar sobre los comienzos de la vida monástica Evagrio es fiel, principalmente, a una enseñanza tradicional, que él mismo recibió: la de los Padres del desierto egipcio. A la que hay que sumar la influencia de san Basilio.

1. Hacia la “hesychía”

Esos principios los expone Evagrio en su obra: Las Bases de la vida monástica (=BM)[4]; cuya finalidad es la hesychía, o estado de perfecta tranquilidad en la que debe encontrarse el monje, libre de las preocupaciones del mundo, para dedicarse -con total disponibilidad- a la contemplación.

Ser monje es, pues, esencialmente: vivir en la hesychía.

Para lograr esto es condición primera: renunciar al matrimonio. El monje es ante todo un celibatario, un continente, en el sentido que practica la continencia[5]. Y debe renunciar porque según la enseñanza paulina de 1 Co 7,33-34, el matrimonio es fuente de división:

“Está escrito en Jeremías: No tomes mujer para ti en este lugar, porque el Señor dice de los hijos y de las hijas que serán engendrados en este lugar: “Morirán de mala muerte” (Jr 16,2-4). Esta sentencia hace pensar en lo que dice el Apóstol: El hombre casado se preocupa de las cosas de este mundo, cómo agradar a su mujer, y está dividido[6]. Y la mujer casada se preocupa de las cosas de este mundo, y cómo agradar a su marido (1 Co 7,33.34)” [BM 1; PG 40,1252A-1253A].

Pero la continencia no es más que un aspecto de una abstinencia más general que tiene por objeto el mundo:

“Que el monje progrese en este camino, sobre todo aquel que ha abandonado la materia de este mundo, y que tome parte en el combate para obtener los trofeos hermosos y deliciosos de la hesychía” (BM 2; PG 40,1253B).

El monje tiene que renunciar a todos los bienes del mundo y vivir en la pobreza. Porque los bienes de este mundo son fuente de agitaciones:

“Deseas, amadísimo, abrazar la vida monástica, tal como ella es, y correr tras los trofeos de la hesychía, deja entonces las preocupaciones del mundo, los príncipes y los poderes que se ocupan de tales cosas, es decir, despréndete de la materia, impasible, ajeno a todo deseo, para que hecho extraño al estado que resultaría, te puedas ejercitar hermosamente en la hesychía. Porque si no te alejas de las cosas, no podrás conducir rectamente esa forma de vida” (BM 3; PG 40,1253C).

Por eso el monje también deba abandonar la compañía de los “hombres materiales”, que viven en la agitación del mundo, incluso los parientes y amigos, pues dejándolos de frecuentar no comparte ya sus distracciones. El monje rompe su convivencia con los hombres, va a vivir al desierto, cumpliendo así no sólo la renuncia sino también la anacorésis[7]:

“Si no puedes hallar fácilmente la hesychía en tus parajes, cambia tu propósito hacia el exilio (ceniteía) y aplícate a la reflexión; actúa como un hombre de negocios, apreciando todo en relación con la hesychía y reteniendo en todos los asuntos, en vista de ella, las cosas que te conducen a ella... Si es posible, no vayas a la ciudad, pues no hallarás nada de provecho, útil o ventajoso para tu género de vida... Busca los lugares solitarios e inaccesibles, no temas la soledad... Que el deseo de vagabundear[8] no venza tu propósito... Teme la caída y permanece estable en tu celda” (BM 6; PG 40,1257BCD).

Incluso estando en el desierto el monje debe evitar los contactos demasiado frecuentes, el vagabundeo y sólo excepcionalmente debe dejar la celda:

“Si tienes amigos, evita los encuentros demasiado frecuentes con ellos. Encontrándolos de tanto en tanto obtendrás mayor beneficio... Huye de las asambleas de los pecadores y pendencieros... Repudia sus proyectos nefastos... Que hombres pacíficos sean tus amigos, tus hermanos espirituales y tus padres santos... No te quedes junto a hombres encumbrados en los negocios y no vayas a banquetes con ellos... No oigas sus discursos y no des cabida en tu corazón a sus pensamientos, porque son verdaderamente funestos... Que el trabajo de tu corazón sea rivalizar con los fieles de la tierra (Sal 61,6)[9] en la compunción (pénthos)... Pero si alguno de los que caminan en la caridad de Dios viene y te invita a comer con él y quieres ir, ve pero vuelve pronto a tu celda. Si es posible no duermas nunca fuera de ella, para que en todo, siempre, habite en ti la gracia de la hesychía, y podrás continuar cultivando sin impedimento tu propósito” (BM 7; PG 40,1257D-1260B).

Para Evagrio, en cierto sentido la hesychía se identifica con: permanencia en la celda.

Para combatir la tentación que empuja a abandonar la celda y a fin de permanecer en la virtud de la perseverancia, el monje se dedicará al trabajo manual, meditará en la muerte, el juicio y el castigo. Así se irá acostumbrando a pensar en la vanidad del mundo y hallará fuerzas para perseverar en su permanencia en la celda:

“No desees alimentos lujosos y delicias engañosas... La permanencia prolongada fuera de la celda es nefasta. Hace perder la gracia, obscurece la prudencia, mata el fervor. Considera una jarra de vino en reposo durante largo tiempo en un mismo lugar sin ser removida: ¡qué vino límpido, decantado, perfumado, ella presenta! Pero si es transportada de aquí para allí, ofrece un vino turbio, tétrico y con todos los vicios de la mezcla. Compárate a esa jarra, y haz una experiencia útil: rompe las relaciones con muchos, en el temor que tu espíritu se distraiga y se turbe tu hesychía. Trabaja con las manos, de día y de noche, para no ser una carga para nadie, y más todavía para distribuir... Para vencer de esta forma al demonio de la acedia y eliminar todos los otros deseos del enemigo... Huye del pecado de compra y venta[10]... Si te es posible, confía el cuidado de estas operaciones a un hombre de confianza, para que así, lleno de ánimo y tranquilo, goces de buenas y agradables esperanzas” (BM 8; PG 40,1260B-1261A).

“Siéntate en tu celda, recoge tu espíritu, acuérdate del día de la muerte, piensa en la descomposición del cuerpo... Dos series de acciones: reanima en ti el recuerdo y, sobre la condenación de los pecadores, gime llora, revístete el hábito de penitencia, en el temor de que eso te suceda a ti. Pero de los bienes reservados a los justos, regocíjate, exulta, alégrate, aspira a gozar y a estar libre de esos males. Vela para nunca olvidar esas realidades. Ya sea que estés en la celda o no importa dónde, si el recuerdo de estas cosas vuelve, no distraigas tu pensamiento, ni huyas por ese camino de los nocivos y sórdidos malos pensamientos” (BM 9; PG 40, 1261AC).

Todas estas prácticas tienen por finalidad establecer y mantener la hesychía, tal como se vivía en Las Celdas. Pero ésta es solamente una condición favorable y necesaria para la contemplación. No es una condición suficiente por sí sola.

Para acceder a la contemplación es necesario también desprenderse de las pasiones. Alcanzar la apátheia.

Equipo de redacción: "En el Desierto"


[1] Conviene aclarar aquí que por “tipología” se entiende aquel método empleado por Qumrán y los Rabinos, según el cual algunas profecías del AT ya se cumplieron en ciertos eventos de la historia de Israel. En tanto que la “alegoría” es un metodología de origen griego, que descubre el sentido oculto de un pasaje. El NT no distingue entre ambos, pues ve en un dato del AT el tipo de un dato del NT, dándole un significado no-literal. En el siglo IV, ambos se separan: se busca distinguir el sentido literal del significado (o significados) más profundo(s); podría, pues, hablarse de una suerte de itinerario que comprende: letra - tipología - moral - sentido alegórico-místico (o espiritual). Cf. Dictionnaire de la Bible. Supplément, vol. 12, Paris, 1992, cols. 427 ss.

[2] La Vida copta sostiene que Evagrio “era muy versado en las santas Escrituras y en las tradiciones ortodoxas de la Iglesia católica” (QE, p. 160). Dejo para más adelante la indicación de otro pilar muy importante de la enseñanza de Evagrio: la filosofía, y más específicamente la antropología.

[3] Cf. A. Guillaumont, Un philosophe au désert: Évagre le Pontique, en Revue d’Histoire des Religions 181 (1972), pp. 29-56. A mi modo de ver este artículo es fundamental.

[4] Texto griego en la PG 40,1252-1264, con el título Rerum monachalium rationes. Trad. francesa en Lettre de Ligugé nº 124 (1967), pp. 1-13 (B. Lavaud, o.p.).

[5] Continencia (del lat. continentia):

1. Virtud que modera y refrena las pasiones, impulsos, afectos, etc., y hace que la persona viva con sobriedad: continencia en el comer.

2. Control y moderación de los deseos y actos sexuales.

3. Acción de privarse de todo uso de la sexualidad.

Sinónimos: 1. Templanza, comedimiento, frugalidad. 2. Castidad, pureza. 3. Abstinencia, virginidad.

Antónimos. 1. Incontinencia, destemplanza. 2 y 3. Impureza, lujuria, obscenidad.

Enciclopedia Interactiva Santillana (versión 1.0), CD ROM para Windows, Chinon America Inc., 1995.

[6] O preocupado.

[7] De anacoreta (del lat. anachoreta, y éste del gr. anajoretes, retirado), persona que vive en un lugar solitario, entregada a la penitencia y a la oración; Enciclopedia Interactiva Santillana (versión 1.0), CD ROM para Windows, Chinon America Inc., 1995.

[8] En el sentido de ir de un sitio a otro sin rumbo fijo.

[9] En Dios sólo descansa, oh alma mía, de él viene mi esperanza.

[10] Sostiene que el monje debe bajar el precio de sus productos.

lunes, 20 de diciembre de 2010

TRATADO DE LA ORACIÓN

IV PARTE

130. Si logras alcanzar las promesas, reinarás. Piensa esto y soportarás alegremente la pobreza del presente.

131. No rehuyas la pobreza y la tribulación, pues son el alimento de la oración ingrávida.

132. Que las virtudes del cuerpo te ayuden a adquirir las del alma; las del alma a las del espíritu; y estas últimas, a la gnosis inmaterial.

133. Cuando ores, si los pensamientos fácilmente se apartan de ti, mira de donde proviene esto, no sea que caigas en una emboscada y te traiciones a ti mismo por haberte equivocado.

134. Sucede a veces que los demonios te sugieren pensamientos, incitándote a la vez a que ores contra ellos y los combatas. Entonces ellos se retiran espontáneamente. Lo hacen para engañarle y hacerte creer que ya has comenzado a vencer los pensamientos y a atemorizar a los demonios.

135. Si oras contra una pasi6n o contra un demonio que te atormenta, acuérdate de aquel que dijo: “Perseguiré a mis enemigos, los alcanzaré, no me detendré hasta haberlos vencido; los quebrantaré y no podrán rehacerse y sucumbirán bajo mis pies”

(S 17, 38-39), etc. Esto dirás en el tiempo oportuno, armándote de humildad contra los adversarios.

136. No creas que has alcanzado la virtud antes de haber luchado por ella hasta derramar sangre. Es necesario oponerse a muerte al pecado, luchando de un modo irreprensible, como dice el divino Apóstol.

137. Cuando hayas hecho un bien a alguien, otro vendrá a hacerte mal para que la injusticia te haga defeccionar o cometer algún traspié, disipando malamente lo que en buena ley habías juntado. Esto es lo que persiguen los perversos demonios, por eso hay que estar sabiamente atento.

138. Prepárate para recibir los asaltos de los demonios que vienen a la carga, pensando cómo vas a hacer para eludir su servidumbre.

139. De noche, los demonios intentan turbar por sí mismos al maestro espiritual. De día se sirven de los hombres para asediarlos con dificultades, calumnias y peligros.

140. No escapes de los bataneros porque éstos hieren al pisar y desgarran al estirar. Piensa que por este medio se vuelve limpia y clara tu sensibilidad.

141. Mientras no renuncies a las pasiones y tu espíritu continúe oponiéndose a la virtud y a la verdad, no podrás hallar en tu seno el perfume de agradable olor.

142. ¿Quieres orar? Sal de aquí y ten tu morada en los cielos, Pero no sólo con palabras sino con la praxis angélica y con la gnosis divina.

143. Si solamente en el tiempo de la adversidad te acuerdas del Juez y de qué terrible e insobornable es, no has aprendido a servir al Señor con temor y a gozar de Él (S 2, 11). Debes saber que en el tiempo de las alegrías y consuelos espirituales hay que rendirle culto con mayor piedad y reverencia.

144. Es un hombre sabio aquel que, antes de haber alcanzado su perfecta conversión, no abandona el recuerdo doloroso de sus propios pesados y del castigo del fuego eterno que ellos reclaman,

145. Aquel que todavía sufre el impedimento de los pecados o de los accesos de ira, y pretende descaradamente alcanzar el conocimiento de las cosas divinas y, aun, la oración inmaterial, merece la censura del Apóstol que le advierte que es peligroso para él orar con la cabeza descubierta y sin velo: “Debe ésta -dice- tener una señal de sujeción en su cabeza, por la presencia de los ángeles” (1 Cor 11, 10), envolviéndose en el pudor y la humildad apropiadas.

146. Como de nada aprovecha al que está enfermo de los ojos el mirar firmemente el sol cuando brilla con más fuerza en pleno mediodía, así de nada aprovecha al espíritu dominado por las pasiones e impuro imitar la terrible y espléndida oración en espíritu y en verdad, sino que, más bien, provoca contra él la indignación divina.

147. Si el que fue al altar llevando una ofrenda, no fue admitido por Aquel que nada necesita y que es insobornable hasta que se reconciliase con su prójimo ofendido, mira qué cuidado y qué discreción son necesarias para ofrecer a Dios un incienso que le agrade en el altar espiritual.

148. No seas locuaz ni busques la gloria, de lo contrario, no sobre la espalda sino sobre tu rostro ararán los pecadores (cf. S 128, 3). Seducido y arrastrado por pensamientos extraños, les servirás de diversión en el tiempo de la oración.

149. La atención que se esfuerza por alcanzar la oración hace hallar la oración. Si hay algo que lleva a la oración, es esta atención. Es necesario, pues, aplicarse a ella.

150. Como la vista es el más noble de los sentidos, así la oración es la más divina de las virtudes.

151. La bondad de la oración no proviene simplemente de su extensión sino de su calidad. Esto lo demuestra la parábola de los dos hombres que subieron al templo (Lc 18, 10 y s.s) y también aquellas palabras: “Cuando oréis no habléis mucho, etc”. (Mt 6, 7).

152. Mientras te preocupes de cómo está tu cuerpo, y tu espíritu ande solícito tras las cosas agradables de la tienda, todavía no has visto el “lugar de la oración”, sino que está muy lejos de ti el feliz camino que conduce a ella.

153. Cuando tu oración sea para ti tu mayor alegría, entonces habrás hallado verdaderamente la oración.



jueves, 16 de diciembre de 2010

TRATADO DE LA ORACIÓN

III PARTE

81. Sabe que los santos ángeles nos inducen a orar y permanecen a nuestro lado alegres y orando con nosotros. Pero si somos negligentes y aceptamos pensamientos del enemigo, los irritamos mucho. Efectivamente, mientras ellos luchan a favor nuestro, nosotros no queremos siquiera suplicar a Dios por nosotros mismos, y despreciando su servicio, abandonamos a Dios, su Señor, para acudir al encuentro de los impuros demonios.

82. Ora con mansedumbre y sin ansiedad; salmodia con inteligencia y armonía, y serás como el aguilucho que vuela en las alturas.

83. La salmodia calma las pasiones y apacigua la intemperancia del cuerpo. La oración, en cambio, hace que el espíritu se ejercite en la actividad que le es propia.

84. La oración es la actividad que, ciertamente, conviene más a la dignidad del espíritu, donde éste ejercita distintamente su discernimiento.

85. La salmodia es la imagen de la sabiduría multiforme, La oración, en cambio, es el preludio de la gnosis inmaterial y simple.

86. La gnosis es algo excelente. Colabora con la oración moviendo la potencia intelectual del espíritu a la contemplación de la ciencia divina.

87. Si aún no has recibido el carisma de la oración o de la salmodia, persevera y lo recibirás.

88. El Señor enseñó a sus discípulos una parábola que mostraba que debían orar siempre sin cansarse. No te canses, pues, de esperar, ni te descorazones por no haber recibido: ya recibirás luego. La parábola concluía así: “Aunque yo no temo a Dios ni me importan los hombres, sólo por librarme del fastidio que me causa esta mujer, le haré justicia” (Lc 18, 4-5). Así Dios hará pronto justicia a los que lo invocan noche y día. Ten, pues, buen ánimo y persevera en la santa oración.

89. No desees que tus cosas sucedan como a ti te guste sino como quiera Dios.

Entonces tu oración estará llena de paz y de acción de gracias.

90. Aunque te parezca que estás unido a Dios, ten cuidado del demonio de la impureza que es muy falaz y el más envidioso de todos. Él trata de ser más rápido que el movimiento y la vigilancia de tu espíritu para poder apartarlo de Dios cua.ldo está en su presencia con devoción y temor.

91. Si te entregas a la oración, prepárate para los asaltos de los demonios, y soporta valientemente sus golpes, Ellos se arrojarán sobre ti como bestias salvajes y maltratarán todo tu cuerpo.

92. Prepárate como un luchador experimentado. Aunque veas de pronto un fantasma, no te conmuevas; si se te aparece una espada amenazante, o un resplandor ofusca tu vista, no tiembles; si ves una figura horrible y sanguinolenta, no desfallezca tu alma. Permanece firme en la confesión de tu santa fe y dominarás fácilmente a tus enemigos.

93. El que soporta la aflicción hallará la alegría, y al que sobrelleva lo desagradable no le faltará el gozo.

94. Vigila para que los demonios no te engañen con alguna visión. Sé prudente y recurre a la oración. Invoca a Dios para que te haga ver si lo que percibes viene de El, y, si no es así, para que El arroje pronto de ti al seductor. Ten confianza; si te diriges a Dios con ardor, los perros no podrán resistir. Pronto, invisiblemente y en secreto serán expulsados lejos, castigados por el poder de Dios.

95. Es bueno que no desconozcas esta artimaña: a veces, los demonios se separan entre ellos, y cuando tú pides ayuda contra unos, entran los otros con aspecto angélico y echan a los primeros. Lo hacen para engañarle y hacerte creer que son verdaderos santos ángeles.

96. Esfuérzate por tener una gran humildad, y las amenazas de los demonios no llegarán hasta tu alma, ni el flagelo se acercará a tu tienda. El dará órdenes a sus ángeles para que te guarden y aparten invisiblemente de ti todas las maquinaciones hostiles.

97. Quien se esfuerza por alcanzar la oración pura, aunque oiga ruidos, estrépitos, voces e insultos, no se abatirá ni se rendirá, sino que le dirá al Señor: “No temeré ningún mal porque tú estás conmigo”, y cosas semejantes.

98. En los momentos de tales tentaciones recurre a una oración breve e intensa.

99. Si los demonios, apareciéndose de improviso en el aire, te amenazan para aterrarte y asolar tu espíritu o, bajo la apariencia de fieras, parecen querer destrozar tu carne, no temas nada ni te preocupes de sus amenazas. Ellos te quieren atemorizar a ver si los atiendes o si los desprecias del todo.

100. Si en tu oración estás ante Dios todopoderoso. Creador y Providente ¿cómo estás en su presencia olvidándote locamente de su temor soberano y temiendo, en cambio, a los mosquitos y escarabajos? ¿No oíste a Aquel que dijo: “Tú temerás al Señor tu Dios” (Deut 10, 20), y también “Ante tu poder todo se estremece y tiembla” (cf. Joel 2, 10-11 y Eclo16, 19)?

101. Como el pan es alimento para el cuerpo, la virtud lo es para el alma, y la oración inmaterial (espiritual) para el espíritu.

102. No ores como el fariseo sino como el publicano, en el lugar sagrado de la oración, para que tú también seas justificado por el Señor.

103. Esfuérzate en tu oración para no desear nunca mal a nadie, no sea que, haciendo abominable tu oración, destruyas lo que edificas.

104. El deudor que debía diez mil talentos te enseña que si tú no perdonas al que te debe, tampoco alcanzarás el perdón, pues escrito está que aquel fue entregado a los verdugos.

105. No hagas caso de las exigencias del cuerpo cuando estés orando, no sea que por la picadura de un piojo, de una pulga, de un mosquito o de una mosca pierdas el grandísimo provecho de la oración.

106. Llegó hasta nosotros la noticia de que el maligno combatía tanto a cierto santo que, cuando éste extendía las manos, el enemigo, transformándose, en león e irguiéndose sobre las patas traseras, clavaba las garras en las mejillas del atleta, sin soltarlo hasta que bajara las manos. Pero él nunca las bajó hasta terminar las oraciones acostumbradas.

107. Sabemos que así era también Juan el pequeño, o por decirlo mejor ese muy gran monje que llevaba vida solitaria en una fosa. Gracias a su íntima unión con Dios, permanecía inconmovible mientras el demonio, bajo la forma de un dragón enroscado en su cuerpo, le trituraba las carnes y eructaba en su rostro. 1

108. Seguramente habrás leído en la vida de los monjes de Tabenisi, aquel pasaje donde se narra que dos víboras se acercaron un día a los pies del abad Teodoro mientras éste estaba hablando a los hermanos. Sin inmutarse les hizo un lugar entre los pies para alojarías allí hasta el fin de la conferencia. Recién entonces se las mostró a los hermanos y les cont6 lo sucedido.

109. También hemos leído que una víbora se enroscó en los pies de otro varón espiritual mientras éste oraba. Pero él no bajó los brazos hasta terminar la oración habitual, a pesar de lo cual no sufrió ningún daño por haber amado más a Dios que a sí mismo.

110. Mantén quieta tu mirada durante la oración. Renuncia a tu carne y a tu alma y vive según el espíritu.

111. Un santo solitario del desierto, mientras oraba con gran fortaleza, fue asaltado por los demonios. Estos, durante dos semanas jugaron a la pelota con él arrojándolo al aire y recibiéndolo en una estera. Pero en modo alguno pudieron apartar su espíritu de su ferviente oración.

112. Otro, lleno de amor de Dios y de celo por la oración, iba por el desierto cuando se le aparecieron dos ángeles que se pusieron a ambos lados y caminaban junto a él. Pero él no se preocupó de atenderlos para no perder lo que era más importante, acordándose de las palabras del Apóstol: “Ni los ángeles, ni los principados, ni las potestades podrán separarnos de la caridad de Cristo” (Rom 8, 38-39).

113. El monje, por la verdadera oración, se vuelve igual a los ángeles.

114. Si quieres ver el rostro del Padre que está en los cielos, no trates en modo alguno de percibir alguna forma o figura en el tiempo de la oración.

115. No desees ver sensiblemente a los ángeles o a las potestades o a Cristo, no sea que pierdas totalmente el juicio y recibas al lobo en lugar del pastor, y adores a los demonios enemigos.

116. Esta ilusión nace de la vanagloria espiritual, la cual incita al espíritu a imaginar la divinidad limitada bajo formas o figuras.

117. Dirá algo que pienso y que ya se lo he dicho a los jóvenes: Feliz el espíritu que en el tiempo de la oración consigue una total ausencia de formas.

118. Feliz el espíritu que, orando sin distracción, crece siempre más en el deseo de Dios.

119. Feliz el espíritu que en el tiempo de la oración se vuelve inmaterial y pobre.

120. Feliz el espíritu que en el tiempo de la oración llega a despojarse de todo lo sensible.

121. Feliz el monje que se considera el desecho de todos.

122. Feliz el monje que, con gran alegría, ve la salvación y progreso de todos como suyos propios.

123. Feliz el monje que tiene a todos por Dios, después de Dios.

124. Monje es aquel que está separado de todos y unido a todos.

125. Monje es aquel que se considera unido a todos porque se ve siempre a sí mismo en cada uno de los hombres.

126. Aquel que ofrece a Dios el fruto de las primicias de su espíritu, lleva la oración a la perfección.

127. Puesto que eres monje y deseas orar, evita toda falsedad y todo juramento; si no, en vano aparentas lo que eres.

128. Si quieres orar con el espíritu, no le pidas nada a la carne, y ninguna nube se te opondrá en el tiempo de la oración.

129. Deja en las manos de Dios el cuidado de tu cuerpo, y así le mostrarás que le confías también el cuidado de tu espíritu.

Equipo de redacción: "En el Desierto"

viernes, 10 de diciembre de 2010

TRATADO DE LA ORACIÓN
II PARTE

33. ¿Qué hay de bueno fuera de Dios? Por lo tanto, entreguémosle todo lo que tenemos y nos hallaremos bien. Él, que es plenamente bueno, nos regala con sus bienes.
34. No le exijas que te dé inmediatamente lo que pides. Él quiere darte un bien más grande haciéndote quedar junto a Él, perseverando en la oración ¿Qué hay en efecto, más alto que conversar con Dios y abstraerse en un íntimo trato con El?
35. La oración es una ascensión del espíritu hacia Dios.
36. Si deseas ardientemente orar, renuncia a todo para recibir todo.
37. Ora primero para ser purificado de las pasiones; en segundo lugar, para ser
Librado de la ignorancia; y en tercer lugar, para ser librado de toda tentación y abandono.
38. Busca únicamente en tu oración la justicia y el Reino, esto es la virtud y la gnosis, y lo demás se te dará por añadidura.
39. Es justo que ores, no solamente por tu propia purificación, sino por la de todo hombre, como hacen ¡os ángeles.
40. Mira si realmente te has unido a Dios en tu oración, o si más bien te ha vencido la alabanza de los hombres, y te sirves de la oración como de un velo para captarla.
41. Ya sea que ores con tus hermanos o que ores solo, esfuérzate por orar, no por rutina, sino sintiendo tu oración.
42. Lo propio de la oración es un recogimiento piadoso que, impregnado de compunción y de dolor del alma, confiesa la falta con secretos gemidos.
43. Si tu espíritu divaga en el tiempo de la oración, es que todavía no ora como monje sino que, siendo aún del mundo, se preocupa por adornar el exterior de la tienda.
44. Cuando ores, vigila enérgicamente la memoria para que no te traiga sus propios recuerdos sino más bien para que te ayude a progresar en la gnosis, pues el espíritu suele dejarse saquear a menudo por la memoria en el tiempo de la oración.
45. Cuando oras, la memoria te presenta las imágenes de cosas pasadas, o de nuevas preocupaciones, o el rostro de quien te ha hecho sufrir.
46. El demonio tiene una gran envidia del hombre que ora, y emplea todos los medios para arruinar su propósito. Así no cesa de reavivarle en la memoria el recuerdo de objetos, y de despertarle en la carne todas las pasiones, para impedirle, si fuera posible, su espléndida carrera y su éxodo hacia Dios.
47. Cuando el perverso demonio no ha podido impedir la oración del virtuoso, se retira un poco para tomar luego desquite de este orante. 0 enciende su ira para destruir el estado excelente que la oración ha dejado en él, o lo incita a algún placer irracional para denigrar su espíritu.
48. Cuando hayas orado como es debido, esfuérzate por no faltar a tu deber, y sé valiente para guardar el fruto. Recuerda que desde el principio has sido hecho para que trabajes y guardes (cf. Gen 2,1). No dejes de custodiar lo que has hecho con tu trabajo pues, de lo contrario, de nada te servirá lo orado.
49. La guerra que se libra entre nosotros y los espíritus impuros no se hace por otra cosa sino por la oración espiritual. Esta es hostil y odiosa para ellos, pero para nosotros es fuente de salvación y de alegría.
50. ¿Qué buscan los demonios al excitar en nosotros la gula, la impureza, la avaricia, la ira, el rencor 'y las demás pasiones? Que el espíritu sea entorpecido por ellas y no pueda orar como es debido. Porque cuando las pasiones irracionales dominan, éste ya no puede moverse de acuerdo a la razón y salir en busca del Verbo de Dios.
51. Vamos hacia las virtudes a través del sentido profundo de los seres creados, y a éstos, por medio del Señor que los llamó a la existencia. Él, por su parte, suele manifestarse en el estado de oración.
52. El estado de oración es un hábito libre de pasiones que, por un amor extremo, arrebata la inteligencia sabia y espiritual a la cumbre del mundo inteligible.
53. Quien quiera orar verdaderamente, no sólo debe dominar la ira y la concupiscencia, sino que debe librarse de todo pensamiento perturbado por alguna pasión.
54. Quien ama a Dios, conversa siempre con Él como un Padre, despojándose de todo pensamiento afectado por una pasión.
55. No por haber alcanzado la paz interior ya se ora verdaderamente, pues es posible entretenerse con pensamientos simples y distraerse siguiéndolos, y estar muy lejos de Dios.
56. El espíritu, aun cuando no se detenga en los pensamientos simples de las cosas, no por eso ha alcanzado el “lugar de la oración”. Puede suceder que se entregue a la contemplación de las criaturas y se ocupe en su sentido profundo, pero aun entonces, aunque tenga representaciones simples, como lo que contempla son cosas, éstas imprimen su imagen en el espíritu y lo alejan mucho de Dios.
57. Aunque el espíritu se eleve por encima de la contemplación de la naturaleza corporal, no por eso ha llegado a ver el “lugar de Dios”. Puede estar ocupado en el conocimiento de los inteligibles y dispersarse en él.
58. Si quieres orar, necesitas de Dios, que es quien da la oración al que ora. Invócalo diciendo: “Santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu Reino”, es decir: el Espíritu Santo y su Hijo unigénito. Esta es su enseñanza cuando dice que hay que adorar a Dios, esto es, al Padre, en Espíritu y en Verdad. Estos tres son un solo Dios.
59. El que ora en Espíritu y en Verdad no saca de las criaturas la alabanza al Creador, sino que es de Dios mismo de donde saca la alabanza a Dios.
60. Si eres teólogo, orarás verdaderamente; y si oras verdaderamente, eres teólogo.
61. Cuando tu espíritu, a causa de un intenso deseo de Dios, se aparte poco a poco, por decirlo así, de la carne, rechace todos los pensamientos que vienen de razón o del temperamento, y al mismo tiempo, se llene de devoción y alegría, entonces piensa que estás cerca de los confines de la oración.
62. El Espíritu Santo, compadeciéndose de nuestra debilidad, nos visita aunque no estemos todavía purificados. Si halla nuestro espíritu orando sinceramente, entonces en él, aniquila el ejército de razonamientos y pensamientos que lo asedian, y lo incita a que se ocupe en los trabajos de la oración espiritual.
63. Los demonios (lit. los otros) producen en el espíritu razonamientos, pensamientos y visiones, causando alteraciones corporales. Pero Dios hace lo contrario, llega al mismo espíritu, le infunde el conocimiento que quiere, y, a través del espíritu, calma la intemperancia del cuerpo,
64. Todo el que aspira a alcanzar la oración verdadera, y se enoja o guarda rencor es un loco. Es como aquél que quiere tener una vista penetrante y se daña los ojos.
65. Si quieres orar no hagas nada que sea contrario a la oración, para que Dios se acerque y camine a tu lado.
66. Cuando ores, no plasmes en ti representación alguna de lo divino, ni permitas que en tu espíritu se imprima ninguna forma, sino ve, inmaterial, hacia lo inmaterial y lo hallarás.
68. Cuando el envidioso demonio no puede perturbar la memoria durante la oración, fuerza la complexión corporal para provocar alguna imagen peregrina que informe el espíritu. Este, acostumbrado a pensar con formas mentales, fácilmente se doblega y se deja engañar tomando el humo por la luz, él, que tendía a la gnosis inmaterial y libre de toda forma.
69. Mantente en guardia, y preserva tu espíritu libre de pensamientos en el tiempo de la oración, para que permanezca en su propia soledad. Entonces Aquel que se compadece de los ignorantes te visitará, y recibirás el don eminente de la oración.
70. No podrás orar con pureza si te complicas con cosas materiales y te agitas con continuas preocupaciones, pues la oración es un despojarse de los pensamientos.
71. Como aquel que está atado no puede correr, así el espíritu sometido a las pasiones no puede ver el lugar de la oración espiritual. Tironeado y rodeado por pensamientos cargados de pasiones, no puede mantenerse en paz.
72. Cuando el espíritu ora con pureza, sin distraerse y verdaderamente, entonces los demonios no se acercan a él por la izquierda sino por la derecha. Le representan la gloria de Dios como una figura agradable a los sentidos, para que crea que ya alcanzó perfectamente el fin de la oración. Esto proviene -decía un admirable gnóstico- de la pasión de la vanagloria, y del demonio que actúa sobre el cerebro y las venas.
73. Creo que el demonio actúa sobre el lugar que dije, para modificar a su gusto la luz que rodea el espíritu, Excita, pues, la pasión de la vanagloria inculcando en el espíritu irreflexivo el pensamiento de que alcanza la ciencia divina y esencial, Como el espíritu no se siente acosado por pasiones carnales sino afianzado en la pureza, cree que no se ejerce contra él ninguna acción contraria, y supone que es realmente una aparición divina lo que el demonio hace surgir como antes explicamos.
74. Cuando viene el ángel de Dios, con su sola palabra hace cesar en nosotros toda la acción del adversario, e induce a la luz del espíritu a obrar sin desviarse.
75. Cuando se lee en el Apocalipsis (8,3) que el ángel toma incienso para unirlo a las oraciones de los santos, se trata, creo, de esta gracia que hace el ángel. El hace nacer la ciencia de la verdadera oración en el espíritu, de tal manera que ésta queda en lo sucesivo libre de toda agitación, acedia y negligencia.
76. Los perfumes de las copas son las oraciones de los santos ofrecidas por los veinticuatro ancianos.
77. Por la copa se entiende el amor de Dios, es decir, la caridad perfecta y espiritual, en la cual la oración se realiza en espíritu y en verdad.
78. Si piensas que no te hace falta llorar tus pecados en la oración, considera cuánto te has alejado de Dios, debiendo haber permanecido siempre en Él. Entonces llorarás con más ardor.
79. Ciertamente, si reconocieras tu medida, fácilmente gemirías reprochándote a ti mismo, como lsaías (6,5), ser impuro, tener labios impuros y vivir en medio de un pueblo impuro. Tú, por el contrario, te atreves a presentarte ante el Señor de los Ejércitos.
80. Si oras verdaderamente estarás plenamente seguro. Los ángeles vendrán a ti y te iluminarán el sentido pro ' fundo de los acontecimientos.


Equipo de redaccíón: "En el Desierto"

sábado, 4 de diciembre de 2010

Evagrio Póntico

TRATADO DE LA ORACIÓN

PRÓLOGO

Estando yo abrasado por el fuego de malas pasiones, la llegada de tu piadosa carta fue para mí, como de costumbre, un verdadero alivio. Reconfortaste mi espíritu fatigado hasta el extremo, imitando felizmente al gran Preceptor y Maestro. Y esto no es raro, pues tú siempre tuviste la mejor parte, como el bienaventurado Jacob. Por Raquel serviste espléndidamente, y recibiste a Lía; y ahora buscas la deseada, porque ya has cumplido la semana.

Yo, por mi parte, no niego que había trabajado toda la noche sin haber pescado nada, cuando, impulsado por tu palabra, eché la red, y pesqué una cantidad de peces, aunque no ciertamente de gran tamaño. Son ciento cincuenta y tres. Te los envío como otros tantos capítulos en la cesta de la caridad, para cumplir tu orden.

Admiro y alabo mucho la excelente intención que te ha hecho desear estos capítulos sobre la oración, pues no ansías tenerlos solamente en las manos, escritos con tinta sobre el papel, sino cimentados en el espíritu por la caridad y por el olvido de las injurias.

Pero como, según el sabio Jesús Ben Sira (Eclo 42,25), todas las cosas tienen un doble aspecto, uno frente a otro, recibe lo que te envío, según la letra y según el espíritu, entendiendo que el espíritu precede absolutamente a la letra, ya que si aquel falta, de nada la letra vale. Así, pues, dos son los modos de la oración, uno “práctico” y otro “teórico”, del mismo modo que en el número hay un aspecto palpable, que es la cantidad, y otro solamente indicado, que es la cualidad.

Dividiendo el tratado de la oración en ciento cincuenta y tres párrafos, te hemos enviado un evangélico alimento, para que halles el gozo del número simbólico en la figura del triángulo y del hexágono, que representan la gnosis de la Santísima Trinidad y la descripción del arden de este mundo.

El número cien es, en sí mismo, un número cuadrado, y el cincuenta y tres, triangular y esférico, ya que este último consta del número veintiocho, que es triangular, y del veinticinco que es esférico, pues se compone de cinco veces cinco. Tienes así la figura del cuadrado no sólo en el cuaternario de las virtudes sino en la sabia gnosis del siglo, con la que se relaciona el número vigésimo quinto, si se atiende a la esfericidad de los tiempos. Pues una semana sigue a otra semana, y un mes a otro mes; el tiempo gira de año en año, y una estación sucede a otra estación, como la primavera y el verano, a las que conocemos por el movimiento del sol y de la luna.

El triángulo puede indicarte la gnosis de la Santísima Trinidad. Pero si consideras que ciento cincuenta y tres es triangular a causa de la multiplicidad de los números que la componen, se puede descubrir en él la ciencia práctica, la natural y la teología, o la fe, la esperanza y la caridad; oro, plata y piedras preciosas.

Esto, en cuanto a los números. En cuanto a los capítulos, no desprecies su pobreza, tú que sabes acomodarte a la abundancia y a la estrechez, y que te acuerdas de Aquel que no rechazó las dos monedas de la viuda, sino que las prefirió a las riquezas de muchos otros.

Y puesto que conoces el fruto de la bondad y de la caridad, espero que guardes estos capítulos para tus verdaderos hermanos, rogándoles que oren por el enfermo para que este se cure, tome su camilla y, en adelante, camine por la gracia de Cristo, verdadero Dios nuestro, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.



TEXTO
1. Si se quiere preparar un perfume de agradable olor, se mezclará, como dice la ley (Ex 30,34), igual cantidad de incienso transparente, canela, ónix y mirra. Este es el cuaternario de las virtudes. Si estas alcanzan su plena medida y equilibrio, el espíritu no será traicionado.

2. El alma purificada por la plenitud de las virtudes afianza al espíritu en una actitud inconmovible y le da la capacidad de recibir el estado que busca.

3. Si la oración es el trato íntimo del espíritu con Dios ¿en qué estado deberá hallarse el espíritu para que, establecido en una paz inalterable, vaya hacia su propio Señor y trate con Él sin ningún intermediario?

4. Si Moisés, cuando intentó acercarse a la zarza ardiente, no pudo hacerlo hasta que se quitó las sandalias de sus pies ¿cómo tú, que pretendes ver al que está por encima de todo conocimiento y sentimiento, no te desprendes de todo pensamiento perturbado por la pasión?

5. Pide ante todo recibir el don de lágrimas para ablandar, por la compunción, la rudeza de tu alma, de modo que, confesando contra ti mismo tu iniquidad al Señor, obtengas de Él, el perdón.

6. Usa de las lágrimas para tener éxito en todas tus súplicas, pues el Señor se alegra mucho cuando recibe una oración hecha con lágrimas.

7. Aunque derrames torrentes de lágrimas en tu oración, no por eso te engrías como si fueras más que los demás. Simplemente tu oración ha recibido una ayuda para que puedas confesar generosamente tus pecados y aplacar al Señor con tus lágrimas.

8. No conviertas, pues, en pasión el antídoto de las pasiones, no sea que irrites más al que te da la gracia. Muchos que lloraban sus pecados se olvidaron de la finalidad de las lágrimas y se extraviaron enloquecidos.

9. Persevera con valor en una esforzada oración, y aparta las preocupaciones y pensamientos que surjan, porque ellos te turban y te agitan para debilitar tu vigor.

10. Cuando los demonios te ven lleno de entusiasmo por la verdadera oración, te sugieren primero el pensamiento de cosas necesarias, y luego avivan su recuerdo e incitan al espíritu a que las busque. Pero como éste no las halla, entonces se entristece y descorazona. En el tiempo de la oración le representan las cosas que buscaba y su recuerdo, para que el espíritu, relajado por esta consideración, defeccione y pierda.


La oración fructuosa.
11. Pugna para que tu espíritu, en el tiempo de la oración, sea sordo y mudo. Entonces podrás orar.

12. Cuando sufras alguna prueba o contradicción, cuando te irrites, o cuando te sientas impulsado a vengarte o a replicar, acuérdate de la oración y del juicio que en ella te espera, e inmediatamente se apaciguará en ti el movimiento desordenado.

13. Todo lo que hicieres para vengarte de un hermano que te ha ofendido, se te convertirá en piedra de tropiezo en el tiempo de la oración.

14. La oración es un retoño de la mansedumbre y de la ausencia de c6iera.

15. La oración es fruto de la alegría y de la acción de gracias.

16. La oración es defensa contra la tristeza y el abatimiento.

17. Ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres, toma tu cruz y niégate a ti mismo, para que puedas orar sin distracción.

18. Si quieres que tu oración sea digna de alabanza, niégate a ti mismo y soporta sabiamente toda clase de males por amor a la oración.

19. Si sobrellevas sabiamente una pena, recogerás el fruto en el tiempo la oración.

20. Si quieres orar como conviene, no causes tristeza a ningún alma. De lo contrario, corres en vano.

21. Ha sido dicho: “Deja tu ofrenda delante del altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano”

(Mt 5,24). Luego vendrás y orarás sin inquietud. Pues el rencor oscurece la facultad rectora del que ora y entenebrece sus oraciones.

22. Los que acumulan penas y rencores y se imaginan que oran, son como quienes sacan agua y la vierten en un barril agujereado.

23. Si eres paciente, orarás siempre con alegría.

24. Cuando ores como conviene, se te ocurrirán cosas tales que te parecerá ciertamente justo el enojarte, Pero nunca absolutamente es justa la cólera contra el prójimo, y si buscas atentamente verás que es posible solucionar el asunto sin enojarte. Usa, pues, de todos los medios para no estallar en c6lera.

25. Ten cuidado, no sea que por sanar a otro te vuelvas tú mismo un enfermo incurable y destroces tu oración.

26. Si evitas la ira, aprenderás a ser discreto, te mostrarás prudente en tus pensamientos, y serás contado entre los hombres de oración.

27. Pertrechado contra la ira, no admitirás jamás la concupiscencia. Esta es quien provee de materia a la ira, la cual perturba el ojo del espíritu y deteriora el estado de oración.

28. No ores solamente con actitudes exteriores, sino que, con gran temor, conduce tu espíritu para que sienta la oración espiritual.

29. A veces, en cuanto te pongas en oración orarás bien. Otras veces, aunque te esfuerces mucho no alcanzarás tu objeto. Esto último te sucede para que busques más y, una vez que halles, guardes inviolablemente lo que hallaste.

30. Al llegar un ángel, se alejan al instante aquellos que nos importunan, y el espíritu, gozando de una paz inalterable, ora saludablemente. A veces, por el contrario, cuando la guerra acostumbrada nos oprime, el espíritu, asediado por diversas pasiones, se debate sin poder levantar la cabeza. Sin embargo, si éste busca con insistencia, hallará, y si golpea con fuerza, se le abrirá.

31. No ores para que se realicen tus deseos, pues estos no siempre concuerdan con la voluntad de Dios. Ora, más bien, como aprendiste, diciendo: “Que tu voluntad se cumpla en mí”. Así, en todas las cosas, le pides lo que es bueno y conveniente para, tu alma, pues tú no siempre buscas esto.

32. Muchas veces he pedido en mis oraciones lo que yo estimaba que era bueno para mí, obstinándome en mi demanda y violentando neciamente ¡a voluntad de Dios, sin permitirle que me diera lo que El sabía que más me convenía. Y cuando recibía lo que había implorado, era grande mi decepción por haber pedido que se hiciera mi voluntad, pues la cosa no era como yo me imaginaba.

Equipo de redacción: "En el Desierto"