viernes, 11 de marzo de 2011

B. La oración: una incursión en la “mística” de Evagrio

B. La oración

Evagrio expondrá su “mística” en el Tratado de la Oración. En él define la oración como “ascensión del espíritu hacia Dios” (TO 35). En ella se resume toda la vida espiritual que va del espíritu hacia Dios:

“¿Quieres orar? Sal de aquí y ten tu morada en los cielos (cf. Flp 3,20), pero no sólo con palabras sino con la praxis angélica y con la

gnosis divina” (TO 142).

Para orar verdaderamente hay que estar libre de los pensamientos turbados por las pasiones, sobre todo los que son sugeridos por el demonio de la cólera:

“Si Moisés, cuando intentó acercarse a la zarza ardiente, no pudo hacerlo hasta que se quitó las sandalias de sus pies (cf. Ex 3,5) ¿cómo tú, que pretendes ver al que está por encima de todo conocimiento y sentimiento, no te desprendes de todo pensamiento perturbado por la pasión?” (TO 4).

Además, hay que tener el espíritu libre de toda representación o recuerdo que intente distraerlo:

“Pugna para que tu espíritu, en el tiempo de la oración, sea sordo y mudo. Entonces podrás orar” (TO 11).

La verdadera oración es aquella que se realiza sin distracciones, a la que Evagrio denomina “oración pura”. Esta oración implica la ausencia de toda imagen o de toda forma por medio de la cual uno se representa a Dios:

“Cuando ores, no plasmes en ti representación alguna de lo divino, ni permitas que en tu espíritu se imprima ninguna forma, sino ve, inmaterial, hacia lo inmaterial y lo hallarás” (TO 66).

Desprendido, en cierta medida, de la materialidad el espíritu está en condiciones de ejercer la actividad que le es propia:

“La salmodia calma las pasiones y apacigua la intemperancia del cuerpo. La oración, en cambio, hace que el espíritu se ejercite en la actividad que le es propia” (TO 83).

La oración pura le permite al espíritu acceder, al menos de forma temporal, a la teología:

“Si eres teólogo, orarás verdaderamente; y si oras verdaderamente, eres teólogo” (TO 60).

En el estado momentáneo de oración pura el espíritu no tiene una visión directa de Dios, se ve a sí mismo, pero iluminado por esa luz que es Dios mismo.

Síntesis de la enseñanza monástica de Evagrio[1]

El camino de la salvación pasa:

por las lágrimas de la penitencia

por la renuncia a todo en la práctica de las virtudes

por la abnegación total de sí mismo

por la misericordia y el amor fraterno

Es un camino que exige:

purificaciones progresivas del cuerpo y del alma

abandono absoluto a la voluntad de Dios

lucha, en la paciencia, contra los demonios

dejar de lado, por medio de la humildad, todas las ilusiones


Es un camino que desemboca en:

la paz en el reposo de la contemplación de Dios

en el re-encuentro de todo aquello que por Dios habíamos dejado

El camino se convierte en un caminar EN Dios

El monje se encuentra:

separado de todo y unido a todo

impasible pero con una sensibilidad soberana

deificado pero considerándose la basura del mundo

Por encima de todo es feliz,

feliz en Dios

Despidiéndonos de Evagrio con simpatía[2]

1. En su obra, dedicada a estudiar el tema de la paternidad espiritual en Evagrio[3], Gabriel Bunge nos ofrece valiosos aportes para “despedirnos” de este autor antiguo con el que hemos convivido durante ocho días.

“En la época en que Evagrio devino discípulo (de los dos Macarios), adquirió la filosofía mediante las obras, mientras que hasta aquel momento había sido únicamente filósofo con la palabra”[4].

2. El filósofo era (y es) entonces aquel o aquella que sabe unir en un solo movimiento vital la búsqueda de una vida moral perfecta con la búsqueda de la sabiduría divina.

3. La contribución más importante de Evagrio a la antigua espiritualidad monástica fue el logro de una síntesis “robusta”, la cual partiendo de los hechos salvíficos de la revelación supo armonizar el ejercico de las virtudes evangélicas (la praktiké) con la contemplación de la criatura y su Creador:

“Digno de alabanza es aquel hombre que sabe unir la praktiké con la gnostiké para regar, utilizando ambas fuentes, el campo del alma a fin de alcanzar la virtud. La gnostiké le pone alas[5] a la sustancia inteligible (al espíritu[6]), mediante la contemplación de las cosas más altas; la praktiké, por su parte, somete aquella parte que pertenece a la tierra: fornicación, impureza, pasiones, malos deseos (cf. Col 3,5). Quienes se han ceñido con estas dos, como con una armadura, podrán con facilidad pisar las maldades de los demonios”[7].

4. La finalidad de esta síntesis entre praktiké y gnostiké era extremadamente concreta: cortarle el camino a la seducción de una seudo gnosis que, en aquel tiempo, se iba difundiendo rápidamente en los ambientes monásticos. Para ello había que oponerle una verdadera “gnosis cristiana”, que no se funda sobre una frívola curiosidad humana o sobre un ansia desenfrenada de especulación, sino sobre la FE que, en el decurso de la vida, se abre al conocimiento de los misterios de la revelación, en ella recibidos.

5. Esta verdadera gnosis, en el sentido joánico y paulino de la palabra, no es el fruto de una especulación arbitraria ni tampoco de “iniciaciones misticoides”, sino un puro don de la gracia de Dios a quienes se han sometido a la fatiga de una seria sequela Christi.

6. Evagrio poseyó una vasta cultura filosófica y teológica griega de su tiempo. Sin embargo, llamado por el Señor, no vaciló, en edad madura, ponerse a los pies de los grandes místicos y maestros espirituales del monacato egipcio, muchos de los cuales eran simples coptos, sin formación helenística.

7. Durante toda su vida Evagrio se consideró indigno de guiar a otros[8]; sin embargo, parece haber sido un padre espiritual con un atractivo y una irradiación poco comunes.

8. Evagrio consideraba asimismo que la paternidad espiritual es un carisma, un don del Espíritu Santo. Para él el padre espiritual no obra en nombre propio (no es el jefe de una escuela o de una secta), sino que ocupa un lugar bien preciso en la historia de la humanidad, guiada por Dios. Historia que nosotros denominamos “historia de la salvación”, porque es en la historia que se realiza la salvación.

9. En consecuencia, la paternidad espiritual no es un fenómeno aislado, sino un verdadero “lugar teológico” bien preciso, dentro de la historia de la salvación. Es, ante todo, imitación de Cristo, es decir, entrar en su obra salvífica[9], que quiere conducir a los hombres de la maldad a la virtud (mediante la praktiké), y de la ignorancia al conocimiento de Dios (por medio de la theoretiké). Es, en última instancia, una comunidad entre ángeles y justos.

10. El camino que conduce a la consecución del carisma de la paternidad espiritual, que es un don gratuito, es la praktiké, es decir, el “método espiritual que purifica la parte turbada por las pasiones del alma”[10]. Con la praktiké el hombre realiza, por medio de su esfuerzo personal, lo que en el bautismo le fue dado por pura gracia.

11. Para Evagrio “el primer y más importante de los mandamientos es el amor[11], gracias al cual el espíritu contempla el Amor primero, es decir, Dios[12]. En efecto, a través de nuestro amor, podemos contemplar el amor por nosotros, como se dice en el Salmo: Enseñarás a los humildes tus caminos (Sal 24,9)”[13].

12. La praktiké debe ejercitarse con “conocimiento”[14], y para hacer esto es necesario, imprescindible, además de la propia capacidad de observación[15], la ayuda de un padre espiritual experimentado.

13. La “oración en espíritu y verdad” es un evento libre entre personas, sin ningún intermediario, porque Dios mismo, en las personas del Hijo y del Espíritu, es el intermediario ante Dios[16]. Un acontecimiento de esta naturaleza, inefable inexpresable, no puede ser “manejado” de modo unilateral por el hombre, ya que él es quien lo acoge. Es un evento que acontece:

“La oración es un estado del espíritu que se produce únicamente a través de la luz de la santa Trinidad”[17].

14. Para Evagrio, es el conocimiento - contemplación el término último del camino que se inicia con la fe[18].

15. El carácter propio, específico, de la “gnosis cristiana” está en el hecho de que tiene su fundamento en el ser personal de Dios y en la imagen de Dios, que es la criatura. La gnosis es un intercambio entre personas, y es Dios quien tiene la iniciativa.

16. El ascenso del espíritu, su éxodo hacia Dios, solamente es posible porque ha precedido, en la historia de la salvación, el ingreso de Dios: su entrada en la creación, en la persona del Hijo, por medio del Espíritu Santo

“La oración es una ascensión del espíritu hacia Dios.

“Si deseas ardientemente orar, renuncia a todo para recibir todo.

“El demonio tiene una gran envidia del hombre que ora, y emplea todos los medios para arruinar su propósito. Así no cesa de reavivarle en la memoria el recuerdo de objetos, y de despertarle en la carne todas las pasiones, para impedirle, si fuera posible, su espléndida carrera y su éxodo hacia Dios”[19].

17. La verdadera sabiduría y el verdadero conocimiento son frutos de la íntima relación con Dios, de la amistad entre Dios y el hombre.

18. El verdadero “gnóstico” aparece así como el verdadero “místico”, como aquel que en el encuentro con la luz de la santa Trinidad toma plena conciencia de la propia luz, es decir, de ser imagen de Dios, entendida como pura y total referencia a Dios. Experimenta que el hombre no puede ser plenamente él mismo si no es encontrando la causa primera del propio ser: el Dios uno y trino de la revelación.

19. Al hablar de “mística” entramos en un ámbito que siempre crea desconfianza. Aquí, en Evagrio, no se trata más que de una humilde y discreta interiorización de la teología en el fatigoso camino de la praktiké. La “gnosis cristiana” es, en definitiva, la expresión de un profundo respeto, de un temor reverencial, en el amor, ante Dios y el prójimo.

20. La llave de la tan discutida cristología evagriana está en la atención que se dirige hacia el misterio del núcleo esencial, personal, del hombre, sobre su condición de imagen de Dios y, por tanto, hacia su ser radicado en el mismo mysterium Trinitatis. Evagrio se interesa por el cómo del ser creatural “fuera” de la divinidad. De aquí que para él el conocimiento de Cristo contiene todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento de Dios. En otras palabras, se trata de reconocer que la única vía que lleva a Dios es la misma que Él tomó para venir a nosotros: CRISTO.

Equipo de redacción: "En el Desierto"



[1] Según I. Hausherr, Les leçons d’un contemplatif. Le Traité de l’Oraison d’Évagre le Pontique, Paris, 1960.

[2] Del gr. sympatheia, acción de sentir igual que otro, de syn, juntamente, y pathos, sentimiento. Actitud o sentimiento de afecto, atracción o agrado; Enciclopedia Interactiva Santillana (versión 1.0), CD ROM para Windows, Chinon America Inc., 1995.

[3] La paternità spirituale, Comunità di Bose (Magnano, Italia), Ed. Qiqajon, 1991 (Collana Spiritualità orientale); trad. del alemán: Geistliche Vaterschaft, Regensburg, Friedrich Pustet, 1988.

[4] Sócrates, Historia Eclesiástica IV, 23; PG 67,516A.

[5] Cf. KG II, 6.

[6] “Espíritu” debe comprenderse en la mayor parte de los casos como: parte racional del alma.

[7] Tratado a Eulogio monje 15; PG 79, 1112-1113.

[8] Cf. Epístolas 9,1; 49,2; 50,1-2; 58,5.

[9] Cf. TP 1.

[10] TP78.

[11] Mc 12,29 ss.

[12] 1 Jn 4,8.

[13] Epístola 56,3. El texto griego del Salmo trae:(humilde, suave). En tanto que la Vulgata traduce: diriget mansuetos in iudicio docebit mites vias suas. En la Biblia de Jerusalén leemos: Conduce en la justicia a los humildes, y a los pobres enseña su sendero.

[14] TP 50.

[15] TP 51.

[16] TO 3: “Si la oración es el trato íntimo del espíritu con Dios ¿en qué estado deberá hallarse el espíritu para que, establecido en una paz inalterable, vaya hacia su propio Señor y trate con Él sin ningún intermediario?”.

[17] Skemmata.

[18] In Prov. 4, 10; SCh 340, Paris, 1987, p. 45.

[19] TO 36, 37, 46 (47).

domingo, 27 de febrero de 2011

PROFUNDIZACIÓN CONCLUSIVA DE LA DOCTRINA EVAGRIANA

Tercera aproximación a la doctrina de Evagrio:

A. Espíritu en alma y cuerpo[1]


Comparación entre algunas de las principales tesis “teológicas” de Evagrio (espíritu en alma y cuerpo) y la formulación actual de ellas, en el Catecismo de la Iglesia Católica (1992)

Evagrio (siglo IV)

1. Creación y pecado: La primera[2], “original”, creación de Dios fue de seres espirituales, racionales los cuales fueron creados para conocer, contemplar, a Dios en su unidad esencial. Este conocimiento es llamado por Evagrio, conocimiento esencial. Estos seres espirituales fueron creados iguales entre sí en su conocimiento de Dios y en su unidad con Él.

Pero el uso errado de la libertad introdujo diferencias en la anterior condición de igualdad de los seres espirituales. Es más, provocó la “desintegración”[3] de lo que originalmente fue creado como “puro espíritu”; y por eso éste devino un alma que fue unida a un cuerpo.

A pesar de lo terrible de esa “desintegración”, sin embargo, la providencia actuó en forma tal que el cuerpo, el alma y el espíritu podrían volver a ser una unidad. Por eso Dios proveyó el alma racional como una extensión del espíritu caído, uniendo asimismo las partes inferiores de aquella a un cuerpo.

El alma unida al cuerpo fue establecida en un “mundo” acorde con el grado de su caída del conocimiento esencial. Esta asignación de un cuerpo y un “mundo” al espíritu caído es llamada “el juicio”; mientras que todo el hecho, que tiene como meta la reintegración del espíritu a su primigenio estado, es denominado “juicio”.

Así surgieron los cuerpos y los “mundos” de los ángeles, los seres humanos y los demonios

2. Las tres partes del alma: La división tripartita del alma, de origen platónico, es la base de la antropología evagriana.

Las tres partes son: la racional (logistikón), la irascible (thymikón) y concupiscible (epithymetikón).

El cometido del monje es concebido como una batalla para establecer la virtud en cada una de esas partes. Hay virtudes que deben radicarse en cada parte, y vicios específicos que las turban.

La parte racional del alma es la más “noble”, pues es una suerte de “extensión directa” del espíritu caído. Mientras que las otras dos son las que permiten la unión del alma racional al cuerpo.

Purificando el cuerpo y, sobre todo, la parte del alma turbada por las pasiones, el alma racional podrá llegar a unirse nuevamente al conocimiento esencial.


Catecismo de la Iglesia Católica (1992)

368 La tradición espiritual de la Iglesia también presenta el corazón en su sentido bíblico de lo más profundo del ser (Jr 31, 33), donde la persona se decide o no por Dios (cf Dt 6, 5; 29, 3; Is 29, 13; Ez 36, 26; Mt 6, 21; Lc 8, 15; Rm 5, 5).


El libro del “Génesis”

289 Entre todas las palabras de la Sagrada Escritura sobre la creación, los tres primeros capítulos del Génesis ocupan un lugar único. Desde el punto de vista literario, estos textos pueden tener diversas fuentes. Los autores inspirados los han colocado al comienzo de la Escritura de suerte que expresan, en su lenguaje solemne, las verdades de la creación, de su origen y de su fin en Dios, de su orden y de su bondad, de la vocación del hombre, finalmente, del drama del pecado y de la esperanza de la salvación. Leídas a la luz de Cristo, en la unidad de la Sagrada Escritura y en la Tradición viva de la Iglesia, estas palabras siguen siendo la fuente principal para la catequesis de los Misterios del comienzo: creación, caída, promesa de la salvación.


El pecado

387 La realidad del pecado, y más particularmente del pecado de los orígenes, sólo se esclarece a la luz de la Revelación divina. Sin el conocimiento que ésta nos da de Dios no se puede reconocer claramente el pecado, y se siente la tentación de explicarlo únicamente como un defecto de crecimiento, como una debilidad psicológica, un error, la consecuencia necesaria de una estructura social inadecuada, etc. Sólo en el conocimiento del designio de Dios sobre el hombre se comprende que el pecado es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente.

390 El relato de la caída (Gn 3) utiliza un lenguaje hecho de imágenes, pero afirma un acontecimiento primordial, un hecho que tuvo lugar al comienzo de la historia del hombre (cf GS 13, 1). La Revelación nos da la certeza de fe de que toda la historia humana está marcada por el pecado original libremente cometido por nuestros primeros padres (cf Cc. de Trento: DS 1513; Pío XII: DS 3897; Pablo VI, discurso 11 julio 1966).


Los demonios

391 Tras la elección desobediente de nuestros primeros padres se halla una voz seductora, opuesta a Dios (cf Gn 3, 1-5) que, por envidia, los hace caer en la muerte (cf Sb 2, 24). La Escritura y la Tradición de la Iglesia ven en este ser un ángel caído, llamado Satán o diablo (cf Jn 8, 44; Ap 12, 9). La Iglesia enseña que primero fue un ángel bueno, creado por Dios. El diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismos malos, Cc. de Letrán IV, año 1215: DS 800).

393 Es el carácter irrevocable de su elección, y no un defecto de la infinita misericordia divina lo que hace que el pecado de los ángeles no pueda ser perdonado. No hay arrepentimiento para ellos después de la caída, como no hay arrepentimiento para los hombres después de la muerte (S. Juan Damasceno, f.o. 2, 4: PG 94, 877C).

394 La Escritura atestigua la influencia nefasta de aquel a quien Jesús llama homicida desde el principio (Jn 8, 44) y que incluso intentó apartarlo de la misión recibida del Padre (cf Mt 4, 1-11). El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo (1 Jn 3, 8). La más grave en consecuencias de estas obras ha sido la seducción mentirosa que ha inducido al hombre a desobedecer a Dios.

395 Sin embargo, el poder de Satán no es infinito. No es más que una criatura, poderosa por el hecho de ser espíritu puro, pero siempre criatura: no puede impedir la edificación del Reino de Dios. Aunque Satán actúe en el mundo por odio contra Dios y su Reino en Jesucristo, y aunque su acción cause graves daños de naturaleza espiritual e indirectamente incluso de naturaleza física en cada hombre y en la sociedad, esta acción es permitida por la divina providencia que con fuerza y dulzura dirige la historia del hombre y del mundo. El que Dios permita la actividad diabólica es un gran misterio, pero nosotros sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman (Rm 8, 28).

El pecado del hombre

397 El hombre, tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza hacia su creador (cf Gn 3, 1-11) y, abusando de su libertad, desobedeció al mandamiento de Dios. En esto consistió el primer pecado del hombre (cf Rm 5, 19). En adelante, todo pecado se una desobediencia a Dios y una falta de confianza en su bondad.

398 En este pecado, el hombre se prefirió a sí mismo en lugar de Dios, y por ello despreció a Dios: hizo elección de sí mismo contra Dios, contra las exigencias de su estado de criatura y, por tanto, contra su propio bien. El hombre, creado en un estado de santidad, estaba destinado a ser plenamente divinizado por Dios en la gloria. Por la seducción del diablo quiso ser como Dios (cf Gn 3, 5), pero sin Dios, antes que Dios y no según Dios (S. Máximo Confesor, ambig.).



[1] En este punto somos deudores de la estupenda síntesis de J. Driscoll, ob. cit., pp. 5 ss.

[2] Siguiendo una sugerencia de G. Bunge, se propone no entender “primera” en un sentido espacio-temporal, sino metafísico u ontológico (el ser en cuanto ser, en toda su generalidad).

[3] En el sentido que la presente condición no representa la perfecta manifestación de las intenciones de Dios respecto de la creación.

lunes, 21 de febrero de 2011

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PROFUNDIZACIÓN DE LA DOCTRINA EVAGRIANA


4. La lucha contra los demonios

Los demonios, como se ha visto, tienen una estrategia que les puede conferir, si obtienen sus objetivos, un cierto dominio sobre los pensamientos recuerdos, pasiones y hasta sobre el cuerpo del monje, pero no sobre su espíritu. Este poder parece más grande de lo que realmente es, pues según Evagrio, está confinado dentro de los límites de la autorización de Dios: no se pueden aproximar a ningún ser creado, ni siquiera a los animales, sin la licencia de Dios. Incluso deben solicitarle a Él el permiso para poder tentar a los hombres. Pero por su parte estos tienen que recordar siempre que nada pueden, especialmente en su lucha contra los demonios, sin la gracia y el auxilio del Creador (cf. TP 14).

El monje que combate contra los demonios debe aceptar que, en ocasiones recibirá golpes de ellos, pero nunca desesperará del amor de Dios:

“Es un hecho el que los luchadores golpeen y sean golpeados en el combate. Ahora bien, si los demonios luchan contra nosotros, algunas veces ellos nos golpearán a nosotros, y otras veces nosotros los golpearemos a ellos” (TP 72).

“Ten confianza; si te diriges a Dios con ardor, los perros (los demonios) no podrán resistir. Pronto, invisiblemente y en secreto, serán expulsados lejos, castigados por el poder de Dios” (TO 94).

Entre los medios de defensa señalados por Evagrio, algunos son tradicionales: los hallamos en casi todos los escritos del monacato primitivo; tal el caso del ayuno, la oración, la apertura al padre espiritual 1.

Para oponerse a los logismói, Evagrio recomienda por sobre todo el discernimiento de espíritus. El anacoreta tiene que observar y aprender a reconocer sus diversos estados psicológicos, que están conectados a los diversos espíritus. En particular deberá distinguir entre la paz verdadera y la falsa, entre turbación y quietud:

“Hay dos estados apacibles del alma: uno proviene de las energías naturales, el otro es fruto de la retirada de los demonios. El primero está acompañado por la humildad, la compunción las lágrimas, un deseo infinito de Dios y un celo sin medida por el trabajo. En el segundo la vanagloria acompañada por el orgullo aprovecha la desaparición de los otros demonios para arrastrar al monje a la perdición. Sin embargo, quien observe las características del primer estado reconocerá rápidamente las incursiones de los demonios” (TP 57).

“Los pensamientos que nos inspiran los ángeles son seguidos de un estado apacible, los que nos sugieren los demonios, de un estado de turbulencia de nuestra inteligencia” (TP 80).

Por tanto, es imprescindible analizar las modalidades de los diversos logismói:

“Si un monje quiere tener un conocimiento de los demonios más crueles y familiarizarse con sus estrategias para adquirir experiencia en su arte monástico, debe observar sus propios pensamientos. También debe aprender a conocer la intensidad de ellos, sus períodos de declinación sus subidas y sus caídas, su complejidad, su periodicidad, cuáles demonios hacen esto o aquello, cuál demonio sigue a tal otro, el orden de su sucesión y la naturaleza de sus asociaciones. Que se pregunte desde Cristo por las razones de estas cosas que ha observado. Porque los demonios no pueden soportar a los que practican la virtud activa con inteligencia, pues están deseosos de arrojar a las tinieblas a los que tienen el corazón recto (Sal 10,2)” (TP 50).

El monje debe, pues, constituirse en el portero verdadero de su propio corazón (Carta 11). Tiene que interrogar a cada uno de los pensamientos que se le presenten, para conocer los métodos del demonio y combatir con gnósis. A veces, deberá oponer a un mal pensamiento uno bueno; en otras circunstancias, necesitará combatirlos con el pensamiento de la virtud correspondiente al vicio con que es atacado, para cortar así la acción del demonio (cf. TP 58).
Otro medio para combatir a los demonios., que propone Evagrio, pero cuyo uso supone un cierto progreso en la vida espiritual, es el llamado antirrhétikos (contradecir o refutar). Consiste en responder a los ataques de los demonios con fuerza, atrevidamente o incluso con una santa ira. Para ello hay que usar respuestas que los desenmascaren, algo que ellos tomen sobremanera, y conviene, según Evagrio, utilizar textos de las Sagradas Escrituras apropiados:

“Cuando seas tentado no ores en ese mismo momento, antes bien dirígele palabras cargadas de cólera al que te aflige... Si les dices algunas palabras llenas de ira a tus adversarios los confundes y haces desaparecer los pensamientos que te sugerían” (TP 42).

“En el momento en que los pensamientos comienzan a liberar sus propias fuerzas, y antes que seamos conducidos demasiado lejos de nuestro estado propio, es necesario que pronunciemos algunas palabras contra ellos, las más apropiadas para el demonio que se nos presenta. De esa manera progresaremos fácilmente, con la gracia de Dios. En cuanto a los demonios, los haremos retroceder, atemorizados y llenos de admiración por nuestra perspicacia” (TP 43).

Cuando los demonios se la toman con el cuerpo, que Evagrio no considera malo en sí mismo (KG IV, 82 y 60), hay que emplear contra ellos medios también corporales: hacer penitencia. También la salmodia es muy apta para resistir a esta clase de ataques:

“Cuando el espíritu vagabundea, la lectura, las vigilias y la oración lo estabilizan. Cuando la concupiscencia está excitada, el hambre, la austeridad y la soledad la aplacan. Cuando el irascible está agitado, la salmodia, la paciencia y la misericordia lo calman. Estas prácticas deben realizarse en el momento y en la medida conveniente porque lo que se hace sin moderación e inoportunamente dura poco, y lo que dura poco es más perjudicial que útil.
“Cuando nuestra alma desea alimentos variados, que reduzca su ración de agua, para que se sienta agradecida aún por un simple bocado de pan. Porque la saciedad desea alimentos de todas clases, mientras que el hambre considera el pan como un supremo gozo”.
“El uso moderado del agua contribuye mucho a la temperancia. Esto lo aprendieron muy bien los trescientos Israelitas que acompañando a Gedeón se apoderaron de Madián (cf. Jc 7,5-7)” (TP 15-17).

Sin embargo, por encima de cualquier otro recurso, Evagrio insiste en la importancia de la oración sin cesar, porque ella verdaderamente es como un seguro de vida en la lucha contra nuestros enemigos:

“Como la vista es el más noble de los sentidos, así la oración es la más divina de las virtudes... Cuando tu oración sea para tí tu mayor alegría, entonces habrás hallado verdaderamente la oración” (TO 150 y 153).

El combate espiritual, tal como aparece sistematizado en los escritos de Evagrio Póntico, en continuidad con la tradición de los antiguos monjes egipcios, se nos presenta a nosotros, hombres del siglo XXI, innegablemente condicionada por una visión antropológica y cosmológica muy distinta de la nuestra. Este es un motivo de dificultad para su correcta comprensión y cabal valoración, a la par que no facilita la aplicación de sus enseñanzas a nuestra vida cotidiana. Sin embargo, me parece que vale la pena esforzarse, sobre todo porque los monjes antiguos nos instruyen sobre el origen y la gravedad del mal; y sólo por esta camino lograremos valorar más correctamente la obra salvífica de Cristo, y afrontar el combate cotidiano de y por nuestra fe sin temor.

“Al principio hay grandes luchas y penas para los que se acercan a Dios, pero después encuentran una alegría inefable. Como los que quieren encender el fuego primero absorben el humo y lagrimean, pero después obtienen lo que buscan -se ha dicho, en efecto, Nuestro Dios es un fuego ardiente (Hb 12,29)- igualmente debemos encender en nosotros el fuego divino, con lágrimas y esfuerzo” (Apotegma Amma Sinclética, 892)2 .


Equipo de redacción: "En el Desierto"





1- Cf. Atanasio de Alejandría (+373), Vida san Antonio 5; 7; 23; 41, etc.
2- Hemos seguido a: A.y C. Guillaumont, art. Démon. III. Dans la plus ancienne littérature monastique, en Dictionnaire de Spiritualité vol. 3, Paris, 1957, cols. 189-212 (es un artículo fundamentan al que le debemos mucho en nuestra exposición); L. Regnault, La vie quotidienne des pères du dèsert en Égypte au IVe siècle, (París), 1990 (sobre todo pp. 198 ss); B. Studer, art. Demone, en Dizionario di Patristica e Antichità Cristiane, vol. 1, Casale Monferrato, 1983, cols. 910-918 (bibliografía; hay trad. castellana).

lunes, 14 de febrero de 2011

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PROFUNDIZACIÓN DE LA DOCTRINA EVAGRIANA

3. Estrategia de los demonios

Con mucha fineza y profundidad presenta Evagrio, basándose principalmente en la observación psicológica, las tácticas con que los demonios buscan hacer valer sus poderes sobre los anacoretas. Pero aquí debe señalarse inmediatamente que las enseñanzas de Evagrio están dirigidas exclusivamente a quienes viven como ermitaños o anacoretas, pues el demonio modifica su estrategia según el modo de vida de los hombres a los que intenta someter (TP 48; cf. 5).

Contra el monje ermitaño la estrategia preferida de los demonios es la de la guerra inmaterial, o lucha por medio de los malos pensamientos, que es la más difícil de contrarrestar (cf. TP 5).

Evagrio no confunde los malos pensamientos con el demonio, o los demonios, que los inspiran. El mal pensamiento NO es el demonio, sino el arma que éste utiliza para provocar la tentación:

“La tentación es lo característico del monje, que suele ser tentado por pensamientos que obscurecen su inteligencia, y que nacen en la parte del alma en la que tiene su sede la pasión” (TP 74).

Observando los pensamientos se aprende a conocer a los distintos demonios y el arte que suelen emplear. A veces, parecería que Evagrio usa indistintamente las palabras pensamiento y demonio, pero se trata más bien de una simplificación en la expresión, no de una identificación de conceptos. Conviene asimismo tener presente que Evagrio no considera malos a todos los pensamientos los hay también buenos, inspirados ora por los ángeles ora por los santos[1].

La estrategia de los demonios es sugerir a través de pensamientos diversos, especialmente valiéndose de los ocho logismoi principales. Por ejemplo: el pensamiento de la gula le sugiere al monje el inmediato abandono de su ascesis (TP 7). O bien, el de la avaricia le sugiere una larga vejez... (TP 9).

Las sugestiones enviadas por cada uno de los demonios son tanto más peligrosos cuanto más se presentan bajo la apariencia de ser buenos pensamientos, o incluso se apoyan en algún texto de la Sagrada Escritura.

Los demonios, según Evagrio, no pueden ejercer una acción directa sobre el espíritu del hombre, pero pueden rodearlo de tinieblas, obscurecerlo[2], y excitar a las pasiones que lo entorpecen:

“¿Qué buscan los demonios al excitar en nosotros la gula, la impureza, la avaricia, la ira, el rencor y las demás pasiones? Que el espíritu sea entorpecido por ellas y no pueda orar como es debido. Porque cuando las pasiones irracionales dominan, (el espíritu) ya no puede moverse de acuerdo a la razón[3] y salir en busca del Verbo de Dios” (TO 50).

Por tanto, la estrategia de los demonios consiste en introducir en el alma del ermitaño fantasías y recuerdos, para así impresionar o deformar la inteligencia. El logismoi es una imagen, y la lucha contra los malos pensamientos se coloca, para Evagrio, en el mundo de las imágenes que el monje lleva dentro de el mismo. Todavía más que el laico, el monje habla, obra y peca en pensamiento. Esto se aprecia, siempre según Evagrio, de forma manifiesta en los sueños nocturnos, cuando ciertas imágenes toman forma, con la colaboración de la memoria (cf. TP 54).

Evidentemente no todos los sueños, imágenes y pensamientos provienen de la estratégica acción de los demonios, sino solamente aquellos que buscan arrastrar al ermitaño hacia una acción pecaminosa.

Existe, por otra parte, una relación entre pensamiento y pasión: por medio de aquel los demonios activan ésta. En la sistematización evagriana es claro que un mal pensamiento no es eficaz si no provoca una pasión; la guerra contra los logismói es, pues, un combate contra los recuerdos turbados por la pasión: “Si encontramos en nosotros recuerdos turbados por la pasión, que provienen de antiguas experiencias, significa que hemos recibido algún objeto con pasión. Porque todos los objetos que en el presente recibamos con pasión dejarán recuerdos turbados por esa misma pasión” (TP 34).

El monje lucha para obtener la gracia de no pecar en pensamiento, para no temer a los malos pensamientos y para tener recuerdos simples, no turbados por la pasión (cf. TP 36).

Los demonios al verse frustrados en su accionar, entonces modificarán su estrategia: “Cuando el demonio ha fracasado por el lado de los pensamientos, empieza a palpar los miembros del cuerpo” (Antirretikós II, 55; cf. KG VI,25).

Se trata, según Evagrio, de un verdadero contacto físico (o al menos así lo experimenta el anacoreta), cuya finalidad es apartarlo de la oración, de la contemplación. Es una táctica sutil, por su naturaleza engañosa, ya que el demonio por la “composición” del cuerpo suscita en el intelecto alguna imagen, o una figura que puede ser tomada como una epifanía divina. Dos pasajes de Evagrio nos ilustran acerca de este procedimiento:

a) “Cuando el envidioso demonio no puede perturbar la memoria durante la oración, fuerza la complexión corporal para provocar alguna imagen peregrina que informe al espíritu. Este, acostumbrado a pensar con formas mentales, fácilmente se doblega y se deja engañar tomando el humo por luz, él, que tendía a la gnósis inmaterial y libre de toda forma” (TO 68)

b) “Cuando el espíritu ora con pureza, sin distraerse y verdaderamente entonces los demonios no se acercan a él por la izquierda sino por la derecha. Le representan la gloria de Dios como una figura agradable a los sentidos, para que crea que ya alcanzó perfectamente el fin de la oración” (TO 72).

Evagrio advierte que sólo Dios puede alcanzar nuestro espíritu sin provocar una alteración corporal:

“Los demonios producen en el espíritu razonamientos, pensamientos y visiones, causando alteraciones corporales. Pero Dios hace lo contrario: llega al mismo espíritu, le infunde el conocimiento que quiere, y, a través del espíritu, calma la intemperancia del cuerpo” (TO 63).

Equipo de redacción: "En el Desierto"


[1] “... Tu voluntad tiene el poder de destruir por medio de pensamientos humanos los pensamientos del demonio. Pero resistir con humildad al pensamiento de la vanagloria y con continencia al pensamiento de la fornicación es signo de una muy profunda apátheia” (TP 58).

[2]La tentación es lo característico del monje, que suele ser tentado por pensamientos que obscurecen su inteligencia, y que nacen en la parte del alma en la que tiene su sede la pasión.

“El pecado del monje es el consentimiento dado al placer prohibido que propone el pensamiento” (TP 74-75).

[3] Se refiere a la parte “racional” del alma.

lunes, 7 de febrero de 2011

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PROFUNDIZACIÓN DE LA DOCTRINA EVAGRIANA

2. Clasificación de los demonios

La demonología de Evagrio tiene dos aspectos complementarios especulativo y práctico. Y en el segundo es completamente fiel a la tradición del desierto, pero que él ha logrado enriquecer con amplitud. A partir de la psicología humana y de los diversos estadios de la vida espiritual, establece una clasificación de los demonios distinguiendo entre los que presiden las pasiones del alma y los que presiden las pasiones del cuerpo (cf. TP 36). Pero sin duda su aportación más significativa es el establecimiento en forma definitiva y fija de una lista de ocho malos pensamientos que se oponen a la actividad propia del monje: su busca de la perfecta sanidad del alma.

En el sistema evagriano, por tanto, el monje no puede evitar las tentaciones, no puede impedir que los pensamientos inquieten su alma, pero si está en sus manos impedir que los pensamientos se instalen en su alma y lo alejen de Dios. Los malos pensamientos son, sin duda, el arma preferida de los demonios en su lucha contra los anacoretas.

Los malos pensamientos son los medios utilizados por los demonios para provocar la pasión en el anacoreta: el demonio -con el pensamiento que sugiere- hace irrupción en la vida misma del anacoreta. Provoca tentaciones que, por lo común, tienen un carácter de representaciones que afectan a la imaginación o a los razonamientos. Así los demonios impulsan al monje a pecar no tanto con obras sino en su imaginación. No son los objetos los que lo tientan, sino los malos pensamientos que esos objetos suelen despertar. Por ello en la lucha contra el demonio hay que evitar a toda costa que los malos pensamientos se instalen en el alma.

Para combatir bien contra los demonios es fundamental aprender a conocer “la personalidad” de cada uno, y el asceta la puede reconocer en su comportamiento. Algunos, sostiene Evagrio aparecen más raramente, pero son más “pesados”; otros son asiduos, pero son más “livianos” (o ligeros); la fornicación, por ejemplo, se caracteriza por su rapidez, que suele superar el movimiento de la inteligencia (TP 51; cf. 43).

También hay que conocer la sucesión de los pensamientos o demonios. Hay que saber qué demonio sigue a tal otro, y cuál no acompaña a cual otro:

“Observa atentamente y descubrirás que entre los demonios dos son más rápidos y superan en un instante el movimiento de nuestro pensamiento: el demonio de la fornicación y el que nos incita a blasfemar contra Dios. El segundo dura poco, y el primero, si los pensamientos que provoca no están cargados de pasión, no nos impedirá llegar a la contemplación de Dios” (TP 51).

Evagrio piensa que es imposible que los diversos demonios tienten todos juntos y al mismo tiempo al monje; así, el demonio de la vanagloria es opuesto al de la fornicación, y no es posible “que los dos asalten el alma al mismo tiempo, porque uno promete honores y el otro es agente de deshonor” (TP 58).

Se suceden, pues, en un orden bastante riguroso, y normalmente los nuevos pensamientos son peores que los anteriores (TP 59). Por ejemplo, el demonio de la vanagloria suele aparecer cuando el monje ha logrado vencer a los otros y se aprovecha del hecho mismo de la victoria lograda:

“Yo he observado que el demonio de la vanagloria se expulsado por casi todos los demonios, pero cuando caen los que la expulsan, entonces se aproxima abiertamente y expone ante los ojos del monje la grandeza de sus virtudes” (TP 31).

Y el demonio de la acedia, cuya aparición la preparan la cólera y la fornicación[1], no tiene sucesores inmediatos, le sigue una profunda alegría: el demonio de la acedia, “una vez derrotado, no es seguido inmediatamente por ningún otro, un estado apacible y un gozo inefable le suceden en el alma después de la lucha” (TP 12).

Equipo de redacción: "En el Desierto"


[1]No te abandones al pensamiento de la cólera, combatiendo interiormente al que te ha perjudicado; ni al de la fornicación, imaginando continuamente el placer. Porque el primero oscurece el alma y el segundo invita a dejarse dominar por la pasión: en ambos casos tu espíritu es deshonrado. Y como en el momento de la oración recuerdas esas imágenes y no ofreces una oración pura a Dios (cf. Mt 5,24), en ese mismo instante te entregas al demonio de la acedia, que ataca precisamente en tales circunstancias y despedaza el alma del mismo modo que un perro a un cervatillo” (TP 23).

martes, 1 de febrero de 2011

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PROFUNDIZACIÓN DE LA DOCTRINA EVAGRIANA

Segunda aproximación a la doctrina de Evagrio: el combate espiritual


El combate espiritual contra los demonios en la sistematización de Evagrio


En la síntesis de Evagrio quedó como fijada la parte más notable de la experiencia de los monjes antiguos y su vivencia del combate espiritual contra los demonios. Trataremos de presentar su sistematización, aunque sea sólo de un modo muy sintético. Lo haremos tratando cuatro aspectos de la especulación evagriana, por así llamarla: la naturaleza de los demonios; su clasificación; su estrategia; la lucha del monje contra ellos.

1. La naturaleza de los demonios

Según Evagrio, los seres racionales se dividen en tres categorías: ángeles, hombres y demonios. Estos perdieron su cercanía con Dios por causa de un exceso de cólera, y por eso la ira es una característica específica del estado demoniaco (KG III, 34; cf. V,9 y 11).

Para Evagrio existe un “mundo” de los demonios., que es inaccesible para nosotros. “Ángeles y demonios se acercan a nuestro mundo, pero nosotros no nos aproximamos a sus mundos; en efecto, no podemos asemejarnos a los ángeles de Dios y tampoco nos es posible ser más malvados que los demonios” (KG III, 78).

El hombre no puede ver a los demonios, pues ellos escapan a nuestros sentidos, porque su "cualidad" es diversa de la de los cuerpos que captamos con los sentidos. Sin embargo, algunos ascetas los han visto en virtud de un especial don o carisma. Pero normalmente los demonios son imperceptibles para los sentidos humanos. En cambio, ellos sí pueden ver a los hombres, “transformándose en una semejanza de nuestro cuerpo sin mostrar su cuerpo” (KG I, 22). Pero incluso esta misma transformación no es más que una apariencia (cf. KG V, 18).

Los cuerpos en los que los demonios se presentan ante nosotros no son verdaderos cuerpos, que siempre permanecen invisibles -normalmente- para el ser humano. Se trata, por ende, de verdaderas ilusiones o fantasías. Y esto vale para todas las formas bajo las cuales ellos se aparecen: ángeles de luz, indígenas que nos espían en el aire, guerrero armado con una espada, mujer sensual y provocadora, animales salvajes de todas las especies. También son ilusiones los ruidos que suelen provocar, los cantos que hacen oír, las diversas manifestaciones amenazadoras por medio de las cuales buscan asustar al monje para que abandone su ascesis: “Quien se esfuerza por alcanzar la oración pura, aunque oiga ruidos o estrépitos, voces e insultos, no se abatirá ni se rendirá, sino que le dirá al Señor: No temeré ningún mal porque tú estás conmigo (Sal 22,4)” (TO 97).

Los demonios no fueron creados malvados por Dios (KG IV, 59), sino que cayeron en su estado actual, según Evagrio, por un exceso de cólera que los impulsó a rebelarse contra su Creador (KG III, 34). Por tanto, en ellos ahora domina el irascible, mientras que en los ángeles prevalece el espíritu y en los hombres la concupiscencia.

“Los ángeles se alegran mucho cuando el mal disminuye, los demonios cuando disminuye la virtud. Los primeros, en efecto, están al servicio de la misericordia y la caridad. Los demonios, en cambio, están al servicio de la cólera y el odio. Los primeros cuando se nos acercan nos colman con la contemplación. Mientras que los demonios al acercarse nos inspiran pensamientos vergonzosos” (TP 76).

El demonio busca por todos los medios manchar, ensuciar, la imagen de Dios, que para Evagrio se halla en el alma del hombre, para así dominar al género humano, ya en esta vida y también después de la muerte. “Las almas de los justos son conducidas por los ángeles, de las almas de los malhechores se encargan los demonios” (Sentencias para monjes 23).

Todo aquello que se opone a los propósitos de los demonios los entristece, especialmente la virtud del discernimiento de espíritus (cf. TP 43). Y suelen tornarse particularmente agresivos en el momento de la oración, porque “el demonio tiene una gran envidia del hombre que reza, y emplea todos los medios para arruinarle su propósito” (TO 46); de modo que hará cuanto pueda para impedirle al monje “su espléndida carrera y su éxodo hacia Dios” (TO 46).

Además, los malvados demonios., según Evagrio, son ignorantes. Les está vedada la contemplación de la Trinidad y son incapaces de ver a los ángeles y de conocer las razones de los seres. Pueden ciertamente ver a los hombres, pero su conocimiento se sólo exterior. Únicamente Dios sabe lo que hay en el corazón del hombre. Los demonios conocen solamente las manifestaciones exteriores de los monjes: “Los movimientos del alma se manifiestan en una palabra o en un movimiento del cuerpo. A través de esos signos los enemigos perciben si tenemos sus mismos pensamientos y los alimentamos en nuestro interior, o si por el contrario los hemos abandonado para ocuparnos únicamente de nuestra salvación. Porque sólo Dios, que nos ha creado, conoce nuestros espíritus. Él no tiene necesidad de signos para conocer lo que está oculto en el corazón” (TP 47).

Por eso aunque Evagrio niega que los demonios posean un verdadero conocimiento la gnósis, reconoce que tienen una gran habilidad para observar los descuidos del hombre y disponer así las trampas convenientes para hacerlo tropezar. Los demonios disponen de un verdadero arte, una auténtica habilidad, pero que no proviene de una ciencia o de un carisma: “Es necesario aprender a conocer los diferentes tipos de demonios y saber las circunstancias de sus apariciones. Conoceremos por medio de los pensamientos -y los pensamientos los conoceremos por medio de los objetos- cuáles de entre los demonios atacan raramente, cuáles son los más fastidiosos, cuáles son más asiduos, cuáles son los más astutos y cuáles son los que atacan por sorpresa y empujan al espíritu a blasfemar” (TP 43).

Equipo de redacción:"En el Desierto"