martes, 22 de junio de 2010

(Les seguimos compartiendo extractos del Libro de Vida y Comunión de los Monjes de la Santa Cruz)
Cómo celebrar el Oficio del Domingo
Siguiendo el uso y la tradición de los Santos Padres del desierto, también nosotros pondremos una atención especial al domingo y a todas las grandes fiestas del Señor y a aquellas que estén en nuestro typicon1.
Celebramos juntos y solemnemente no sólo la Santa Misa, sino también las vísperas de la tarde anterior (primeras Vísperas) y el oficio nocturno adelantado a la media noche y por la mañana del Domingo o del día de la fiesta u solemnidad celebramos el Orthros2.
Los hermanos se reúnen a la hora establecida para las Vísperas, sea aquellas que se celebra en la soledad del Kellión, como la que celebran juntos en la capilla del monasterio. El Padre del Monasterio, según antigua tradición, asigna a cada hermano los salmos a cantar, teniendo en cuenta que lo hagan aquellos que edifiquen a la comunidad, y lo harán, cada hermano desde el ambón del coro, se cantan con los tonos acostumbrados los doce salmos, de manera lenta y clara, los lectores – cantores, no serán más de tres al máximo cuatro. Los demás hermanos como el resto de la gente que asiste al oficio común de la comunidad, tomaran su lugar, los monjes en el coro y los fieles en la parte de la capilla destinada para ellos, y podrán seguir el oficio sentados, de pie o de rodillas, cada uno según lo crea mejor. Durante la salmodia se pueden venerar los Santos Iconos. El padre del Monasterio, o el monje sacerdote que preside la celebración estará delante del altar mirando el Icono de la Trinidad.
Equipo redactor de "En el desierto"
Notas:
1-Ordo propio.
2- Oración de la mañana, como Laúdes.

viernes, 18 de junio de 2010

(Continuamos compartiendo algunos para parágrafos del Capítulo Cuarto del libro del Padre Gabriel Bunge, sobre la Vigilancia “Vasos de Barro”, Primera parte)

“Feliz el que esté en vela” (Ap 16,15)
El hombre moderno está acostumbrado a mirar la noche como tiempo de un bien ganado reposo. Si a pesar de todo queda voluntariamente en pie, será o porque su trabajo lo exige o para festejar o cosas por el estilo. Ciertamente que el hombre bíblico y los Padres dormían como cualquier persona, pero la noche era para ellos un tiempo privilegiado de oración.
Cuántas veces se habla en los salmos que el orante “medita” la ley del Señor no sólo de día sino también de noche1, que extiende de noche sus manos hacia Dios2, que se “levanta a medianoche, para alabar a Dios por sus justos juicios”3 ... Como ya vimos, también Cristo tenía la costumbre de “pasar la noche en oración con Dios”4, o “temprano cuando todavía estaba oscuro, ir a lugares desiertos para orar”5.
Por eso el Señor exhorta insistentemente a sus discípulos “a velar y orar”6, dando una nueva razón para ello: “ustedes no conocen la hora de la venida del Hijo del hombre”7, ya que debilitados por el sueño “podrían caer en tentación”8.
Igualmente el Apóstol exhorta insistentemente a “perseverar en oración dando gracias”9, -ya que él, según propio testimonio “veló durante muchas noches”10- . Ciertamente que no es en última instancia que el cristiano se distingue de los soñolientos hijos de este mundo por su velar de noche en oración:
Pero ustedes, hermanos, no viven en la oscuridad,
para que ese Día (del retorno del Señor)
los sorprenda como ladrón,
pues todos ustedes son hijos de la luz e hijos del día.
¡Nosotros no somos de la noche ni de las tinieblas!
Así, pues, no durmamos como los demás,
sino velemos y seamos sobrios.
Pues los que duermen de noche duermen
y los que se embriagan, de noche se embriagan.
Nosotros, por el contrario, que somos del día,
seamos sobrios... 11.
La primitiva Iglesia tomó de inmediato muy a pecho el ejemplo de Cristo y de los Apóstoles llevando a la práctica sus exhortaciones. La vigilia pertenece a las costumbres más antiguas de la primera Iglesia:
Vigilen sobre sus vidas. Que sus lámparas no se apaguen12 y que sus cinturas permanezcan ceñidas13, estén preparados. Pues ustedes no saben la hora en la que vendrá nuestro Señor14.

El auténtico cristiano se asemeja al soldado. La oración es la “coraza de la fe”, como también “su arma defensiva y agresiva contra el enemigo que acecha alrededor nuestro”. Gracias a eso “jamás anda por ahí desarmado”:
¡Durante el día no dejamos nuestro puesto de centinela, en el transcurso de la noche no cesamos de estar en guardia (velando)! Provistos con el arma de la oración preservamos la divisa de guerra del jefe de nuestro ejército, mientras orando aguardamos que el ángel haga resonar la trompeta. 15
Este “rasgo escatológico” de la espera del retorno del Señor pasó de los primeros cristianos, - quienes veían su fe puesta a prueba en medio de las sangrientas persecuciones que debían soportar -, a los monjes, quienes se consideraban a sí mismos sucesores de aquellos (primeros) “soldados de Cristo”:
Se los puede ver (viviendo) desperdigados por los desiertos, (donde ellos) cual auténticos hijos del Padre, aguardan a Cristo, o como un ejército a su Rey, o como una noble servidumbre doméstica a su Señor y Liberador. Entre ellos nadie gasta su tiempo (pensando) en alimentos o vestidos, sino que mientras (cantan) himnos16 sólo aguardan la venida de Cristo17.

Como no perdían jamás de vista tal meta, hasta ordenaban desde tal punto de vista el desarrollo y el uso del tiempo de cada día:
En lo que se refiere al descanso nocturno, tú reza durante dos horas desde el atardecer, contadas a partir de la puesta del sol18. Y después de haber alabado (a Dios), duerme seis horas19. Álzate luego para las Vigilias nocturnas y pasa las restantes cuatro horas (en oración hasta la salida del sol)20. En el verano sigue (idéntica) observancia; pero con (el rezo de) menos salmos por la brevedad de las noches21.

En aquellos tiempos no se usaban relojes de precisión para medir el tiempo, - ¡ni siquiera existían! -, sino que lo medían a través de los versículos de salmos recitados en una hora, pues por experiencia se sabía cuántos debían ser22. Seis horas de sueño, la mitad de la noche23 son un lapso harto prudente. El levantarse durante la noche requiere un cierto esfuerzo de voluntad. No hay que maravillarse entonces que el fervor inicial corriera peligro de ir disminuyendo con el tiempo, también entre los clérigos. Es por eso mismo que Nilo de Ancyra le exhorta enfáticamente al diácono Jórdán:
Sabiendo que Cristo, el Todopoderoso, queriendo enseñarnos a vigilar y a rezar lo hizo (él mismo) “pasando toda la noche en oración”24, y que también “Pablo y Silas glorificaban a Dios a medianoche”25, y que el profeta (David) dice: “a medianoche me levanté para alabar tus justos mandamientos”26, ¡me sorprende cómo tú, que te la pasas durmiendo y roncando la noche entera, no seas condenado por tu propia conciencia! Decídete también tú a tomar la resolución de sacudirte el sueño mortal a fin de poderte dedicar, sin apatía ninguna, a la oración y a la salmodia27.


Notas:
1-Sal 1,2.
2-Sal 76,3; 133,2.
3-Sal 118,62.
4-Lc 6,12.
5-Mc 1,35.
6-Mc 14,38; ver Lc 21,36.
7-Mc 13,33 y pars.
8-Ver Mt 26,46 y pars..
9-Col 4,2; ver Ef 6,18.
10-2 Co 6,5; 11,27.
11-1 Ts 5,4 y ss.
12-Ver Mt 25,8.
13-Lc 12,35.
14-Didajé 16,1. La referencia última es a Mt 24,42. 44.
15-Tertuliano, De Oratione 29.
16-Ver Ef 5,19.
17-Historia Monachorum in Aegypto, prólogo 7 (Festugière).
18-Es decir aproximadamente entre las 18 y las 20 horas.
19-Desde las 20 hasta las 02 de la madrugada.
20-Desde las 02 hasta las 06 de la madrugada.
21-Barsanufio y Juan, Epistula 146.
22-Ibid. Epistula 147.
23-Ibid. Epistula 158. En el desierto de Escete se acostumbraba a dormir durante un tercio de la noche, es decir 4 horas,. Ver Evagrio, Vita D (con la correspondiente nota).
24-Lc 6,12.
25-Hch 16,25.
26-Sal 118,62.
27-Nilo d Ancyra, Epistula III,127 (PG 79,444 A).

miércoles, 16 de junio de 2010

Dialogando con Padre Simeón, aclaramos que este es el nombre de fantasía que utilizamos para mantener la privacidad de nuestro Abba, para comunicarse con el Padre se ha de hacer a través de este Blog.
Padre Simeón: ¿Cómo podemos saber si estamos en la Voluntad de Dios?

Primera Parte
Siguiendo lo indicado por el gran Padre Silvano del Monte Athos yo iniciaría diciendo que es un gran bien el abandonarse a la voluntad de Dios. Entonces, sólo el Señor está en el alma; no entra allí ningún otro pensamiento. La oración se vuelve pura, y el corazón experimenta el amor de Dios, aun cuando el cuerpo estuviera sufriendo. Cuando un alma se abandona enteramente a la voluntad de Dios, el Señor comienza a guiarla. El alma es entonces directamente instruida por Dios, mientras que en otros tiempos lo estaba por maestros y por las Escrituras. Pero es raro que el Maestro del alma sea el mismo Señor, y que Él la instruya por la gracia del Espíritu Santo. Poco numerosos son aquellos que lo experimentan: únicamente los que viven según la voluntad de Dios.
El hombre orgulloso no quiere vivir según la voluntad de Dios; porque le gusta dirigirse él mismo. No comprende que no puede dirigirse él mismo por su sola razón, olvidándose de Dios. Yo también, cuando vivía en el mundo y no conocía al Señor y a su Espíritu Santo, no sabía cuánto nos ama, y confiaba en mi propia razón. Pero cuando, por el Espíritu Santo, conocí a nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, mi alma se abandonó a Dios. Y desde entonces, acepto todas las pruebas que me llegan y digo: "El Señor me ve; ¿qué he de temer?" Pero, en otros tiempos, no podía vivir así.
Para aquél que se ha abandonado a la voluntad de Dios, le es mucho más fácil vivir, porque hasta en la enfermedad, en la pobreza y en la persecución piensa: "Eso gusta a Dios; y yo debo soportarlo a causa de mis pecados".
Hace muchos años que sufro dolores de cabeza, difíciles de soportar. Pero eso me hace bien, porque, por la enfermedad, el alma se vuelve humilde. Mi alma tiene un deseo ardiente de orar y velar, pero la enfermedad me lo impide, pues el cuerpo enfermo tiene necesidad de calma y reposo. He rogado mucho al Señor para que me cure, pero el Señor no ha escuchado mi plegaria. Es el signo de que esto no me sería útil.
Esto me sucedió una vez, cuando el Señor me escuchó rápidamente y me salvó. Un día de fiesta, servían pescado en el refectorio. Comiendo, tragué una espina que quedó prendida profundamente a mi garganta. Invoqué a San Pantaleón, pidiéndole que me curara, porque los médicos no pueden extraer una espina del pecho. Y en el momento en que pronunciaba la palabra "cúrame", recibí en el alma la respuesta: "sal del refectorio, respira profundamente y la espina saldrá con sangre." Así lo hice; salí, respiré profundamente, tosí y una espina grande salió con sangre. Entonces comprendí que si el Señor no cura mis dolores de cabeza, significa que me es útil sufrir así.
Lo más preciado en el mundo es conocer a Dios y comprender, por lo menos parcialmente, su voluntad. El alma que ha conocido a Dios debe abandonarse totalmente a la voluntad de Dios, y vivir ante Él en el temor y el amor. En el amor, porque el Señor es amor. En el temor, porque hay que cuidar de no ofender a Dios con algún mal pensamiento. Cuando la gracia está con nosotros, ella fortifica nuestro espíritu; pero cuando la perdemos, descubrimos nuestra debilidad. Vemos que, sin Dios, ni siquiera llegamos a tener un buen pensamiento.
Veamos un indicio: si la privación de alguna cosa te aflige, es porque no te encuentras enteramente abandonado a la voluntad de Dios, teniendo quizás la impresión de vivir según su voluntad.
Aquél que vive según la voluntad de Dios no se preocupa por nada. Y si tiene necesidad de alguna cosa, confía su persona, así como esa cosa, en las manos de Dios. Y si no obtiene lo que necesita, permanece tranquilo, como si la tuviera.
El hombre que se ha abandonado a la voluntad de Dios no teme nada: ni la tormenta, ni a los bandidos, ni a nada. Y ante cualquier cosa que pase, él se dice: "Esto le gusta a Dios". Si está enfermo, piensa: "¡Es el signo de que esta enfermedad me es necesaria, sino Dios no me la hubiera enviado!"
Es así como se mantiene la paz en el alma y en el cuerpo.
Aquél que se preocupa por sí mismo, no puede abandonarse a la voluntad de Dios de tal manera que su alma encuentre la paz en Dios. Pero el alma humilde se abandona a la voluntad de Dios y vive delante de Él en el temor y en el amor. En el temor: para no ofender a Dios en nada; en el amor: porque el alma sabe cuánto el Señor nos ama.
La mejor obra es abandonarse a la voluntad de Dios y soportar las pruebas con esperanza. El Señor, viviendo nuestras penas, jamás nos cargará más allá de nuestras fuerzas. Si nuestros sufrimientos nos parecen demasiado pesados, es el signo de que no nos hemos abandonado a la voluntad de Dios.
El alma que se ha abandonado enteramente a la voluntad de Dios, encuentra el reposo en Él, porque sabe, por la experiencia y por las Sagradas Escrituras, que el Señor nos ama y vela sobre nuestras almas, haciendo revivir todo por su gracia en la paz y en el amor. Aquél que se ha abandonado a la voluntad de Dios no se aflige por nada, aunque estuviera enfermo, pobre y perseguido. El alma sabe que el Señor cuida de nosotros con ternura. El Espíritu Santo atestigua las obras divinas y el alma Lo conoce. Pero los hombres orgullosos y desobedientes no quieren abandonarse a la voluntad de Dios, pues les gusta realizar su propia voluntad, lo que es pernicioso para el alma.

jueves, 10 de junio de 2010

(Les seguimos compartiendo extractos del Libro de Vida y Comunión de los Monjes de la Santa Cruz)

El oficio divino en la noche
En la antigüedad la vida de los hombres estaba profundamente relacionada con el ritmo de la naturaleza, marcado por el sol y por la luna. El hombre de nuestro tiempo se ha alejado de estas condiciones naturales gracias a la técnica y sus invenciones, como el reloj, la electricidad, etc. Nosotros como hombres de nuestro tiempo, dependemos de estos factores, no obstante intentamos mantener el significado profundo y simbólico del ritmo antiguo de la jornada monástica, que se orienta a la luz del sol.
La oración presentada en la Regla de Pacomio, está pensada para un cenobio, no para una estructura como la nuestra, que ora gran parte de la liturgia en la soledad del Kellión.
Nosotros retomamos la tradición antigua de los Santos Padres del desierto que instruidos por un ángel, conocían solamente dos oficios: las Vigilias y las Vísperas compuestos cada uno por doce salmos y doce oraciones sálmicas.
Los monjes se levantan en nuestros monasterios de la Santa Cruz a las 4:00 es decir en la cuarta vigilia nocturna, antes de que salga el sol. Después de haberse ocupado de las necesidades personales, cada monje en su Kellión, celebra el oficio de Vigilia, seguido de la lectio divina, salmodia y oración, lectura y meditación ocupan la vida del monje que espera que salga el “Sol de Justicia”, Cristo, nuestro Dios. De hecho el monje es un siervo que espera, libre de toda preocupación terrena con cantos e himnos el regreso de Cristo.
A las 7:15 celebran cada día, juntos en la capilla del monasterio, con gran reverencia los santos Misterios Eucarísticos como alabanza eterna y por la salvación de vivos y difuntos.
Cada uno se mueve a su ritmo con el tiempo necesario para estar en la capilla veinte minutos antes del comienzo de la Santa Misa y se dispone al Santo Sacrificio, repitiendo el Santo Nombre de Jesús, terminada la Santa Misa la comunidad permanece silenciosamente por espacio de treinta minutos en acción de gracias en la Capilla, este tiempo termina con el toque y rezo de Ángelus a María Santísima. Luego cada monje se retira a su Kellión y a las actividades comunes o personales.
El monje entre la Vigilia y la Lectio toma un frugal desayuno, té, mate etc. con pan o lo que haya en la cocina para todos, en los días que no se hace ayuno, que solamente se tomará algo líquido.
La mañana de 8:30 a 12:45 el monje se dedica al trabajo sea en la soledad del Kellión o en los lugares comunes, según venga dispuesto por el Padre del Monasterio.
El trabajo se interrumpe a las 10:00 de la mañana para el rezo de tercia, la oración se eleva de manera silenciosa en donde se encuentre cada monje.
A las 12:00 el hermano encargado toca el Ángelus y los monjes dejan sus trabajos y se dirigen a sus Kellión en donde se higienizan y rezan la hora sexta, luego buscan por la cocina la vianda con el almuerzo, que se consumirá en soledad acompañado de una buena lectura que ha de procurar siempre el Padre del Monasterio o el Maestro de Novicios por delegación del Padre del Monasterio para los hermanos novicios.
Cuide y cultive siempre el monje el silencio y el recogimiento con todo fervor, atención y devoción teniendo su espíritu siempre en oración, como lo recomienda Juan de Gaza, para poder mantener esta gracia siempre y a lo largo de toda la jornada y conseguir finamente por la misericordia de Dios el don de la oración continua. También nos puede iluminar lo que dice el Santo Abad Santiago: “Una vez fui a visitar al Abad Isidoro, lo encontré sentado y escribiendo. Permanecí junto a él un poco y lo observé y vi que cada tanto el Santo Padre levantaba los ojos al cielo sin mover los labios y sin sentir ninguna voz. Le pregunté ¿qué haces Padre mío? El me respondió ¿no sabes lo que hago? No, absolutamente Padre, le dije. El me respondió, si no lo sabes, Santiago quiere decir que no fuiste nunca monje, ni siquiera por un día. Escucha lo que digo: Jesús, ayúdame. Señor mío te bendigo. De esto se trata hermanos, de vivir en la Santa presencia de Dios, es decir en el santo temor del Señor que es unión de amor.


a) Cuántos salmos se han de decir en las Vigilias
Tomamos los salmos uno después del otro, sin omisión - lectio continua – aquellos más largos los dividimos según el sentido y las partes que resulten los cantamos como salmos completos.
Cada salmo es cantado lentamente y con mucha atención y termina con el aleluya, se sigue con la oración silenciosa, en la cual con palabras inspiradas por los salmos presentamos a Dios nuestras intenciones. Estas oraciones terminan con un gloria y una postración delante de los Santos Iconos y de la Santa Cruz sobre la cual nuestro Señor está misteriosamente presente, luego se pasa al salmo siguiente. El décimo segundo salmo es siempre uno de esos aleluiáticos (112; 145; 150), cambiando cada día. Al llegar a la oración salmica número doce, cada monje en el silencio orante de su Kellión pide a Dios que acepte con amor y misericordia este sacrificio de alabanza para su gloria y gloria de su Santo Nombre, por el bien de cada uno y de toda su Santa Iglesia. Oramos esperando que salga Cristo el Sol de justicia.


Equipo de Redacción "En el Desierto"
orthroseneldesierto@gmail.com

viernes, 4 de junio de 2010

(Continuamos compartiendo algunos para parágrafos del Capítulo 2 del libro del Padre Gabriel Bunge, “Vasos de Barro”, tercera parte)
3. “Siete veces al día te alabo” (Sal 118,164)
En esta tierra el ser humano está sujeto al tiempo y al espacio. Es por ello que la “elección del tiempo adecuado” para rezar no es menos importante que la elección del lugar, como ya lo constataba Orígenes.
Experimentamos el tiempo como sucesión ordenada del sol y de la luna según un ritmo determinado. Algunas de estas sucesiones se repiten cíclicamente. Desde un punto de vista global el tiempo en nuestra vida avanza linealmente hacia una meta. Es por eso que uno de los secretos de la vida espiritual consiste en una rítmica regularidad que se adapte a la cadencia de nuestra vida. En este terreno todo ocurre como para el aprendizaje de cualquier oficio, - o de cualquier arte -, para lo cual no basta, por ejemplo, tocar de vez en cuando las teclas de algún piano para llegar a ser un eximio pianista. “La práctica es lo que logra la maestría”, - igualmente en el caso de la oración. Un “cristiano práctico”, en el sentido que le dan los santos Padres, no es una persona que con mayor o menor fidelidad cumple sus obligaciones dominicales, sino aquel que a lo largo de toda su vida reza cada día, ¡más aun varias veces al día!; es decir alguien que practica con regularidad su fe, del mismo modo que ejercita con regularidad las funciones necesarias a la vida, - comer, dormir, respirar... -. Únicamente así su “quehacer espiritual” adquirirá aquella connaturalidad que para las funciones nombradas se da por descontada.
Para el hombre bíblico era evidente la necesidad de practicar la oración personal con toda regularidad como también la de participar en la oración comunitaria. Daniel doblaba tres veces por día sus rodillas para rezarle a Dios vuelto hacia Jerusalén ya que se hallaba en el exilio babilónico1 . Esta era sin duda la costumbre de todo judío piadoso. Los salmos están llenos de alusiones correspondientes (a dicha costumbre). Las horas preferidas para orar eran evidentemente temprano a la mañana 2, por la tarde3 o bien por la noche4 es decir los momentos más apacibles de la jornada. Como vimos estos eran justamente los momentos en los que Cristo prefería retirarse a la soledad para orar.
El hecho de orar tres veces por día, es decir por la mañana, al mediodía, en la tarde5 ,- vale decir a las horas de Tercia, Sexta y Nona -, era una costumbre fijada ya en tiempos del cristianismo primitivo 6. Los antiguos Padres derivan esta costumbre de los Apóstoles mismos, quienes sin duda simplemente se mantuvieron fieles a la costumbre judía como nos lo demuestra el ejemplo de Daniel. Es así que Tertuliano escribe aproximadamente entre los años 200 y 206:
Respecto a los momentos de oración nada se nos prescribe, a no ser el “orar siempre” 7, y “en todo lugar” 8.
Tertuliano, después de aclarar en qué sentido quiere se entienda aquello de “en todo lugar”, - lo explica por el lado del decoro o necesidad -, para así no caer en contradicción con lo expresado en Mt 6,5, y luego continúa escribiendo:
Respecto a los tiempos (señalados para orar) no es superfluo observar ciertos horarios, precisamente aquellas horas comunitarias que señalan los momentos más importantes del día, como las (horas) de Tercia, Sexta y Nona que también en la Escritura se nombran como las más destacadas. Cerca de la hora de Tercia el Espíritu Santo fue derramado por primera vez sobre los discípulos reunidos 9. Era la hora Sexta cuando Pedro, al subir a la azotea para rezar, tuvo la visión de la comunión (entre judíos y paganos 10. Y fue en la hora de Nona cuando el mismo Pedro, subiendo con Juan al Templo, le devolvió la salud al paralítico11.
Aunque Tertuliano no ve en esta costumbre apostólica una prescripción obligatoria, tiene sin embargo por muy adecuado darle forma y solidez a la oración mediante el rezo en los tres momentos arriba señalados. “Prescindiendo, naturalmente, de las oraciones obligatorias, de las que aunque nadie nos exhorte somos deudores los cristianos de hacerlas al inicio del día y de la noche”, deberíamos rezar “no menos de al menos” tres veces por día, - como deudores de las tres divinas Personas: del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”12. Con lo que tendríamos cinco momentos de oración diarios, como aquellos a los que todavía hoy se atienen los discípulos de Mahoma.
El uso de una frase como “no menos de al menos” ya insinúa que el sentido de esos momentos fijos de oración no puede ser el de únicamente rezar a esas horas, ya se trate de hacerlo sólo por la mañana y por la tarde, ya cinco veces, ya “siete veces por día”13 como se hará costumbre más tarde.
Si algunos dedican horas fijas a la oración, como por ejemplo tercia, sexta y nona, debemos objetar a eso que en todo caso el gnóstico está orando la vida entera, esforzándose por estar en unión con Dios, y, para decirlo brevemente, desentendiéndose de todo aquello que de nada le sirve una vez que ha llegado allí, pues ya desde aquí abajo ha logrado la perfección del que obrando en el amor ya ha llegado a la perfección de la edad adulta.
Sin embargo la triple distribución de horas (arriba mencionadas) que están agraciadas con idénticas oraciones, bien la conocen los que están familiarizados con la feliz y bienaventurada trinidad de las santas moradas14 (celestiales)15 .
Este ideal del “gnóstico” cristiano, es decir el contemplativo agraciado con el verdadero conocimiento de Dios, que Clemente de Alejandría formulara mucho antes de que surgiera un monacato organizado, fue más tarde asumida por los discípulos de san Antonio. Los padres del desierto sólo conocían dos tiempos fijos de oración, al comienzo y al final de la noche, que ni siquiera eran demasiado largos. Para el resto del día y buena parte de la noche se servían de un “método”,- que ya tendremos ocasión de ver -, para “mantener su espíritu permanentemente en Dios”. El monacato palestino tenía un número mayor de tiempos fijos de oración. Vemos así como Epifanio, obispo de Salamina en Chipre, y que era originario de Palestina, deduce siete tiempos de oración, a partir de citas tomadas del salterio, libro con el que está tan familiarizado.
(Epifanio de Chipre) decía: el profeta David “oraba en lo profundo de la noche16, “se levantaba a medianoche”17, “invocaba (a Dios) antes de la aurora”18, “al alba ya estaba en oración (ante Dios)”19, “imploraba al amanecer, al mediodía y por la tarde”20, por eso podía decir: “siete veces al día te alabo” 21.

Con todo, igualmente para (Epifanio) el ideal era el de la “oración continua”, ideal que así mismo ya se halla delineado en los salmos. Pues el salmista asevera “que todo el día invoca a Dios”23 , o que “medita su ley día y noche”23, es decir continuamente.
El bienaventurado Epifanio, obispo de Chipre tenía un monasterio en Palestina. Su abad le mandó decir: “Gracias a tus oraciones no hemos descuidado nuestra regla, sino que con celo celebramos no sólo la hora de Prima, sino también las de Tercia, Sexta y Nona como también la de Vísperas”. Pero él lo reprendió con las siguientes palabras: “Es claro entonces que ustedes descuidan las demás horas del día, cesando en la oración. El verdadero monje debe tener la salmodia y la oración incesantemente24 en el corazón”25.
La observancia de cierto número de horas fijas de oración repartidas a intervalos durante el día (y la noche), -lo que requiere cierta autodisciplina-, no tiene al fin y al cabo otra finalidad que la de proporcionarnos puentes a través de los cuales nuestro inquieto espíritu pueda atravesar el “río” del tiempo. Gracias a este entrenamiento (nuestro espíritu) adquiere un adiestramiento que le permite la agilidad y soltura de movimientos sin los cuales ningún artista y ningún artesano pueden arreglárselas en su oficio. Ciertamente que todo esto simplemente puede calificarse de “rutina”, pero ella es necesaria para cumplir con la finalidad del oficio en cuestión: el arte, -sea el del carpintero, el violinista o el futbolista ..., y también el arte de la oración- que es la ocupación más alta y más noble de nuestro espíritu como nos lo asegura Evagrio26 (así lo exige). Cuanto mayor sea la práctica tanto mayor será la impresión de una completa naturalidad de movimientos, y tanto mayor la alegría al realizarlos.
Como en cualquier arte también habrá que superar en la práctica diaria de la oración ciertos obstáculos que de vez en cuando se irán presentando. El peor enemigo es un cierto hastío frecuentemente indefinible, que también se hace presente aunque a uno no le falte el ocio necesario.
Esta situación de disgusto y desgano, que los Padres harto bien conocían, puede a veces llegar a ser tan fuerte, que el monje, - al menos eso es lo que piensa- ya no es capaz de recitar su oficio diario. Si cede en esto llegará al punto en que dudará del sentido de su propia existencia. Equivocadamente, ya que:
Luchas como estas se nos presentan como un estar abandonados por Dios, con el fin de poner a prueba la propia libertad, para verificar hacia donde se inclina27.
¿Qué hay que hacer? Hay que obligarse, vale decir activar la fuerza de voluntad, con el fin de cumplir con los tiempos de oración prescritos aunque su contenido deba ser reducido a un mínimo: un salmo, o tres “gloria al Padre”, o tres “santo eres” y un ponerse de rodillas, siempre que uno al menos pueda esto. Si el abatimiento espiritual se agiganta hay que recurrir a un último remedio:
Hermano, si esta lucha contra ti arrecia, a tal punto que hasta te cierra la boca, no permitiéndote recitar el oficio, ni siquiera de la manera como lo dije más arriba, entonces oblígate a ponerte en pie y a recorrer tu celda de arriba abajo, mientras saludas a la cruz y haces una “metanía”, y nuestro Señor en su misericordia hará que (esta lucha) cese 28.
Cuando las palabras parecen haber perdido todo sentido, sólo queda el gesto corporal, un tema sobre el que explícitamente volveremos
más adelante.
Equipo de redacción "En el Desierto"
Notas:
1-Dn 6,10. 13.
2-Sal 5,4; 58,17; 87,14; 91,3.
3-Sal 54,18; 140,2.
4-Sal 76,3. 7; 91,3; 118,55; 133,2.
5-Sal 54,18.
6-Didajé 8,3 (Rordorf/Tuilier).
7-Lc 18,1.
8-1 Tm 2,8. Cita de Tertuliano, De Oratione 23.
9-Hch 2,15.
10-Hch 10,9.
11-Tertuliano, De Oratione 25. Ver Hch 3,1.
12-Ibid.
13-Sal 118,164.
14-Ver Clemente de Alejandría, Strom VI,114,3 (referencia corregida por el traductor).
15-Clemente de Alejandría, Strom VII,40,3-4.
16-Sal 118,147.
17-Sal 118,64.
18-Sal 118,148.
19-Sal 5,4.
20-Sal 54,18.
21-Epifanio 7(202); la última cita es del Sal 118,154..
22-Sal 31,3.
23-Sal 1,2.
24-1 Ts 5,17.
25-Epifanio 3(198).
26-Evagrio, De Oratione 84. (Algunos traducen “actividad del intelecto” más bien que . “del espíritu”. Nota del traductor).
27-Jausep Hazzaya, p. 140.
28-Ibid., p. 144.

martes, 1 de junio de 2010






PROFESIÓN SOLEMNE DEL HERMANO FRANCISCO DAMIÁN OÍO
Sábado 29 de mayo de 2010
I Vísperas de la Solemnidad de la Santísima Trinidad
Capilla Santa Teresita - Los Cocos - Sierras de Córdoba - Argentina

Querido Hermano administrador de “En el Desierto”, los Monjes de la Santa Cruz les queremos compartir con algunas fotos y textos la hermosa experiencia que hemos tenido el pasado sábado con motivo de la Profesión Solemne del hermano Francisco Damián.
Para que nos conozcan un poco más.
Desde los primeros siglos de la Iglesia, hubo hombres y mujeres llamados a imitar a Cristo, en su condición de siervo, siguiéndolo por la profesión monástica.
Los Monjes se hacen portadores de la Cruz y se comprometen a ser portadores del Espíritu, hombres y mujeres espirituales, capaces de fecundar secretamente la historia, con la alabanza y la intercesión continua, con los consejos ascéticos y las obras de caridad. El Monje, busca la hesichía, es decir, la paz interior, la oración incesante, en espera de la venida definitiva del Señor.
La vida monástica significa “no anteponer nada al amor de Cristo”, conciliando el trabajo y la vida interior (cf. VC, 6).
Enraizados en la tradición de la vida monástica antigua de la Iglesia, los Monjes de la Santa Cruz, buscamos vivir como los santos Monjes de Palestina y Egipto, de los siglos IV y V, teniendo como Padre a San Pacomio, de quien tomamos la Regla, el iniciador de la vida monástica en comunidad, es decir, la koinonía, donde los Monjes buscan tener un solo corazón y una sola alma, como la primera comunidad cristiana.
Además, consideramos como Padre y modelo de nuestra vida solitaria, eremítica, a San Antonio, a quien la tradición de la Iglesia recuerda como Antonio, el Grande quien, en su soledad supo combinar, en equilibrio y armonía, la oración y el trabajo, viviendo en la continua presencia y el recuerdo de Dios. Con él, se dio origen explícitamente en la Iglesia al monacato cristiano como seguimiento del Cristo Crucificado en la soledad del desierto.
Somos Monjes de la Santa Cruz, ya que desde la Cruz entregamos nuestra oración con Cristo a Dios Padre. Y como San Pablo, predicamos a un Cristo Crucificado que es fuerza y sabiduría de Dios.
Con la Profesión Monástica, el Monje es consagrado al Señor, como respuesta a una iniciativa enteramente de Dios Padre, que exige una entrega total y exclusiva para que, no sólo Cristo sea el centro de su vida, sino que el Monje se vaya conformando a Él, y pueda decir: “Para mí la vida es Cristo”. El Espíritu Santo es quien guía y modela a aquellos que son llamados a esta forma de vida, siendo separados del mundo para el servicio de la Iglesia y de sus hermanos (cf. VC, 17-19).
Todos nosotros, que hoy compartimos esta celebración, participaremos como testigos de su entrega hecha en la Iglesia y para su edificación.
En este día en que celebramos la Solemnidad de la Santísima Trinidad, se nos revela su misterio de comunión y de amor. Dios, que existe desde el principio nos elige y, por medio de su Hijo Jesús e impulsados por su Espíritu, nos ha llamado a anunciar su Nombre en toda la tierra. En este misterio tenemos puesta nuestra esperanza y por esto, cada Monje se entrega con confianza para la alabanza continua de la Santísima Trinidad.
La consagración es una acción de toda la Iglesia, del cielo y de la tierra. Por eso, invocaremos a nuestros hermanos, los santos. Po ello el Hermano Francisco Damián fue cubierto por el gran Schema, signo de la muerte de Cristo.
El monje por la profesión Monástica muere al mundo para vivir sólo para Dios, por su vocación está llamado a ser signo de la vida eterna, de los bienes que se esperan, viviendo en el Santo Temor de Dios.

El Obispo, consagró al Hermano Francisco Damián, quien se ofrece a Dios como su propiedad exclusiva, uniéndose a la entrega de Cristo en la Santa Cruz, y así fue hecho templo del Espíritu Santo y testimonio del amor de Dios entre los hermanos.
Además, el Obispo intercedió por el Hermano Francisco Damián, pidiendo al Señor que derrame sus dones para que él pueda vivir con fidelidad la vocación que ha recibido.

El Obispo bendijo los elementos que simbolizan la pertenencia a la comunidad de los Monjes de la Santa Cruz, y los entregó al Hermano Francisco Damián: la Regla de nuestro Padre San Pacomio, el Libro de Vida y Comunión, los Estatutos de nuestra comunidad monástica, la cogulla coral y el anillo.
La “cogulla coral” o “rasson” es una túnica negra, con el schema bordado. Con ella, el Monje se convierte en rassophoro, es decir, “portador del signo”, que simboliza su consagración para la continua alabanza a la Santísima Trinidad.

Con la entrega del anillo, el Obispo confirmó como Padre y Pastor, en nombre de la Iglesia, la consagración definitiva del Hermano Francisco Damián y su pertenencia como Monje a la Pequeña Familia de la Santa Cruz.

viernes, 28 de mayo de 2010

(Continuamos compartiendo algunos para parágrafos del capítulo segundo del libro del Padre Gabriel Bunge, “Vasos de Barro”, Segunda parte)


Juan Damasceno comienza por una constatación general: de que la doble naturaleza del ser humano, físico-corporal e interior–espiritual, postula igualmente la necesidad de una doble adoración. La idea proviene evidentemente de Orígenes quien sostiene que la actitud interior y espiritual en la oración razonablemente exige la correspondiente actitud exterior en el porte del orante1. Si el cristiano se vuelve y orienta espiritualmente hacia el Señor, esto debe análogamente manifestarse visiblemente con y en el cuerpo.
Después de esa constatación general pasa Juan Damasceno a las “pruebas escriturísticas”. Ya que la “luz” y análogamente el “oriente” son en la Sagrada Escritura metáforas para Dios y su Cristo, se destina el lado este, el oriente para la adoración orante de Dios. Conocemos ya esa idea gracias a Pseudo - Justino2.
Sigue a continuación con la historia de la salvación en un sentido más estricto, y en primer lugar con la historia primitiva: el jardín del Edén al oriente, y la instalación de Adán, después de la expulsión, “hacia el poniente”, “enfrente del paraíso”.
En la Antigua Alianza reaparece de muchísimas maneras el “este” como dirección privilegiada. Juan enumera la disposición de la tienda de la alianza, la manera de acampar de las tribus de Israel y al templo de Salomón. Tengamos en cuenta que partiendo de aquí pueden fácilmente prolongarse las líneas hasta llegar al simbolismo (expresado por la orientación a elegir para) la construcción de los templos cristianos.
Es totalmente correcta la conclusión de que la Nueva Alianza, - como cumplimiento y perfeccionamiento de la Antigua -, ha asumido el significado simbólico de la “orientación hacia oriente”. Juan Damasceno menciona la Crucifixión, la Ascensión y el Retorno de Cristo; a su nacimiento había ya aludido antes: Cristo como el “Oriente” predicho por los profetas; pensemos también en la estrella “hacia el este” que vieron los Magos – en coincidencia con las promesas proféticas se trata de una “estrella que surge en Jacob”3 - y que interpretaron en referencia al nacimiento del Mesías4.
La tradición apostólica, oralmente transmitida, de rezarle a Dios vueltos hacia oriente tiene, por tanto, diversas razones que se complementan mutuamente y que Juan Damasceno va señalando cuidadosamente a lo largo del capítulo. Ya que hay que consagrar a Dios, - origen de todo lo bello y bueno -, toda belleza y dado que fuera de toda duda “la salida del sol” está entre las cosas más hermosas, debe por ello ser reservada para la adoración de Dios. Se trata entonces de un argumento “cósmico” que podría ser igualmente sostenido por un no cristiano, y es por eso que el oriente, ya en tiempos precristianos y extra bíblicos, gozó de una consideración privilegiada como aún veremos. Pero fue recién al hombre bíblico, -y más en concreto al cristiano en una medida aún mayor que al judío-, al que se le concedió la plenitud de la revelación al develársele toda la profundidad histórico salvífica de dicha “orientación”. Vuelto hacia el este el cristiano le reza a Dios teniendo enfocada su mirada en la “antigua madre patria” en búsqueda de la cual se halla empeñado desde el momento en que fuera expulsado del paraíso. Al mismo tiempo se “orienta” y dirige al Crucificado que por su muerte y resurrección le (re)abrió la puerta hacia aquella su “patria de origen”, y a la que le precedió según lo insinúa Lc 23,43. Desde allí, del oriente, aguarda el retorno glorioso de su Señor en su segunda venida, cuando llevará a pleno cumplimiento la salvación prometida.
La fuerza y profundidad de esta interpretación teológica de la “orientación hacia el este” para orar, creemos que no dejará de causar profunda impresión, aun en el hombre moderno. Más aún, al caer en la cuenta que fuera de todo lo arriba dicho este simbolismo se enraíza en el mismo hecho de su bautismo, gracias al cual es cristiano. Pues hay que tener en cuenta que dicho estar enraizado en el sacramento modifica vitalmente la propia existencia. Lo que gracias a la historia de la salvación le tocó en herencia a la humanidad entera, se hace mío por el sacramento (del bautismo).
Así, pues, cuando renuncias a Satanás, rompiendo todo pacto con él y con las viejas alianzas con el infierno, se te abre entonces el paraíso de Dios que fue plantado al oriente y del cual, por haber transgredido el mandato de Dios, fue expulsado nuestro primer padre. Como símbolo de esto te volviste desde el occidente para mirar al oriente, la región de la luz 5.
La relación entre el “oriente” y Cristo es para el espíritu de los Padres tan estrecha, que Ambrosio en idéntico contexto, al girar el bautizando de occidente a oriente puede simplemente decir: “Quien renuncia al diablo, se vuelve hacia Cristo, y mira directamente su rostro”6.
Siempre que un cristiano se dispone a rezar ante su Señor volviéndose hacia oriente renueva, – aunque no lo diga o no sea totalmente consciente de ello -, aquel acto de renuncia al mal y de confesión del Dios Uno y Trino que efectuó de una vez para siempre en el bautismo7.
Teniendo en cuenta todo lo dicho hasta aquí, no es sorprendente que la “orientación” en la oración sea de tal importancia que cualquier otra costumbre, por querida, simbólica, o llena de sentido que fuese, deba capitular y ceder ante ella. A este popósito, Orígenes escribe lo siguiente:
Debemos decir ahora algo respecto a la dirección en que se ha de mirar al hacer oración. Ya que los puntos cardinales son cuatro, norte, sur, puesta y salida (del sol), ¿qué persona no reconocerá sin sombra de duda que debemos orar mirando hacia oriente, como expresión simbólica del alma que contempla “el surgir de la luz verdadera”?8
Si alguna persona dijera que prefiere presentar sus ruegos (ante Dios) en la dirección en que estuviese orientada la puerta de su casa, con la motivación de que se inspira mejor mirando al firmamento que ante una pared, ya que la puerta de su casa no se abre hacia oriente, entonces hay que contestarle: es por mera arbitrio humano que las puertas de las casas se abren hacia uno u otro lado, pero por naturaleza hay que preferir el oriente a los restantes puntos cardinales. Lo que es por naturaleza ha de anteponerse a lo arbitrario. Después de estas consideraciones, si alguien desea rezar al aire libre, ¿rezará vuelto hacia oriente más bien que hacia occidente? ¡Por supuesto! Si al aire libre es así, prefiérase hacerlo así en todas partes.9
El hombre de la antigüedad, fuera pagano o judío, tenía la costumbre, como todavía veremos, de rezar vuelto hacia el cielo abierto10. Esta costumbre tan querida, de ser necesario, debe ceder ante la “orientación” cristiana, ¡aun ante el peligro de encontrarse ante una pared totalmente cerrada! En esto Orígenes es categórico: la elección del lugar, las actitudes durante la oración y muchas otras cosas deben adaptarse a veces a las circunstancias, pero jamás (hay que adaptar o variar) la orientación al rezar. El hacerlo hacia oriente excluye toda otra dirección11. Hacia allí hay que mirar “sean cuales fueren las circunstancias”12– si bien las razones de la tradición eclesial no les son conocidas a todos13. Cuáles sean esas razones aquí sólo lo insinúa Orígenes con su referencia al “levantarse de la luz verdadera”; eran sin embargo, esencialmente las mismas que las enumeradas por los Padres posteriores (a Orígenes).
Por otra parte, a los Padres les era de sobra conocido el hecho de que aun fuera de la tradición bíblica era el oriente la dirección preferida a las otras tres, y eso era incluso cierto como dirección preferida para la oración. La manera en que explican dicha coincidencia merece ser repensada y meditada en un tiempo como el nuestro, de convergencia entre las religiones a nivel mundial.
Por eso también (en) los templos más antiguos (la puerta) miraba hacia occidente, para que los que estaban de pie de frente a las imágenes, se habituaran a volverse hacia el oriente 14.
Aquella “salida/subida”15 de la “luz eterna”16 , de la cual los pueblos se alejaron voluntariamente cuando decidieron construir la torre de Babel – pecado por el que fueron castigados por Dios con la pérdida del idioma único que hasta ese momento tenían en común17. Únicamente Israel no se alejó de esa “surgente” preservando así su “idioma originario”, el idioma “fontal/oriental”, por lo que entre todos los pueblos se convirtió en el único que al no alejarse de la “fuente” conservó el “idioma originario” la “lengua de la subida/salida” gracias a lo cual llegó a ser la “heredad del Señor” según lo explica profundamente Orígenes18.
Sin que fueran conscientes de ello, el Pedagogo divino iba conduciendo también a los paganos, perdidos en su servicio a los ídolos, hacia la “salida/subida”, hacia su verdadero “origen”, desde donde se “derrama la luz que empezó a brillar en las tinieblas”19, es decir Cristo, el “Sol de justicia”, que “a los que yacían en la ignorancia”20 les hizo alborear, cual sol, el día del conocimiento de la verdad 21.
¿Quién se atreverá a decir, después de todo lo expuesto, que la “orientación” en la oración es algo secundario, apenas fruto del espíritu de una determinada época? Donde se entiende su sentido y donde se lo vive conscientemente, preserva al orante del peligro, - hoy más amenazador que nunca -, de perderse en lo intrascendente. El mahometano sabe muy bien por qué se vuelve hacia La Meca para rezar, y eso con independencia de la arquitectura del ámbito en el que casualmente se halle. Por el contrario el adherente del (budismo) zen sabe muy bien por qué no necesita de “orientación” ninguna durante su meditación, pues le es extraño hasta el menor atisbo de pensamiento de un “estar ante”, o, “en presencia de”.
¿Y el cristiano? Debería saber que la felicidad sólo le es posible en su unión con Dios, en la que (sin embargo) persiste, total y absolutamente, la posibilidad de estar personal y mutuamente uno en presencia del otro. Hay que saber que el “modelo” y la posibilidad de esta unión sin mezcla y sin confusión proviene de la unidad de las tres divinas Hipóstasis en el Único Dios (Evagrio). ¡Justamente eso es lo que no le deja olvidar y le recuerda su volver el rostro, - tanto el físico como el espiritual -, hacia oriente, hacia el Señor!.



Equipo de redacción de “En el Desierto”





Notas:
1.Orígenes, De Oratione XXXI,2.
2.Ver arriba, Cap. 2, nota 28.
3.Nm 24,17.
4.Mt 2,1 ss.
5.Cirilo de Jerusalén, Catechese Mystagogicae I,9 (traducción propia).
6.Ambrosio, De Mysteriis II,7 (traducción propia).
7.En lo que respecta a la señal de la cruz, que también va colocada en un contexto bautismal, ver más adelante Capítulo IV,6.
8.Ver Za 6,12,; Lc 1,78 (Sol de Oriente); Jn 1,9 (Luz verdadera).
9.Orígenes, De Oratione XXXII
10.Ver más adelante Capítulo IV,3.
11.Orígenes, Num, hom V,1 (Baehrens).
12.Orígenes, De Oratione XXXI,1.
13.Orígenes, Num. hom. V,1 (Baehrens).
14.Clemente de Alejandría, Stom. VII,43,7.
15.En alemán Bunge usa la palabra “Aufgang” que tiene el doble significado de “subida” y de “salida”. De ese modo juega con un doble significado: el del subir/elevarse de la torre de Babel y el de la salida del sol. Ese doble significado no se da en castellano (nota del traductor).
16.Sb 7,26.
17.Ver Gn 11,1 ss.
18.Orígenes, Contra Celsum V,29 ss (Koetschau).
19.Ver 2 Cor 4,6.
20.Ver Mt 4,16.
21.Clemente de Alejandría, Strom VII,43,6.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Seguimos compartiendo nuestros encuentros con el Padre Simeón


_Padre ¿Podemos hablar de una experiencia del interior cuando nos referimos a la vida eremítica?
_Desde siempre, en el seno de las tradiciones y fuera de ellas, hombres y mujeres seducidos por lo Absoluto han elegido la experiencia de una vida eremítica, es decir de una vida silenciosa excluyendo todo trato con los demás: trato de negocios, de ideas, incluidos los intercambios llamados "espirituales". Lo más a menudo, la soledad, ha sido precedida de una vida de pareja. Una vez los hijos ya criados, los padres –o uno de ellos– podían retirarse en el bosque o a orillas de los ríos. Primero realizar sus deberes hacia la sociedad, después, quedando libre, entregarse a lo esencial; tal era generalmente el sentido del camino oriental. De hecho, el individuo no está cargado de ninguna obligación específica hacia la sociedad. Es, para él mismo, como el paso por una vida llamada «normal» o también «natural» puede comprobarse como equilibrante en la medida en la que él sienta la necesidad de esa vida. El hombre tiene necesidad de amar y ser amado. Renunciar al ejercicio de la ternura puede parecer mutilante en tanto que no es traspuesta a otro nivel. En Occidente, alejarse de la multitud para ponerse aparte consiste en imitar una de las fases de la vida de Cristo. Después de la marea eremítica del siglo IV que invadió los desiertos, la Edad Media tomó el relevo con una maravillosa amplitud. Las raíces espirituales de Europa son monásticas. La Europa medieval es cisterciense, y también benedictina y cartuja. La famosa Regla de San Benito exige el paso por el cenobitismo antes de dedicarse al eremitismo. Sabiduría prudencial de una extrema importancia. Se puede espontáneamente hablar, manchar hojas blancas ¡sin embargo el eremita no se improvisa!. En la época medieval, el eremita ocupa un papel en la literatura al mismo nivel que el clérigo o el caballero. Se le otorga gustosamente la lectura del corazón. Su función pasajera es la de volver a poner a los errantes en el camino derecho, tanto si están perdidos en el bosque como si están perdidos en ellos mismos. El servicio exclusivo de Dios hace apto a la lucidez y al discernimiento. Un amor tal no exige la reciprocidad.
Ciertamente, en todo tiempo, ha sido posible constatar la existencia de pseudo-eremitas. Criminales que se ocultaban para no caer en manos de la justicia, paranoicos que se aislaban, asociales que rechazaban vivir con los demás. A veces caracteres difíciles –o almas simplemente amorosas de su independencia– preferían asumirse fuera de sus monasterios. En Athos, el cenobitismo precede también al eremitismo.
Poco importan los descréditos. Los verdaderos eremitas jalonan maravillosamente la historia. Lo más a menudo han sido anteriormente formados en un monasterio. Ellos se alejan de él para realizar más intensamente su experiencia. Llegar a ser monje exigía previamente una conversión. Elegir el eremitismo reclama una nueva metanoia. Padres espirituales podían asistir de vez en cuando a los solitarios. La comunidad los tomaba gustosamente a su cargo materialmente. Los laicos los alimentaban con predilección llevándoles pan, leche y frutos. Además, la mayor parte de los eremitas se autoabastecían cocinando bayas y hierbas salvajes según las estaciones.
Mire Hijo, elegir una vía eremítica se presenta como una respuesta dada a una llamada percibida en el interior. Es una elección. Una soledad impuesta desde fuera por el hecho de las circunstancias, privación de familia, por ejemplo, no hace un eremita. Las biografías de los solitarios, a veces noveladas, dan testimonio de una irresistible necesidad de alejarse de los hombres y las ciudades para vivir únicamente cara a Dios en el silencio. Ya, la conversión tiene la filosofía y el amor de las ideas habían llevado a las soledades campestres a los amigos de la sabiduría durante la antigüedad.
Otro es el destino del eremita cristiano. Su verdadera condición se aproxima de la del monje en busca de la perfecta unidad, monos, monachos, mónada. Un texto de Teodoro Estudita precisa la vocación del monje y del eremita: «Él no mira más que solo a Dios, no desea más que a Dios solamente, no se apega más que a Dios solo» Esta elección de Dios solo, se impone. Como lo dirá más tarde Serge Boulgakoff: «Vivir en el desierto no significa solamente vivir sin los hombres, sino vivir con Dios y por Dios.»
Soledad que exige el aprendizaje del perfecto silencio. Después de haber dejado el mundo exterior, el solitario debe afrontar el mundo interior, más bullente que el mundo de fuera. Este mundo de adentro es totalmente ignorado por aquel que vive en la acción. Este no sabría percibir la ebullición de sus pensamientos y de sus deseos, la amplitud de sus constantes repliegues sobre sí mismo. Los demonios afrontados en les desiertos designan la pluralidad de yo es que reclaman su parte. Los enemigos más agresivos del solitario se alojan en él y no fuera. Es por eso que, según el decir de espirituales expertos, aquellos que viven fuera de la total soledad no suponen los combates sutiles del eremita. Ignoran el rigor y el heroísmo que deben de mantenerse en cada instante de la vida cotidiana.
El itinerario del eremita conlleva diferentes fases decisivas a las que el solitario se enfrenta.
El solitario habría podido escuchar a su maestro espiritual decirle con Guillermo de Saint-Thierry (el amigo de San Bernardo de Claraval) que «aquel con quien Dios está, no está nunca menos solo que cuando él está solo». Él creía de buen grado que la soledad de su ermita le situaría en presencia de Dios, que él oiría su voz, percibiría su murmullo preparando su oído interior a la audición y sus ojos interiores a la visión.
No hay nada de eso. Es en la aridez de un desierto que todavía no se ha transformado en jardín, en Edén, donde continúa la existencia del solitario. La fe desnuda, enteramente desnudada, privada de toda sujeción, de todo refugio, de toda reconfortación, es su bagaje. Cuando sus sentidos exteriores se rebajan y cuando sus sentidos interiores se despiertan, él comprende con espanto que todo se muestra insuficiente para aproximarse a los misterios. El Dios que él busca se esconde. El solitario se había escondido él mismo para encontrarlo y he aquí que Dios se oculta a su mirada.

_Qué lindo lo que nos dice padre Simeón, ahora le pregunto: ¿qué relación tiene la noche con la experiencia mística de la soledad?
_Mire vea, le diré, que por vocación, el eremita está consagrado a la noche. Así, el solitario que se consagra exclusivamente a lo Absoluto está invitado a vivir en una dimensión nocturna. Y esto por varios motivos de los que el que más se impone resulta de la profundidad al nivel de la cual la experiencia se desarrolla. El Eterno se oculta en la medida en la que se revela, él habla cuando calla. Así la densidad de la ausencia sobrepasa la sensación de la dulce presencia. Nada se ve, nada se escucha, nada se toca. El lenguaje divino se expresa en el silencio. Lo inefable no podría concretarse en palabras. La desnudez le arranca del ornamento. Como la noche, el silencio se asemeja a la muerte. En cierta manera, dejando un aspecto del tiempo, el eremita vive en un más allá emparentado con la eternidad. En fin, el eremita en la medida de su vocación, no tiene ya más ninguna necesidad de la luna para iluminar su noche, ni del sol para iluminar su día. «El (Dios) ha hecho la luna para marcar los tiempos» (104,19) y «el sol para presidir el día»(136,8), dirá el salmista. Ahora bien, el eremita escapa a esta forma de noche y de día iluminando al común de los hombres. Perteneciendo a otra dimensión del tiempo, él se sitúa en una vastedad ilimitada en la que es imposible encontrarle.
Es por eso que el eremita aparece semejante a la «mujer envuelta de sol» (Apocalipsis 12,1), encinta de un varón (el puer eternus). El dragón acecha su nacimiento con el fin de devorarlo. Pero él será «elevado junto a Dios», mientras que su madre se ocultará en el desierto. Así el solitario se aloja en el desierto y combate contra los dragones guardianes de los umbrales a la entrada de cada nivel ascensional que él debe recorrer. Ante la mirada de los demás, el eremita podría tener un rostro de luz, si al menos encontrara a alguien susceptible de distinguir su irradiación. Para los demás, parece como alguien original viviendo en la marginalidad. Los hombres no aceptan que se pueda pasar sin ellos. Aquel a quien lo Absoluto basta no es más que un loco. Los «locos de Cristo» de la vieja Rusia eran más o menos rechazados por aquellos que juzgaban su modo de vida extravagante. La dimensión nocturna se sitúa dentro. Ella puede parecer extraña e incluso inexplicable.
El movimiento dinámico desencadenado por la soledad silenciosa sobrepasa «el vestido del Señor». «En la unión secreta –dirá– el alma amante se va y escapa de ella misma, y se sumerge como si estuviera aniquilada, en el abismo del amor eterno, en el que ella está muerta a sí misma y vive para Dios, sin saber nada, sin sentir nada más que el amor que ella degusta; ya que ella se pierde en el inmenso desierto y la tiniebla de la Deidad»
Por supuesto es de ésta tiniebla de la que se trata. Tiniebla sugerida por numerosos autores, en particular por Dionisio el Místico. Y es en ésta tiniebla que la soledad silenciosa se establece.

Equipo editor “En el Desierto”
orthroseneldesierto@gmail.com

lunes, 24 de mayo de 2010

Continuamos compartiendo algunos parágrafos del capítulo segundo del libro del Padre Gabriel Bunge, “Vasos de Barro”, primera parte)
Orar orientados “Mira hacia oriente, hacia Jerusalén”
(Ba 4,36)

La palabra “orientación” a todos nos resulta familiar pues la empleamos en el lenguaje cotidiano. La mayoría sólo asocia con ella la representación de una determinada “dirección”. Quien se “desorienta” ha perdido de vista dirección y meta. Apenas hay quien todavía sea consciente de que “orientación” significa precisamente “oriente”. Orientarse significa volverse hacia ese punto cardinal (el este), por donde sale el sol.
Fuera de los liturgistas apenas hay quien aun sepa de que todas las iglesias cristianas están “orientadas” (es decir deben mirar hacia el este), o que al menos en principio deberían estarlo1, porque los cristianos desde antiguo acostumbraban a rezar vueltos hacia el este.
Este volverse hacia el este para rezar es a los ojos de los Santos Padres tan importante que vale la pena examinar este tema con mayor detención. Orígenes es categórico: no hay ningún motivo que pueda impedir a un cristiano volverse hacia oriente para rezar2. La pregunta por el “por qué” de dicha orientación no es nueva.
Pregunta: Será porque Dios, el Señor del universo, determinó que la entera creación quedara fijada al modo de círculo o redondel, por lo que David nos manda que “alabemos al Señor en todo lugar de su imperio”3 , y el Apóstol nos ordena idéntica cosa pues “quiero que en todas partes eleven sus manos piadosas hacia Dios"4, ¿por qué entonces elevamos himnos y oraciones hacia Dios mirando hacia oriente como si consideráramos que la dirección por donde sale el sol fuese más digna y pensando que hacia allí está la morada de Dios? ¿Y quién enseñó a los cristianos semejante costumbre?
Respuesta: Dado que entre nosotros se destina al más digno para dar gloria a Dios, y como de acuerdo a la opinión de los hombres el este es más digno que las demás direcciones de la creación, es por eso que todos nos inclinamos hacia el oriente durante la oración. Al igual que en el nombre de Cristo sellamos con la bendición de la mano derecha a aquellos que lo necesitan porque se la tiene por más digna que la izquierda, aunque es por convención y no por naturaleza que se la tiene por distinta, del mismo modo se determina que para la adoración de Dios la dirección por donde sale (el sol) sea tenida como más digna que las demás.
El hecho de que realicemos nuestras oraciones vueltos hacia oriente de ningún modo contradice ni la palabra del profeta ni la del Apóstol, pues el creyente “en todo lugar” halla “orientación” ya que en todas partes le está presente la “salida”. Adorando vueltos hacia aquella dirección a la que nos orientan los sentidos de nuestro rostro, - ya que es imposible que mientras recemos miremos en las cuatro direcciones de la creación -, lo hacemos así no porque únicamente esa (orientación) sería creación de Dios, ni tampoco por que habría sido predestinada a ser morada de Dios, sino por ser el lugar destinado a recibir la adoración que le ofrecemos a Dios.
La costumbre de rezar la Iglesia lo recibió de aquellos que igualmente le transmitieron dónde rezar, es decir de los Apóstoles 5.
La pregunta arriba planteada está más que justificada. Ciertamente los judíos adoran en Jerusalén y los samaritanos en Garizim6, y cuando un judío piadoso se encontraba fuera de la ciudad santa hacia ella se volvía para rezar, pues allí se hallaba el templo de Dios7. Pero en principio, con la venida de Cristo, caduca esta orientación ligada a un lugar. El “lugar” de la presencia de Dios es Cristo mismo. Desde entonces los “verdaderos adoradores del Padre lo adoran en espíritu y en verdad”8.
El anónimo autor de las “Respuestas” constata sin temor de que la costumbre cristiana de inclinarse hacia oriente para rezar está basada en una disposición y no en la naturaleza. El por qué los cristianos consideran más venerable al este que a los otros tres puntos cardinales no nos lo revela. Otros Padres, -anteriores y posteriores a él-, nos informarán ampliamente al respecto. Es interesante la observación de que necesariamente nos inclinamos en la dirección de los sentidos de nuestro rostro. El hombre posee de hecho un rostro, tanto en el sentido físico como en el espiritual, que vuelve hacia aquel al que desea dirigirse – un gesto de profundo significado simbólico como por experiencia sabemos.
Por último el autor constata que en el caso de la costumbre de volverse hacia oriente para rezar, nos hallamos ante una tradición apostólica, y que por tanto nos hallamos ante algo que pertenece a los fundamentos de la Iglesia. La misma opinión la tienen otros Padres como por ejemplo Basilio el Grande9.
Es desde los tiempos apostólicos, por lo tanto, que los cristianos se vuelven hacia oriente y que así profundamente inclinados adoran a Dios, y eso no por que únicamente allí se vería a Dios como observa Gregorio de Nisa10. ¿Entonces, por qué?. Ya en el siglo cuarto no todos lo sabían.
Por esta causa todos miramos hacia Oriente cuando oramos, pero pocos saben que estamos a la búsqueda de nuestra patria de origen, el jardín (del Paraíso) que Dios plantó en Edén, hacia el Oriente 11.
La razón más importante por la que los cristianos consideran al oriente como más venerable que los restantes puntos cardinales es por lo tanto de naturaleza histórico salvífica: la ubicación del Paraíso “hacia el Oriente”12. El Paraíso es aquel lugar en el que se concretizó la voluntad original, primera y efectiva de Dios respecto a la creación. El pecado de nuestros primeros padres estorbó este designio y llevó a su expulsión de esa “patria de origen”13. Esto no fue óbice para que la voluntad primigenia de Dios hacia su creación siguiera en pie. Es por eso que ya en el castigo mismo estaba incluida la promesa de que la expulsión no sería definitiva.
Dios expulsó a Adán, - y evidentemente también a su mujer -, del Paraíso. Pero lo que fue expulsado tiene posibilidad de retornar. Pues Dios no lo envió fuera sin esperanzas de retorno, sino que habiendo sido “instalado por Dios frente (al Paraíso)”14 viviera con nostalgia de él, teniéndolo fijo delante de sus ojos 15.
La acción salvífica de Cristo consiste en llevar a cumplimiento esa promesa actualizando así la primigenia voluntad creacional de Dios. Es por eso que en relación al divorcio, que la legislación mosaica sí permitía, afirma:
¡Pero al principio no era así! 16.
Ese (comienzo) o principio - no lo es tan sólo en el sentido temporal sino sobre todo en el esencial y en el de los principios y por eso mismo sigue siendo el “comienzo” decisivo. Por eso es que el hombre no debe separar lo que “al comienzo” Dios unió17 . Así habla el VERBO, porque él mismo en sentido absoluto, estaba “al principio en Dios”18 totalmente identificado con la primigenia voluntad de Dios.
Por tanto cuando el cristiano reza, vuelto hacia el este, contempla cómo se va formando ante su ojo espiritual el Paraíso cual “patria de origen”, en la que puede ser absolutamente él mismo: viviendo en total armonía con su Creador, hablando allí con él cara a cara, en armonía con sus semejantes, consigo mismo y con las criaturas que lo rodean. Contempla el “árbol de la vida” del que ya no está excluido gracias a la muerte en cruz de Cristo, - es por eso mismo que desde antiguo la dirección por donde se levanta el sol estaba marcada por una cruz dibujada en la pared. Se comprende que sea recién a partir de este rezar hacia el oriente que al cristiano se le haga comprensible toda la profundidad histórico salvífica de la petición del padrenuestro en la que pedimos por el perdón de los pecados como profundamente lo expone Gregorio de Nisa:
Cuando durante la oración miramos (hacia el este) traemos a nuestra memoria nuestro decaer de las luminosas regiones orientales de la bienaventuranza y automáticamente se nos aclara el sentido de las palabras (: perdónanos nuestra deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores y no nos dejes caer en la tentación) 19.
Esas “deudas“ que nosotros mismos hemos contraído, provienen de aquella primera falta de Adán de la que sólo la cruz de Cristo pudo redimirnos20. Esto nos lleva a la segunda razón histórico salvífica aducida por los Padres para motivar la antiquísima costumbre de rezar vueltos hacia oriente: es gracias a la acción salvífica de Cristo que la primigenia voluntad creadora de Dios asume realidad escatológica. En su suma de la fe ortodoxa traza Juan Damasceno, heredero de una rica tradición teológica, recorre todo el arco de esa historia de salvación:
No es sin motivo o por casualidad que rezamos vueltos hacia donde se levanta (el sol), sino porque estamos compuestos por una naturaleza visible o física y otra invisible o espiritual, pudiendo ofrecer así al Creador una doble adoración; y por el mismo motivo es que salmodiamos con el espíritu y con los labios y que somos bautizados con el agua y el Espíritu y que estamos doblemente unidos al Señor al participar de los misterios y de la gracia del Espíritu.
Porque Dios es una “Luz” espiritual21 y porque Cristo en las Escrituras es llamado “Sol de justicia”22 y “Luz del oriente”23 por eso se le consagra el oriente para adorarlo. Pues todo lo hermoso debe serle consagrado a Dios, ya que gracias a él todo bien es bueno.
Igualmente el divino David afirma: “Ustedes ricos de la tierra salmodien al Señor que avanza por los cielos de los cielos hacia oriente”24. La Escritura igualmente afirma: “Dios plantó el paraíso en Edén hacia oriente, allí colocó al hombre al que había formado”25, y después de la transgresión lo expulsó y lo “colocó frente al paraíso de delicias”, justamente “hacia poniente”26. En búsqueda de la antigua patria y contemplándola desde lejos es que adoramos a Dios (al rezar vueltos hacia oriente). También la carpa de Moisés tenía la cortina y el propiciatorio dirigidas hacia oriente 27. Igualmente la tribu de Judá, como la más honrada, acampaba hacia el lado por donde se levanta el sol 28. También en el famoso templo de Salomón la puerta del Señor estaba situada al oriente 29.
Así mismo, el Señor crucificado miraba hacia poniente30 y adorándolo miramos (hacia oriente)
. Cuando ascendía hacia el Cielo, planeaba hacia donde se levanta el sol31, y así lo adoraban los Apóstoles y así volverá, como lo vieron desaparecer en el Cielo32, pues el mismo Señor así lo dijo: “Como el relámpago que sale de oriente y brilla hasta el ocaso, así será la venida del Hijo del hombre33. Esperándolo, entonces, a él, oramos vueltos hacia la salida del sol.
Hay que saber que esta tradición de los Apóstoles no fue consignada por escrito, ya que muchas cosas nos las transmitieron oralmente 34.
Lo que a primera vista parece una mera colección de citas de la Escritura con el fin de apoyar la costumbre de orar vueltos hacia oriente, que nos fuera transmitida por tradición oral, demuestra poseer, examinándola más detenidamente, una notable unidad teológica.


Equipo de redacción de En el Desierto
orthroseneldesierto@gmail.com


Notas:
1.Constitutiones Apostolicae II,57,3 (Funk).
2.Orígenes, De Oratione XXXI,1 (y XXXII).
3.Sal 102,22.
4.1 Tm 2,8.
5.Pseudo – Justino Martir, Quaestiones et responsiones ad orthodoxos 118, pregunta p. 129 s.
6.Jn 4,20.
7.Dn 6,20.
8.Jn 4,23.
9.Basilio el Grande, De Spiritu Sanccto XXVII, 66,13 s.
10.Gregorio de Nisa,De Oratione Dominica 5 (PG 44,1184).
11.Basilio el Grande, De Spiritu Sancto XXVII, 66,60 s.
12.Gn 2,8.
13.Gn 3,23 s.
14.Gn 3,24.
15.Didymo, In Genesis VII,16,9 ss.
16.Mt 19,8.
17.Mt 19,4-6.
18.Jn 1,1.
19.Greorio de Nisa, De Oratione Dominica 5 (PG 44,1184 BC).
20.Col 2,14.
21. 1 Jn 1,5.
22. Ml 3,20 (Vulgata Ml 4,2. Aclaración del tr.).
23. Za 3,8; Lc 1,78.
24. Sal 67,34.
25. Gn 2,8.
26. Explicación recabada del texto hebreo de Gn 3,24, y no del griego.
27. Observación basada en Lv 16,14.
28. Nm 2,3. ¡El Mesías es de la tribu de Judá!
29. 1 Cro 9,18.
30. Sin duda deducido de la lectura de Lc 23,45. El sol se oscureció para insinuar que Cristo, “Sol de justicia”, y “Oriente”, se orientaba hacia la muerte, hacia el poniente (hacia el oeste).

31. Comparar Atanasio, In Ps 67,5, donde las palabras, “al que sube sobre el ocaso” son interpretadas en el sentido “el que descendió a los infiernos” (BKV, Atanasio, tomo II, p. 581, Kemten 1875).
Comparar Atanasio, In Ps 67,34 (obra citada, p. 591). Ya que antes había proclamado la pasión de Cristo (vale decir en el v.5) y su descenso a los infiernos, por eso mismo proclama ahora su ascensión a los cielos. Las palabras “hacia oriente” están a modo de comparación. Ya que al igual que el sol sube del poniente hacia levante, el Señor se eleva de las ataduras de la muerte a los cielos de los cielos. Comparar igualmente: Evagrio, In Ps 67,34 (haciendo referencia a Ef 4,10).
32. Hch 1,11.
33. Mt 24,27.
34. Juan Damasceno, De Fide Orthodoxa IV,12 (traducción de H. Hand, BKV 1880, p. 244 ss.).

viernes, 21 de mayo de 2010

(Texto extraído del Libro de Vida y Comunión de los monjes
de la Santa Cruz)
Oración
Carguen sobre Ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón y así encontrarán alivio” (Mt. 11, 29)


Cómo orar
La razón de nuestra vida monástica es la de alcanzar a quien nos ha alcanzado1 para que todo sea restaurado en Cristo Jesús 2, inaugurando así una nueva armonía de la creación y como dice Isaac el Sirio: “es mejor para nosotros morir combatiendo que vivir caídos” 3. Los monjes caminamos siguiendo las huellas de los Santos Padres por el camino de la hesichía 4. Oramos continuamente repitiendo el Nombre de Jesús. Con San Agustín podemos decir: La oración sube y la misericordia divina baja. Por muy baja que esté la tierra y por muy alto que se encuentre el cielo, Dios siempre escucha la oración del hombre.





Actitud del monje en la obra de Dios
Si anhelamos que mente y corazón palpiten juntas en a salmodia, tenemos que cantarlos con el corazón y no sólo con la lengua. Esto, según nos lo enseñan los Santos Padres no es fácil ya que, según Evagrio Póntico, la salmodia por su rica diversidad que refleja la multiforme riqueza de Dios puede en sus muchos elementos distraer nuestro espíritu. En tanto que la oración dirigida al Único Dios es el preludio del encuentro –conocimiento del eterno–. Por esto desde la débil naturaleza humana es más difícil salmodiar sin distraerse que orar sin distracciones.
Nosotros en nuestra pequeña sinaxis comprendemos las dos dimensiones, salmodia y oración. Pidamos entonces al Señor la gracia de la salmodia y de la oración.

Notas:
1. Cfr. Fil 3, 12.
2. Cfr. Ef 1, 10.
3. Cfr. Sermón 60.
4. Palabra que procede de hesthai, es decir estar sentado, y podría traducirse con el significado de quietud, calma, pero para nosotros como para los Santos Padres indica una manera de vivir, un estado de vida, como resultado de la victoria obtenida sobre las potencias de desorden, de agitación y de pasión. La hesychía es un medio para llegar a la unión perfecta con Dios. Presupone la soledad exterior e interior, la atención, la aplicación de los métodos especiales de oración, conectando mente y cuerpo y la repetición del Santo Nombre de Jesús.


Equipo de redacción de “En el Desierto”
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miércoles, 19 de mayo de 2010

Encuentro con Padre Simeón.

Padre Simeón es un monje ermitaño perteneciente a una familia monástica de solitarios que viven juntos, pedimos permiso y el Padre del Monasterio nos autorizó visitar al Venerable Padre en su Kellión.
Les compartimos dos de las respuestas que nos brindó entre las varias preguntas que le planteamos. Padre Simeón, como todos los Solitarios del Señor, tiene la particularidad de no gastarse en muchas palabras, por lo tanto sus respuestas son breves pero sumamente concisas.
Le preguntamos:
_Venerable Padre, ¿qué nos puede decir de su experiencia como hesicasta?
_Como Ustedes saben, hesicasmos significa quietud, calma. Les puedo decir que la verdad que he buscado durante mi larga vida ha sido la de la calma interior como capacidad de vivir en armonía con mi propia interioridad. Para esto, Dios el Eterno Padre, me donó el hábito de repetir el Santísimo Nombre de su Hijo Jesucristo y de esta manera pude responder a la llamada del Apóstol San Pablo que nos llama a orar de forma incesante en la primera carta a los Tesalonicenses en el capítulo 5 versículo 17. La calma interior se adquiere centrando nuestra interioridad en el Nombre y presencia de Jesús, en su persona. La conversión que nos trae la repetición del Nombre de Jesús se armoniza en la conjunción Santísimo Nombre, inspiración espiración. Cuando decimos “Señor Jesucristo Hijo de Dios” inspiramos y al decir “ten piedad de mi pecador” espiramos. Y es así que a través de este proceso nos vamos convirtiendo, ya que nos obliga a concentrarnos siempre en Dios como nuestra única ocupación.
El monacato del oriente, se basa fuertemente en la oración del interior del Nombre de Jesús para llegar a la espiritualidad profunda del corazón. Oración de Jesús y espiritualidad eclesial, en oriente, caminan juntas y nosotros en nuestra pequeña familia monástica, si bien de tradición latina y en un contexto occidental, hemos adoptado esta forma de espiritualidad orante, donde la repetición del Santísimo Nombre de Jesús se ha transformado en Escuela en la que aprendemos a ser monjes y vivir sólo de Dios, para Dios. La oración de Jesús, por aquella dimensión de arrepentimiento, de compunción por los pecados, “ten piedad de mi pecador”, constituye, para nosotros monjes, el eje de nuestra conversión, transformándose en la gran pedagoga del corazón.
Por lo tanto hemos de mantener la vigilancia en la “puerta del corazón” como un método de defensa para rechazar inmediatamente los pensamientos intrusos. Este tema es frecuente en varios apotegmas: “sé el portero de tu corazón para que no entren los extranjeros diciendo ¿tú eres de los nuestros o de nuestros enemigos?” “No necesita obedecer a los demonios, sino más bien hacer lo contrario”.
_Padre entonces ¿se puede hablar de una espiritualidad del corazón?
_Ciertamente, ya que esta espiritualidad del Nombre de la que hemos hablado se centra y se cimenta en el corazón. Ya que en el corazón del orante descansa el deseo de unión con Dios, por ende podemos hablar de una espiritualidad unitiva. Unidad que se alcanza por la repetición del nombre que nos ayuda a controlar los pensamientos sincronizándonos con la conciencia de naturaleza afectiva y con la vigilancia de los actos humanos. Es decir con nosotros, con lo que somos y tenemos. Dios se manifiesta en un corazón que se ha vaciado de imágenes mentales, por la práctica de la repetición del Santísimo Nombre de Jesús, dejando actuar al Espíritu Santo que nos pondrá siempre en la presencia de Dios.
Si quisiéramos hablar de un fin de la espiritualidad del corazón, tendríamos que decir que es llegar a vivir de manera permanente en la presencia de Dios, donde esta presencia se transforma en nuestra identidad. El corazón es el símbolo de lo más íntimo del hombre; en él se origina todo lo bueno que luego se hace realidad en la conducta externa de la persona. La Pureza del Corazón como expresión de su propia espiritualidad, agranda su capacidad de amar, mientras el aburguesamiento, el egoísmo, la ceguera espiritual son consecuencia de una interioridad manchada.
El Señor nos pide que guardemos el corazón, defendiéndolo de aquello que pueda incapacitarlo para amar y que seamos consecuentes en todo momento con la propia vocación y estado. Los casados deben guardarlo para la persona con quien se casaron, en los comienzos y cuando pasen los años, y recordar siempre que el secreto de la felicidad conyugal está en lo cotidiano y no en los ensueños. A los que el Señor nos pidió nuestro corazón por entero, sin compartirlo con otra criatura, recordar siempre que Él los quiere como hostia viva y grata a Dios (SAN JERÓNIMO, Epístola), sin compensaciones, hilillos o cadenas, con generosidad y fortaleza. Todo esto, a modo de introducir el hacia dónde nos encamina una auténtica experiencia del Corazón. Si, la guarda del corazón comienza en muchas ocasiones por la guarda de la vista. Además es aconsejable mantener una prudente distancia con las personas con las que Dios no quiere que se quede el corazón apegado. Cuidar que la afectividad no se desborde, sino ordenarla y encauzarla según el querer de Dios. Vigilar la memoria, la imaginación, la ensoñación. Estos peligros se agudizan en momentos de cansancio, de aridez interior o como compensación a los pequeños fracasos de la vida normal.


Equipo de redacción de “En el Desierto”
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lunes, 17 de mayo de 2010

Seguimos compartiendo algunos parágrafos del Capítulo 2
del Libro de Gabriel Bunge, Vasijas de Barro.

Lugares y tiempos
Capítulo II

“Rezar” es, de acuerdo a su esencia, un acontecer espiritual entre Dios y el hombre poseyendo entonces nuestro “intelecto” la capacidad, gracias a su naturaleza espiritual, de hasta orar sin el cuerpo como (nos) lo asegura Evagrio1 . Sin embargo, dado que el hombre está formado de alma y cuerpo, estando este último sujeto al tiempo y al espacio, el orar humano transcurre siempre sujeto al espacio y en el tiempo. Por eso mismo la elección de un lugar apto y de horas adecuadas del día o de la noche para orar no son premisas intrascendentes de aquello que los Padres llaman “oración auténtica”.
Orígenes enumera, entre las providencias necesarias para la oración, de acuerdo a la disposición interior, las de “lugar”, de “orientación” y de “tiempo”. También nosotros seguiremos ese mismo orden.


1. “Tú, cuando ores, retírate a tu habitación” (Mt 6,6)
En la actualidad “orar” sólo significa para muchos cristianos participar de una liturgia o de algún otro “acto religioso” comunitario. La oración personal en la práctica, o ha desaparecido, o ha cedido su lugar a alguna de las variadas formas de “meditación”. Por el contrario, tanto para el hombre bíblico como para los Padres, no sólo era normal el participar en horas fijas y establecidas a la oración común a todos los creyentes, sino igualmente normal el retirarse con idéntica regularidad para hacer la oración personal.

Tanto es así, que sabemos de nuestro Señor Jesucristo, en cuya vida terrenal los cristianos de todos los tiempos ven un paradigma a imitar, que participaba regularmente en la liturgia de los sábados de las sinagogas de Palestina, como también que ya desde niño peregrinaba a Jerusalén con ocasión de las grandes fiestas. Seguramente que todo piadoso judío de aquella época se comportaba de manera semejante. Pero lo que especialmente parece haber impresionado a los discípulos y que por eso nos lo trasmiten repetidamente, es su oración personal.

Es evidente que Cristo tenía la costumbre de rezar “solo” y de hacerlo así con regularidad2. Para este personalísimo diálogo con su Padre celestial prefería retirarse o bien a “lugares desiertos”3 o “a solas a una montaña”4 . Cuando quería orar él se substraía y siempre se distanciaba de las multitudes a las que sin embargo se sabía enviado5; y hasta se alejaba de sus mismos discípulos6 que si no lo acompañaban constantemente. Aun en el huerto de Getsemaní se alejó de sus íntimos, a los que sin embargo había llevado allí expresamente, - de Pedro y de los dos hijos de Zebedeo -, distanciándose “un tiro de piedra” no pudiendo así ser escuchado por ellos, para allí desde la oración y enteramente solo, consignar su corazón mortalmente angustiado a la voluntad del Padre7 .

Lo que él mismo vivió a lo largo de su vida lo enseñó expresamente a sus discípulos. En oposición a una piadosa y extendida costumbre de ponerse a rezar en las esquinas de las calles y en los lugares públicos cuando el sonido de la trompeta señalaba el comienzo del sacrificio matutino o vespertino en el Templo (de Jerusalén), ordena Cristo retirarse a la “habitación” más escondida de la propia casa, dónde únicamente pueda ser escuchado y visto por el Padre que penetra en el escondite más recóndito8.

Idéntica costumbre mantuvieron los Apóstoles y, después de ellos, los santos Padres. Vemos así como Pedro y Juan suben al Templo a “la novena hora para la oración”9; y como toda la comunidad primitiva “persevera unánime en oración”10; pero igualmente vemos cómo Pedro reza solo “al subir a la azotea a la hora sexta para orar”11. C0m0 ve, es posible rezar en cualquier lugar en el que uno se halle circunstancialmente. Pero no por eso se dejará de elegir un lugar apropiado para dedicarse a la oración personal. Pedro se hallaba de viaje y no le quedaba más opción que la de subir a la azotea de la casa en la que se alojaba, para estar solo.

En los tiempos en los que todavía se daba por supuesto y era normal para un cristiano dedicarse diaria y regularmente a la oración personal era necesario que los Padres se ocupaban de determinar el lugar adecuado para dicha oración.

Con respecto al lugar (de la oración) sepamos que bien ora en todas partes la persona que ora bien. Pues en “todo lugar se ofrece incienso a mi nombre... dice el Señor”12. Y “quiero que los hombres oren en todo lugar”13.
Pero para que todos puedan realizar sus oraciones con tranquilidad y sin distracciones, existe una disposición, la de elegir en el propio hogar, de ser esto posible, el lugar más santo para (allí)....orar14.
Los primeros cristianos – como también los primeros monjes del desierto egipcio – de hecho reservaban, siempre que les era posible, una habitación apartada de su casa, tranquila y orientada de manera determinada para allí realizar su oración personal. Los oratorios de los primeros monjes del desierto egipcio, que desde hace unos años van siendo desenterrados de la arena, son fácilmente reconocibles como tales. Claro que esto no impedía que los cristianos gustaran reunirse a orar allí “donde se juntan los creyentes, como es natural”, y Orígenes agrega,

Ya que (allí) se reúnen tanto los ángeles junto a la multitud de los fieles, como también “el mismo poder del Señor”15 nuestro Salvador; además (concurren) también los espíritus de los justos, estimo que de los ya muertos pero también de aquellos que aún permanecen con vida, aunque el “cómo” no sea fácil de determinar16

Este testimonio de una conciencia viva y fuerte de aquello que llamamos “la comunión de los santos” pero que con tanta dificultad experimentamos, proviene de una época en la que los cristianos eran perseguidos por su fe y por eso mismo no se reunían aun en “templos” sino que debían hacerlo en salas de las grandes casas particulares.

Los Padres tomaron muy a pecho la advertencia de Cristo de evitar cualquier exhibicionismo de la propia piedad, es decir, de cuidarse de toda hipocresía, que constituye justamente una sutil tentación para los “piadosos”.

El vanidoso orgullo
aconseja rezar en las plazas,
pero quien lo combate,
ora en su habitación17.


Por múltiples relatos sabemos que los monjes del desierto se esforzaban muchísimo en mantener ocultas las prácticas de su ascetismo, y sobre todo su oración. Pero el ejemplo de Cristo y también el de algunos Padres nos permite reconocer que no sólo se trata de evitar los pecados de vanidad. Orar es en su esencia más profunda “un diálogo del intelecto con Dios” a tal punto que en determinadas circunstancias la presencia de otros puede distraer.

Dijo abba Marcos a abba Arsenio: “¿por qué huyes de nosotros?” Le respondió el anciano: “Dios sabe que los amo, pero no puedo estar con Dios y con los hombres. Los millares y miríadas de (ángeles) celestiales tienen (sólo) una voluntad18 , pero los hombres muchas. No puedo entonces abandonar a Dios para estar con los hombres19 .

Pero no es el peligro de distracciones por la presencia de otros, de la que tenemos que cuidarnos igualmente en la oración comunitaria, la causa última de las exigencias de soledad del auténtico orante. Pues en ese “estar con Dios”, del que habló Arsenio, suceden cosas entre el Creador y su criatura que por su misma naturaleza no están destinadas para ojos u oídos extraños.

Fue un hermano a la celda de abba Arsenio en Escete, y mientras esperaba a la puerta, vio al anciano todo como de fuego – era el hermano digno de ver esto -. Cuando llamó salió el anciano, y vio al hermano que estaba sorprendido. Le dijo: “¿hace mucho que estas llamando? ¿Has visto acaso algo?” Le respondió: “No”. Y después de hablar con él lo despidió20 .
Esta misteriosa “oración de fuego” la conocemos también a través de otros Padres21; Evagrio habla de ella22, también lo hace Casiano23. Su tiempo es principalmente el de la noche, cuya oscuridad cancela el mundo para nuestros ojos, su lugar la desnudez del “desierto“, el alto “monte” que de todo nos separa, y si estos están fuera de alcance, pues la “habitación” escondida (y secreta).


Equipo de Redacción de “En el Desierto”
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Notas:
1.Evagrio, Praktikos 49.
2.Lc 9,18.
3.Mc 1,35; Lc 5,16.
4.Mt 14,23; cf. Mc 6,46; Lc 6,12; 9,28.
5.Cf. Mc 1,38.
6.Mc 1,36 s.
7.Lc 22,41 y par.
8.Mt 6,5-6.
9.Hch 3,1.
10.Hch 1,14 y frecuentemente.
11.Hch 10,9.
12.Ml 1,11.
13.I Tm 2,8.
14.Orígenes, De Oratione XXXI,4.
15.Ver I Co 5,4.
16.Orígenes, De Oratione XXXI,5.
17.Evagrio, De Octo Spiritibus Malitiae VII,12.
18.Ver Mt 6,10.
19.Arsenio 13 (51).
20.Arsenio 27 (65).
21.Isaias 4; José de Panefo 6 (Dijo abba José a abba Lot: “No puedes llegar a ser monje si no te vuelves por completo como fuego ardiente”); y también: José de Panefo 7.
22.Evagrio, De Oratione 111.
23.Casiano, Conlationes IX,15 ss (Petschenig).