sábado, 17 de julio de 2010

Compartimos una presentación a los relatos de un Peregrino Ruso

Los Relatos de Un Peregrino Ruso pertenecen al movimiento literario ruso del siglo XIX, en lo que tiene de más sereno y puro.
El peregrino hace que el lector penetre en el corazón mismo de la vida rusa, poco después de la guerra de Crimea y antes de la abolición de la servidumbre o sea entre los años 1856 y 186l. Todo está encuadrado en una llanura inmensa con iglesias de colores claros y campanas refulgentes y sonoras.
Cristiano ortodoxo corno es, su preocupación es pasar de la noche oscura a la noche luminosa: la contemplación de la Santísima Trinidad.
El peregrino (strannik) describe su odisea a través de Rusia, que él recorre con un morral que contiene pan seco y la Biblia. En un monasterio, encuentra un starets (Padre espiritual) y lo interroga sobre la manera de poder practicar el consejo del apóstol: orar sin cesar. El starets le explica la práctica de la oración de Jesús. Lo somete -si se puede hablar de ese modo- a un régimen de entrenamiento progresivo. Le hace decir la oración de Jesús, primero 3.000 veces por día, luego 6.000, finalmente 12.000 veces. Luego el peregrino deja de contar el número de oraciones; asocia el "Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador" con cada respiración, con cada latido del corazón. Llega el momento en que ya no se pronuncia ninguna palabra: los labios se callan y sólo resta escuchar hablar al corazón. Así, la oración de Jesús le sirve de alimento para el hambre, de bebida para la sed, de reposo en la fatiga, de protección contra los lobos. y los demás peligros; inspira las conversaciones que el peregrino entabla con las gentes que encuentra, gentes del simple pueblo, como el peregrino mismo. La fe del peregrino no es emotividad poética.
Nutrido de las enseñanzas teológicas, todas sus acciones son guiadas por el deseo de la perfección de la vida espiritual, cuya finalidad es la contemplación. Si la fe precede a las obras, sin obras la fe no existe. Reuniendo todas las fuerzas de su espíritu para contemplar al Ser Absoluto, recibe a veces de Cristo, el nuevo Adán, algunos de los privilegios del Adán primero. Consigue ignorar el frío, el hambre y el dolor; la misma naturaleza le parece transfigurada.
"Arboles, hierbas, tierra, aire, luz, todas estas cosas me dicen que existen para el hombre y que para el hombre dan testimonio de Dios: Todas oraban, todas cantaban: la gloria de Dios."
El campesino, en su peregrinar por las estepas de Rusia invocando constantemente el Nombre de Cristo y hablando a todos de la Oración de Jesús, conoce a condenados a trabajos forzados; desertores, nobles, miembros de diferentes sectas, sacerdotes del campo… Pero nada le detiene.
Este pequeño libro ha popularizado más este tipo de plegaria tanto en Oriente como en Occidente. Gracias a esta obra la Oración de Jesús, u Oración de Corazón, saltó los muros de los monasterios para pasar a la piedad popular. Alguien ha dicho que ha hecho más por la comprensión entre los cristianos esta obra. que un sinnúmero de reuniones teológicas.

Algunos textos selectos:
“La plegaria de Jesús, interior y constante, es la invocación continua e ininterrumpida del Nombre de Jesús por medio de los labios, del corazón y de la inteligencia, sintiendo su presencia en todas partes y en todo momento incluso mientras dormimos. Se expresa con estas palabras: ¡Señor Jesucristo, tener piedad de mí! Aquel que se habitúa a esta invocación siente un gran consuelo y la necesidad de decirla siempre; y al cabo de un cierto tiempo ya no sabe estar sin decirla y ella sola nace en su interior.”
“Siéntate en el silencio y en la soledad; inclina la cabeza y cierra los ojos; respira más suavemente, mira con tu imaginación al interior de tu corazón, recoge tu inteligencia, es decir, tu pensamiento, de la cabeza al corazón. Di mientras respiras en voz baja o simplemente en espíritu: ¡Señor Jesucristo, ten piedad de mí!. Esfuérzate en apartar todo pensamiento, sé paciente y repite este ejercicio a menudo.”
"Todo mi deseo estaba fijo sobre una sola cosa: decir la oración de Jesús y, desde que me consagré a ello, estuve colmado de alegría y de consuelo. Era como si mis labios y mi lengua pronunciaran por sí mismos las palabras, sin esfuerzo por mi parte.”
"...Entonces sentí como un ligero calor en mi corazón y tal amor por Jesucristo en mi pensamiento que me imaginé a mi mismo arrojándome a sus pies - ¡Ay, si pudiera verlo!-- y rete-niéndolo en mi abrazo, besando con ternura sus pies y agradeciéndole con lágrimas haberme permitido, en su gracia y su amor, encontrar en su nombre un consuelo tan grande - a mí, su criatura indigna y pecadora. En seguida sobrevino en mi corazón un calor agradable que se expandió en todo mi pecho...'
"Algunas veces mi corazón resplandecía de alegría, en tanto que estaba liviano, pleno de libertad y de consuelo. A veces yo sentía un amor ardiente hacia Jesucristo y todas las criaturas de Dios... A veces, invocando el nombre de Jesús, estaba colmado de felicidad, y después de eso conocía el sentido de estas palabras: "El reino de Dios está dentro vuestro".
Los Relatos... ¿son, en verdad, una autobiografía? ¿O son una novela espiritual, tal vez una obra de propaganda? En ese caso, ¿de qué medio emanan? Se trata de preguntas que debemos dejar sin respuesta. No todo está allí hecho con un oro igualmente puro. La oración de Jesús está presentada, tal vez excesivamente, como actuando ex opere operato. Un teólogo, un higúmeno, un sacerdote que tenga almas a su cargo, se expresaría con mayor sobriedad y prudencia. Pero no se podría permanecer insensible a la frescura del relato, a su aparente sinceridad, a menudo, a su belleza espiritual y, finalmente a los dones literarios del autor. Los Relatos... tuvieron una continuación. Una segunda parte, atribuida al mismo autor que la primera, apareció veintiséis años después que ésta y en las mismas condiciones misteriosas. Esta segunda parte es muy diferente. Ella teologiza; reproduce conversaciones en las que intervienen, entre otros, un profesor y un starets; no tiene la ingenuidad (tal vez sólo aparente) y el encanto de la obra primitiva, y se encontrará poco verosímil que una y otra hayan sido escritas por la misma pluma.

miércoles, 14 de julio de 2010

(Continuamos compartiendo algunos para parágrafos del Capítulo quinto del libro del Padre Gabriel Bunge, sobre la Vigilancia “Vasos de Barro”, primera parte)

“Oren sin cesar” ( 1 Ts 5,17)
Según opinión muy difundida, una “oración” es un texto o libremente formulado, o ya fijado, al estilo del padrenuestro, la oración más noble de los cristianos. Tales “oraciones” tienen una longitud determinada y pueden ser, como en el caso del padrenuestro, relativamente breves.
“Rezar”, significará, entonces, o bien dirigirse espontáneamente a Dios, o bien servirse para ello de un texto modelo previamente fijado. Por más largo que sea el tiempo que uno insista en rezar de esta manera, al final de cuentas su “diálogo con Dios” terminará necesariamente por estar circunscrito en el tiempo.
La exhortación de Jesús, de “orar siempre”1, y la de Pablo de “orar sin cesar”2, para nada significan, por lo tanto que haya que rezar frecuentemente, ni siquiera muy frecuentemente. Los primeros Padres monásticos entendieron la exhortación (a orar sin cesar) de manera absoluta y totalmente literal, en contraste a algunos Padres de la Iglesia que no la entendieron de esa misma forma.
No nos fue prescrito trabajar, velar y ayunar continuamente, sino que se nos ordenó “orar sin cesar”. Porque las tareas nombradas en primer lugar, que sirven para curar la parte pasional del alma, necesitan del cuerpo para ser llevadas a cabo. Sin embargo este, a causa de su natural debilidad, no es capaz de soportar tales fatigas. Por el contrario, la oración fortalece y purifica el intelecto para el combate, porque (este) ha sido dotado por naturaleza para orar, incluso separado del cuerpo, y para combatir a los demonios, - como suele hacerlo -, en defensa de todas las potencias del alma3.
El que haya que entender el precepto de Pablo literalmente, no sólo era una opinión sostenida por Evagrio. Los primeros Padres monásticos opinaban de manera idéntica. Sin embargo, aunque el principio quedaba fuera de toda duda, su realización práctica no dejaba de suscitar interrogantes:
Pregunta: ¿Cómo es posible orar siempre? ¿Ya que (mientras se ora) durante la liturgia el cuerpo se fatiga?
Respuesta: No sólo es y se denomina oración la que se hace en los “tiempos (destinados) a la oración”, sino el (orar) siempre.
P.: ¿Cómo(hay que entender eso de) siempre?
R.: Sea que comas, que bebas, o que camines, o que realices cualquier trabajo, ¡no ceses ni dejes de orar!
P.: Pero si uno se entretiene hablando con alguien, ¿cómo puede uno cumplir (el mandamiento) de orar siempre?
R.: Es en vistas a esto que el Apóstol (Pablo) dijo: “eleven constantemente oraciones y ardientes súplicas (animados por el Espíritu)” 4. Si entonces te estás entreteniendo y hablando con alguno y no estás cumpliendo con la oración, “reza entonces con súplicas ardientes”.
P.: ¿Con qué oración se debe rezar?
R.: Con el padrenuestro...( y las palabras que siguen).
P.: ¿Cuál es la medida a observar en cuanto a la (longitud) de la oración?
R.: No se nos ha señalado ni indicado medida alguna. Pues el “orar siempre” e “incesantemente” no tiene medida. Pues el monje que sólo reza cuando está allí (pre)parado para orar, ese no ora nunca. Y (el anciano) agregó: “quien quiera realizar esto debe considerar a todos los hombres como uno solo5 y abstenerse de toda malidicencia6.
¡Rezar “siempre” y hacerlo “sin cesar”, significa nada menos que orar siempre y en todas partes, sin entender esto como un “trabajo” similar a los otros quehaceres (y que por eso sólo puede hacerse independientemente uno del otro), sino contemporáneamente a dichos quehaceres! Cómo sea posible hacer esto no nos es explicado, pero si ponemos toda nuestra atención vemos que el Padre al que se le preguntó, hace una distinción importante entre “oración” y “súplica ardiente”. Como ejemplo de la primera, nombra el padrenuestro, que comúnmente se dice en voz alta; cual sea la forma de la segunda no se explica aquí. La alusión a Efesios 6,18 insinúa que de alguna manera ocurre en el “espíritu”.
Queremos en primer lugar preguntar por la “técnica” de la “oración continua, y por el método para aprenderla y practicarla.
A través del “Peregrino ruso” y de la “Filocalia”, aquel libro de los santos Padres que el peregrino llevaba siempre consigo, son muchos los que conocen específicamente el método hesicasta de oración, desarrollado por los monjes bizantinos en los siglos 13 y 14; el método consiste en sentarse en un taburete bajo, con el cuerpo en postura acuclillada, controlando la respiración, etc. Este método está destinado para los “hesicastas”, es decir para monjes que viven en la mayor soledad y que sólo debe ser practicado bajo la guía de un experimentado maestro; siempre será practicable y accesible para muy pocas personas. Por el contrario, lo que sabemos de las prácticas de los antiguos Padres, las hacen comparativamente mucho más accesibles para un mayor número de personas, gracias a su simplicidad7.
Los Padres del desierto egipcio poseían ya desde los primeros tiempos sus propias tradiciones y costumbres. Ellas ciertamente que en parte reflejan sus específicas condiciones de vida; pero también debemos afirmar que ordenaban toda su vida en vistas a alcanzar la deseada meta:
Las Horas y los himnos (del Oficio) son tradiciones eclesiásticas y estas son buenas con el fin de marchar al unísono con todo el pueblo; lo mismo vale para las comunidades (monásticas) a fin de que los muchos obtengan la unidad. Sin embargo los (monjes) de Las Celdas (es decir de Escete) ni rezan las Horas (de una liturgia de las Horas) ni emplean himnos, sino que (viviendo solos se ocupan), alternativamente y a pequeños intervalos, en trabajos manuales, meditación y oraciones.
En lo que respecta a las Vísperas, los de Escete recitan doce salmos y al final de cada salmo colocan en lugar de la doxología el “aleluya” y realizan una oración. Lo mismo hacen en el (Oficio) nocturno: doce salmos, y después de los salmos se sientan para el trabajo manual8.

Los monjes del desierto de Escete sólo conocían dos Oficios: las Vísperas después de la puesta del sol, y las Vigilias nocturnas de (unas) cuatro horas de duración, hasta la aurora9, que en parte también consistían en trabajo manual al que, por otra parte, dedicaban prácticamente el día entero. Trabajo manual que los monjes pacomianos ni siquiera abandonaban durante la oración comunitaria, ya que no distrae al (que reza), sino que por el contrario lo ayuda al recogimiento. Los ‘scetiotas’, y así mismo aquel monje al que Juan de Gaza escribe lo hacían de la siguiente manera:
Cuando te sientas para realizar el trabajo manual, o bien debes aprender de memoria o bien debes recitar salmos. Al final de cada salmo reza permaneciendo sentado: “Oh Dios, por tu inmensa compasión apiádate de mi”10. Si eres perturbado por los pensamientos, entonces agrega: “Oh Dios, estás viendo mi angustia, ven a prisa a socorrerme”11.
Cuando hayas terminado (de anudar) tres filas de la estera, entonces álzate para la oración, e igualmente cuando te arrodilles o cuando vuelvas a levantarte, recita dicha oración12.
Vemos entonces que el “método” es de lo más sencillo (que uno imaginarse pueda). Consiste en interrumpir el trabajo, - en este caso el trenzado de esteras -, a “pequeños intervalos” fijados con antelación, levantándose para efectuar la oración y la postración que la acompañaba. Así por ejemplo, tanto Macario el egipcio como su discípulo Evagrio realizaban cien oraciones por día13, con las cien genuflexiones correspondientes. Esta parece haber sido la “regla” general14, pero también encontramos referencias (a prácticas) distintas, ya que cada uno podía tener su propia “medida”15.
Durante dicho trabajo tampoco el espíritu permanecía ocioso, sino que se aplicaba a la “meditación”, es decir a la repetición meditativa de versículos de la Escritura, con frecuencia salmos, que precisamente con este fin se aprendían de memoria. A la dicha “meditación” seguía siempre una muy breve jaculatoria que se realizaba permaneciendo sentados. Su contenido no estaba fijado y en caso de haber adoptado una “fórmula” se la podía cambiar a voluntad. Ni las “oraciones” arriba mencionadas, como tampoco las jaculatorias, eran demasiado largas ni tenían porque serlo.
En lo que se refiere a la prolongación de la oración, si estás (rezando) o si “oras sin cesar” de acuerdo a (lo ordenado por el) Apóstol, no es necesario que al levantarte prolongues (la oración). Pues el día entero tu intelecto ora 16.
Cuando las oraciones se alargan el peligro de las distracciones siempre está al acecho, ya que el recogimiento disminuye, o, peor aún, por que los demonios entremezclan y siembran su cizaña17. Estas cortas oraciones son en su contenido de inspiración netamente bíblica. Logran que la palabra de Dios se transforme en oración personal, pero puede que simplemente (asuman el texto aprendido de memoria) literalmente.
Cuando te pones en pie para la oración, pide ser redimido y liberado “del hombre viejo”18, o recita el padrenuestro, o ambas cosas a la vez19, luego siéntate para el trabajo manual20.
A nadie que desee “rezar auténticamente” le resultará difícil, a partir de estos sencillos principios, desarrollar su propio y personal “método” (de oración), que tome en cuenta las circunstancias de la propia vida, sobre todo (teniendo en cuenta) el tipo específico de trabajo. Si uno observa atentamente, cae en la cuenta que los Padres del desierto no tenían una vida de oración añadida al resto de su vida, sino que trabajaban, como el resto de las personas, para poder vivir, y que igualmente dormían seis horas por las noches. Su vida de oración es idéntica y se identifica con su vida cotidiana, la embebe totalmente y lleva a que el espíritu “permanezca el día entero en oración”. Ni circunstancias externas, ni tampoco “distracciones” de ningún tipo, por ejemplo conversaciones, perturban ya dicho estado (de oración).
Los hermanos contaban lo siguiente: “Un día fuimos a visitar a unos ancianos. Después de haber orado, según es costumbre, nos saludamos y nos sentamos para conversar juntos. Terminada la conversación, en el momento de marcharnos, pedimos el tener nuevamente juntos un momento de oración. Uno de aquellos ancianos nos dijo: “¿Cómo, no rezaron ustedes ya?”. Le dijimos: “Sí, abba, hicimos oración al llegar, pero desde entonces hasta ahora no hicimos otra cosa que hablar”. Nos dijo entonces el anciano: “perdónenme, hermanos, pero uno de los hermanos que estuvo sentado conversando con nosotros y mientras hablaba hizo ciento tres oraciones”. Después de decir esto, hicieron oración y nos despidieron” 21.
Es fácilmente comprensible que este modo de obrar hace que en un determinado momento el espíritu, por gracia de Dios, permanezca en un “estado de oración” en el que cesa todo inútil vagar de los pensamientos y el espíritu permanece como “fijado”, con la mirada de los “ojos” clavada en Dios. Ciertamente que esto se ve favorecido por un retirarse transitoria o permanentemente a la soledad, pero ello no es indispensable. Este tan deseado “estado”, lo define en una oportunidad Evagrio de la siguiente manera:
El estado de oración es un hábito impasible, que impulsado por un amor muy intenso arrebata al intelecto espiritual y amante de la sabiduría elevándolo hasta la cumbre de lo inteligible22.
Como ese “ser arrebatado” ya lo insinúa, aquí llegamos al límite y a la frontera del actuar humano, y es Dios, - el Hijo y el Espíritu más precisamente -, quien desde ahora obra. “Orar” no será ya una actividad específica y por ello una ocupación delimitada de nuestro espíritu junto a otras ocupaciones, sino que de manera del todo natural “como actividad propia de la dignidad del intelecto”23, llegará a sernos tan connatural y espontaneo como el respirar.
Cristo respira siempre, crean en él, es lo que el moribundo Antonio aconsejaba a sus discípulos24. La oración es la respiración espiritual del alma, su vida verdadera y auténtica.
Este ideal de la oración continua, que a nosotros hoy puede parecernos algo “típicamente monástico”25, es en realidad muy anterior al monacato y una “de aquellas primitivas tradiciones orales” que los Padres de la Iglesia atribuyen a los mismos Apóstoles. Ya Clemente de Alejandría describió a su verdadero “gnóstico” como alguien para el cual “la vida entera es una conversación con Dios” 26, ...
Ya que ora en toda circunstancia, sea que pasee, que converse, descanse, lea, o comience alguna obra según la razón. Y aunque sólo se trate de un pensamiento tenido en la “recámara”27 de su alma y “con gemidos inexpresables”28 “invoque al Padre”29, éste está tan cerca que lo oye antes que termine de hablar30.
Los primeros monjes no hicieron otra cosa, que darle a ese ideal una forma fija, que por su sencillez a todos les es accesible, con tal que lo intenten con seriedad. Pues toda “alma”, por su esencia, está destinada a “alabar al Señor”.
“Todo lo que respira alabe al Señor”:
Si la “luz del Señor” de acuerdo a Salomón, es “la respiración del hombre”, entonces toda naturaleza racional, que aspira dicha “luz” debe alabar al Señor 31.


Notas:


1-Lc 18,1.
2-1 Ts 5,17.
3-Evagrio, Praktikos 49.
4-Ef 6,18.
5-Evagrio, De Oratione 125: “Monje es aquel que se estima unido a todos (o, uno con todos), porque se ve a sí mismo en cada uno sin excepción alguna”. Eso es lo que significa: “amar al prójimo como a sí mismo” .
6-J.-G. Guy, Un entretien monastique sur la contemplation, en Recherches de Sciences Religieuses 50 (1962), 230 ss. (Nro. 18-22).
7-Ver para lo que sigue: G. Bunge, Das Geistgebet (= La oración en Espíritu), Colonia 1987, pp. 29 y ss. (“Oren sin cesar”).
8-Barsanufio y Juan, Epistula 143.
9-Idem, Epistula 146; según lo arriba citado, en el Capítulo II, nota 127.
10-Sal 50,3.
11-Sal 69,6.
12-Barsanufio y juan, Epistula 143.
13-Paladio, Historia Lausiaca 20 (Butler, p. 63,13 ss) y 38 (Butler, p 120,11).
14-J 741 (Regnault, Série des anonymes, p. 317).
15-Ver Regnault, La prière continuelle ‘monolegistos’..., en Irenikon 48(1975)479 ss.
16-Barsanufio y Juan, Epistula 143.
17-Casiano, Conl IX,36; igualmente Agustín, Epistula CXXX,20 citada en este mismo capítulo, n.55.
18-Ver Ef 4,22; Col 3,9.
19-Barsanufio y Juan, Epistula 176.
20-Ibid, Epistula 143.
21-Nau 280.
22-Evagrio, De Oratione 53 (52).
23-Ibid. 84.
24-Atanasio, Vita Antonii 91,3 (Bartelink).
25-De hecho Casiano, Conl. IX,2 ya la califica como “meta única del monje y como perfección del corazón”.
26-Clemente de Alejandría, Strom. VII,73,1.
27-Mt 6,6 (Nota del traductor).
28-Rm8,26.
29-P 1,17.
30-Referencia al Sal 144,18. Cita de Clemente de Alejandría, Strom. VII,49,7.
31-Evagrio, In Ps 150,6 . La cita es de Pr 20,27.

viernes, 9 de julio de 2010

Dialogando con Padre Simeón: Padre, háblenos de la Oración de Corazón

Tercera Parte, continuamos con la historia.

ATHOS


En la segunda mitad del siglo XIII y a lo largo del XIV floreció en Athos, la santa montaña de Macedonia, el renacimiento del ideal hesicasta. La Oración

de Jesús se acompañaba de una disciplina de la respiración, sistematizada por Nicéforo el Hesicasta y por Gregorio Sinaíta. El método se basa en ralentizar la respiración y buscar el lugar del corazón doblándose sobre sí mismo y concentrándose en el lugar del corazón. Todo ello simultaneado con la invocación repetida de la oración de Jesús: ¡Señor Jesucristo, Hijo de Dios, tened piedad mi! acompasada con la inspiración y la expiración.

Este movimiento de interiorización se hace en dos tiempos, según las dos partes que componen la fórmula de la oración: «Señor Jesús, hijo de Dios» y «ten compasión de mí pecador». El ritmo de la respiración y los latidos del corazón participan también de la oración, complementándose mutuamente: en simultaneidad con la primera parte de la oración, los pulmones inspiran el nombre de Jesús, lo cual permite a la diástole (dilatación) del corazón que el espíritu se lance por entero fuera de toda materia; y, simultáneamente a la segunda parte de la oración -«ten piedad de mí»-, los pulmones expiran el aire contaminado, a la vez que por la sístole (contracción) del coraz

ón el espíritu reviene sobre sí mismo.

La oración de Jesús tiene, pues, un cierto aspecto técnico que precisa de un adiestramiento. Pero no se puede reducir a una simple mecánica, porque «nadie puede decir `Señor Jesús' sino por influjo del Espíritu Santo» (1 Cor 12,3). Lo cual no impide que las indicaciones concretas dadas por los monjes sean de una gran ayuda, porque son fruto de su propia experiencia


EL HESICASMO

La palabra hesiquía en griego se traduce como estado de tranquilidad, de paz, o de reposo. Quien la posee se encuentra equilibrado, vive en paz y a la vez, calla y guarda silencio. Recuerda a la actitud que Platón afirma corresponde al auténtico filósofo: que se mantiene tranquilo y se ocupa de lo que le pertenece. Y también se ajusta a las palabras del Libro de los Proverbios: el hombre sensato sabe callar; o al estilo del solitario de quien dice el profeta Baruq: Es bueno esperar en silencio la salvación del Señor.
En el Nuevo Testamento el mismo Cristo dice a sus discípulos: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os daré descanso. Aceptad mi yugo y haceos mis discípulos, ya que soy bueno y humilde de corazón, y encontraréis reposo (hesiquía) para vuestras almas pues mi yugo es suave y mi carga ligera. (Mt.11, 28-29).

Ammonas, sucesor de S. Antonio en Egipto habla de cómo la hesiquía es el camino propio del monje y escribe una carta mostrando que es el fundamento de todas las virtudes. Fueron los anacoretas los primeros en llamarse hesicastas. Si la virtud de los cenobitas (monjes que viven en comunidad) es la obediencia, la de los hesicastas (anacoretas o solitarios) es la oración perpetua. La búsqueda de la hesiquía es tan antigua como la vida monástica.

En el siglo VI, S.Juan Clímaco, abad del monasterio del Sinaí y autor de la Escala del Paraíso, unió la hesiquía y el Recuerdo de Jesús. La hesiquía es la adoración perpetua en presencia de Dios: Que el recuerdo de Jesús se una a tu respiración y pronto te darás cuenta de la utilidad de la hesiquía. La oración ideal es la que elimina los raciocinios y se convierte en una sola palabra.

La Memoria de Jesús provee a este tipo de oración de forma y contenido. La unión del recuerdo de Jesús y la respiración será reemprendida por Hesiquio de Batos que ya la llama Oración de Jesús: Si con sinceridad quieres ahuyentar los pensamientos, vivir en quietud, sin dificultad, y ejercer la vigilancia sobre tu corazón debes adherir la Oración de Jesús a tu respiración y pronto lo conseguirás. La unión de respiración y Oración de Jesús en su fórmula desarrollada: Señor Jesús, Hijo de Dios vivo, ten piedad de mí, pecador, constituirá el fundamento del hesicasmo bizantino y de Monte Athos en el siglo XIV.

«Cuando reces, inspira al mismo tiempo, y que tu pensamiento, dirigiéndose al interior de ti mismo, fije su meditación y su visión en el lugar del corazón de donde brotan las lágrimas. Que tu atención permanezca ahí, en la medida en que puedas. Te será de una gran ayuda. Esta invocación de Jesús libera al espíritu de su cautividad, otorga la paz y ayuda a descubrir la oración permanente del corazón por la gracia del Espíritu vivificante en Jesucristo Nuestro Señor».

LA FILOCALIA

A finales del siglo XVIII se compila y traduce al eslavo la Filocalia con lo que la tradición hesicasta llegará primeramente a Rusia, luego a Rumania y desde allí a toda la Europa del Este ortodoxa. La Filocalia (término griego que significa amor a lo bello y bueno) está compuesta por una antología de textos ascéticos y místicos recopilados por Macario de Corinto y Nicodemo el Hagiorita. Fue publicada en Venecia en 1782 y se ha dicho de ella que constituye el breviario del hesicasmo. Su publicación coincide con el renacimiento de la fe ortodoxa en la Grecia del siglo XVIII y al ser traducida al eslavo por Paissy Velichkovsky y al ruso por Ignacio Brianchaninov, en 1857, marcó la renovación del monaquismo oriental. La Filocalia eslava fue utilizada por el gran santo Serafín de Sarov y constituye el núcleo de los Relatos Sinceros de un peregrino ruso a su padre espiritual, obrita que apareció en Kazan en 1870.

Equipo de redacción "En el desierto"

orthroseneldesierto@gmail.com

miércoles, 7 de julio de 2010

Dialogando con Padre Simeón: Padre, háblenos de la Oración de Corazón

Segunda Parte.

Les contaré un poco de historia sobre la oración


RAÍCES HISTÓRICAS DE LA ORACIÓN DE JESÚS

Jesús, sálvame,- Kyrie eleison!: este clamor del corazón que se encuentra en el centro de la plegaria de Oriente procede directamente del Evangelio: es el clamor del ciego de Jericó; la súplica del publicano. Esta llamada de auxilio, es, en primer lugar, un acto de fe en Jesús Salvador. El mismo nombre de Jesús significa YWVH salva y es una confesión, en el Espíritu Santo, de que es el Señor. Recuérdese que nadie puede pronunciar el Nombre de Jesús sin la inspiración del Espíritu Santo (I Co, 12,3).

El Nombre de Jesús no es tan sólo el que le ponen sus padres cuando nace –de acuerdo con el mandato a José o lo que se dijo a María en la Anunciación: Le pondrás por nombre Jesús -sino también el nombre divino que le ha dado el Padre tal como dice Jesús en la oración sacerdotal (Jn 17,11): Padre Santo guárdalos en tu nombre, aquel que me diste, para que sean uno como somos nosotros. También Pablo dirá en el himno de Fil2,9-11, a propósito de la humillación y exaltación de Cristo: Le fue concedido el nombre sobre todo nombre para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo y toda lengua proclame que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

La gloria del cristiano es proclamar este nombre, y su felicidad estriba en sufrir por Él: Y si recibís insultos porque predicáis el nombre de Cristo ¡Felices vosotros! El Espíritu de gloria, que es el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros. (I Pe 4,13)

En su Nombre los cristianos somos bautizados y por causa de su Nombre, perseguidos. Por su Nombre sufriremos y seremos glorificados (textos de Lucas y libro de los Hechos). Pedro confiesa ante el Sanedrín (Hechos 4,12): La Salvación no se encuentra en nadie más, porque bajo el cielo Dios no ha dado a los hombres otro Nombre en el que puedan ser salvos. Pablo, después de perseguir a los que invocaban el Nombre del Señor (Hechos 9,14) se dirige en su primera carta a los Corintios a todos aquellos que invocan el nombre de Nuestro Señor Jesucristo y anima a su estimado discípulo Timoteo a buscar la fe y la caridad con todos los que, con corazón puro, invocan el Nombre del Señor.

Los textos del Nuevo Testamento que hacen referencia al Nombre de Jesús son innumerables y pertenecen a todas las tradiciones: Pablo, Sinópticos, Juan. El nombre de Jesús es divino y fuerte. Y quien le invoca siempre es escuchado. Él mismo lo dice en Juan 16,23-24: Con toda verdad os digo que mi Padre os concederá todo lo que le pidáis si lo hacéis en mi nombre. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; hacedlo en mi nombre y recibiréis todo lo que pidáis y vuestra alegría será plena.

El nombre de Jesús es Eucarístico: Todo lo que hagáis, sea de palabra, sea de obra, hacedlo en el nombre de Jesús, dirigiendo por Él a Dios la Acción de Gracias (que esto significa Eucaristía (Col 3,17).

En Efesios, Lucas y Tesalonicenses se nos anima a orar en toda ocasión siempre y constantemente. La invocación al Señor es un plegaria interior porque nosotros no sabemos que hemos de pedir para rezar como es debido, es Él, el Espíritu, quien ora en lugar nuestro (Rom,8,26). Y nadie puede decir Jesús si no es movido por el Espíritu Santo (1Co,12,3)

Así pues, el Nuevo Testamento legitima la invocación del Nombre de Jesús y de cómo se nos impone en la gracia bautismal. Esta invocación del Nombre de Jesús no se convertirá en la Oración de Jesús hasta que no se le asocie al deseo de oración continua expresado en las invocaciones breves que contienen el nombre del Señor o de Jesús. Casiano y S.Agustín dan testimonio de la existencia de estas breves oraciones o jaculatorias entre los eremitas del desierto de Egipto.


LOS PADRES DEL DESIERTO

Los Padres del Desierto retoman la oración del publicano en el siglo IV. Ammonas, en el desierto egipcio, aconseja que se conserve siempre en el corazón las palabras del publicano, para experimentar la salvación y Macario, interrogado sobre cómo se ha de orar, enseña: No es necesario perderse en palabras; es suficiente con que extendáis las manos y digáis: Señor, como Tú quieres y como Tú sabes, ¡ten piedad! Y si viniera el combate (la tentación): ¡Señor, venid en mi auxilio!. Él sabe lo que nos conviene y tendrá misericordia.

Fue Diadoco de Fótice en el siglo V quien propuso invocar en el fondo del corazón sin interrupción al Señor Jesús y a su santo y glorioso nombre, para purificar y unificar el alma dividida por el pecado y experimentar la gracia como base del perpetuo recuerdo de Dios: Cuando, recordando a Dios, cerramos las salidas del espíritu, éste sólo precisa que le dejen alguna actividad adecuada para mantener en acción su natural dinamismo. Es el momento de entregarle la invocación del Nombre de Jesús como única actividad en que puede concentrarse todo el que quiere. Está escrito: Nadie puede decir Señor Jesús sino es en el Espíritu Santo. Y Barsanufio insiste: A nosotros, débiles, sólo nos resta refugiarnos en el Nombre de Jesús.

Fue en Gaza, en el desierto palestinense, donde los monjes dieron a la invocación del Nombre de Jesús una formulación más desarrollada. El joven Dositeo mantuvo siempre la memoria de Jesús durante la grave de enfermedad de la que habría de morir. Su padre espiritual, Doroteo, le había enseñado a repetir sin descanso: ¡Hijo de Dios, venid en mi auxilio!. Esta era su oración continua. Y cuando ya estaba tan débil que no podía repetirla le aconsejó: ¡Ten presente solamente a Dios y piensa que está a tu lado!

Así pues, encontramos que la tradición de la invocación del Nombre de Jesús u Oración de Jesús se extendía por Palestina cuando comienza la segunda etapa en que se asocia al hesicasmo sinaítico y al del Monte Athos.

Equipo de redacción "En el desierto"

orthroseneldesierto@gmail.com


martes, 6 de julio de 2010

Dialogando con Padre Simeón: Padre, háblenos de la Oración de Corazón

Primera Parte.
Deseo comenzar, en esta primera parte, diciéndoles que según una antigua tradición, existe una profunda relación entre la veneración milenaria al Santo Rostro de Jesucristo -Mandylion- y otras devociones también dirigidas a aspectos de su persona: a su Santo nombre, a la Eucaristía -devoción por excelencia-, a su Sagrado Corazón. En efecto, las cuatro se dirigen a los aspectos más significativos del ser humano y todas, en última instancia nos conducen a la persona misma del Dios encarnado:

*El rostro, expresión del interior y que nos relaciona con el otro, lo vemos, nos ve.

*El corazón, sede de la vida y, por analogía, de la emoción más profunda y espiritual del ser humano, el amor. El amor es lo que define a Dios. Si era "El que es" en el Antiguo Testamento, Juan lo define como Amor en el Nuevo. De ese Ser, que es Amor, participamos. Y ese Ser por esencia, que es Amor, se manifiesta convirtiéndose en uno de nosotros con corazón humano y palpitante, y a nosotros nos humaniza, se transforma en la sede de lo más profundamente humano y más profundamente divino.

*La Eucaristía, medio privilegiado escogido por Cristo para permanecer realmente entre nosotros, escondido a los ojos físicos humanos, pero vivo y real a los del espíritu creyente, El Viviente que transmite vida.

*El nombre, que define la persona como un todo y que cuando lo invocamos, como hizo el ciego de Jericó, suplicamos con él a la persona que nombra, implorando su ayuda y misericordia: ¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!.
La oración del corazón o la oración de la invocación de Jesús, se remonta a los orígenes del monacato. El primero en mencionarla explícitamente fue Diadoco de Fótice, en el siglo IV: Los que no cesan de meditar en las profundidades de su corazón el nombre de Jesús santo y glorioso podrán ver un día la luz en su espíritu, este es el fin de la tan Santa Práctica.
Pero su origen es más antiguo, pues se encuentra en los mismos Evangelios: ¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!, gritaba con insistencia el ciego que estaba al borde del camino de Jericó. Lo mismo clamaban los diez leprosos en tierras de Samaría: ¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros! Y todos fueron sanados gracias a su fe y a la profundidad de su clamor.
Esta invocación continua del nombre de Jesús, hecha de un deseo lleno de dulzura y de gozo hace que el espacio del corazón se desborde de alegría desde la serenidad y que a partir de que el pensamiento no cesa de invocar el nombre de Jesús, y el espíritu está totalmente atento a la invocación del nombre divino, la luz del conocimiento de Dios cubre con su sombra toda el alma como una nube inflamada en llamas.
La oración de Jesús está emparentada con el rosario a María en su origen último y objetivo: ambas tienen sus raíces en medios monásticos, de Oriente la primera, de Occidente la segunda; ambas son oraciones de súplica; en ambas imploramos aquello que más deseamos y necesitamos de verdad y que no sabemos pedir porque puede que lo desconozcamos; en ambas dejamos que el Espíritu hable en nosotros, utilizando para ello palabras de la Escritura o propuestas por la Iglesia y la Tradición; ambas son oraciones para todo tipo de personas, que recitadas con tranquilidad y sin prisas, concentrando dulcemente el ánimo en lo que decimos, producen sosiego y, con tiempo y perseverancia, paz duradera, reforma de vida.

Padre: ¿Dónde y cómo se puede rezar ésta oración?
La oración de Jesús, por su brevedad, puede rezarse en cualquier lugar y a todas horas. Aunque su base es la plegaria del ciego de Jericó, puede tener variantes personales: "Jesús Hijo de Dios, ten compasión de nosotros" o "Jesús Hijo de Dios, por medio de la Virgen María ten compasión de nosotros pecadores" etc.
Se ajusta esta oración perfectamente al consejo evangélico: Hay que orar continuamente, sin desfallecer. Si te ves llamado a seguir este camino de la oración del corazón, búscate un buen consejero que te guíe. Y comienza, ya: Dios irá haciendo el resto si es que desea que este sea tu forma de dirigirte a Él.
Si la Iglesia respira con dos pulmones -Oriente y Occidente- se puede decir que la Oración de Jesús es la expresión más característica de la espiritualidad de la Iglesia Oriental. Por el bien que ha hecho y hace allí, y por la influencia que actualmente tiene en Occidente, vale la pena conocer algo de este escondido venero de piedad y espiritualidad.

Equipo de redacción: "En el desierto"

sábado, 3 de julio de 2010

Continuamos compartiendo algunos para parágrafos del Capítulo Cuarto del libro del Padre Gabriel Bunge, sobre la Vigilancia “Vasos de Barro”, última parte)

5.- “Ellos hacían oración con ayunos” (Hch 14,23)
Tan estrechamente unida como estaba, ya desde los tiempos bíblicos, la oración con la sobriedad vigilante, igualmente lo estaba con otra práctica corporal: la del ayuno; práctica que por eso mismo no debemos dejar de mencionar, siendo que desde antiguo está, también él, ligado a determinados tiempos. A la mayoría de las personas que viven hoy por hoy en Occidente sólo les es familiar bajo la forma secularizada de "ayuno en pro de la salud". El “gran ayuno cuaresmal” que precede la Pascua, hoy apenas si afecta la vida cotidiana, aun la del cristiano práctico. Esto no fue, como ya dijimos, siempre así, y sigue no siéndolo en el Oriente cristiano.
La oración y el ayuno están ya desde antiguo tan ligados entre sí, que con mucha frecuencia aparecen juntos en la Sagrada Escritura, puesto “que excelente es la oración unida al ayuno”1. La anciana profetisa Ana “servía a Dios día y noche con ayunos y oraciones”2, del mismo modo que Pablo3 y la comunidad primitiva4. Esta costumbre estaba tan bien arraigada en la primitiva tradición cristiana, que algunos copistas agregaron espontáneamente a la palabra “oración”, la de “ayuno” en textos en los que originalmente, - con toda probabilidad -, no aparecía, como en Mt 17,21; Mc 9,29; 1 Co 7,5.
A primera vista pareciera que la práxis primitiva del ayuno no puede remitirse al ejemplo y a la palabra de Cristo, y, más aun, que estaría en flagrante contradicción. ¡Cierto! Cristo estando en el desierto ayunó cuarenta días con sus noches5, pero por lo demás se lo tenía por “glotón y borracho”6, por que no tenía empacho en comer con “publicanos y pecadores”, y muchas veces hasta tomaba él mismo la iniciativa de hacerlo. Tuvo por eso que dejarse preguntar por qué sus discípulos no ayunaban y rezaban con tanta frecuencia como los discípulos de Juan y los de los fariseos7. ¿Será que tanto Pablo como la comunidad primitiva mal interpretaron a Cristo cuando finalmente imitaron en esto a los discípulos de Juan y a los de los fariseos?
En modo alguno, pues Cristo ni rechazaba la oración ni tampoco el ayuno. Lo que en ambos casos le importaba era preservar a sus discípulos de todo tipo de hipocresía o de cualquier clase de vanidosa ostentación de la propia “piedad”:
Cuando ustedes ayunen no pongan cara triste, como los hipócritas , que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan; en verdad les digo que ya recibieron su recompensa.
Tú en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre, que está allí en lo secreto; y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará
.8
Con el ayuno, por lo tanto, ocurre lo que con la oración: naturalmente que también los discípulos de Cristo practican el ayuno, pero lo hacen únicamente por (amor de) Dios, no para ser vistos o alabados. Lo mismo vale de la limosna y, al fin de cuentas, de toda práctica virtuosa. Los Padres, que como es sabido eran grandes ayunadores, tomaban esto muy a pecho. Para el caso del ayuno es muy válido aquello de “sellar el perfume de los propios esfuerzos (ascéticos) con el silencio”:
Del mismo que les escondes tus pecados a los hombres, escóndeles también tus esfuerzos (ascéticos)9.Por lo demás, lejos de los Padres toda sobre valoración de cualquier “obra” corporal, y por tanto también del ayuno:
Preguntaron a un anciano: “¿Cómo puedo encontrar a Dios?” Y él contestó: “en los ayunos, en el esfuerzo de los trabajos (ascéticos), en la misericordia y más que en cualquier otra (práctica) en la discreción. Porque te aseguro que muchos castigaron su carne, pero como lo hicieron sin discreción acabaron con las manos vacías. Nuestra boca apesta a causa del ayuno, sabemos toda las Escrituras de memoria, e (igualmente) de memoria recitamos a todo el David (es decir el salterio entero), pero no poseemos lo que Dios busca: el amor y la humildad 10
Es bueno saber que Cristo tenía una razón muy concreta para apartarse de las costumbres sobre el ayuno generalmente admitidas en aquellos tiempos por los “piadosos de Israel”, liberando de ellas a sus discípulos: la presencia del “Esposo”11. En ese corto y privilegiado lapso de su presencia el asunto es muy distinto: “¡El Reino de Dios está muy cerca, conviértanse y crean en el Evangelio!”12. Cristo se servía de la comida en común como un medio privilegiado para acercarles a todos la Buena Noticia de la reconciliación y el anuncio de la conversión: a los jefes de los fariseos13, a los publicanos influyentes14 como también a “pecadores” de todo tipo y especie15. La comida en común como signo de reconciliación: enseñanza,- también esta -, tomada muy a pecho por los Padres del desierto:
Si tu hermano te amarga y exaspera,
invítalo a tu casa,
y no dudes en visitarlo,
antes bien, come tu bocado con él.
Obrando de este modo,
salvarás tu alma
y no se te hará así obstáculo
en el momento de la oración
16
Por lo general vale aquello de que “los regalos apaciguan el rencor”, cosa que ya decía el sabio Salomón17. Los Padres del desierto apenas si poseían algo para regalar. Es por eso que “nosotros, al ser pobres, - aconseja Evagrio -, suplimos nuestra indigencia invitando a la mesa”18.
“Ciertamente que el ayuno es cosa útil, pero depende de nuestra libre elección”19.
Muy diferente es lo que se refiere al divino mandamiento del amor: ya que abroga todas las costumbres humanas por más útiles que sean. El deber de la hospitalidad suprime entonces todas las reglas del ayuno, aunque uno tuviera que preparar la mesa seis veces...20.
En una ocasión dos hermanos fueron a visitar a cierto anciano. Este no tenía la costumbre de comer todos los días. Al verlos los recibió con alegría, y les dijo: “El ayuno tiene su recompensa. Por otra parte, quien come por amor (de caridad) cumple dos mandamientos, pues deja de hacer su propia voluntad y cumple el mandamiento (del amor)”. Y agasajó a los hermanos21.
Recordando siempre este precepto del amor, en lo referente al ayuno los discípulos de Cristo para nada se quedaron atrás, - “una vez que el Esposo les fue arrebatado” -, ni de los discípulos de Juan el Bautista ni de los de los fariseos22; si bien es cierto que ya desde antiguo, y con el fin de distinguirse de los judíos, no ayunaban como estos los lunes y los jueves, sino los miércoles y los viernes23.
Dado que el ayuno forma parte de los ritos penitenciales, se explica por si mismo, que desde antiguo estuviera prohibido ayunar en aquellos días en los que los cristianos hacen memoria del retorno de Cristo, el “Esposo”:
Desde el sábado al atardecer, en las vísperas del día del Señor, hasta el anochecer del día siguiente, no se doblan las rodillas entre los (monjes) egipcios, como tampoco durante todo el tiempo de la "Pentekoste" (entre Pascua y Pentecostés), y durante este tiempo tampoco se observa la regla del ayuno .24
Si el ayuno tiene un valor meramente relativo, como las demás austeridades de este tipo, ¿qué sentido tiene, entonces? Ya el salmista señala una primera razón: “humilla el alma”25, al revés de la “saciedad” que enorgullece al alma hasta apartarla de Dios26. El ayuno recuerda palpablemente al ser humano que “no sólo vive de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”, del que igualmente recibe el pan indispensable para mantenerse en vida. Justamente, para que hiciera esta experiencia es que Dios “humilló e hizo hambrear” a Israel en el desierto27.
El sentido espiritual del ayuno, consiste entonces en primera instancia, en humillar el alma. “Pues nada humilla tanto al alma como el ayuno”28. Ya que esto le permite experimentar de manera primordial su dependencia absoluta de Dios.

Los obstáculos para llegar a esta humildad del corazón son nuestras “pasiones”, aquellas “enfermedades del alma”, que no le permiten expresarse de modo “natural”, es decir, en consonancia con la creación . El ayuno es un medio privilegiado de “cubrir” dichas pasiones como nos lo dice Evagrio, explicando alegóricamente el versículo de un salmo:
El ayuno es el cobertor del alma, que cubre sus pasiones, es decir sus apetitos dañinos y su ira irracional. Por tanto, quien no ayuna muestra su desnudez indecentemente29, como Noé en su ebriedad30, a quien Evagrio alude aquí. Constatamos así que el sentido del ayuno corporal es el de purificar el alma de sus vergonzosos pecados insuflándole el sentido de la humildad. Sin esta “pureza del corazón” el mero deseo de tener una “oración auténtica” sería ya blasfemo:
Aquel que (aun) se halla sumido en el pecado y en accesos de cólera, y en ese estado se atreve a dirigirse hacia el conocimiento de las cosas divinas y, hasta pretende hollar (el lugar) de la oración inmaterial, sea consciente que se hace merecedor de la amonestación del apóstol, según la cual orar con la cabeza descubierta y sin velo no carece de peligro: “Un alma tal, debe – nos dice – por tanto, llevar sobre la cabeza un signo de autoridad por causa de los ángeles que la rodean31, revistiéndose del pudor y de la humildad convenientes32.
Pero además de todo lo anterior, el ayuno tiene una finalidad eminentemente práctica:
Un estómago vacío
prepara a orar vigilantemente ,
pero el estómago saciado
conduce al sueño profundo33 .

Esta utilidad práctica, a su vez, tiene una finalidad espiritual, a la que todo finalmente apunta:
En un espejo sucio no se ve con nitidez
la imagen que en él se refleja,
al igual que el intelecto embotado por la saciedad
no puede asimilar el conocimiento de Dios34.
La oración del que ayuna
cual aguilucho sube rauda hacia lo alto,
mientras que la del crápula, entorpecida por la saciedad,
se precipita hacia el abismo35.

El intelecto del que ayuna
es una estrella que brilla en noche serena,
mientras que la (mente del) crápula
se ampara en las tinieblas nocturnas36.

En otras palabras, al igual que la “sobria vigilancia”, también el ayuno predispone el espíritu del orante para la contemplación de los misterios divinos.
Si para quien desea “orar con autenticidad” se hacen indispensables tanto la “sobria vigilancia” como el ayuno, ello tiene que ocurrir, - como todo en la vida espiritual -, “a su debido tiempo y en su justa medida”. Cada uno tiene su tiempo y medida, según sus fuerzas, edad, circunstancias de vida, etc.
Lo hecho sin medida y a destiempo dura muy poco y lo que poco dura es más bien perjudicial que provechoso37.







Notas:
1-Tb 12,8.
2-Lc 2,37.
3-2 Co 6,5; ver 1 Tm 2,8 y la nota 160.
4-Hch 13,3.
5-Mt 4,2 y par.
6-Mt 11,19.
7-Lc 5,33.
8-Mt 6,16-18.
9-Evagrio, Ad Eulogium 14 (PG 79,1112 B).
10-Nau 222.
11-Mt 9,15.
12-Mc 1,15.
13-Lc 7, 36 ss.
14-Lc 9,1 ss.
15-Mt 9,10 s. y etc.
16-Evagrio, Ad Monachos 15.
17-Pr 21,14.
18-Evagrio, Praktikos 26.
19-Casiano 1.
20-Casiano 3.
21-Nau 288. (Equivale a Py J XIII,10; nota del traductor).
22-Mt 9,15.
23-Didajé 8,1 (Rordorf/Tuilier).
24-Casiano, De Institutis II,18 (Petschenig).
25-Sal 34,13.
26-Ver Dt 8,12 y ss; 32,15; etc.
27-Dt 8,3.
28-Evagrio, In Ps 34,13 j.
29-Evagrio, In Ps 68,11 u.
30-Gn 9,21.
31-1 Co 11,5. 10.
32-Evagrio, De Oratione 145.
33Evagrio, De Octo Spiritibus Malitiae I,12.
34-Ibid. I,17.
35-Ibid I,14.
36-Ibid. I,15.
37-Evagrio, Praktikos 15.

jueves, 1 de julio de 2010

Dialogando con Padre Simeón, Padre siguiendo el tema de la Voluntad de Dios.: ¿Qué nos puede decir sobre el Santo Temor de Dios?
Cuarta Parte
Finalmente les diré que el temor de ofender a Dios en alguna cosa -es el primer grado de amor-.
Alejar el espíritu puro de los pensamientos pasionales -es el segundo grado de amor-, más grande que el primero.
Sentir la presencia de la gracia en el alma -es el tercer grado de amor-, más grande aún.
El cuarto grado -el amor perfecto por Dios- es tener la gracia del Espíritu Santo en cuerpo y alma.
Incluso el cuerpo de aquel hombre está santificado, y después de su muerte se transformará en reliquia. Es a ese grado que han llegado los grandes Santos, los Mártires, los Profetas y los santos Ascetas. Aquél que se encuentre en ese grado estará libre de la codicia carnal. Podrá dormir libremente con una joven, sin sentir por ella el menor deseo. El amor de Dios será más fuerte que el amor por la joven, hacia el cual todo el mundo se siente atraído, salvo aquellos que tienen la gracia divina en plenitud, pues la dulzura del Espíritu Santo regenera al hombre por entero y le hace amar a Dios perfectamente. Si el alma se encuentra en la plenitud del amor divino, el mundo no tiene más poder sobre ella. Aunque el hombre viva sobre la tierra con otros hombres, olvidará, en su amor por Dios, todo lo que está en el mundo.
Nuestra desgracia es que, a causa del orgullo de nuestro espíritu, no perseveramos en esta gracia y entonces ella abandona el alma. El alma la busca llorando, y lamentándose dice: "Mi alma languidece detrás del Señor"


lunes, 28 de junio de 2010

Dialogando con Padre Simeón, Padre siguiendo el tema de la Voluntad de Dios: ¿Cómo se manifiesta la Voluntad de Dios?
Tercera Parte
El Espíritu divino dirige a cada uno de una manera diferente: hay quien se aleja en la soledad del desierto y allí persevera en la plegaria del corazón; otro intercede ante Dios por los hombres; otro tiene la vocación de apacentar el rebaño de Cristo; a otro se le ha designado para predicar o consolar a los que sufren; otro sirve a su prójimo con su trabajo o su fortuna. Y todos estos, son dones del Espíritu Santo, acordados según diferentes grados: a uno treinta, a otro sesenta, a otro cien (Mc. 4, 20).
Si nos amáramos unos y otros en la simplicidad del corazón, el Señor nos mostraría, por el Espíritu Santo, muchos milagros, y nos revelaría grandes misterios.
¡Cómo es claro para mí que el Señor nos dirige! Sin Él no podemos tener ni un solo buen pensamiento. Es por eso que debemos abandonarnos humildemente a la voluntad de Dios, a fin de que el Señor pueda guiarnos.
Todos nos atormentamos en la tierra y buscamos la libertad; pero hay pocos que saben en qué consiste la libertad y en dónde se encuentra.
Yo también deseo la libertad y la busco día y noche. He comprendido que está junto a Dios y que Dios la otorga a aquellos que tienen el corazón humilde, a los que se han arrepentido y que han suprimido su propia voluntad para Él. A aquél que se arrepiente, el Señor le da la paz y la libertad de amarlo. No hay nada mejor en el mundo que amar a Dios y al prójimo. Es allí donde el alma encuentra paz y alegría.
¡Oh pueblos de toda la tierra!, caigo de rodillas ante vosotros y os suplico con lágrimas en los ojos: "Venid a Cristo, yo conozco su amor por vosotros. Yo lo conozco y es por eso que lo grito sobre toda la tierra. Si se desconoce una cosa, ¿cómo podríamos hablar?".
Preguntarás, quizás: "¿Pero, cómo podemos conocer a Dios?" Yo afirmo que hemos visto al Señor en el Espíritu Santo. Si te humillas, entonces a tí también el Espíritu Santo te revelará a nuestro Señor. Y entonces, tú también querrás anunciarlo en voz alta al mundo entero.
Yo estoy viejo y espero la muerte. Escribo la verdad por amor a los hombres, por los cuales mi alma está en pena. Si pudiera ayudar a salvar aunque fuera a un solo hombre, bendeciría a Dios eternamente. Pero mi corazón sufre por el mundo entero; ruego y derramo lágrimas por él, para que todos los hombres se arrepientan y conozcan a Dios, vivan en el amor y gocen de la libertad en Dios.
Oh! vosotros todos, hombres de la tierra, orad y llorad vuestros pecados, para que el Señor os los perdone. Y allí donde está el perdón, reinan también la libertad y el amor.
El Señor no quiere la muerte del pecador, y a aquél que se arrepiente Él le otorga el don de la gracia del Espíritu Santo. Ella da la paz al alma y la libertad de estar en Dios con el espíritu y el corazón. Cuando el Espíritu Santo perdona nuestros pecados, el alma recibe la libertad de rogar a Dios con un espíritu puro. Entonces ella contempla libremente a Dios y permanece apacible y alegre en Él. Es esa la verdadera libertad. Pero sin Dios, no puede haber libertad, porque nuestros enemigos turban el alma con malos pensamientos.
Diré la verdad al mundo entero: soy abominable ante Dios. Hubiera desesperado por mi salvación si Dios no me hubiera acordado la gracia del Espíritu Santo. Y el Espíritu Santo me ha enseñado, y es a causa de ello que escribo sin esfuerzo sobre Dios, porque Él me insta a escribir.
Tengo compasión de los hombres; lloro y me lamento por ellos. Muchos son los que piensan: "He cometido muchos pecados: maté, robé, fui violento, calumnié, viví en el desorden e hice muchas otras cosas más". Y la vergüenza los retiene y no los conduce al camino de la penitencia. Pero olvidan que todos sus pecados son, ante Dios, como una gota de agua en el mar.
¡Oh mis hermanos de toda la tierra!, arrepentíos entonces, que aun es tiempo. Dios espera con misericordia nuestro arrepentimiento. Y todo el cielo, todos los santos también esperan ese arrepentimiento. Como Dios es Amor, lo mismo en los Santos, el Espíritu Santo es amor. Pide y el Señor te perdonará. Cuando hayas obtenido el perdón de tus pecados, habrá alegría y júbilo en tu alma; la gracia del Espíritu Santo entrará en tu alma y dirás: "Esta es la verdadera libertad, está en Dios y viene de Dios".
La gracia divina no quita la libertad, sino que ayuda a cumplir solamente con los mandamientos de Dios. Adán estaba en gracia, pero su voluntad no estaba abolida. Igualmente los Ángeles permanecen en el Espíritu Santo, pero su libre voluntad no les es quitada.
Muchos hombres no conocen el camino de la salvación; han caído a las tinieblas y no ven la luz de la Verdad. Pero Él fue, es y será, y llama con ternura a todos los hombres: "Venid a Mí todos vosotros que penáis y que estáis abrumados; conocedme y os daré la paz y la libertad".
Esta es la verdadera libertad: es estar en Dios. Antes, yo tampoco lo sabía. Hasta los veintisiete años solamente creía en la existencia de Dios, mas no lo conocía. Pero desde que mi alma lo conoce a través del Espíritu Santo, ella se arroja a Él con ardor; y ahora, día y noche, lo busco con un corazón ardiente.
El Señor quiere que nos amemos unos a otros. Es en esto que consiste la libertad: en el amor por Dios y por nuestro prójimo. Es allí donde encontramos la libertad y la igualdad. En el orden social, no puede haber igualdad, pero esto no tiene importancia para el alma. Es imposible que cada uno sea rey o príncipe, patriarca o higúmeno o jefe, pero en toda condición se puede amar a Dios y serle agradable, y esto es lo que importa ante todo. Aquél, cuyo amor por Dios sea el más grande sobre la tierra, será la Gloria más grande en el Reino. Aquél que ame con un amor más grande se arrojará a Dios con más fuerza y estará más cerca de Él. Cada uno será glorificado en la medida de su amor. He comprendido que el amor puede variar en su intensidad.

sábado, 26 de junio de 2010

Dialogando con Padre Simeón, Padre siguiendo el tema de la Voluntad de Dios. ¿Cómo definen los Santos Padres a la voluntad humana de frente a la Voluntad de Dios?

Segunda Parte
Abba Poimén ha dicho: "Nuestra voluntad es como un muro de bronce entre Dios y nosotros, impidiéndonos acercarnos a Él o contemplar su misericordia". Siempre debemos pedir al Señor la paz del alma, a fin de poder cumplir los mandamientos del Señor; porque el Señor ama a aquellos que se esfuerzan por cumplir su voluntad, y de esta manera encuentran una gran paz en Dios. Aquél que cumple la voluntad de Dios está contento de todo, porque la gracia del Señor lo alegra. Pero aquél que está descontento de su suerte, que se queja de su enfermedad o de aquél que lo ha ofendido, que comprenda bien que tiene un espíritu orgulloso que le ha arrebatado la gratitud hacia Dios.
Aunque fuera así, no pierdas coraje, esfuérzate por poner toda tu esperanza en Dios y pídele un espíritu humilde. Y cuando el humilde Espíritu Santo se acerque a ti, comenzarás a amarlo y encontrarás el descanso. El alma humilde se acuerda siempre de Dios y piensa: "Dios me ha creado; ha sufrido por mí; perdona mis pecados y me consuela; me nutre y me cuida. Entonces, ¿por qué preocuparme, aunque la muerte me amenace?".
El Señor ilumina toda alma que se abandona a la voluntad de Dios, pues Él ha dicho: "Invócame el día del dolor, yo te liberaré y tú me glorificarás" (Sal. 49, 15). Toda alma turbada por alguna cosa debe interrogar al Señor, y el Señor la iluminará. Esto sobre todo en la desgracia y en la confusión. Hay que interrogar más bien al padre espiritual, porque esto es más humilde. En su bondad, el Señor hace comprender al hombre que hay que soportar las pruebas con gratitud. Durante toda mi vida no murmuré ni una sola vez a causa de mi sufrimiento, acepté todo proveniente de las manos de Dios como un remedio saludable. Siempre he agradecido a Dios, y es por eso que el Señor me ha hecho soportar fácilmente todas las aflicciones.
Todos los hombres sobre la tierra encuentran inevitablemente el sufrimiento, y aunque los sufrimientos que el Señor nos envía no sean grandes, parecen insoportables a los hombres y los aplastan. Esto proviene porque nadie quiere humillar su alma, ni abandonarse a la voluntad de Dios. Aquellos que se han abandonado a la voluntad de Dios, el Señor mismo los conduce por su gracia. Ellos soportan todo con coraje, por amor al Dios que aman, y por el cual estarán eternamente glorificados.
En la tierra no se puede escapar al sufrimiento; pero aquél que se haya abandonado a la voluntad de Dios lo soportará fácilmente. El ve los sufrimientos, pero espera en Dios, y los sufrimientos pasan.
Cuando la Madre de Dios permanecía al pie de la Cruz, su sufrimiento era inconcebiblemente grande, porque ella amaba a su Hijo más de lo que se puede uno imaginar. Y sabemos que cuanto más se ama, más grande es también el sufrimiento. Como ser humano, la Madre de Dios no hubiera podido soportar su dolor, pero se abandonó a la voluntad de Dios, y el Espíritu Santo la reconfortó y le dio la fuerza para soportar este sufrimiento.
Observad a aquél que ama su propia voluntad; jamás tiene paz en el alma, y está siempre insatisfecho y descontento. Pero aquél que se ha abandonado enteramente a la voluntad de Dios, recibe el don de la plegaria pura.
Así se abandonó a Dios la Santísima Virgen: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra". Y si, de igual modo, dijéramos: "Yo soy tu servidor; hágase tu voluntad", las palabras del Señor, escritas por el Espíritu Santo en el Evangelio, permanecerían en nuestras almas, y el mundo entero se colmaría con el amor de Dios. ¡Cómo sería de maravillosa la vida sobre la tierra! Aunque las palabras del Señor sean escuchadas en el mundo entero después de tantos siglos, los hombres no las comprenden y no quieren aceptarlas. Pero aquél que vive según la voluntad de Dios será glorificado en el Cielo y en la tierra.
El que se ha abandonado a la voluntad de Dios no se ocupa más que de Dios. La gracia divina lo ayuda a permanecer continuamente en la oración. Aunque trabaje o hable, su alma está en Dios; y porque se entrega a la voluntad divina, el Señor cuida de él con solicitud.
Una tradición cuenta que en la ruta hacia Egipto, la Sagrada Familia encontró un bandido y que éste no le hizo ningún daño. Al ver al Niño, dijo que si Dios se había encarnado, no podía ser más bello que ese Niño. Y los dejó seguir en paz. Es sorprendente que un bandido, que de costumbre, al igual que una bestia feroz, no perdona a nadie, no haya maltratado a la Sagrada Familia. Al ver al Niño y a su dulce Madre, el alma del bandido se enterneció y la gracia divina lo tocó.
Se produjo lo mismo con las bestias feroces que, al ver a los mártires o a los hombres santos, se volvieron apacibles y no les hicieron ningún daño. Hasta los demonios temen al alma humilde y dulce; ella prevalece sobre ellos por la obediencia, el ayuno y la oración.
Otro hecho asombroso: el bandido tuvo piedad de Cristo Niño, pero los grandes sacerdotes y los ancianos lo entregaron a Pilatos para crucificarlo. Y esto es porque no oraron y no pidieron al Señor que los iluminara sobre lo que debían hacer y cómo debían proceder.
De esta manera y muy frecuentemente, los jefes y los otros hombres buscan el bien, pero no saben dónde está; no saben que está en Dios, y que está dado por Dios. Hay que orar siempre, para que el Señor nos haga comprender lo que debemos hacer. El Señor no nos dejará seguir el mal camino. David no preguntó al Señor: "¿Está bien que tome la mujer de Urías?" Y cayó en el pecado de asesinato y adulterio.
Fue igual para todos los santos que cometieron pecados; caían en el pecado porque no rezaban al Señor para que los ayudara y los iluminara. San Serafín de Sarov dijo: "Cuando hablaba fundándome en mi propia inteligencia, se producían errores". Pero ciertos errores provienen de nuestra imperfección y no son pecados; lo vemos hasta en la Madre de Dios. Dice el Evangelio que cuando dejó Jerusalén en compañía de José, pensaba que su Hijo iba en camino con los parientes o con los conocidos. Y no es sino al cabo de tres días de búsqueda que lo encontraron en el Templo de Jerusalén conversando con los doctores (Lc. 2, 44-46).

jueves, 24 de junio de 2010

(Continuamos compartiendo algunos para parágrafos del Capítulo Cuarto del libro del Padre Gabriel Bunge, sobre la Vigilancia “Vasos de Barro”, Segunda parte)

El vigilar y velar en oración, que tampoco para los Padres era cosa fácil y que siempre requirió de un cierto esfuerzo de voluntad, no fue en ninguna época mera muestra de un esfuerzo ascético con el fin de “domar la naturaleza”. La tal maltratada “naturaleza” terminaría, a la larga o a la corta, con todo derecho por reivindicar sus derechos.
El gran aprecio que tanto el hombre bíblico como los Padres mostraban por el velar en oración, tenían diversas razones. Del “aguardar (el retorno) del Señor” y de su carácter escatológico, ya hablamos; debería ser, además, una característica de todo cristiano. Esta nota (escatológica) le confiere al tiempo una cualidad nueva, haciendo que su indefinido fluir tenga una meta cierta, logrando que toda la corriente vital tenga su sello específico. Son cosas muy distintas “vivir atolondradamente” o vivir, aún en la “ignorancia del Día del Señor”, como “quien aprovecha sabiamente el tiempo”1 .
El velar y vigilar engendra en el orante aquella “sobriedad” que le evita a los cristianos aquella soñolienta embriaguez propia de los hijos de las tinieblas. Mientras que los que duermen el sueño de la (embriaguez) se embrutecen, la sobriedad de espíritu, “afina” a los que la practican, haciéndolos receptivos para la contemplación de los divinos misterios:
De aquel, que al igual que Jacob cuida de su rebaño2, se aleja el sueño y aunque se vea un poquito invadido por él, ese sueño es para él lo que es el velar para otros. El fuego que arde en su corazón impide que durante el sueño se hunda. Pues salmodia con David y dice: “Da luz a mis ojos para que no me duerma en la muerte”3.
Quien ha llegado a esas alturas gustando de su dulzura, comprende de qué se está hablando. Pues ese tal no se ha “emborrachado” con el sueño material, sino que simplemente se sirve del sueño natural4.
Lo que debe entenderse con eso de “alturas” y “dulzura” nos lo deja atisbar una palabra de san Antonio abad que nos es transmitida por Juan Casiano, quien a su vez se la escuchó a abba Isaac:
Pero para que ustedes tengan una visión clara de lo que es la verdadera oración, voy a citarles una enseñanza que no es mía sino del bienaventurado Antonio. De él sabemos que solía permanecer sumergido con tal ardor en la plegaria que a menudo los primeros rayos del sol naciente lo sorprendían en su éxtasis. En una de esas ocasiones le oí exclamar, inflamado en el fuego del espíritu:
¡Oh sol!, ¿por qué vienes a turbarme? ¡Sólo te levantas tan temprano para privarme de los fulgores de la verdadera luz!5 .
De hecho Evagrio nos asegura que nuestro espíritu sólo con gran dificultad capta, a la luz del día, el mundo inteligible y espiritual, ya que nuestros sentidos son acaparados por lo que se distingue con claridad a la luz del sol, distrayendo de este modo el espíritu. Pero de noche, en el tiempo dedicado a la oración, si que puede captarlo, cuando, totalmente envuelto en luz, se le muestra... 6.
El mismo Evagrio se vio favorecido por una revelación de ese tipo, mientras meditaba de noche sobre el texto de uno de los profetas7.
Hoy en día son los miembros de las así llamadas órdenes contemplativas prácticamente los únicos que “velan de noche”, es decir, los que se levantan en un horario nocturno para rezar el Oficio (divino). El ritmo de vida moderno, dominado por la tiranía del reloj que marca cada minuto y cada segundo, para nada es favorable a dicha práctica. La vida del hombre en la antigüedad transcurría más reposadamente. El día desde la salida del sol (aprox. A las 6,00 a.m.) hasta su puesta (aprox. A las 18,00 p.m.) estaba dividido en intervalos de tres horas cada uno; lo que daba lugar a las antiguos tiempos de oración a la tercera, a la sexta y a la novena hora, es decir: a las 9,00; 12,00 y a las 15,00 horas.
“En estos tiempos últimos” hasta la mayoría de los religiosos tendrá que conformarse con bastante menos. Pero tanto el ejemplo de Cristo como la regla, arriba citada, tal como se halla formulada en la carta del recluso Juan de Gaza, nos permiten reconocer cuál sea el sentido último de todo ello y que aun hoy en día es posible “perseverar velando en oración”. Pues, sin duda, que ni siquiera Cristo pasó cada noche en oración. Pero evidentemente que sí tenía por costumbre el retirarse a rezar él solo al atardecer, después de la puesta del sol, y al “amanecer, cuando todavía estaba oscuro”, cosa que ya hacía el piadoso orante de los salmos. Estos son precisamente los mismos momentos que los Padres, en general, reservan para la oración. La medida la podrá fijar cada uno a través de la experiencia y del consejo de su padre espiritual, quien tendrá en cuenta la edad, la salud y la madurez espiritual de cada cual. Una cosa, en todo caso, si que es segura: sin el esfuerzo de “velar (perseverantemente)” nadie puede llegar a esa “vigilante sobriedad”, tan ensalzada por el monje Hesyquio del monte Sinaí:
Que bella y deliciosa virtud (es) la vigilante sobriedad8, (es) luminosa y muy dulce y toda hermosa, resplandeciente y llena de encanto. Tú, ¡oh Cristo nuestro Dios!, nos facilitas el camino hacia ella. ¡Y la inteligencia despertada del hombre avanza con gran humildad!
Pues ella “extiende sus sarmientos hasta el mar y hasta los abismos” de la contemplación; y (ella) prologa sus ramas hasta las corrientes de los gozosos misterios divinos... 9. La sobriedad unida a la vigilancia se asemeja a la escala de Jacob en cuya cumbre Dios habita y por la que suben los ángeles... 10.

Notas:
1-Ef 5,15 y s.
2-Ver Gn 31,40.
3-Sal 12,4.
4-Barsanufio y Juan, Epistula 321.

5-Juan Casiano, Conlationes IX,31 (Petschenig).
6-Evagrio, Kephalaia Gnostica V,42 (Guillaumont).
7-Evagrio, Vita I.
8-Traducimos como “vigilante sobriedad” el importante concepto monástico de: népsis, que muchos traducen o por “sobriedad” o por “vigilancia/velar”. Bunge lo traduce unas veces como “sobriedad” = Nüchternheit y otras como velar/vigilar = Wachen. (Nota del traductor).
9-Sal 79,12.
10-Hesyquio (de Batos) a Teódulo, capítulos 50 y 51 (Philokalia I, p. 149, Atenas 1957).