sábado, 15 de mayo de 2010

Continuando con lo publicado el día 07 de mayo de 2010, sobre los Monjes de La Santa Cruz, ofrecemos hoy un escrito sobre la tarea del Padre del Monasterio...


Padre del Monasterio
El Padre del Monasterio, reflexione seguido diariamente sobre el significado y la obligación que encierra la palabra Padre, de la cual lleva el nombre como un servicio.

Tiene que ser para los monjes un verdadero Padre en el espíritu, sabiendo que el Padre Espiritual no lleva ese nombre porque tiene a otros bajo su guía, sino porque como dice Evagrio Póntico, posee el don del Espíritu Santo que lo impulsa a orientar almas a la virtud del conocimiento de Dios.

Después de haber recibido, por la fatiga ascética de la vida monástica y gracias a la misericordia de Dios el "Don del Discernimiento", su trabajo es el de acompañar, como dice el mismo Evagrio, como ángeles en el camino de las ascesis a quienes aún son imperfectos para combatir solos en la lucha de la vida cotidiana contra los enemigos visibles e invisibles que se presentan. En otras palabras el Padre del Monasterio tiene la misión de preparar a los hermanos, con la palabra y con el ejemplo para que aprendan a luchar el combate de la vida espiritual, y como médico experto sabrá curar con paciencia y amor a quienes en la tentación fueron vencidos y cayeron.

De esta genera a sus hijos como un verdadero Padre en el amor espiritual "por virtud", y en la esperanza de quien también ellos un día recibirán el don de "conocer a Dios".

Misión del Padre del Monasterio, es asegurar a sus nuevos hermanos una sólida formación monástica y teológica. Por lo tanto los llamará seguido cerca de él para instruirlos siguiendo el modelo del "camino" de los Santos Padres, indicándoles el peligro pero también la meta maravillosa. De a ellos los escritos de los Santos Padres que mejor corresponda a su madurez espiritual y a través del diálogo espiritual semanal vea si progresan en la vida del espíritu y si verdadera mente buscan a Dios, que es la razón por la que nos hacemos monjes.

Sepa el Padre del Monasterio que un nuevo hermano requiere al inicio de muchos cuidados y atenciones, antes de encontrarse en grado de caminar sobre sus propias y solo. El Padre del Monasterio no se canse de servir a los hermanos que le fueron confiados por Dios como hijos y de los cuales rendirá cuentas un día ante la Trinidad Santa, sabiendo también como dice Evagrio Póntico, que "quien cura a los hombres por amor al Señor, sin darse cuenta se cura a sí mismo. Porque la medicina que aplica a su prójimo lo sana al hermano hasta donde es posible, pero a él mismo lo sana totalmente".

Está en la función del Padre del Monasterio, discernir el tiempo y la formación de los monjes fuera del monasterio o por personas idóneas de fuera que vengan al monasterio, para esto guíese según los Estatutos de los Monjes de la Santa Cruz.
Fuente: Libro de Vida de los Monjes de la Santa Cruz
Equipo editor de "En el desierto"

viernes, 14 de mayo de 2010

En continuación argumental con la Propuesta del Padre Le Gaill,
les proponemos dos puntos que hemos extraido del texto de la conferencia sobre la “pureza del Corazón”
del 30 de Octubre de 2009, dada por el Padre Juan Bautista Romano,
en la sede de la Librería Lectio, en Códoba – Argentina.
Deificación
La transformación del hombre queda resumida por los Padres en la célebre fórmula: “Dios se ha hecho hombre para que el hombre pueda convertirse en Dios”; para que el hombre participe por la gracia de la naturaleza divina, como dice la segunda carta del apóstol Pedro (1,4).
Esta fórmula no implica de ninguna manera la negación de lo humano, sino su plenitud en Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, donde lo humano está vivificado por el Espíritu: “Dios se ha hecho portador de la carne, dice Atanasio de Alejandría, para que el hombre pueda convertirse en portador del Espíritu” (De la Encarnación, 8).
“El hombre no es verdaderamente humano más que en Dios”. El Verbo encarnado, crucificado, glorificado, es el que constituye ese lugar de resurrección, ese lugar pentecostal donde el hombre se eleva hacia Dios. La Pureza del Corazón que pertenece a la experiencia de lo sobrenatural de elevación del hombre se da en la vida del Hombre, naturaleza y gracia de conjugan en el sujeto Hombre, en el yo cotidiano, en el aquí y ahora de la historia, de la nuestra, de la mía, de la de cada uno.
Porque Dios se ha hecho hombre, el hombre puede convertirse en Dios. Se eleva por ascensiones divina en la misma medida en que Dios se ha humillado por amor a los hombres, asumiendo, sin modificar, lo peor de nuestra condición. Esta es la experiencia de la Pureza del corazón[1].
En Cristo, el Espíritu Santo nos comunica, a nosotros los hombres una filiación divina renovada. Permitiéndonos participar como hombres, en el nacimiento eterno del Hijo, y nos introduce en el corazón de la Trinidad. La deificación se identifica con esta adopción.
“En Él habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad”, dice san Pablo (Col 2,9). Y Juan, el teólogo, nos revela tan alto misterio cuando dice que el Verbo habita entre nosotros (Jn 1,14). Porque todos estamos en Cristo, y la realidad común de la humanidad encuentra en Él la vida…El Verbo habitó en todos, a través de uno solo, a fin de que, del solo verdadero Hijo de Dios, su dignidad pasara a toda la humanidad por el Espíritu santificante y, por uno solo, se cumpliera esta palabra: “He dicho: Sois dioses, todos hijos del Altísimo” (Sal 81,6; Jn 10,34)[2].
Transformación que hace posible la Iglesia como “misterio” –como sacramento en el sentido ontológico– al integrarnos en la humanidad del Verbo, saturada de las energías divinas, de la presencia y poder del Pneuma.
El cuerpo del Verbo, en su naturaleza propia se enriqueció del Verbo al que fue unido: se hizo santo, vivificante, lleno de la energía divina. Y en Cristo, nosotros hemos sido transformados[3], y en esta transformación participa la Pureza del Corazón.
Cristo llenó su cuerpo de la energía vivificante del Espíritu. En adelante llama Espíritu a su carne, sin negar que sea carne…Ella está unida en efecto al Verbo, que es la vida, dice San Cirilo de Alejandría[4].
Los Padres de Alejandría, y particularmente san Cirilo, desarrollaron esta mística de la adopción deificante. Sólo el Verbo es Hijo por naturaleza, pero en su Cuerpo, en su Espíritu, nos convertimos en “hijos por participación”. Y ya lo hemos dicho, Cristo es Él Único Puro y de esta pureza también participamos nosotros como hijos, dando así lugar a lo que podemos definir, con San Cirilo de Alejandría[5], una Cristología energética, pneumática, donde la humanidad es penetrada por la incandescencia de la divinidad como el hierro, al rojo, lo es por el fuego.
La participación del Espíritu Santo, nos da, a nosotros los hombres, la gracia de ser moldeados como imagen plena de la naturaleza divina, y nuevamente nos dice San Cirilo: “El que recibe la imagen del Hijo, es decir del Espíritu, posee plenamente por éste al Hijo y al Padre que están en él”[6].
Ser deificado significa, pues, convertirse en un viviente con una vida más fuerte que la muerte, y por esto la Pureza del Corazón en el fin de la Vida en Dios, ya que el Verbo es la vida misma y el Espíritu el que vivifica, el que nos vivifica. Con San Ireneo de Lyon podremos decir: “Es imposible vivir sin la vida, y no existe vida más que por participación de la de Dios, y esta participación consiste en ver a Dios y gozar de su plenitud”[7].
El mismo San Ireneo nos dice: “La gloria de Dios es el hombre vivo y la vida de hombre es la visión de Dios. Si ya la revelación de Dios por la creación da vida a todos los seres que viven sobre la tierra, cuánto más la manifestación del Padre por el Verbo dará la vida a los que ven a Dios”[8]. Y en otra parte nos agrega: “Dios mismo es la vida de los que participan de Él”[9].
La santidad es la vida en plenitud. Y hay santidad en todo hombre que participa profundamente de la vida. No sólo en el gran asceta, sino también en el creador de belleza, en el que busca la verdad escondida en el misterio de los seres y las cosas, en el profundo amor de un hombre y una mujer, en la madre que sabe consolar a su hijo y darle a luz espiritualmente. En silencio monástico, como en el apostolado de la gran ciudad, en el trabajo sencillo del obrero, como en el laboratorio del científico, todos y cada uno de nosotros donde estemos, estamos destinados a la Pureza del Corazón como camino de santidad, Ya que en esto consiste nuestro ser como Dios, y junto a Orígenes podremos decir: “Los santos son los que viven. Y los que están vivos son los santos”[10].
Recordémoslo: las virtudes son divino-humanas, participación de los atributos de Dios. Por ellas, Dios se hace hombre en el hombre y vuelve al hombre Dios. Y nuevamente nos ilumina San Máximo el Confesor: “El Espíritu unido a Dios por la oración y por el amor adquiere sabiduría, bondad, poder, beneficencia, liberalidad…en resumen, lleva en él los atributos de Dios”[11].
En el hombre deificado se construye el camino de la Pureza del Corazón, como un camino en un único “sentido”, el de unir la inteligencia, los deseos y la fuerza transfigurándolos en la luz divina.
Con Diadoco de Fótica podemos pensar y afirmar sin temor, que “el conocimiento espiritual nos enseña que existe un solo sentido natural del alma, dividido (…) a causa de la desobediencia de Adán. Pero ha sido reunificado por el Espíritu Santo (…). El espíritu de los que se desligan de las codicias de la vida gracias a su desasimiento, se llena de vigor y puede sentir indeciblemente la plenitud divina. Entonces comunica su alegría al mismo cuerpo (…): Dice el salmista: “En Él, mi carne ha florecido” (Salmo 27, 7)”[12].
Ya aquí abajo, el hombre se convierte en un “resucitado”; es la “pequeña resurrección” de la que habla Evagrio, y que anticipa de la victoria definitiva sobre la muerte y la transfiguración del cosmos, de todo lo creado. La comunión con Dios es, participación en su ser. Por la gracia, los participantes se identifican con El participado. El movimiento y la estabilidad se equilibran y refuerzan; es una estabilidad en la identidad, un movimiento en la alteridad irreductible.
Nuevamente San Máximo el Confesor nos ilumina: “El fin de la fe es la verdadera revelación de su objeto. Y la verdadera revelación del objeto de la fe, es la comunión indecible con Él… Esta comunión es el retorno de los creyentes tanto a sus orígenes como a su final… y, por consiguiente, la saciedad del deseo. La saciedad del deseo, es la estabilidad eternamente en movimiento de los que la desean en torno al objeto deseado… y por tanto la eterna alegría sin separación…, la participación en las cosas divinas. Esta participación en las cosas divinas es la similitud de lo participado y los participantes. Y esta similitud es la identidad de los participantes con lo participado… Esta identidad es la deificación”[13].
Sólo la antinomia puede evocar la deificación. El hombre, sin dejar de ser hombre, queda enteramente iluminado por la gloria.
Y nuevamente San Máximo nos dice: “El hombre deificado, permaneciendo enteramente hombre por su naturaleza, en su alma y en su cuerpo, se convierte enteramente en Dios en su alma y su cuerpo, por la gracia y el esplendor divino de la gloria beatificante que le llena totalmente”[14].
Dios nos envuelve en su plenitud cuando nos deifica. Y el hombre, nosotros, con la adhesión de su amor, se unimos totalmente a la energía divina; la energía de Dios y de los santos es sólo una. Dios “todo en todos”, “todo en todo”.
Sin embargo, todo queda orientado hacia la metamorfosis cósmica. Todo queda atrapado en el dinamismo de la comunión de los santos y, por ella de la resurrección universal.
La comunión de los santos perfila poco a poco el rostro de Cristo que viene. Da a luz al Logos en la historia y en el universo en el Logos. La luz del Tabor, que es la luz de pascual, se difunde progresivamente, estalla en la santidad y abrazará a todos en la Parusía. Entonces el fin de la Pureza que deifica es la Parusía.
Como dice San Máximo el Confesor: “El Verbo se manifiesta en los perfectos imprimiendo en ellos de antemano y misteriosamente la forma de su venida futura, como en un ícono”[15].
“Allá, en la paz, dirá San Agustín, veremos al que es Dios… nosotros, los infieles a ese Dios que nos hubiera hecho dioses si a ingratitud no nos hubiera arrancado de su comunión… Recreados por Él y llenos de la más abundante gracia, veremos en ese eterno reposo, al que es Dios, de quien seremos colmados cuando sea todo en todos…Ese día será el sabbat nuestro que no tendrá atardecer, y que terminará el domingo eterno en que se manifieste la resurrección de Cristo ofreciendo plenitud eterna tanto al alma como al cuerpo. Allá estaremos en la paz y nos querremos; nos querremos y nos amaremos; nos amaremos y nos celebraremos”[16].
Igual que el cuerpo del Señor fue glorificado en la montaña, transfigurado en la gloria de Dios y en la luz infinita, así los cuerpos de los santos serán glorificados y resplandecerán como el relámpago… Y con el Pseudo Macario diremos: “Les he dado la gloria que tú me diste” (Jn 17, 22). Igual que se pueden encender innumerables cirios con una sola llama, así los cuerpos de todos los miembros de Cristo formarán el de Cristo en la única Pureza del Único Puro… Nuestra naturaleza humana ha sido transformada en la plenitud de Dios, y se ha convertido toda entera en fuego y luz”[17].
“El fuego oculto y casi apagado bajo las cenizas de este mundo… estallará y abrazará divinamente a la apariencia de muerte”[18]. “El interior oculto recubrirá completamente la apariencia exterior”[19].
La resurrección comienza aquí abajo; en la Iglesia de los primeros tiempos, un hombre profundamente espiritual era ya un “resucitado”. Los momentos más auténticos de nuestra vida, los que se ubican en lo invisible, tienen ya el sabor de la resurrección. La resurrección comienza cada vez que una persona, despojándose de sus condicionamientos para transfigurarlos, encuentra en la gracia el “cuerpo de su alma”, “la exterioridad de su interioridad”[20]. Cada vez que reabsorbe la modalidad opaca, separadora, necrosada del mundo en su modalidad crística, en “ese fuego inefable y prodigioso oculto en la esencia de las cosas como en la Zarza”[21].
Los santos son gérmenes de resurrección. Sólo ellos pueden orientar hacia la resurrección la pasión ciega de la historia, por eso la virtud de la Pureza del Corazón, hoy se nos plantea como un desafío que es una llamada.

Las exigencias de la Pureza del Amor

La ardiente meditación de la cruz, es decir del amor sin límites de Dios, hace que se disuelva en nosotros el rencor, el resentimiento, el odio. Ante la inmensidad del perdón de Dios, dice el Evangelio, ¿cómo no perdonar al otro? ¿Cómo recibir el perdón de Dios si no perdonamos al otro?
San Juan Clímaco dice releyendo el evangelio: “perdona nuestras deudas así como (en la medida en que) nosotros perdonamos a nuestros deudores”, rezamos en el padrenuestro. El recuerdo de los sufrimientos de Cristo, cura el alma del rencor tanto como el ejemplo del amor de Jesús”[22].
Máximo el Confesor indica algunas actitudes para vencer el odio como camino de purificación. “Saber que toda negativa personal nos priva de Cristo; prohibir a las tendencias agresivas que lleguen a la lengua, al razonamiento, la autojustificación y el análisis psicológico que, bajo pretexto de objetividad y lucidez, reducen el misterio del otro y provocan su destrucción sutil; no alejarse de lo que nos molesta y amenaza, sino intentar con humilde dulzura y pureza de intención deshacer el malentendido. Si esto no es posible, orar por el otro, callarse y rehusar absolutamente hablar mal de él.
¿Tu hermano ha sido para ti ocasión de prueba y la tristeza te ha llevado al odio? No te dejes vencer, triunfa sobre el odio con el amor. Y he aquí cómo: orando a Dios sinceramente por él, aceptando que se excuse o convirtiéndote tú mismo en su defensor; tomando sobre ti la responsabilidad de tu prueba y soportándola con valor hasta que la nube se haya disipado. Si ayer alababas la bondad y proclamabas la virtud de alguien, guárdate de criticarlo hoy como malvado y perverso, porque en ti el afecto se haya trocado en aversión. No busques, reprobando a tu hermano, legitimar tu aversión sino persiste en alabarlo fielmente, incluso aunque la tristeza te agobie, y volverás rápidamente a la saludable caridad. No hieras jamás a tu hermano con palabras ambiguas no sea que él te responda en los mismos términos al momento y los dos os salgáis de la disposición de la caridad. Ve con la franqueza de la amistad. Repréndele y, suprimidas las causas del mal, os sentiréis libres los dos de la turbación y la amargura. Un alma que alimenta el odio contra un hombre no puede estar en paz con Dios. (…) “Si no perdonan a los hombres sus faltas, el Padre celestial no los perdonará a ustedes” (Mt 6, 14). Si el otro no quiere hacer la paz, tú, al menos, guárdate del odio y ora sinceramente por él, sin decir a nadie nada malo de él. El objetivo de todos los preceptos del Salvador es librar el espíritu del caos y el odio, ara llevarlo a su amor y al del prójimo, de donde brota como un relámpago el santo conocimiento”[23].
Según la recomendación evangélica de reconciliarse con el hermano antes de llevar la ofrenda al altar, es necesario perdonar para atreverse a ofrecer a Cristo un poco de amor verdadero.
Si quieres guardar el amor como Dios quiere, “no permitas que tu hermano albergue ningún sentimiento de amargura hacia ti y, por tu parte, no te retires con un sentimiento de amargura hacia él; mejor ve a reconciliarte con tu hermano, y así podrás ofrecer a Cristo, con conciencia pura y oración ferviente, el don del amor”[24].
“El mal es el sufrimiento destructor impuesto al otro, dice San Isaac el Sirio. No hay que responder al mal con el mal. Lo único que cuenta es la simpatía en comunión fundada, como dice Evagrio, sobre la secreta soledad con Dios. La falta del otro, hay que ocultarla, y, si es posible, tomarla sobre sí.
Déjate perseguir, pero tú no persigas.
Déjate crucificar, pero tú no crucifiques.
Déjate ultrajar, pero tú no ultrajes.
Déjate calumniar, pero tú no calumnies.
(…).
Alégrate con los que se alegran. Y llora con los que lloran. Tal es el signo de la pureza.
Sufre con los enfermos. Aflígete con los pecadores. Regocíjate con los que se arrepienten. Sé el amigo de todos. Pero, en tu espíritu, permanece solo. (…).
Extiende tu capa sobre el que cae en falta y cúbrele. Y si no puedes tomar sobre ti su falta y recibir su castigo y su vergüenza, no le agobies”[25].
El amor al prójimo es más importante que la oración.
Dice San Juan Clímaco, “sucede que, mientras estamos en oración, llegan unos hermanos a buscarnos. Debemos entonces elegir entre interrumpir nuestra oración o entristecer a nuestros hermanos al rehusar contestarles. Pero clamor es más grande que la oración; la oración es una virtud entre otras, mientras que el amor la contiene todas”[26].
El servicio concreto a los demás, con el olvido de sí, la paciencia y el afecto verdadero que implica, vale más que cualquier mortificación y es el único camino de Purificación que nos hace objetivos frente a nosotros mismos.
Un hermano dijo a uno de los ancianos: “Hay dos hermanos; uno no abandona nunca la celda donde ora, ayuna seis días seguidos y se entrega a todo tipo de mortificaciones. El otro cuida a los enfermos. ¿Cuál lleva una vida más agradable a Dios?”
El anciano respondió: “Aunque el hermano que ayuna seis días seguidos se colgara de la nariz, no igualaría al que cuida a los enfermos”[27].
No podemos pensar en la Pureza del Corazón sin necesitar el ministerio de la caridad. Incluso se debe vender el libro de los evangelios si no existe otro medio para dar de comer a los hambrientos. El don de la vida vale más que el libro más santo, sobre todo cuando ese libro exige el don de la vida.
El bienaventurado Evagrio nos dice: “un hermano tenía por toda posesión un Evangelio. Lo vendió y gastó el dinero en comida para los hambrientos, diciendo estas palabras memorables: “Lo que he vendido es el libro que me dice: “Vende lo que tienes y dáselo a los pobres”[28].
El amor desea y realiza, en la medida de lo posible, un cambio en la vida, cuando la existencia del otro es lenta destrucción del cuerpo y brutal exclusión social. Recordemos la importancia del “besar al leproso” en la tradición mística.
El abba Agatón dice: “Si pudiera encontrar un leproso, darle mi cuerpo y tomar el suyo, me sentiría muy dichoso”. Tal es, en efecto, el verdadero amor, del Puro Amor[29].

Equipo de redacción de “En el Desierto”
orthroseneldesierto@gmail.com



Notas:
[1] Cfr. MÁXIMO EL CONFESOR, Capítulos teológicos y económicos (PG 90, 1165).
[2] Cfr. CIRILO DE ALEJADRÍA, Sobre Juan, 1,14 (PG 73, 161).
[3] Cfr. CIRILO DE ALEJANDRÍA, Cristo es uno (PG 75, 1269).
[4] Cfr. Comentario Sobre Juan, 6,64 (PG 73, 604).
[5] Cfr. Tesoro, 13 (PG 75, 228).
[6] Cfr. Tesoro, 33 (PG 75 572).
[7] Cfr. IRENEO DE LYON, Contra las herejías, IV, 20, 5 (SC n. 100 bis, p. 642).
[8] Cfr. IRENEO DE LYON, Contra las herejías, IV, 20, 7 (SC n. 100 bis, p. 648).
[9] Cfr. IRENEO DE LYON, Contra las herejías, V, 7, 1(SC n. 153, p. 86-88).
[10] Cfr. ORÍGENES, Comentarios al evangelio de San Juan, 2, 11 (GCS 4, 74).
[11] Cfr. MÁXIMO EL CONFESOR, Centurias sobre la caridad, III, 52 (PG 90, 1001).
[12] Cfr. DIADOCO DE FÓTICA, Capítulos gnósticos, 25 (SC n. 5 bis, p. 96-97).
[13] Cfr. MÁXIMO EL CONFESOR, Preguntas a Thalassius, 59 (PG 90, 202b).
[14] Cfr. MÁXIMO EL CONFESOR, Ambigua (PG 91, 1088).
[15] Cfr. MÁXIMO EL CONFESOR, Centurias gnósticas, II, 28 (PG 90, 1092).
[16] Cfr. AGUSTÍN DE HIPONA, La ciudad de Dios, 30, 4 (PL 41, 803).
[17] Cfr. PSEUDO-MACARIO, Homilía 15, 38 (PG 34, 602).
[18] Cfr. GREGORIO NICENO, Contra Eunomo, 5 (PG 45, 708).
[19] Cfr. GREGORIO NICENO, Séptimo discurso sobre las bienaventuranzas (PG 44, 1289).
[20] Cfr. René Habachi: La Résurrection des corps au regard de la philosophie. Archivio di Filosofia, Roma, 1981.
[21] Cfr. Máximo el Confesor; Ambigua, PG 91, 1148.
[22] Cfr. JUAN CLÍMACO, La escala santa, grado 9,12 (14).
[23] Cfr. MÁXIMO EL CONFESOR, Centurias sobre la caridad, IV, 22, 27, 32, 35, 56 (PG 90, 1052, 1053, 1056, 1060, 1061).
[24] Cfr. MÁXIMO EL CONFESOR, Centurias sobre la caridad, I, 53 (PG 90, 972).
[25] Cfr. ISAAC EL SIRIO, Tratados ascéticos, tratado 58.
[26] Cfr. JUAN CLÍMACO, La escala santa, grado 26, 43 (52) (p. 131).
[27] Apotegmas. Serie de dichos anónimos, 224 (SO n. 1, p. 399).
[28] Cfr. EVAGRIO PÓNTICO, Tratado práctico, 97 (SC n. 171, p. 704).
[29] Apotegmas. Agatón, 26 (PG 65, 115).

miércoles, 12 de mayo de 2010

El fin de la vida cristiana es la santidad

(Para la presente reflexión nos servimos de algunos parágrafos extraídos del artículo “El ojo y las Lágrimas” de ROBERT LE GAILLE, OSB, publicado en Cuadernos Monásticos en el número 92, a quienes agradecemos el copioso aporte que trimestralmente ofrecen en cada cuaderno.)
El camino de la santidad el que se recorre en la senda de la pureza del corazón y del don de las lágrimas.
En cuanto a la pureza del corazón es bueno que veamos lo que nos dice Robert Le Galle. “La tradición monástica se originó en Egipto al final de las grandes persecuciones que marcaron el comienzo de la historia de la Iglesia. En la segunda mitad del siglo IV, los solitarios del Alto y del Bajo Egipto ejercían una poderosa atracción sobre el mundo que acababa de aceptar el cristianismo. Dos jóvenes venidos de Occidente, Casiano y Germán, van a Palestina y se inician en la vida monástica en Belén alrededor del año 380; allí organizan juntos un viaje a Egipto, para completar su formación junto a los Padres del monacato; el periplo durará siete años. La crisis origenista los hace volver a Palestina. Luego, diversos acontecimientos los conducirán a Constantinopla, junto a San Juan Crisóstomo, y de allí a Roma. Después del 415, Casiano se halla en Marsella, donde funda dos monasterios. Su experiencia directa del monacato tal como se practicaba en Egipto, Palestina y Constantinopla, le permitió escribir dos libros que ejercieron gran influencia sobre todo el desarrollo de la vida monástica en Occidente: el primero, titulado Las Instituciones cenobíticas, detalla la estructura de la vida de los monjes, mientras que el segundo -las célebres Conferencias- trata sobre su espiritualidad
La primera de las Conferencias, la que Casiano y Germán recogieron de labios de abba Moisés, está dedicada al objetivo y al fin último del monje. A los antiguos les gustaba el viejo procedimiento de la mayéutica, y planteaban muchas preguntas. ¿Por qué estos jóvenes visitantes se habían hecho monjes? -A causa del Reino de los cielos, responden. Ante lo cual abba Moisés hace una distinción entre el fin último, que ciertamente es el Reino de Dios, y el objetivo más inmediato que se debe perseguir, es decir la pureza de corazón.
El fin último de nuestra profesión es el reino de Dios o reino de los cielos, es cierto, pero nuestro blanco o sea nuestro objetivo inmediato es la pureza de corazón. Sin ella es imposible alcanzar ese fin. Concentrando, pues, la mirada en ese objetivo primario, corremos derechamente hacia aquel fin, como por una línea recta netamente determinada.
El solitario de Escete recurre a un texto de San Pablo para identificar el fin con la vida eterna y el objetivo con la santidad: “Vuestro objetivo es la pureza de corazón, y tenéis por fin la vida eterna” (cf. Rm 6, 22). Por tanto, la pureza de corazón es la santidad. Más adelante, haciendo eco al himno de la caridad de la Primera Carta a los Corintios, precisa que la caridad “no está sino en la pureza de corazón”. En efecto, todo lo que el Apóstol canta acerca del amor, “¿qué otra cosa es sino ofrecer continuamente a Dios un corazón puro y sin mancilla y guardarlo intacto de toda pasión?”. Otra “reminiscencia”: “Este debe ser nuestro objetivo principal y el designio constante de nuestro corazón: que nuestra alma esté continuamente adherida a Dios y a las cosas divinas”; lo cual nos asemeja a María de Betania. Las múltiples obras de la caridad fraterna -”de la vida activa”, dice abba Moisés- son sólo de este mundo.
Cesarán en el siglo futuro pues no habrá ya diferencia que pueda hacerlas necesarias ni justificar por lo mismo su existencia. Los que las ejercitaban pasarán de la multiplicidad de la vida activa a la caridad de Dios y a la contemplación de las cosas divinas, en una eterna pureza de corazón. A esta virtud se han dado por entero en este mundo -reuniendo todas sus energías y conjugándolas en un único esfuerzo- aquellos que arden en deseos de conocer la ciencia de Dios y de purificar su alma. Consagrándose de lleno, mientras vivían en esta carne mortal, al oficio sublime en que se emplearán después de terminada esta vida corruptible, vendrán a gozar de la realidad de aquella promesa de nuestro Salvador, que dice: Bienaventurados los corazones puros, porque ellos verán a Dios.
El tratado de espiritualidad monástica que constituyen las Conferencias de Casiano se abre, pues, con la pureza de corazón, que es el objetivo del monje aquí abajo. No es aún la visión de Dios, que está reservada al mundo futuro, pero ya es unión con Dios, puesto que es sinónimo de santidad, de caridad, de contemplación. Podríamos decir que la pureza de corazón es, de manera dispositiva, lo que estas últimas son de manera perfectiva. El corazón puro está atento para quitar todos los obstáculos capaces de entenebrecer la morada interior donde Dios quiere habitar. En sus dos obras, Casiano se refiere constantemente a las pasiones que infestan el alma y la turban, tornándola inepta para el amor y la contemplación de Dios. La pureza de corazón es el estado de un alma liberada de sus pasiones, disponible para escuchar las sugerencias del Espíritu Santo; ella no ve a Dios, pero como un lago de superficie tranquila, puede reflejar la belleza de Dios, puede realmente devenir su imagen.
Es notorio que la pureza de corazón de que hablamos sobrepasa ampliamente a la pureza en sentido moral, que abarca todo lo concerniente al dominio del cuerpo y de la sexualidad. En la boca y en el espíritu del Señor, como en la tradición bíblica que él lleva a su perfección, la pureza celebrada en la sexta bienaventuranza desborda las exigencias del sexto mandamiento (Ex 20, 14), aunque las incluye. Más allá de la pureza ritual, original, y de la pureza moral, la pureza de corazón es la cualidad de una tierra buena, de una tierra blanda donde la palabra de Dios penetra y fructifica (Mt 13, 23; Jn 15, 3); la caridad, que es la presencia viva y operante, dominante, de Dios en el alma, puede entonces proceder de ella, seguida de los otros frutos del Espíritu (Ga 5, 22-23). Se comprende por tanto que la visión de Dios esté prometida a aquellos en quienes Dios habita por su amor plenamente recibido. (…)
Es Dios mismo quien, por medio de la Sagrada Escritura, invita al monje a la felicidad, como Jesús convidaba a la bienaventuranza a los judíos que lo escuchaban en la montaña. Atento a la palabra de Dios, el monje abre los ojos a la “luz deífica”, expresión difícil de traducir, y que podemos parafrasear así: la frecuentación de las Escrituras ilumina el corazón y lo modela según la imagen de Dios, tornándolo “deiforme”. “Levantémonos pues de una vez; que la Escritura nos espabila diciendo: Ya es hora de despertarnos del sueño’. Y abriendo nuestros ojos a la luz de Dios, escuchemos atónitos lo que cada día nos advierte la voz divina que clama: ‘Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis vuestros corazones”.
Pero la Escritura que pone en nuestro corazón el deseo de ver a Dios, indica también las condiciones de esta visión beatificante. Se citan los Salmos 33 y 14 para llevarnos a evitar el mal y hacer el bien; evitar principalmente lo que puede perjudicar al prójimo, y hacerle todo el bien que podemos.
Hay que convertirse al Señor, es decir, volverse totalmente hacia él, para ser purificado de los pecados. Esta llamada evangélica primordial a la conversión, que interesa a todos los cristianos, encuentra un eco particular en el monje. Para todos la conversión implica alejarse del pecado y hacer el bien; también para el monje, que debe purificarse de sus vicios y de sus pecados y practicar las buenas obras que vienen de Dios.
La purificación del corazón y del cuerpo, específica del monje, se realiza por la obediencia; la obediencia a los mandamientos de Dios, a una regla y a un Padre.
En cuanto a las lágrimas purificadoras podemos decir con Robert le Galle que: la asociación de las lágrimas con la pureza de corazón cuando se trata de la oración, no es fortuita en la Regla de San Benito. Para el Padre de los monjes de Occidente, oración y lágrimas van juntas. Cuando San Gregorio Magno narra su vida, en el segundo libro de los Diálogos, nos lo presenta esencialmente con los rasgos de un hombre de Dios, es decir de un hombre de oración, siempre sumergido en la intimidad de su Dios y a veces adornado con el don de lágrimas.
¿Qué es la compunción? Es el dolor permanente y apacible que la conciencia de su condición pecadora mantiene vivo en el corazón del monje. El corazón “pinchado” -tal es el sentido primero del verbo latino pungere-, está dolorido por el sentimiento de su pecado; lejos de sentirse “pinchado” por el orgullo, es tocado, herido por la pena de haber entristecido al Espíritu Santo (Ef 4, 30). La palabra “compunción” es casi sinónima de la palabra “contrición”, más conocida: el corazón contrito es el que se siente “quebrantado”, por la conciencia de sus faltas. ¿Quién no conoce el célebre versículo del Miserere: Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias (Sal 50, 10)?
Sabemos también que conviene distinguir la contrición imperfecta, que es inspirada por el temor de los castigos divinos, de la contrición perfecta, nacida del amor de Dios. La compunción, como la contrición verdadera, es un fruto de la caridad, un efecto de la presencia del Espíritu Santo en el corazón: es la pena profunda de haber apenado a Dios. Si es verdad que la contrición perfecta, aun antes de la confesión sacramental que la autentica y garantiza, perdona los pecados, es fácil comprender que la compunción purifica al monje de sus faltas: las lágrimas de la compunción purifican el corazón del monje.
En el capítulo 49 de R. B., sobre la observancia de la Cuaresma, San Benito recomienda al monje guardar, por lo menos durante este tiempo privilegiado, la pureza de vida que debería tener en todo tiempo. Para que esto sea así, da la siguiente línea de conducta: “Lo cual cumpliremos dignamente si reprimimos todos los vicios y nos entregamos a la oración con lágrimas, a la lectura, a la compunción del corazón y a la abstinencia”. Durante la Cuaresma, más que nunca, el monje debe dedicarse a la oración con lágrimas y a la compunción del corazón: expresiones que tienen el mismo sentido. Si las cotejamos con las del capítulo 20, constatamos con qué facilidad San Benito pasa de una a otra, lo que muestra la unidad de su pensamiento. En el capítulo sobre la “reverencia en la oración”, nos aseguraba que seremos escuchados si nuestra oración se hace “con pureza de corazón y las lágrimas de la compunción”; aquí, en el capítulo sobre “la observancia de la Cuaresma”, nos invita a practicar “la oración con lágrimas y la compunción del corazón”. En el primer caso, “corazón” es aposición de “pureza”; en el segundo, está ligado a la compunción. Además en el primer texto, se dice de la compunción, literalmente, “compunción con lágrimas”; en el segundo, es de la oración de la que se dice “oración con lágrimas”. Oración, pureza, corazón, lágrimas, todo esto es una sola cosa para “el hombre de Dios, Benito”.
Lo constatamos una vez más en el capítulo 52 sobre el “oratorio del monasterio”, precedentemente evocado: el monje es invitado a entrar allí “sencillamente para orar”, “no en alta voz, sino con lágrimas y fervor del corazón”. Nuevamente se hallan reunidos los mismos elementos: oración, corazón, lágrimas; sólo el fervor reemplaza a la pureza, pero el sentido es el mismo: el fervor del corazón está ligado con las lágrimas de la compunción.
Nos falta citar un último texto de la Regla para acabar de mostrar la unidad profunda del pensamiento de San Benito. Se trata de tres instrumentos de las buenas obras, que aparecen seguidos en la larga lista del capítulo 4: son los instrumentos del arte espiritual que el monje debe esforzarse por manejar en el taller que es el monasterio. He aquí las tres máximas que nos interesan: Postrarse con frecuencia para orar. Confesar cada día a Dios en la oración con lágrimas y gemidos las culpas pasadas. Y de esas mismas culpas purificarse en adelante. Esta trilogía de máximas es notable, pues la oración con lágrimas es presentada como el corazón de la oración frecuente, en relación con la purificación de los pecados. Una vez más están reunidas: oración, lágrimas y pureza.
Es necesario comprender bien que no se invita al monje a una contemplación morbosa de sus pecados. Nunca es bueno contemplar el mal, porque nos produce vértigo. San Benito lo explica bien: a Dios es a quien hay que confesar cada día los pecados; el remordimiento es negativo y vuelve al pecador sobre sí mismo, para desalentarlo más. Pero cuando darnos a Dios nuestros pecados, cuando nos atrevemos a ofrecérselos, porque sólo él puede perdonarlos, hacemos a su respecto uno de los más grandes actos de amor. En la oración, el monje adhiere a su Dios: no se mira a sí mismo, no detalla sus pecados, no vuelve sobre ellos por una especie de complacencia malsana; le ofrece su conciencia dolorida por haberlo apenado. Sus lágrimas, su compunción, son un efecto de la caridad derramada en su corazón por el Espíritu Santo.
¿No es esto un eco fiel de la doctrina de Evagrio Póntico (346-399), el maestro de Casiano, en su Tratado de la oración? He aquí lo que escribe: “Pide ante todo recibir el don de lágrimas para ablandar, por la compunción, la rudeza de tu alma, de modo que, confesando contra ti mismo tu iniquidad al Señor, obtengas de él el perdón”. No pensemos que el monje tiene necesidad de estas lágrimas purificaderas sólo en los primeros tiempos de su “conversión”. Durante toda su vida, ellas serán la fuente regeneradora donde la pureza de su corazón se renovará sin cesar: “Si piensas que no te hace falta llorar tus pecados en la oración, considera cuánto te has alejado de Dios, debiendo haber permanecido siempre en él. Entonces llorarás con más ardor”.
Cualquier oración que no hunde sus raíces en el humus de la compunción, y que no está regada por las lágrimas de la tristeza según Dios de la que habla san Pablo (2 Co 7, 8-13, especialmente el versículo 10: En efecto, ¡a tristeza según Dios produce un arrepentimiento saludable que uno no deplora; pero la tristeza del mundo produce la muerte), es sospechosa. El monje benedictino sólo encuentra su seguridad absoluta en la escala de la humildad; este capítulo fundamental de la Regla tiene como punto de partida la palabra del Señor en el Evangelio: Todo el que se exalta será humillado, y el que se humilla será exaltado. El punto de llegada es el dominio de la caridad y la purificación obrada por el Espíritu Santo. Vale la pena citar íntegro el final de este capítulo, pues él muestra elocuentemente de qué manera el monje pasa de la bienaventuranza de los que lloran a la de los corazones puros: Cuando el monje haya remontado todos estos grados de humildad, llegará pronto a ese grado de amor de Dios que, por ser perfecto, echa fuera todo temor; gracias al cual cuanto cumplía antes no sin recelo, ahora comenzará a realizarlo sin esfuerzo, como instintivamente y por costumbre, no ya por temor del infierno, sino por amor a Cristo, por cierta santa connaturaleza y por la satisfacción que las virtudes producen por sí mismas. Y el Señor se complacerá en manifestar todo esto por el Espíritu Santo en su obrero, purificado ya de sus vicios y pecados. Acerca de la aflicción según Dios, el Salvador dijo: “Bienaventurados los afligidos, porque serán consolados”. Acerca de las lágrimas san Isaac escribe: “Las lágrimas que se derraman al orar son un signo de la misericordia de Dios, de la cual el alma se ha hecho digna por su arrepentimiento. Ha esperado y he aquí que por las lágrimas ha entrado en la llanura de la pureza”.
Como atestiguan estas líneas de la Filocalia de los Padres népticos, la tradición monástica es constante respecto del lazo estrecho que establece entre la bienaventuranza de las lágrimas y la de la pureza de corazón. San Benito recibió por medio de Casiano esta doctrina y esta práctica de los Padres del desierto. Los textos de la Regla que hemos analizado son extremadamente concisos, pero por lo mismo tienen más fuerza: un lazo indisoluble une oración, pureza de corazón y lágrimas (o compunción). Las lágrimas amantes y tranquilas del pecador que se sabe perdonado purifican constantemente corazón, clarifican su mirada, que puede entonces dirigir muy humildemente, pero con una total confianza (parrhèsia) hacia Dios que es todo Misericordia y todo Amor. La debilidad que el monje constata en sí mismo sigue siendo un motivo permanente de compunción; y termina por amarla, porque ella lo mantiene muy cerca de aquél sin quien no puede hacer nada, pero con quien todo se vuelve posible (Jn 15, 15 y Flp 4, 13).
¿Es necesario decir que las lágrimas purificadoras de la oración no son patrimonio de los monjes benedictinos? Al concluir volvemos a la primera página del Evangelio, el llamado a la conversión proclamado por el Señor: Convertíos y creed en la Buena Nueva (Mc 1, 15). Todos los cristianos están invitados a llorar sus pecados y a poner toda su confianza en el Salvador. El tipo evangélico de la doble actitud privilegiada en estas páginas es la persona de la pecadora perdonada y amante que sólo San Lucas presenta. La escena es bien conocida: una mujer de mala vida se acerca a Jesús durante una comida ofrecida en su honor por un fariseo: Poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume (Lc 7, 38). Jesús la deja hacer y se adelanta al escándalo de su huésped: Sus pecados, sus numerosos pecados le son perdonados, porque ella ha mostrado mucho amor (id., 7, 47). Sus lágrimas de arrepentimiento son también lágrimas de amor: ella se sabe tocada por el amor silencioso de Jesús, se sabe perdonada, y por eso da libre curso a su humilde gratitud. La pecadora muestra por sus lágrimas que ha sido purificada de sus numerosos pecados. Jesús le virginiza el corazón y por las lágrimas purifica su mirada.
En su oración íntima, el monje que ha entrado en la escuela del servicio del Señor bajo el báculo de San Benito, no cesa de renovar cada día esta experiencia, si practica asiduamente lo que se le recomienda: “Confesar cada día a Dios en la oración, con lágrimas y gemidos, las culpas pasadas, y de esas mismas culpas corregirse en el futuro”.

Con afecto y gratitud para quienes nos siguen, equipo de redacción de
“En el desierto” orthroseneldesierto@gmail.com

lunes, 10 de mayo de 2010

“Quien ha probado del vino añejo”
(Lc 5,39)

- Capítulo I -
Extracto del primer capítulo, del libro Vasijas de Barro,
de Gabriel Bunge.

Ver la importancia de la palabra en la vida de los Santos padres.






Según lo que ya hemos manifestado, no entra dentro de nuestros propósitos escribir un estudio histórico o patrístico sobre la oración, sin embargo en las próximas páginas remitiremos una y otra vez a los “santos Padres” de la primitiva Iglesia. Este permanente recurrir a lo “que fue desde el principio” requiere de justificación en una época que gusta medir el valor de cada cosa según su grado de novedad. Presentaremos aquí al lector de fines del siglo XX no la última novedad sobre el tema oración, sino aquello “que nos transmitieron quienes desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la palabra”[1]. ¿A qué se debe tan gran estima a la ‘tradición’ y el puesto único que adscribimos al ‘comienzo’? O, dirigiéndose en manera más personal al autor de estas páginas: ¿por qué no nos habla más bien de su propia experiencia en lugar de ponernos siempre delante a sus “santos Padres”?
Por eso parece provechoso comenzar exponiendo con qué “espíritu” hemos escrito este libro, cómo debe ser leído, e igualmente iluminar la oración al colocarla en el contexto global a la que pertenece y así situarnos en la única perspectiva desde la cual enfocarla correctamente.

1. “Lo que existía desde el principio” (I Jn 1,1).

La continua referencia a la palabra de los santos Padres tiene su fundamento en aquello que ya los primeros testigos y aun las mismas Sagradas Escrituras llaman “Tradición El concepto (en sí mismo) es ambiguo y por tanto ambivalente es la postura asumida por los cristianos de cara a las ‘tradiciones’. El valor de una ‘tradición’, - dentro del ámbito de la revelación -, depende esencialmente de su “origen” y de su relación con dicho origen. Existen tradiciones meramente humanas cuyo origen no está en Dios, aun cuando puedan apelar a él con cierto derecho, como por ejemplo en el caso, - sancionado por la ley mosaica -, del divorcio: “al principio no era así”
[2], ya que Dios había destinado al hombre y a la mujer a una unidad indisoluble[3]. Cristo rechaza este tipo de “tradiciones humanas”, ya que apartan a los hombres de la auténtica voluntad de Dios[4], pues el Señor vino “para cumplir su voluntad”[5], aquella primigenia y originaria voluntad del Padre oscurecida por el pecado original y todas sus consecuencias. Justamente es señal distintiva de los discípulos de Cristo no atenerse a “esas tradiciones de los antepasados”.
Muy distinto es el asunto, en cambio, cuando se trata de aquellas tradiciones “que existían desde el comienzo”, de aquel “antiguo mandamiento que tenemos desde el principio”
[6], y que Cristo transmitió a sus discípulos. A su vez, nos ha sido confiablemente “transmitido” por “aquellos que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la palabra”[7]: los Apóstoles, quienes desde el “comienzo del Evangelio”[8] “estuvieron con él”[9], ya que a partir “del bautismo de Juan”[10] fueron testigos de cómo Jesús se fue revelando progresivamente como Cristo, el Mesías.
Estas “son las tradiciones que hemos aprendido” y “que debemos conservar”
[11] si no queremos perder la comunión con el “principio”. Ningún “otro Evangelio”, entonces, aunque nos “lo transmita un ángel del Cielo”, que aquel que nos fuera predicado desde el “comienzo”, porque no sería el “Evangelio de Cristo”[12].
La finalidad y el sentido de toda auténtica tradición es la de crear y mantener la comunión con los “testigos oculares y con los servidores de la palabra” y, a través de ellos, con aquel del cual dan testimonio.

Lo que existía desde el principio,
lo que hemos oído,
lo que hemos visto con nuestros ojos,
lo que contemplamos y palparon nuestras manos
acerca de la Palabra de vida…,
eso se lo anunciamos
para que también ustedes tengan comunión con nosotros.
Y nuestra comunión (es comunión)
con el Padre y con su Hijo Jesucristo
[13].

Esta “comunión” de los creyentes entre sí y con Dios es lo que las Escrituras llaman “Iglesia” y “Cuerpo de Cristo”. Ella abarca todos los miembros de ese Cuerpo, tanto los vivientes como los que “se durmieron en el Señor”. Es tan estrecha la relación entre los miembros y con el Cuerpo que los difuntos “no son miembros muertos” ya que “para Dios todos están vivos”
[14].
¡Quien quiera “tener comunión con Dios” jamás podrá prescindir de aquellos que antes de él fueron agraciados con ella! Únicamente dando crédito a su “predicación” quien nació con posterioridad a ellos entra en comunión con la porción vital constituida por aquellos “testigos oculares y servidores de la palabra” que lo fueron “desde el comienzo” y que lo son para siempre. Por eso verdadera y auténtica “Iglesia de Cristo” sólo lo es aquella que permanece en comunión viviente e ininterrumpida con los Apóstoles, sobre los que el Señor justamente cimento su Iglesia
[15].
Lo afirmado aquí sobre la necesidad de permanecer fieles “al valioso tesoro que nos fuera confiado”
[16], es decir, la tradición apostólica tal como está consignada en los escritos de los Apóstoles, vale análogamente de aquellas “tradiciones originarias y no consignadas por escrito”[17]. Aunque estas tradiciones no estén directamente contenidas en dichos testimonios, no por ello son menos apostólicas. Pues consignadas por escrito o transmitidas oralmente, “las dos tienen precisamente la misma fuerza en orden a la piedad”[18].
Ambas formas de Tradición apostólica poseen aquello que podríamos denominar “la gracia de los orígenes”, ya que en ellas tomó forma el tesoro que nos fue confiado desde el comienzo. Ya veremos en detalle en qué consiste esta “Tradición no escrita”. Ahora queremos preguntarles a los mismos Padres cómo entendían ellos la fidelidad a dicho “origen”.
La misma actitud puesta de manifiesta por Basilio Magno hacia la tradición eclesiástica, la encontramos en su discípulo Evagrio Póntico referida a la tradición espiritual del monacato. Así se lo escribe al monje Eulogio, al que desea aclararle ciertas dudas sobre la vida espiritual:

No es que lo hayamos logrado “por las buenas obras que hayamos realizado”
[19], sino por que poseemos el “ejemplo de la sana doctrina”[20] que escuchamos de los santos Padres y porque fuimos testigos de algunas de sus hazañas.
Todo es gracia de lo alto, y eso hasta las asechanzas del tentador se lo demuestran a los pecadores; (gracia) que para certeza y seguridad nuestra nos dice: “¿qué tienes que no hayas recibido?” - para que así al recibir demos gracias al Dador y no nos atribuyamos ni el honor ni la gloria, negando así el don. Por eso mismo nos amonesta: “¿si lo recibiste por qué te glorías como si no fuera así? ¡Ya se han enriquecido! amonesta aquella (gracia) de la que provienen las obras, ¡ya se han saciado ustedes que apenas han empezado a enseñar!”
[21].

Una primera razón por la que uno no se presenta a sí mismo como ‘maestro’, proviene del humilde reconocimiento de un hecho elemental: todos todo lo hemos recibido. Los “Padres” a los que Evagrio remite aquí son, entre otros, sus propios maestros Macario el Grande y su homónimo Macario de Alejandría, a través de los cuales él mismo se halla ligado con “la primicia de los anacoretas”, Antonio el Grande, y gracias a eso, con los inicios mismos del monacato. En otro lugar Evagrio explicita el mismo pensamiento:
Es necesario también indagar y seguir los caminos de los monjes que nos han precedido con una vida santa; pues se pueden descubrir muchas cosas bellamente dichas o hechas por ellos.
[22].

¡El “ejemplo de la sana doctrina” de los Padres y el de sus “bellos hechos” son por lo tanto modelo al que atenerse! Precisamente es esta la razón por la que ya muy tempranamente no solo se coleccionaban “los hechos y las palabras de los Padres”, sino que se los citaba y (hacía referencia a ellos) una y otra vez. Por otra parte tampoco Benito de Nursia, en Occidente, piensa de manera distinta, cuando en su “mínima Regla para principiantes” remite expresamente a la doctrinae sanctorum Patrum como norma obligatoria a la que deben atenerse quienes desean llegar a la perfección
[23].
El estudio de los santos Padres jamás debe quedar para el cristiano en mera patrología científica que no influencie necesariamente la vida del estudioso. El ejemplo de los santos Padres, sus palabras y hechos son más bien un ejemplo que exige ser imitado. Evagrio no deja de darnos la justificación que sustenta dicha afirmación:

Es conveniente para aquellos que desean seguir el camino del que dijo “Yo soy el camino y la vida”
[24], aprender de aquellos que lo recorrieron antes, dialogando con ellos sobre lo que es útil y oyéndoles lo que ayuda, no introduciendo así algo ajeno a nuestro caminar[25].

No dejarse guiar por el ejemplo de los santos Padres conlleva el peligro de ‘introducir cosas ajenas a nuestro caminar’; cosas, por tanto, “totalmente ajenas a la vida monástica”
[26] porque no fueron “aprobadas” ni “tenidas por buenos” por los “hermanos que nos precedieron por el camino correcto”[27]. ¡Quien obra de esta manera corre el peligro de apartarse del “camino” de los Padres y aun de “llegar a ignorar los caminos de nuestro Redentor”[28], alejándose así del Señor, el ‘Camino’ par excellence!
Al remitirnos a lo que “los hermanos probaron ser lo mejor” se pone en claro que de ningún modo hay por qué imitar todo lo hecho por los Padres, por más “hermoso” que parezca y eso aun si el Padre en cuestión fuera el mismo san Antonio el Grande. Que ninguno se atreva a imitar su práctica ascética tan extremosa si no quiere convertirse en el hazmerreír de los demonios
[29]. Los Padres hacían clara distinción entre el ‘carisma personal’ y la ‘Tradición’. (…)
No alcanza, por lo tanto, con un vago apoyarse en un supuesto “espíritu de los Padres”, - de contornos harto borrosos -, ni tampoco (con) un mero “ponderar con agrado sus hazañas”, dejando, por lo demás, inalterado todo el resto. Hay que aspirar a “imitarlas con gran esfuerzo en la propia vida”
[30] si es que uno quiere mantener la comunión con ellos.
Al permanecer en comunión de vida con lo “que existió desde el principio” el hombre sometido a la limitación del tiempo y del espacio ingresa en el misterio de aquel que libre de toda limitación “es el mismo ayer, hoy y siempre”
[31], es decir, con el Hijo quien está él mismo, en sentido absoluto, “al principio”[32]. Esta comunión, por sobre el tiempo y el espacio, crea continuidad e identidad en medio de un mundo sometido a cambio continuo.
Este permanecer - idéntico - consigo - mismo no lo puede lograr ni el hombre como individuo ni tampoco la Iglesia por si misma. El conservar “la hermosa tradición que hemos recibido” es siempre obra del “Espíritu Santo que habita en nosotros”
[33] dando allí “testimonio del Hijo”[34]. Él es quien no sólo “nos guía hacia la verdad completa”[35], sino aquel que nos permite reconocer con plena confianza, y por encima del tiempo, en el testimonio de los discípulos el del propio Maestro[36].
Bienaventurado el monje que guarda los mandamientos del Señor,
y santo el que observa las palabras de sus Padres
[37]


Equipo de redacción de “En el Desierto"
orthroseneldesierto@gmail.com
Notas:
[1] Ver Lc 1,2.
[2] Mt 19,8.
[3] Gn 2,24.
[4] Mt 15,1-20.
[5] Ver Jn 4,34.
[6] Ver 1 Jn 2,7.
[7] Lc 1,2.
[8] Mc 1,1.
[9] Jn 15,27.
[10] Hch 1,21 s.
[11] 2 Ts 2,15; ver 1 Cor 11,2.
[12] Ga 1,6 ss.
[13] 1 Jn 1,1-4.
[14] Lc 20,38.
[15] Ef 2,20.
[16] 2 Tm 1,14.
[17] Evagrio, Mal. Cog 33 r.l. (P.G. 40, 1240 D).
[18] Basilio, De Spiritu Sancto XVII,66,4 (Pruche). En realidad es cita de XXVII,66,4. Tomamos la traducción de: Basilio de Cesarea, El Espíritu Santo, XXVII,66, p. 218 (Azzali) (nota del traductor).
[19] Tt 3,5.
[20] 2 Tm 1,13.
[21] Evagrio, De Vitiis I (PG 79,1140 B-C); la cita es de I Cor 4,7.8.
[22] Evagrio, Prakticos 91 (González Villanueva - Rubio Sadia, p. 171)
[23] “doctrina de los santos Padres” : Regula Benedicti 73,2.
[24] Jn 14,6.
[25] Evagrio, Epistula 17,1.
[26] Evagrio, Antirrheticus 1,27 (Frankenberg).
[27] Evagrio, Mal. cog. 25 (PG 79, 1229 C).
[28] Evagrio, Mal. cog. 14 (PG 79, 1216 C).
[29] Evagrio, Mal. cog. 25(PG 79, 1229 D).
[30] Evagrio, Ad Eulogium 16 (PG 79, 1113 B).
[31] Hb 13,8.
[32] Jn 1,1.
[33] 2 Tm 1,14.
[34] Jn 15,26.
[35] Jn 16,13.
[36] Ver Lc 10,16.
[37] Evagrio, Ad Monachos 92 (González Villanueva - Rubio Sadia p. 199; y CC MM 36 (1976) p. 104. Traducción propia).

domingo, 9 de mayo de 2010



Breve reseña biográfica de San Pacomio
en el día de su memoria, 9 de Mayo

San Pacomio nació en Egipto, en Esne, en la Alta Tebaida (292- 346). Hijo de padres paganos, durante su servicio militar en el ejército romano, se convirtió al cristianismo y experimentó la llamada al desierto. Recién enrolado, conoció a unos cristianos que se dedicaban a ayudar y consolar a los reclutados contra su voluntad. Impulsado por este testimonio de caridad, se convirtió al cristianismo y prometió dedicarse a ayudar a los demás si lograba librarse del ejército. Poco después fue liberado.
Pacomio se hizo bautizar a los 23 años en Shenesit o Chenoboskion, actual Kar-es-Sayad. Durante los tres años siguientes, vivió un estilo de vida semi- eremítico, como laico, sirviendo a una comunidad.
A los 26 años, fue a golpear a la celda del ermitaño Palamón, con quien entabló este diálogo:
-“¿Qué quieres?”
-“Por favor, haz de mí un monje”.
-“Tú no puedes ser monje. El servicio de Dios no es cosa fácil. Muchos vinieron y no lo soportaron...
Mi ascesis es ruda. En verano, ayuno todos los días; en invierno, sólo como cada tres. Y por la gracia de Dios, no como más que pan y sal. Paso velando, como me lo enseñaron, la mitad de la noche, orando y meditando la Palabra de Dios; a veces, incluso toda la noche...”

-“Confío en que, con la ayuda de Dios y tus oraciones, soportaré todo lo que has dicho”, le respondió Pacomio.
Palamón, convencido de la vocación de Pacomio, lo recibió y durante siete años lo formó como su discípulo, practicando la ascesis anacorética.
Un día, en que Pacomio andaba por el desierto, dio con una aldea abandonada, Tabennesis, y mientras rezaba allí, escuchó una voz:
-“Pacomio, Pacomio, lucha, instálate aquí y construye una morada porque una muchedumbre de hombres vendrán a ti, se harán monjes a tu lado y hallarán la salvación para sus almas”.
Al volver se lo contó a su padre espiritual, quien discernió que aquella era la voz de Dios y le ayudó a construir una celda en ese lugar. Entonces Pacomio llevó una vida eremítica hasta que empezó a llegar la “muchedumbre” anunciada por la Voz, comenzando por su propio hermano mayor, Juan.
Se cuenta que un día, mientras Pacomio trabajaba, se le apareció un ángel que le dijo: “La voluntad de Dios es que te pongas al servicio de los hombres para reconciliarlos con Él”.

Hacia el año 320, fundó el primer cenobio o koinonía en Tabennesis. A éste le siguieron otros ocho, dos de ellos femeninos.
Estas comunidades se basaban en una perfecta organización de la vida comunitaria. San Pacomio supo hacer compatible el espíritu eremítico y las exigencias de una vida en común organizada.
Cada koinonía constaba de una serie de «casas» dispersas en un amplio recinto cerrado por un tapial. En cada una de estas casas, unos veinte monjes vivían con gran independencia, pues cada uno tenía su propia celda individual o para dos personas. Incluso, aunque existían una serie de servicios comunes (cocina, comedor, despensa, biblioteca, etc.), cada monje gozaba de una amplia libertad para asistir a los servicios comunes, rezos, comida, trabajo...
Cada casa tenía un responsable, prepósito o prefecto, y cada tres o cuatro casas se constituía una tribu. Al frente de toda la Comunidad se hallaba un superior ayudado por un «segundo» y un ecónomo responsable de toda la administración económica. A su vez, cada una de las koinonías vivía en dependencia de un superior general, el propio San Pacomio que, a su vez, era ayudado por un ecónomo general.
La organización del trabajo en la comunidad se reglamentaba de manera estricta, pues cada casa estaba especializada en un servicio determinado: una era la responsable de preparar las mesas de los demás, otra de los enfermos, otra de los huéspedes, etc. En cada comunidad aparecen los «semaneros» o «hebdomadarios», cada uno de los cuales era responsable de un servicio general durante una semana.
Cada koinonía se configuraba como una aldea e incluso algunas fuentes las denominan «pueblo», formada por familias agrupadas en casas. El recinto que las rodeaba era un verdadero «témenos» que marcaba esta condición de separación y apartamiento y resalta su condición de lugar sagrado, separado del mundo. Se trataba de verdaderas «repúblicas» independientes plasmadas sobre el modelo de organización de las aldeas egipcias y de la estructura administrativa romana.
La base económica de la koinonía era la tierra, a cuyo trabajo se entregaban los propios monjes. Con el tiempo, los monasterios se convertirían en grandes propietarios de tierras y en unidades económicas independientes. Como actividades y fuentes de ingresos complementarios, trabajaban también en la artesanía, fabricando todo tipo de productos. Las casas agrupaban a los miembros que ejercían un mismo oficio: tejedores, estereros, carpinteros, zapateros, bataneros, sastres, etc. El ecónomo general era el responsable de la administración de todos los fondos y de la comercialización de sus productos que no sólo alcanzaba a las aldeas y ciudades próximas, sino que llegaba incluso a Alejandría.
Los monasterios estaban integrados por gente de las ciudades y aldeas próximas en las que abundaban los desheredados, desarraigados, fugitivos...
Pacomio intentó desarrollar una labor de formación cultural y de alfabetización. El mejor exponente de este afán fue la creación de una biblioteca en cada koinonía y la insistencia en las Reglas de que todos los analfabetos aprendieran a leer. El objetivo, naturalmente, era que todos tuvieran acceso a las Escrituras. La lengua predominante era el copto, que era la del propio San Pacomio, lo que contribuyó enormemente a afirmar en el interior de Egipto la lengua, cultura y tradiciones coptas muy alejadas de las imperantes en Alejandría.
Pacomio tenía como meta formar una comunidad de almas y de bienes según la primitiva Iglesia de Jerusalén. Al decir de Paladio: “Poseyó en grado eminente el espíritu humanitario y de hospitalidad fraterna” (Historia Lausíaca c. 32). Su monaquismo era resueltamente cenobítico y no un noviciado en vistas al desierto. Sin embargo, parece excesivo atribuirle la fundación de la comunidad de vida desde sus orígenes, si bien fue su primer y gran legislador, al punto que su Regla, juntamente con las de san Basilio y san Agustín, serán las Reglas madres de todo el monaquismo posterior.
La koinonía pacomiana ha de ser entendida ante todo como una comunidad organizada, cuyo objetivo es hacer visible el misterio de la presencia de Cristo en medio de un grupo humano. Su centro son la Eucaristía y la meditación de la Sagrada Escritura. De estos dos elementos brotan todos los demás que la identifican con la comunidad apostólica primitiva: oraciones comunes, servicio comunitario, bienes en común, caridad, etc.


San Pacomio, nos llama a reflexionar.

Ciertamente el camino de la santidad no es fácil; la puerta del cielo es estrecha y la vida que proponen los santos es la del camino que conduce al cielo. “…La casa de Dios y la puerta del cielo, como dice Génesis 28, 17…” También es verdad que no son muchas las personas que optan por este camino, y menos en éstos tiempos tan controvertidos y secularizados que desean aniquilar la fe de la Iglesia. Pocas personas piensan en opciones como estas. Sería bueno escuchar el corazón y animarnos a no seguir a la mayoría indiferente, sino a esos pocos que confiados en el auxilio de Dios siguen la llamada de la puerta estrecha.
Elegir el género de vida más seguro y no el más cómodo, es la opción que proponen los santos. Nosotros, ¿en dónde nos encontramos parados?.

Equipo de redacción de “En el desierto”.

viernes, 7 de mayo de 2010

Monjes de la Santa Cruz


Quiénes somos
Siguiendo la voz del Espíritu, un grupo de Hermanos, abrazamos en el corazó
n de la Iglesia y del mundo, el camino del seguimiento del Señor, según el ejemplo de la comunidad apostólica y la tradición primitiva de la vida monástica en las “Lauras”[1] de los desiertos de Palestina y Egipto de los siglos IV y V, como camino cotidiano de oración y vida en común.

Qué ofrecemos
De acuerdo con la índole de nuestra vida, en nuestro Monasterio ofrecerán hospitalidad a los que deseen compartir el silencio y la oración con la comunidad, y a los necesitados de ayuda y consejo. Acogeremos a nuestros hermanos en la oración y para la oración.
En nuestro Monasterio tendremos una especial atención en acoger a los hermanos que sufren, los marginados y olvidados. Estar en el Monasterio tiene que generar una conciencia de solidaridad con el que sufre, tiene que cultivar en el monje una conciencia de solidaridad con el prójimo. Por esto el Monasterio es Iglesia que se hace prójimo.

Cómo vivimos
Dos son los Objetivos que nos mueven.
  • Primero: Lo hemos dejado todo para alcanzar a Aquel que nos ha alcanzado[2].
  • Segundo: vivimos día y noche teniendo ante los ojos a Jesucristo crucificado[3].

Nuestro Libro de Vida y Comunión hunde sus raíces en las Sagradas Escrituras y en los Santos Padres. Nosotros queremos seguir como modelo la forma de vivir de los Santos Padres antiguos, en el desierto de Egipto y Palestina.
Tenemos un Libro de Vida, que es la relectura de los Santos Padres antiguos, particularmente, de las Reglas de nuestro Padre San Pacomio y de la experiencia de nuestro Padre San Antonio, buscando el encuentro entre la vida solitaria y comunitaria.



“Bendito sea nuestro Dios en todo Tiempo,
ahora y siempre y por los siglos de los siglos”.
Amén



Carta a los Monjes de la Santa Cruz
con la que el Padre del Monasterio introduce el Libro de Vida.


Queridos Hermanos:


La gracia y la paz de Dios nuestro Padre, el amor del corazón crucificado de Cristo y la fuerza del Espíritu Santo estén con Ustedes.
Hermanos, nosotros lo hemos dejado todo para alcanzar a quien ya nos ha alcanzado y de esa manera hacer crecer en nuestras vidas la semilla del bautismo, dando gloria y alabanza a la Trinidad Santa. Seguimos el camino de los Santos Padres que transfiguraron el mundo y sus propias vidas con la oración. Para que esto se desarrolle según el designio de Dios necesitamos de una reglamentación que nos ayude a vivir dignamente nuestra vocación.
Yo, indigno siervo del Señor y Padre del Monasterio les presento este compendio de Regla de San Pacomio y Libro de Vida y Comunión que expresan, el proyecto de vida de los Monjes de la Santa Cruz. Los creo inspirados por el Espíritu Santo al tiempo que hunden sus raíces en la Palabra de Dios y en la sabiduría de quienes fueron padres de monjes y en la tradición de la Santa Iglesia de Dios, nuestra Madre.
Dios nuestro Padre nos ofrece estos escritos como camino y medio de santificación, en ellos se expresa y se define el llamado al desierto de la Cruz, en el silencio y la soledad con Dios, opción que parte del corazón libre de los que elegidos por Dios, cotidianamente le decimos que s
í.
El Libro de Vida y Comunión nos hablan del espíritu de nuestra opción que tiene como anticipo y sustento la tradición de los Santos Padres, y trata de expresar, el llamado que Dios nos hace a seguirlo por el desierto del monacato.
Hermanos amados, mientras escribo esto, que recojo como a los frutos de mi experiencia orante y contemplativa, no puedo evitar sentir mi indignidad, limite y pecado, al mismo tiempo me siento inundado por la presencia del Santo Espíritu que me impulsa a compartirles este don de Dios.
Los invito a reflexionar de manera orante estos escritos, en los que se nos trazan las huellas de nuestro camino monástico, como forma de vida en el seguimiento del Señor por la senda de los consejos evangélicos, para que sea en nosotros experiencia viva que genere vida y frutos de santidad para gloria de Dios y edificación de la Iglesia.
“Dios es amor” (Cf. 1Jn 4, 8) y el monasterio tiene que ser morada del Espíritu Santo en donde los monjes, cada uno de nosotros, siguiendo a Cristo Crucificado, anhelemos y nos esforcemos por ser discípulos de éste amor. No somos maestros, en el monasterio que es escuela donde se aprende a vivir de y para sólo Dios, el único modelo que se transforma en maestro es Cristo Jesús quien nos lleva a un conocimiento profundo de nosotros mismos como espacio de conversión. La espiritualidad que nos enseñan los Santos Padres es una espiritualidad de lo profundo, desde el interior del corazón de cada uno de nosotros. Nos indican que hemos de iniciar por nosotros mismos y por nuestras pasiones. El camino hacia Dios, según los Santos Padres, está basado en el propio conocimiento. Evagrio Pontico lo formula así: “¿Quieres conocer a Dios? aprende antes a conocerte a ti mismo”. Este camino es necesario para no crearnos “un dios” a nuestra medida.
Caminar hacia Dios es caminar hacia el amor que engendra amor y nosotros sabemos que esto es posible, y con María la Madre de Dios aprendemos esto en la escuela de la Cruz. Sí, somos una comunidad que ora al pie de la Cruz junto a María la Madre y orando aprendemos la disciplina del amor y adquirimos la certeza de que en medio de la lucha de nuestra vida no estamos solos y estamos colmados de gozo y alegría, ya que Cristo está con nosotros. Es nuestro Maestro quien soporta todo el peso de la cruz, a nosotros nos deja una mínima parte, es Él quien lleva nuestros dolores.
Como Monjes de la Santa Cruz, estamos llamados a entregarnos libremente y por amor a Dios. “Nosotros podemos amar porque Él nos amó primero” (Cf. 1Jn 4, 19).
Con nuestra vida escondida en oración, silencio y soledad buscamos con gran dedicación la pureza del corazón abandonándonos en las manos del Padre Celeste, para poder ser monjes según su corazón. Viviendo en fidelidad nuestra vocación clamamos: “Que venga tu reino…” (Cf. Mt 6, 10), para “que todos sean uno, como el Padre y Cristo lo son” (Cf. Jn 12, 21).
En medio de nuestro mundo perturbado, nosotros, como Monjes de la Santa Cruz, como solitarios que vivimos juntos a la manera de compañeros de camino, damos testimonio de la supremacía de Dios, que es el Único que puede satisfacer nuestro deseo de verdad y de amor. Por esto busquemos sólo a Él en fidelidad a sus mandamientos.
Nuestra vocación de soledad y separación del mundo, de oración incesante y de penitencia en unión con Cristo participa de la conversión del Cuerpo de Cristo es decir de la Iglesia. Es por esto que en su Espíritu y por su Espíritu nosotros entramos en el desierto del Monasterio de los Monjes de la Santa Cruz con todo nuestro ser, y será en su gracia que podremos vivir plenamente nuestra vocación.
Oremos para que nuestro Monasterio sea un lugar de paz, amor y felicidad, donde el Dios de la esperanza, como dice San Pablo, nos colme de alegría y paz en la fe. (Cf. Rom 15, 13)
Pueda la Madre de Dios y Madre nuestra María Santísima, orante al pie de la Cruz, contemplativa en el Calvario, Reina de los Monjes de la Santa Cruz, interceder siempre por nosotros.
En la paz del Cristo en Cruz los bendigo de corazón.


P. Juan Bautista de la Santa Cruz, MSC


“Cuando sea levantado de la tierra
atraeré a mí a todos los hombres” (Jn 12, 32)


“Lo he dejado todo para alcanzar
a Aquel que me ha alcanzado” (Fil. 3, 12)





Monje

“No tenemos aquí ciudad permanente, sino que vamos buscando la futura” (Hb. 13, 14)

1. Introducción: Un libro de vida y Comunión
Nuestro Santo Padre Pacomio, ha escrito una regla
[4] para “cenobitas”, es decir monjes que viven juntos en una comunidad, indicando que el espíritu que mueve esto es el de compañeros de camino, para nosotros esto ilumina el espíritu de las “Lauras”[5]. Desde esta perspectiva podemos definirnos como solitarios que caminamos juntos, buscando alcanzar la gracia de ser “hombres de Dios” (anthopoi tou Theou) [6], es decir de alcanzar la divinización por la gracia y la misericordia del Altísimo.
Ciertamente Pacomio, no regula la vida de una comunidad mixta, es decir que contempla la vida de soledad eremítica y la vida de comunión fraterna. Sabemos que la RP, no es solamente un conjunto de prescripciones para la vida cotidiana de la koinonía, sino que es sobre todo un compendio de rica doctrina espiritual, fruto de cuanto Pacomio ha vivido, en relación con la tradición y con las Sagradas Escrituras.
Dos son los Objetivos que nos mueven en nuestra búsqueda de seguimiento del Señor. Primero: Lo hemos dejado todo para alcanzar a Aquel que nos ha alcanzado
[7]. Segundo: vivimos día y noche teniendo ante los ojos a Jesucristo crucificado[8].
Nuestro libro de vida y comunión hunde sus raíces en las Sagradas Escrituras y en los Santos Padre. Las Sagradas Escrituras son norma común de todos los cristianos, sea cual fuere la forma de vida que hayan elegido, y nuestro principal alimento y pedagogo.
Nosotros queremos seguir como modelo la forma de vivir de los Santos Padres antiguos, en el desierto de Egipto, Palestina y en Escete. Si bien en estos lugares vivían ermitaños completamente solos y casi sin ningún contacto con otras personas, el mayor número de monjes vivía en un monasterio con una regla y un Padre.
No obstante, determinante no era vivir juntos, sino caminar juntos, desde acá el nombre de “compañeros de viaje”, que recibía la comunidad. De hecho tenían en común el “camino del monacato” con sus medios de ascesis y de vida espiritual; y común era también la obediencia a los “Santos Padres” que con la palabra y con las obras habían precedido a estos “compañeros de camino”.
“Comienza por liberarte de todas las ataduras externas y después podrás atar tu corazón y alma a Dios. Es necesario tomar distancia de la materia y del mundo para poder unirse a Dios”
[9]
Un libro de vida, el nuestro, es la relectura de los Santos Padres Antiguos, particularmente, como ya lo hemos dicho de las Regla de nuestro Padre San Pacomio y la experiencia de nuestro Padre San Antonio, buscando el encuentro entre la vida solitaria y comunitaria.
De la organización de la Koinonia Pacomiana, en su estilo de vida de trabajo y litúrgica, en su organización interna que se diferencia de la vida netamente solitaria como la de nuestro Padre San Antonio. Nos iluminan la jerarquía de los trabajos, de las oraciones y de la relación de los monjes entre si y con el Padre del Monasterio. De las Reglas Pacomianas sacamos la fuerza espiritual que nos introduce y une a una tradición y en ella a la Iglesia.
Como hemos indicado, seguimos a los Santos Padres de las “Lauras”, tratando de reproducir una vida de Kellíon, encontrándonos en algunos momentos del día para orar y o trabajar juntos y el resto en la soledad de la ermita, del Kellión.
Nuestros Estatutos y este Libro de Vida y Comunión, no tienen la pretensión de fijar todo de una vez para siempre, pero quieren que la vida de los Santos Padres en toda su seriedad sea cercana, asequible, y al alcance del hombre de hoy.
Será la ocupación del Padre del Monasterio, como representante de toda la tradición, quien trasmitirá esta riqueza a sus hermanos. Para esto el mismo tiene que caminar por las pisadas de los Santos Padres, y con su vida ejemplar será una regla viviente. No podrá nunca pedir lo que no viva.
2. Monje: ¿Quién es monjes?
Es quien vive en un monasterio, nutriéndose del silencio y de la soledad, como espacios de encuentro: “El silencio es el misterio del siglo fututo”
[10]
Es aquel que noche y día está unido en diálogo con Dios y piensa sólo a las cosas de Dios.
Para San Macario el grande, monje es aquél que está orientado únicamente a las cosas de Dios, por lo cual está unificado interiormente y es llamado amigo de Dios.
Nosotros que vivimos esta tensión de soledad – comunión sabemos que estos dos aspectos de nuestra vida tienen en común buscar siempre la Voluntad de Dios. Común es la meta que hemos de alcanzar como común es igualmente la dificultad del camino a recorrer.
“Es bueno que el hombre sea dócil desde su juventud, que esté solo y silencioso”
[11].
En nuestros monasterios de la Santa Cruz intentamos llevar una “vida intermedia, mixta”, solitarios que vivimos juntos, cada uno en su Kellión.
De los Cenobitas asumimos el binomio Regla – Padre, en un número pequeños de hermanos, siete es el número ideal, a estos hermanos nosotros los llamamos monjes. Para esto nuestro Padre y modelo es San Pacomio.
De los Ermitaños, tomamos el Kellión, que será nuestro monasterio y el camino retirado del desierto, entendido como un lugar de soledad pero no de aislamiento total.
La soledad está destinada a custodiar el silencio y la paz. “La paz perfecta del silencio es madre de oración y espera”
[12], nuevamente Isaac el Sirio nos dice: “La boca del silencioso puede hablar de Dios, pero el que mucho habla se aleja de su creador”[13].
En nuestros monasterios – Kellión, vivirán una pequeña comunidad de “compañeros de viaje”, compuesta por no más de siete hermanos – monjes, pudiendo llegar a doce en vista a una fundación. Estos hermanos estarán animados por el mismo espíritu, siguiendo la misma Regla, que es la R. P., que viene completada con los Estatutos y éste Libro de Vida y Comunión. Todo esto bajo la guía de un Padre que nosotros llamamos Padre del Monasterio.
Cada monje vive en su Kellión, que le haces las veces de monasterio, en donde sirve a Dios con la oración y el trabajo. La presencia silenciosa de los hermanos, nos serán de gran ayuda y consuelo, y las necesidades de la comunidad nos darán la ocasión oportuna para servir a Dios en los hermanos. La soledad del monasterio y la pobreza comunitaria permitirá al Monje vivir en la simplicidad evangélica, confiando totalmente en la divina providencia.

Gracias por escucharnos, seguiremos compartiéndoles nuestra vida.

Los Monjes.

Notas:
[1] Lauras: colonia de solitarios, ermitaños, según la antigua terminología del desierto de Palestina y Egipto del siglo IV y V. Este término viene del griego y significa camino, estos caminos unían las celdas de los solitarios entre sí, alrededor de una iglesia y de los lugares y edificios comunes para la vida comunitaria.
[2] Cfr. Fil 3, 12.
[3] Cfr. Gal 8, 1.
[4] Regla de San Pacomio (RP).
[5] “Lauras” igual a camino. Ver articulo 1 del primer capitulo de los estatutos de los Monjes de la Santa Cruz.
[6] Es el apelativo que Atanasio da a su héroe Antonio. Para la teología de Atanasio la perfección Cristiana consiste en la divinización del hombre, según su célebre fórmula: “el Verbo de Dios se hizo hombre, para que aprendas de un pobre cómo el hombre puede hacerse Dios”. Cfr. Contra Arianos 3,19, PG 26, 361c.
[7] Cfr. Fil 3, 12.
[8] Cfr. Gal 8, 1.
[9] Cfr. Isaac el Sirio, sermón 4.
[10] Cfr. Isaac el Sirio epístola 3.
[11] Cfr. Lam 3, 27b – 28ª.
[12] Cfr. San Juan Clímaco, “Escala paraíso” 11, 3
[13] Cfr. Sermón 43, 1.