jueves, 22 de julio de 2010

(Continuamos compartiendo algunos parágrafos del Capítulo quinto del libro del Padre Gabriel Bunge, sobre la Vigilancia “Vasos de Barro”, tercera parte)

El espíritu común a todas estas jaculatorias es el espíritu de metanoia, de arrepentimiento, conversión y penitencia; aquella actitud, por tanto, que es la única capaz de aceptar “la Buena Noticia” de la “reconciliación en Cristo”[1].

¡El tiempo se ha cumplido,

el Reino de Dios está cerca.

Conviértanse

y crean en el Evangelio![2].

Sin “conversión” no hay fe, y sin fe no hay participación en el Evangelio de la reconciliación. La predicación de los Apóstoles, como nos la transmite Lucas en los Hechos de los Apóstoles, culmina por eso generalmente con una exhortación a la “conversión”[3]. Dicha ‘metanoia’, sin embargo no es algo que se haga de una vez para siempre, sino que dura toda la vida. El “espíritu de penitencia”, es decir la humildad que brota del corazón, no se alcanza de una vez para siempre. Toda una vida no alcanza para “aprender” ese rasgo, que de acuerdo a sus propias palabras, es característico del mismo Jesucristo[4]. La repetición incesante, practicada según el espíritu del publicano arrepentido, de aquella “vehemente súplica” ,- hecha de modo audible o sólo en el corazón -, de la que hablamos en el capítulo anterior, es uno de los mejores medios de mantener despierta en nosotros la exigencia de una auténtica metanoia.

Desde un comienzo las jaculatorias se dirigen, casi exclusivamente a Cristo, si bien esto no siempre se evidencia tan claramente, ya que para la gran mayoría de ellas se emplean versículos de salmos. En la invocación como “Señor” eso se hace claramente evidente, ya que la confesión de Cristo como Kyrios es el más antiguo credo cristiano[5]. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que para los primeros cristianos “Cristo” equivale prácticamente a “Hijo de Dios”[6]. Acto seguido se invoca al Hijo directamente como “Dios”: “Señor mío y Dios mío” son las palabras con las que Tomás confiesa su fe en el resucitado[7]. Es por eso que para nada nos sorprende que Evagrio en una pequeña, oración compuesta de versículos sálmicos, transforme la invocación primera “Señor, Señor” en “Señor Jesucristo” para luego emplear, con toda naturalidad, la expresión “Dios y Protector” igualmente referida a Cristo:

Señor Jesucristo,

mi fuerza salvadora[8],

inclina tu oído hacia mí,

¡apresúrate a socorrerme!

Se mi Dios y Protector

y un alcázar donde me salve[9].

La formulación que más tarde se hizo habitual: “Señor Jesucristo, ten misericordia de mí”, sólo hace explícito lo que desde un comienzo intentaba expresarse, a saber: “de que no hay ningún otro Nombre bajo el cielo, en el que el hombre pueda salvarse”[10] si no es el de Jesucristo. Fue con toda razón, entonces, que los Padres atribuyeron especial valor a la salvífica confesión del nombre de “Jesús como el Mesías”, - hasta llegar al desarrollo de una auténtica mística del nombre de Jesús. Con su “ardiente súplica” el orante se inscribe conscientemente en el número de aquellos ciegos, paralíticos, etc., que en tiempos de Jesús invocaban su auxilio. Lo hacían de la manera como únicamente puede invocarse a Dios, confesando de esta manera mucho más claramente que con cualquier otra fórmula su fe en la filiación divina del Salvador.

La confesión de Jesucristo como Señor, tal como se formula en la primera parte de la denominada oración de Jesús, es inseparable de la súplica (expresada) en la segunda parte. Quien opina que a partir de un cierto momento ya no necesita de ‘Metanoia’, acuérdese de la advertencia de Evagrio acerca de las lágrimas...

El Señor nos ha enseñado “a orar siempre”. Pero también nos previno contra la mala costumbre pagana del “parloteo”, del “mucho hablar”[11]. Los Padre se tomaron muy a pecho esta advertencia. Ya Clemente de Alejandría afirma de su verdadero gnóstico:

(Pero la oración dicha en voz alta) el gnóstico no la realiza con muchas palabras, pues ha aprendido del Señor cómo debe orar[12]. Así pues, reza en todo lugar[13], si bien no lo hace públicamente ni ante los ojos de todos[14].

Evagrio, quien hizo totalmente suyo este ideal del verdadero gnóstico cristiano integrándolo en la espiritualidad del monacato, amplía dicho pensamiento:

(Alabar) la excelencia de la oración no es cosa de la cantidad simplemente, sino de la calidad. Esto lo manifiestan aquellos dos hombres que subieron al templo[15], como también aquella enseñanza que dice: ‘ustedes cuando oren, no usen muchas palabras, etc...’[16].

Ciertamente que Evagrio, quien cotidianamente realizaba 100 oraciones, no era enemigo de la ‘cantidad’. Ella forma parte de la ‘práctica’ de la oración, que no puede prescindir de una ejercitación continua y es por eso mismo repetitiva. Sin embargo, del mismo modo que la “letra” no puede prescindir del “espíritu” o “sentido” y sin él ni existir podría, tampoco es la mera “cantidad” lo que hace a la oración digna de ser alabada, es decir, acepta a Dios. Su calidad intrínseca debe corresponder a su contenido cristiano, como nos lo enseña el Señor mismo[17].

La catarata de palabras del fariseo ciertamente ‘virtuoso’, pero que se auto justifica, carece de todo valor en comparación con las pocas palabras del publicano arrepentido aunque cargado de pecados. De igual modo carecen de valor ‘las – muchas – palabras’ del pagano charlatán que se comporta como si Dios no supiera lo que necesitamos[18] en comparación con las pocas y confiadas palabras del padrenuestro. Es por eso que ante la pregunta de cuál sea la oración a recitar, los Padres directamente responden, como ya vimos, remitiendo a la oración dominical[19] .

Los Padres encontraron precisamente el camino para combinar “cantidad” con “calidad”, sin por eso caer en un parloteo sin sentido, proponiendo por una parte la recitación de esas cortas jaculatorias que cualquiera puede “decir interiormente”, sin esfuerzo, en todo momento y aun en presencia de otros, y por otro prescribiendo la recitación meditativa y audible del padrenuestro, realizada “en el secreto de la habitación”.

Finalmente, algo más: Pablo no sólo les enseñó a los tesalonicenses “a orar sin cesar”, sino que agregó: “en todo den gracias”[20]. El espíritu de ‘metanoia’ que le es propio a la ‘oración del corazón’ armoniza de hecho perfectamente con la acción de gracias por todo los bienes que el Señor nos otorga. Es así que una de las definiciones evagrianas de la oración suena como sigue:

La oración es fruto de la alegría y de la acción de gracias[21].

La antigua tradición etíope plasmó la oración continua del corazón de una forma del todo singular que combina de una manera simple y sobria la petición con la acción de gracias:

Dijo abba Pablo el cenobita: “cuando estés entre los hermanos, trabaja, aprende de memoria (la Escritura), levanta lentamente los ojos hacia el cielo y dile desde lo profundo del corazón al Señor: ‘¡Jesús, ten piedad de mí! ¡Jesús, ayúdame! ¡Te alabo, Dios mío!’”[22].

Es esta misma tradición etíope la que nos recuerda el verdadero horizonte teológico de toda oración: la espera escatológica de la parusía del Señor, de su segunda venida “con sus santos ángeles en la gloria de su Padre”[23]:

Un hermano me dijo: “Mira en qué consiste la espera del Señor: ‘con el corazón vuelto hacia el Señor, (se) exclama: ¡Jesús, ten piedad de mí! ¡Jesús, ayúdame !Oh Dios vida mía, te alabo siempre! Y al mismo tiempo que el corazón le repite dichas palabras al Señor, se van levantando los ojos lentamente [24].



[1] Ver 2 Co 5,18-20.

[2] Mc 1,15.

[3] Ver Hch 2,38; 3,19; 5,31; 17,30.

[4] Mt 11,29.

[5] Hch 2,36.

[6] Ver Lc 4,41 y Jn 20,31.

[7] Jn 20,28.

[8] Sal 139,8.

[9] Evagrio, Mal. cog. 34, r. l. (P.G. 40, 1241 B). Cita del Sal 30,3.

[10] Hch 4,12.

[11] Mt 6,7.

[12] Se alude al padrenuestro (Mt 6,9-13.

[13] 1 Tm 2,8.

[14] Clemente de Alejandría, Strom VII,49,6.

[15] Lc 18,10. Se refiere, por lo tanto, al fariseo y al publicano.

[16] Evagrio, De Oratione 151.

[17] ¡El final de la frase (“etc...”) muestra que lo que Evagrio tiene en mente como ejemplo del correcto |orar cristiano es el padrenuestror!

[18] Mt 6,8.

[19] La palabras del padrenuestro constituyen algo así como el hilo conductor del escrito evagriano “Sobre la oración”; ver Bunge, Geistgebet pp. 44 ss.

[20] 1 Ts 5,18.

[21] Evagrio, De Oratione 15.

[22] Eth. Coll 13,42.

[23] Mc 8,38.

[24] Eth. Coll. 13,26.


miércoles, 21 de julio de 2010

Seguimos compartiendo algunos puntos del Libro de Vida y Comunión de los Monjes de la Santa Cruz

Huéspedes y Visitas

“Crea en mí, Dios mío, un corazón puro” (Sal. 51, 12)

Los Huéspedes, la hospitalidad.

La hospitalidad es sagrada, Abraham sin saberlo hospedó, en los tres peregrinos a Dios mismo.

Lo huéspedes que vienen al monasterio para dirección espiritual son recibidos como a Cristo, y como dice nuestro Padre San Pacomio, con gran atención y con exquisita caridad, con gran modestia y sana discreción.

Hemos de ofrecerle algo para tomar y una buena actitud, al no encontrarnos en medio a un total desierto y aislamiento, el monasterio no es un restorán, no nos sintamos obligados a dar de comer al que llega buscando una palabra o un consejo. Sea el Padre del Monasterio quien discierna, no obstante piense siempre y en primer lugar, en la comunidad, por lo cual no exponga ni el ritmo ni la calma de los hermanos, por quienes pasan ocasionalmente. Los huéspedes que se alojan por algunos días, particularmente aquellos para los que está destinada nuestra hospitalidad, sacerdotes, consagrados y consagradas en general y particularmente aquellos que están pasando un momento de dificultades, o aquellos hermanos que llamamos “ex”, sean alojados en la hospedería del monasterio y compartan el ritmo y costumbre de la comunidad. El Padre del Monasterio ponga un hermano discreto y orante en esta función,

para que el mal espíritu de la curiosidad no entre en aquellos que viven sólo para Dios.

Siempre sea el Padre del Monasterio quien discierna lo que conviene. Tengan los monjes presente lo que dicen los estatutos de los Monjes de la Santa Cruz en capítulo VII cuando habla de la hospitalidad.


Visitas

En cuanto a las visitas de quienes vienen buscado una palabra, un consejo o una guía espiritual, los orientaremos para recibirlos los miércoles y los sábados por la tarde de 15,30 a 17,00 y no más de una persona por día, no obstante que el Padre del Monasterio cuide que siempre que se salve gratamente y para edificación de todos la caridad y la acogida. Si se presenta la necesidad de atender personas en otro momento, sea siempre el Padre del Monasterio quien lo discierna. Que los hermanos orienten a las personas que vienen al

monasterio, a la sobriedad, al silencio y a la discreción, siendo ellos sobrios discretos y silenciosos, para ir siempre y rápidamente a lo esencial.


El Monje, las visitas y su familia

Todos los monjes para recibir una visita han de pedir la bendición al Padre del Monasterio y

preguntar cuánto tiempo han de entretenerse con la visita. Los huéspedes comunes para retiro de silencio y soledad, como aquellos que llegan a los retiros organizados por la comunidad son atendidos por el monje encargado y/o por el Padre del Monasterio.

El monje y sus familiares[1]. Nos pueden visitar una vez al año por tres días, dado que nosotros visitamos en algunas ocasiones a nuestras familias, teniendo en cuenta que el monasterio es lugar de encuentro entre los más cercanos y el hijo monje, y no un lugar de turismo. Somos profundamente consciente de nuestra pertenencia a una familia y ofrecemos nuestra oración agradecida diariamente a Dios por ellos, pero por nuestra opción de vida necesitamos de ciertas normas de disciplina que nos ayuden a vivir sólo para Dios. De la misma manera la comunicación telefónica será una vez al mes, los primeros domingos, día en el cual nos pueden llamar. Nosotros los llamaremos en alguna ocasión muy puntual y siempre con la bendición del Padre del Monasterio. Si sucede una situación particular nos pueden llamar nuestros familiares, cuando sea necesario. Los demás familiares y amigos tendrán que ir informándose que los amamos en Dios y oramos por ellos, comprendiendo que generalmente, no recibimos llamadas telefónicas, ni las hacemos. Podemos recibir cartas. En cuanto a los mail los reservamos para situaciones de gran necesidad, por lo cual no tenemos una cuenta personal, sino una comunitaria.

Todo esto es necesario para proteger a los monjes de las personas que invaden indiscretamente y sin consideración de la vida monástica, los monasterios. El mismo criterio de la bendición y del tiempo corre para los encuentros entre los monjes.

Hermanos amados, lejos de nosotros querer controlar TODO y a TODOS; pero con el tiempo el hermano después de una cierta experiencia, podrá constatar que no hay mejor protección contra la voluntad propia de hacer su parecer y la invasión de los indiscretos, que contar y buscar siempre la bendición del Padre del Monasterio.

Equipo redactor "En el Desierto"



[1]Se entiende, padres, hermanos y si aún viven los abuelo.

lunes, 19 de julio de 2010

(Continuamos compartiendo algunos para parágrafos del Capítulo quinto del libro del Padre Gabriel Bunge, sobre la Vigilancia “Vasos de Barro”, segunda parte)

“¡Señor, ten misericordia de mí!” (Sal 40,5)

A más de un lector de “Los relatos de un peregrino ruso” le habrá parecido extraño que la fórmula tradicional empleada en la oración continua sea aquella de: “Señor Jesucristo, ten misericordia de mí, pecador”. Puede haberle sorprendido que este tesoro del hesycasmo oriental sea en realidad una especia de oración penitencial. Pero quien haya leído el capítulo sobre las lágrimas (penitenciales) provocadas por la ‘metanoia’, quedará mucho menos sorprendido. Le parecerá lógico el que los Padres se hayan puesto de acuerdo en dicha fórmula, de la que aun no se oye hablar en los primeros tiempos del monacato. Ella, sin embargo, refleja completa y totalmente el espíritu que desde los orígenes animaba a los Padres en su obrar.

La costumbre de orar regularmente, en forma de invocaciones muy breves, se remonta a los comienzos del monacato en Egipto. Ya muy pronto esa costumbre fue conocida también fuera de Egipto, al menos de oídas, como lo atestigua Agustín:

Se dice que los hermanos de Egipto se ejercitan en oraciones frecuentes, pero muy breves y que son lanzadas como jabalinas en un abrir y cerrar de ojos, para que la atención se mantenga vigilante y alerta y no se fatigue ni embote por la larga duración, pues ella es tan necesaria para orar[1].

De estas oraciones semejantes al “lanzamiento de jabalinas” (quodam modo iaculatas) de las que derivan nuestras “jaculatorias”, ya hablaba Evagrio en tantos de sus escritos, como una práctica que por lo visto era de todos conocida. Debía realizarse “frecuentemente”, “ininterrumpidamente” e “incesantemente”, siendo al mismo tiempo “breve” y “concisa” para citar sólo algunos de los muchos sinónimos de los que él se sirve en este contexto.

En el momento de tales tentaciones entrégate a una oración breve e intensa[2]

Se refiere (Evagrio) a las tentaciones del demonio nombradas en el número anterior (De Oratione 97) que pretenden anular la “oración pura”. Allí Evagrio cita un ejemplo de esas “breves oraciones”:

“No temeré ningún mal,

porque tú estás conmigo”.

Vemos, entonces, que se trata de un breve versículo sálmico[3]. Como lo demuestra la indicación adjunta “y otros (textos) semejantes”, la elección de la fórmula era fruto de la libre elección del orante. Parece evidente que Evagrio no conocía una fórmula fija. Por el contrario Casiano, contemporáneo de aquel, recibió de sus maestros egipcios el versículo del salmo 69,2 como la jaculatoria adecuada para ser empleada en cualquier situación[4]:

“Ven, oh Dios, en mi ayuda,

apresúrate, Señor, a socorrerme”.

Por lo demás, los Padres, prácticamente siempre recomiendan el uso de versículos de la Escritura :

Uno de los ancianos contaba: “en las Celdas había un monje muy laborioso, que iba vestido con una estera. Un día fue a ver a abba Ammonas. El anciano lo vio vestido de esa manera y le dijo: ‘¡eso de nada te sirve!’. El otro le dijo: ‘me obsesionan tres pensamientos: errar por el desierto, irme a tierra extranjera donde nadie me conozca o encerrarme en una celda para no toparme con nadie, comiendo un día sí y otro no’”. Le dijo entonces abba Ammonas: “Ninguna de esas tres cosas te sirve. Siéntate y permanece más bien en tu celda, come un poco cada día, medita incesantemente en tu corazón las palabras del publicano, y podrás salvarte”[5].

(El apotegma) alude a las palabras: “¡Oh Dios, ten compasión de mí, pecador!”[6], que son, a su vez, una versión libre del salmo 78,9. Ammonas es un discípulo inmediato de Antonio el Grande, en cuya Vida, escrita por el gran Atanasio, no sólo leemos que esta “primicia de los anacoretas” (como Evagrio llama a Antonio) “oraba sin cesar”[7], sino que resistía las violentas tentaciones de los demonios (recitando) breves versículos de los salmos[8]. Otro discípulo de Antonio es Macario el egipcio, el maestro de Evagrio, de quien se nos transmite el siguiente apotegma:

Preguntaron algunos a abba Macario: “¿Cómo debemos rezar?”. El anciano les respondió: “No es necesario decir muchas palabras[9], sino que basta con levantar las manos y decir: ‘Señor’, como ‘tú quieras’[10] y como ‘tú sabes’[11], ‘¡ten misericordia de mí!’[12]. Si te asalta una tentación es suficiente decir: ‘¡Señor, socórreme!’[13]. Pues bien sabe Él lo que necesitamos y nos (de)muestra su misericordia”[14].

Con aquel, su humilde “¡Señor, socórreme!”, la cananea, “una pagana impura”, doblegó la reticencia inicial de Jesús.

Como lo demuestran estos pocos ejemplos, existe por lo tanto una tradición ininterrumpida de los “hermanos de Egipto” (Agustín), que remontándose hasta el mismo Antonio el Grande – y que más allá de él, se remonta en realidad a los tiempos del mismo Cristo, como todavía veremos.

Observando panorámicamente el testimonio brindado por los textos de esas “jaculatorias”, que nos son ya tan familiares, de inmediato salta a la vista que por muy distintos que sean en su formulación todos ellos revelan provenir de idéntica inspiración, pues son pedidos de auxilio del hombre que se siente amenazado: “¡Oh Dios, ten piedad de mi, pecador!”[15], “¡Señor, ten misericordia de mí!”, Señor ayúdame!”[16], “¡Hijo de Dios, ayúdame!”[17], “¡Hijo de Dios, ten piedad de mí!”[18], “¡Señor, líbrame del mal!”[19].

Se entiende por eso, perfectamente, cuando Evagrio aconseja “rezar a lo publicano y no a lo fariseo”[20], vale decir, como aquel publicano del Evangelio que desde lo más profundo del corazón, - observa como se golpea el pecho -, confiesa ser un pecador cuya única esperanzaradica en el perdón de Dios[21].



[1] Agustín, Epistula CXXX,20 ad Probam (Obras completas de san Agustín XIa (BAC 99), p. 70 Traducción levemente modificada.

[2] Evagrio, De Oratione 98 (González J. I. Villanueva – J. P. Rubio Sadia, p.259).

[3] Sal 22,4.

[4] Casiano, Conlationes X,10 (Petschenig).

[5] Ammonas 4.

[6] Lc 18,13.

[7] Atanasio, Vita Antonii 3,6 (Bartelink).

[8] Ibid. 13.7 y 39,3. 5.

[9] Mt 6,7.

[10] Ver Mt 6,10.

[11] Ver Mt 6,8.

[12] Sal 40,5.

[13] Mt 15,25.

[14] Macario el Grande 19.

[15] Ammonas 4.

[16] Macario el Grande 19.

[17] Nau 167.

[18] Nau 184.

[19] Nau 574.

[20] Evagrio, De Oratione 102.

[21] Lc 18,10-14.

sábado, 17 de julio de 2010

Compartimos una presentación a los relatos de un Peregrino Ruso

Los Relatos de Un Peregrino Ruso pertenecen al movimiento literario ruso del siglo XIX, en lo que tiene de más sereno y puro.
El peregrino hace que el lector penetre en el corazón mismo de la vida rusa, poco después de la guerra de Crimea y antes de la abolición de la servidumbre o sea entre los años 1856 y 186l. Todo está encuadrado en una llanura inmensa con iglesias de colores claros y campanas refulgentes y sonoras.
Cristiano ortodoxo corno es, su preocupación es pasar de la noche oscura a la noche luminosa: la contemplación de la Santísima Trinidad.
El peregrino (strannik) describe su odisea a través de Rusia, que él recorre con un morral que contiene pan seco y la Biblia. En un monasterio, encuentra un starets (Padre espiritual) y lo interroga sobre la manera de poder practicar el consejo del apóstol: orar sin cesar. El starets le explica la práctica de la oración de Jesús. Lo somete -si se puede hablar de ese modo- a un régimen de entrenamiento progresivo. Le hace decir la oración de Jesús, primero 3.000 veces por día, luego 6.000, finalmente 12.000 veces. Luego el peregrino deja de contar el número de oraciones; asocia el "Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador" con cada respiración, con cada latido del corazón. Llega el momento en que ya no se pronuncia ninguna palabra: los labios se callan y sólo resta escuchar hablar al corazón. Así, la oración de Jesús le sirve de alimento para el hambre, de bebida para la sed, de reposo en la fatiga, de protección contra los lobos. y los demás peligros; inspira las conversaciones que el peregrino entabla con las gentes que encuentra, gentes del simple pueblo, como el peregrino mismo. La fe del peregrino no es emotividad poética.
Nutrido de las enseñanzas teológicas, todas sus acciones son guiadas por el deseo de la perfección de la vida espiritual, cuya finalidad es la contemplación. Si la fe precede a las obras, sin obras la fe no existe. Reuniendo todas las fuerzas de su espíritu para contemplar al Ser Absoluto, recibe a veces de Cristo, el nuevo Adán, algunos de los privilegios del Adán primero. Consigue ignorar el frío, el hambre y el dolor; la misma naturaleza le parece transfigurada.
"Arboles, hierbas, tierra, aire, luz, todas estas cosas me dicen que existen para el hombre y que para el hombre dan testimonio de Dios: Todas oraban, todas cantaban: la gloria de Dios."
El campesino, en su peregrinar por las estepas de Rusia invocando constantemente el Nombre de Cristo y hablando a todos de la Oración de Jesús, conoce a condenados a trabajos forzados; desertores, nobles, miembros de diferentes sectas, sacerdotes del campo… Pero nada le detiene.
Este pequeño libro ha popularizado más este tipo de plegaria tanto en Oriente como en Occidente. Gracias a esta obra la Oración de Jesús, u Oración de Corazón, saltó los muros de los monasterios para pasar a la piedad popular. Alguien ha dicho que ha hecho más por la comprensión entre los cristianos esta obra. que un sinnúmero de reuniones teológicas.

Algunos textos selectos:
“La plegaria de Jesús, interior y constante, es la invocación continua e ininterrumpida del Nombre de Jesús por medio de los labios, del corazón y de la inteligencia, sintiendo su presencia en todas partes y en todo momento incluso mientras dormimos. Se expresa con estas palabras: ¡Señor Jesucristo, tener piedad de mí! Aquel que se habitúa a esta invocación siente un gran consuelo y la necesidad de decirla siempre; y al cabo de un cierto tiempo ya no sabe estar sin decirla y ella sola nace en su interior.”
“Siéntate en el silencio y en la soledad; inclina la cabeza y cierra los ojos; respira más suavemente, mira con tu imaginación al interior de tu corazón, recoge tu inteligencia, es decir, tu pensamiento, de la cabeza al corazón. Di mientras respiras en voz baja o simplemente en espíritu: ¡Señor Jesucristo, ten piedad de mí!. Esfuérzate en apartar todo pensamiento, sé paciente y repite este ejercicio a menudo.”
"Todo mi deseo estaba fijo sobre una sola cosa: decir la oración de Jesús y, desde que me consagré a ello, estuve colmado de alegría y de consuelo. Era como si mis labios y mi lengua pronunciaran por sí mismos las palabras, sin esfuerzo por mi parte.”
"...Entonces sentí como un ligero calor en mi corazón y tal amor por Jesucristo en mi pensamiento que me imaginé a mi mismo arrojándome a sus pies - ¡Ay, si pudiera verlo!-- y rete-niéndolo en mi abrazo, besando con ternura sus pies y agradeciéndole con lágrimas haberme permitido, en su gracia y su amor, encontrar en su nombre un consuelo tan grande - a mí, su criatura indigna y pecadora. En seguida sobrevino en mi corazón un calor agradable que se expandió en todo mi pecho...'
"Algunas veces mi corazón resplandecía de alegría, en tanto que estaba liviano, pleno de libertad y de consuelo. A veces yo sentía un amor ardiente hacia Jesucristo y todas las criaturas de Dios... A veces, invocando el nombre de Jesús, estaba colmado de felicidad, y después de eso conocía el sentido de estas palabras: "El reino de Dios está dentro vuestro".
Los Relatos... ¿son, en verdad, una autobiografía? ¿O son una novela espiritual, tal vez una obra de propaganda? En ese caso, ¿de qué medio emanan? Se trata de preguntas que debemos dejar sin respuesta. No todo está allí hecho con un oro igualmente puro. La oración de Jesús está presentada, tal vez excesivamente, como actuando ex opere operato. Un teólogo, un higúmeno, un sacerdote que tenga almas a su cargo, se expresaría con mayor sobriedad y prudencia. Pero no se podría permanecer insensible a la frescura del relato, a su aparente sinceridad, a menudo, a su belleza espiritual y, finalmente a los dones literarios del autor. Los Relatos... tuvieron una continuación. Una segunda parte, atribuida al mismo autor que la primera, apareció veintiséis años después que ésta y en las mismas condiciones misteriosas. Esta segunda parte es muy diferente. Ella teologiza; reproduce conversaciones en las que intervienen, entre otros, un profesor y un starets; no tiene la ingenuidad (tal vez sólo aparente) y el encanto de la obra primitiva, y se encontrará poco verosímil que una y otra hayan sido escritas por la misma pluma.