martes, 7 de junio de 2011

Compartimos un texto de Orígenes que agradecemos a Teodoro H. Martín

I. Exhortación al Martirio
Resistamos con firmeza no sea que surja en nosotros alguna duda sobre si debemos negar o confesar; para que no se aplique la palabra de Elías: “¿Hasta cuándo vais a estar cojeando con los dos pies? Si el Señor es Dios, seguidle” (1 Re 18, 21)[1].

En el capítulo “Ejemplos” acude abundantemente a la confesión y martirio de 1 Mac 16,1 ss.

A ti, su compañero de batalla, y a todos los demás que sufren martirio completando lo que faltó a los sufrimientos de Cristo (Col 1, 24). Él está contigo para mostrarte el camino del paraíso de Dios y cómo tú puedes pasar por los querubines y la espada flameante que gira en torno y guarda el camino que conduce al árbol de la vida (Gn 3, 24). Guardan el camino que lleva al árbol de la vida para que ninguno entre por él indignamente. La espada flameante alcanzará a los que sobre el cimiento puesto, que es Jesucristo, han edificado con madera, heno o paja (1 Co 2, 11- 12). La madera, si me es lícito hablar así, de la negación, que arde fácilmente. Pero el querubín recibirá a quienes por naturaleza no pueden alcanzar la espada ardiente, pues ellos no han edificado con nada que pueda incendiarse. Los escoltarán hasta el árbol de la vida y hasta todos los árboles que Dios plantó e hizo crecer sobre el suelo (Gn 2, 8-9). Porque Jesús es su guía hasta el paraíso, éstos desprecian la serpiente que él ha vencido y aplastado con sus pies[2].

Cualquier persona desea vivir esta vida, aunque esté persuadida de que el alma es de naturaleza racional y que tiene parentesco con Dios. Dios y el alma son inteligibles e indivisibles. El alma es incorpórea como lo demuestra la realidad[3].
Equipo de redacción:"En el Desierto"

Notas:
[1]p. 45
[2] n.36, p. 58
[3] n. 47, p. 66

lunes, 23 de mayo de 2011

Continuamos dialogando con el Padre Simeón sobre el demonio


*Cuarta Parte



QUÉ PUEDE HACER Y QUÉ HACE EL DIABLO

De los datos que hemos aducido cabe concluir que los demonios, por su naturaleza angélica, tienen una forma de conocimiento y una capacidad de acción muy superiores al hombre, puesto que no están condicionados, como nosotros, por el cuerpo: son puramente espirituales. De ahí que haya que evitar antropomorfismos al pensar en el dinamismo propio de la naturaleza del diablo. Su actividad y el modo de la misma pueden ser juzgados por los efectos, por sus repercusiones en nosotros. Tales efectos siempre entran dentro de unas limitaciones generales, impuestas por el hecho de que los demonios son criaturas _por tanto, no pueden ser omnipotentes_, dependen de la permisión divina y Dios no les autoriza a superar las fuerzas del hombre en el plano moral (cf. 1 Cor 10, 13). Esto supuesto, la actividad diabólica es de signo negativo, orientada siempre hacia el mal.



Acción ordinaria: la tentación


La actividad maligna del diablo puede ser ordinaria o extraordinaria. La forma ordinaria de acosarnos es la tentación. Tentar es, literalmente, someter a prueba. El diablo nos pone a prueba para que caigamos en pecado. Es su tarea, porque con esta aviesa intención “Dios a nadie tienta” (Sant 1, 13). Según hemos visto en los textos bíblicos, es el tentador por antonomasia; tentó a Eva, a Job, a Jesús, a San Pablo y a todos los apóstoles; se nos previene contra las tentaciones del “enemigo”, porque constituyen un peligro, razón por la que Jesús nos enseñó a pedir: “No nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal” (o del Malo) (Mt 6, 13). Se nos exhorta a estar alerta y a luchar denodadamente (cf. Pe 5, 8; Ef 6, 11. 16).


La táctica habitual del diablo consiste en acomodarse al modo de ser y a las circunstancias de cada persona. Tiene que respetar la libertad individual y no puede actuar directamente en el entendimiento ni en la voluntad del hombre. No puede, por tanto, suscitar pensamientos o decisiones de la voluntad sino por vía indirecta, es decir, mediante los sentidos y la imaginación. A este nivel inferior, que es para el hombre la puerta por la que entran los datos sobre los que habrá de trabajar después el entendimiento, aprovecha el punto flaco de cada cual: “En aquello en lo que ve que hay deleite introduce diversas sugestiones”, decía San Jerónimo (Breviar. In Ps., 16, 20: ML 26, 860- 861).


Los clásicos suelen insistir en esto: “El demonio, para sitiar y combatir nuestra conciencia, reconoce primero las fuerzas y flaqueza de ella, rodéala con ojos solícitos para asentar la artillería do ve más daño le podrá hacer y entrarla por el lugar donde más flaca la hallare". La astucia insidiosa y la mentira, así como el hábil sentido de la gradación son armas del tentador. Por eso la tentación procede con visos de normalidad y sería difícil asegurar cuándo y en qué medida la tentación ha sido suscitada o mantenida por este agente extrínseco a nuestra propia debilidad. Pero, insistimos, el diablo no puede tomar por nosotros las decisiones, no puede anular nuestra responsabilidad personal: nunca hay pecado sin consentimiento voluntario y libre.


Según todos los indicios, nadie que llegue al uso de razón se libra de tentaciones. Por eso la vida del hombre sobre la tierra es “milicia” (cf. Job 7, 1). Muchos antiguos pensadores cristianos la describieron como una lucha permanente contra el diablo. Algunos llegaron a sospechar que, así como cada uno gozamos de los buenos oficios del ángel de la guarda, tendríamos también asignado el correspondiente demonio encargado de tentarnos. Es una opinión relativamente extendida entre los Santos Padres, sobre la que no hay datos suficientemente seguros para poder pronunciarse. La resistencia a las tentaciones ha de ser activa (cf DS 2217), aunque en algunas tentaciones, por ejemplo, contra la castidad la actividad más prudente es huir de ellas. Ni los contemplativos más avanzados pueden dispensarse de esta lucha (cf. DS 2192). La victoria es posible con la ayuda de la gracia (cf. DS 1515), gracia que Dios da, porque no manda imposibles (cf. DS 1536).


Pero la tentación diabólica puede también revestir caracteres colectivos, que responden a la dimensión social de la persona. Sería ingenuo pensar que el diablo es ajeno a la formación de ambientes en los que el odio, la mentira y la injusticia contribuyen a contaminar más fácilmente a los miembros de la sociedad. No es descabellado pensar en tentaciones colectivas, suscitadas por Satanás en orden a invertir la escala natural y cristiana de valores, a difundir tópicos insidiosos contra la verdad, intentar la promoción de leyes directamente opuestas a la ley de Dios, esclavizar al hombre con señuelos meramente materiales, fomentar la degradación moral y la irreligiosidad, susurrar de mil modos y maneras la vieja promesa: seréis como dioses. La acción del diablo consistirá en pudrir el ambiente con criterios discordantes del Evangelio y en sacar partido de la debilidad humana, para que la sociedad se deje arrastrar por la corriente de lo fácil.


Especial gravedad reviste la tentación colectiva cuando viene provocada directamente por las “estructuras de pecado”, amparadas o establecidas por formas de sociedad o por leyes positivas que inducen a violar la ley natural o la ley divina. Estas “estructuras de pecado” son fruto del pecado de personas concretas, muchas o pocas, que incitan o pretenden obligar a que otros pequen. Con razón pueden ser denominadas diabólicas, por la presión que ejercen sobre la persona para ponerla ante el dilema del heroísmo o la práctica del mal.


Actividad extraordinaria:


Podemos llamar extraordinaria toda intervención del diablo en el orden material y psíquico mediante fenómenos de carácter maléfico que alteren los procesos naturales en sí mismos o en el modo de producirse. Supuesta la permisión divina, son varias las posibilidades de que el diablo cause males naturales, especialmente en perjuicio del hombre. Apuntemos algo sobre tres capítulos mayores: la infestación local, la posesión diabólica y la magia negra.


La infestación local. La naturaleza puramente espiritual del diablo le hace posible penetrar en las cosas materiales, conocerlas profundamente y, a la luz de ese conocimiento, aplicar su energía angélica en orden a causar trastornos imprevisibles de hecho para el hombre, por ejemplo, algunas catástrofes naturales, accidentes, epidemias, etc. No puede conocer los actos futuros que dependan exclusivamente de la libertad divina o de la libertad humana, pero puede hacer planes a base de conocer el engranaje de las causas naturales y de las propensiones de las personas, para provocar hechos o situaciones de carácter maligno en lo material y en lo psíquico.


Para pormenorizar en este campo habría que analizar hechos que la literatura demonológica aduce con profusión. Ya aludíamos más arriba a algunos, pero es una literatura que, no es muy de fiar. No todos esos hechos pueden ser descartados de antemano; algunos tienen hoy posibles explicaciones que no tenían en el momento en que acaecieron. Por principio general, la acción diabólica tiene que ser demostrada en cada caso. La certeza de que determinados desastres, enredos de circunstancias o hechos que se salen de lo normal sólo pueden ser obra del diablo es, casi siempre, muy difícil de establecer. Por supuesto, no basta la persuasión basada en la credulidad popular. Por otra parte, es dudoso que el diablo tenga interés en ser descubierto. Pero hay que dejar abierta la puerta a la posibilidad.


La posesión diabólica. Consiste en la ocupación del cuerpo de una persona por el demonio, el cual ejerce dominio directo sobre el mismo e indirecto sobre las facultades anímicas, de suerte que el endemoniado deja de tener dominio total o parcial de sus actos: el maligno actúa a través de él. Puede tratarse de un solo demonio o de varios. El poseso no suele serlo de modo permanente, sino con intermitencias. Los efectos de la posesión pueden ser muy distintos y, a veces, espectaculares: actividad corporal extraordinaria, por ejemplo, en cuanto a velocidad, fuerza física desproporcionada; alteraciones súbitas de la vida vegetativa, por ejemplo, del ritmo cardíaco, del ritmo de crecimiento; modificaciones en la percepción sensorial, por ejemplo, visión y audición atrofiadas o, por el contrario, agudizadas en grado increíble; capacitación asombrosa de las facultades superiores, por ejemplo, para hablar y escribir en lenguas desconocidas, resolver instantáneamente complicados problemas, etc. Característica habitual: aversión a lo religioso y propensión a actitudes blasfemas, sacrílegas y lúbricas.


Estos cuadros presentan en ocasiones coincidencia con enfermedades como epilepsia, histerismo y una larga serie de trastornos psíquicos. También pueden darse semejanzas con fenómenos objetivos y subjetivos descriptos por la parapsicología. Ello a dado pie a muchos racionalistas para negar por sistema la posesión diabólica aún en los casos más inexplicables. Sin embargo, no es científico rechazar la posibilidad de la misma. La Iglesia es más prudente. En el Ritual Romano 11, 1, 3, antes de dar fórmulas para los exorcismos, advierte al exorcista que “no crea fácilmente que alguien está endemoniado”; y el canon 1151 del Código de Derecho Canónico establece que el exorcista, que ha de ser un sacerdote “piadoso, prudente y de vida irreprensible”, necesita para cada caso licencia especial y expresa del Ordinario y que “no debe proceder a hacer los exorcismos sin antes haberse cerciorado, por medio de una investigación cuidadosa y prudente, de que se trata realmente de un caso de posesión diabólica”. Con estas reiteradas cautelas, equidistantes de la negación cerril y de la fácil credulidad, ha autorizado oficialmente, en algunos casos, a practicar los exorcismos; es decir, los conjuros o mandatos imperativos que, en nombre de Dios, se profieren contra el demonio, según las normas y textos del Ritual. El hecho de que, fracasados los recursos de la ciencia, haya dado resultado positivo la labor del exorcista, inclina a pensar que se trataba de posesión diabólica. Por otra parte, también es posible la mezcla de trastornos físicos o psíquicos, naturalmente explicables, con la posesión diabólica, que ofrece aspectos científicamente inexplicables. Cuáles sean éstos, habrá de estudiarse en cada caso, por personas competentes, no predispuestas a la credulidad, pero tampoco cerradas de antemano a la valoración objetiva de los hechos.


Por analogía, cabría hablar también de posesión diabólica “espiritual” cuando la persona se obstina fríamente en el mal y, a ciencia y conciencia, lucha contra Dios. Se da entonces coincidencia con los objetivos satánicos, a los que la persona aspira mediante la reafirmación voluntaria de una soberbia “luciferina”, que se manifiesta en forma de odio y envidia de Dios. Actitudes como la de Juliano el Apóstata, de Nietzsche, de algunos perseguidores de la Iglesia o de corruptores del pensamiento hacen pensar que el diablo se sirve de ellos como de instrumentos maléficos.


La magia negra. Entendemos por magia negra la facultad de obtener efectos sensibles insólitos, moralmente malos, con medios desproporcionados. Esa facultad se atribuye a pacto explícito o implícito con el diablo, de quien el mago recibiría poderes sobrehumanos, a cambio de vender su alma a Satanás, por ejemplo, al modo del Doctor Fausto, de Goethe. Difiere de la magia blanca, en la que se utilizan medios naturales, como en la prestidigitación, “trucos” bien conocidos y hábilmente practicados. Las formas de la magia negra son muchísimas y han sido ampliamente descriptas ya desde la antigüedad, aunque estén siempre envueltas por cierto aire de misterio “religioso”. Mencionemos, a modo de ejemplos, los maleficios, cuya finalidad es hacer daño a alguien en su persona, en su familia o en sus bienes; la adivinación, para conocer cosas ocultas presentes o futuras, mediante el recurso a ídolos, oráculos, pitonisas, astrólogos, etc.; la nigromancia o evocación de los muertos; los horóscopos, sortilegios, etc.


En la mayor parte de los casos, la práctica de la magia se ha convertido en negocio y tiene más de aparente que de real. La clientela de los magos suele aumentar a medida que disminuye la religiosidad. En algunas grandes ciudades modernas los magos y pitonisas se cuentan por millares y su clientela es de lo más variopinta. En los pueblos culturalmente menos evolucionados los magos suelen jugar un papel similar al de los sacerdotes paganos, y sus prácticas adoptan casi siempre caracteres manifiestamente supersticiosos.


Tampoco ante la magia cabe adoptar actitudes de ingenua credulidad, pero no se puede descartar que, en algún caso pueda intervenir el diablo. Que el mago esté o no convencido de ello es indiferente. Casos de magia se mencionan ya en el Antiguo Testamento, por ejemplo, los prodigios que realizaron los magos al servicio del faraón de Egipto en tiempo del Éxodo (cf. Éx 7, 10- 12; 22). La Biblia prohíbe la magia con severas penas (cf. Dt 18, 10- 12). Pero la labor del diablo puede ser más bien indirecta, al fomentar por este medio la curiosidad malsana y cierto sentido del misterio donde no suele haberlo. No deja de ser un diabólico sucedáneo de la fe religiosa para personas que tratan de llenar de algún modo su vacío interior.


Algo parecido cabría decir también de las prácticas espiritistas, las cuales, aparte de sus famosos fraudes, son perjudiciales para la buena salud mental y religiosa, no por la intervención directa del diablo, sino por su carácter morboso y porque se trata de una superstición incompatible con la doctrina católica sobre el más allá, sobre la persona humana y sobre la divinidad de Cristo. Con razón prohíbe la Iglesia asistir a las sesiones espiritistas aún por mera curiosidad y aunque se descarte la intención de relacionarse con los espíritus malignos (cf. AAS 9 [1917] 268).


“Estas pocas razones y autoridades creo que bastarán para declarar al pueblo común cuán falsas, malas y peligrosas son las supersticiones, vanidades y hechicerías entre los cristianos; y cuándo se deben apartar de ellas los buenos siervos de Dios, porque es cierto que en ellas se ofende mucho a Dios y son pecados que él castiga con mucho rigor y saña”. De ellas se sirve el diablo, sin necesidad de muchas manifestaciones extraordinarias.


Con estas reflexiones he querido compartir una inquietud y un deseo de que nos tomemos “en serio” y no dejemos que nos secularicen las creencias.


Equipo de redacción: "En el Desierto"




S. DE FERMO. La victoria de sí mismo. Trad. De Mechor Cano, C. II v. En Tratados espirituales (BAC, Madrid 1962).



La narración pormenorizada de algunos casos recientes puede verse en C. BALDUCCI, La posesión diabólica (Barcelona 1976) 19- 87.



P. CIRUELO, Reprobación de las supersticiones y hechicerías (Salamanca 1538), p. 79.

lunes, 16 de mayo de 2011

Continuamos dialogando con el Padre Simeón sobre el demonio.

*Tercera parte

EL DIABLO CONTRA LA IGLESIA

En la antigüedad el campo es tan abundante, que a la hora de hojear en él sólo podemos recoger aquí algunos apuntes básicos sobre la teoría y la vivencia a que dan lugar las reflexiones acerca del diablo. Es un personaje que, durante muchos siglos, está en la primera fila de las preocupaciones. Su actuación se ve, se sospecha o se imagina en cada eslabón de la inmensa cadena de males físicos y morales. No sólo se recogen las ideas bíblicas sobre el diablo, sino que por influjo del ambiente se le atribuyen todas las truculencias, todas las ensoñaciones de las artes mágicas, todas las desviaciones doctrinales, así como las persecuciones. Pese a que los cristianos rechazan frontalmente el paganismo, son muchos los que tardarán en liberarse del lastre de supersticiones paganas heredadas, en las que se asigna al diablo un papel importantísimo.

Veamos rápidamente: En los Padres apostólicos[1], que llegan hasta mitad del siglo II, el tema del diablo se aborda, sobre todo, al modo bíblico, en relación con las tentaciones y los obstáculos para salvarse. San Ignacio de Antioquía, preocupado por la unidad de las comunidades cristianas, presenta al diablo como el gran adversario de la Iglesia, agente del cisma, de la herejía y de la relajación moral. La pasión de los mártires es interpretada como culminación de la lucha contra Satanás: él es el que tortura a los mártires (cf. 5, 3); el martirio es la victoria. Cada cristiano tiene que batirse contra el “príncipe de este mundo de iniquidad” (Bernabé 18, 2). Es uno de los dos espíritus que tiran del corazón del hombre para lograr que vaya por el camino de la muerte y deje el de la vida.

Los que desarrollan la demonología cristiana son Tertuliano (después del 222) en Occidente y Orígenes (a. 185- 255) en Oriente. Ambos entienden la vida cristiana como lucha contra el diablo. A juicio de Tertuliano, los demonios son ángeles caídos o las almas de aquellos gigantes de que habla Gén 6. Tratan de perder al hombre en cuerpo y alma, le inducen a la idolatría, pueden realizar prodigios (por ejemplo, aparición de fantasmas), fomentan los vicios. “Han enseñado a las mujeres especialmente el arte de la belleza femenina: el brillo de las piedras preciosas con las que se hacen diversos adornos, los brazaletes de oro con los que se aprietan los brazos, los tintes con que colorean las lanas y hasta ese polvo negro con el que destacan el entorno de los ojos” (De cultu fem. 2, 1). En tono apologético destaca el dominio del diablo sobre la vida pública pagana: “Las plazas, el foro, los baños, los establos y nuestras mismas casas no están sin ídolos. Satanás y sus ángeles han llenado el mundo entero” (De spect. 8, 9). Acuña la frase “pompa del diablo”, que pasó a la liturgia: en el bautismo renunciamos “al diablo, a su pompa y a sus ángeles” (ibid. 4, 1). La gran victoria sobre Satanás se obtiene en el martirio.

En cuanto a Orígenes, “la existencia de los demonios es para él un artículo de fe”[2]. Son criaturas racionales, caídas y malévolas, que están organizadas. Atribuye el origen de la situación de los demonios al pecado de soberbia, de apostasía y de lascivia (alusión a Gén 6). El diablo era el príncipe de toda la tierra hasta que vino Cristo; y sigue siéndolo en la medida en que abunda el pecado. Es el tentador, que fomenta los vicios; somos de Dios, pero el diablo nos compra al precio de nuestro pecado. Debemos rechazar sus sugestiones, desconfiar de nuestra debilidad y actuar responsablemente como seres libres. Dado que el martirio es una victoria sobre los demonios, se explica que éstos hayan procurado que las persecuciones cruentas disminuyan. Su arma principal es la tentación.

Estas ideas, gradualmente enriquecidas con datos marginales no bíblicos, son de dominio común en la literatura cristiana antigua. No siempre es fácil distinguir en los escritos patrísticos lo que se transmite como doctrina revelada y lo que depende de los libros apócrifos, de creencias populares. Especial interés tienen a este respecto las narraciones sobre la vida de algunos célebres anacoretas, que luchan con el diablo en la soledad del desierto. Se difunden profusamente relatos de visiones terroríficas de Satanás, que adopta formas animalescas y provoca tentaciones que los santos vencen mediante el ayuno, la humildad, la oración, el silencio y el trabajo. Ejerció especial influencia la Vida de San Antonio, escrita por San Atanasio hacia el año 357 y traducida del griego al latín hacia el año 390. Las tentaciones de San Antonio darán pábulo a representaciones del diablo bajo formas grotescas y espantosas. La imaginación de los escritores y, andando el tiempo, de los artistas del románico, encuentra en ellas un filón inagotable, que seguirá explotándose durante toda la Edad Media, en la pintura flamenca y, más tarde, en las composiciones del Bosco y de otros muchos.

La enseñanza patrística da por supuesto que el diablo es de naturaleza espiritual, pues “aunque perdió la bienaventuranza, no perdió la naturaleza semejante a la de los ángeles” (SAN GREGORIO MAGNO, Moral. in Job 2, 4: ML 75, 557). Por tanto, es naturalmente superior al hombre, de cuya posibilidad de salvación tiene envidia. Ésta le mueve a tramar todo tipo de tentaciones para inducirnos al mal moral. A veces, provoca también el mal físico: “Los dolores corporales en muchas ocasiones son provocados por los ángeles de Satanás; pero no pueden hacerlo sino con permiso divino” (SAN AGUSTÍN, In Ps. 130, 7: ML 37, 1708)[3]. Se llega a la convicción de que las enfermedades son alteraciones somáticas causadas por el diablo. Al administrar el sacramento de la unción de los enfermos, se unge la parte enferma, al mismo tiempo que se exorcisa al diablo para que deje de actuar en ella. Para inducir al pecado, actúa a través de su acción en el cuerpo o en las potencias del alma. Pero no hay que tenerle miedo: “Puede ladrar, puede solicitar, pero no puede morder sino al que quiera ser mordido” (SAN AGUSTÍN: ML 39, 1820). Para eludir sus trucos tiene fuerza especial la señal de la cruz; también se menciona con preferencia la eficacia del ayuno.

En la época del Bajo Imperio pululan supersticiones, actos de magia, de adivinación y de hechicería que, según la mentalidad popular, tienen mucho que ver con la actuación abierta o encubierta del diablo. Incluso algunos escritores cultos de aquel tiempo admiten como posibles ciertas leyendas paganas, como que haya hechicerías que mediante determinados alimentos convierten en animales de carga a los hombres, así como que las brujas tienen poderes ocultos, conferidos por Satanás, para causar males diversos. Hasta en la corte imperial se practican la magia, la brujería y las adivinaciones. (Relatos de los hechos más inverosímiles se dan por buenos y proporcionarán temas que se encargarán de transmitir algunos historiadores medievales, por ejemplo, Vicente de Beauvais. La abundancia de leyes contra las artes mágicas, por sus implicaciones con el demonio demuestra que, sobre todo a partir de las invasiones de los bárbaros, todo lo relacionado con la acción diabólica cobra creciente importancia).

En la Edad Media:

En la alta Edad Media se multiplican las prohibiciones civiles y eclesiásticas contra todo tipo de magia y de trato con el diablo. Si se prohíbe invocar a los demonios, realizar maleficios (por ejemplo, provocar la pedradas sobre las cosechas, enamorar o desamorar, hacer que se retire la leche de las ovejas o de las vacas, “el mal de ojo”), hacer y usar talismanes, preparar venenos, etc., en connivencia con el supuesto que el diablo puede servirse de aquellos que le rinden su voluntad como de instrumentos para realizar obras maravillosas, pero nefastas. Los predicadores y escritores, cuando abordan el tema, se dividen: unos niegan sin más la realidad de los efectos atribuidos a magos, hechiceros y brujas; otros dan crédito a tales cosas, pero las atribuyen a intervención del diablo. Todos proscriben esas prácticas de raíz pagana, pero no logran acabar con ellas.

Se ha escrito mucho a este propósito sobre el miedo del hombre medieval, que está persuadido de que el demonio le acosa. La verdad es que no todo se reduce a credulidad, basada en la ignorancia y en la herencia de viejas supersticiones. El Medioevo tiene también la convicción de que el diablo ha sido vencido por Cristo: eso da la suficiente seguridad para burlarse de Satanás. Muchos canecillos románicos y no pocas gárgolas del gótico son caricaturas del diablo ridiculizado. Otro tanto habría que decir de algunas representaciones teatrales, de la pintura y hasta de la poesía. Monstruos y bestias horribles, monos negros, aves de rapiña, sátiros repugnantes, casi siempre con gestos de odio o de envidia, en las representaciones plásticas del desprecio y de la burla por parte de los cristianos. Hasta nuestros días han llegado costumbres populares que, en días de fiesta, manifiestan desde la Edad Media la alegría de apalear y aún quemar representaciones grotescas del diablo. (Me permito sugerir a este respecto ver la clásica película “El Séptimo sello” de Igmar Bergman para encontrar muchas de estas descripciones en los personajes de la película, hay un cine que no sufre el paso del tiempo.)

La literatura sobre estos temas contribuye a la difusión de cierto espíritu morboso, que encierra además el atractivo de lo prohibido. Lo real y lo ilusorio se mezclan en el caldo de cultivo de la credulidad y de la ignorancia religiosa.

Las doctrinas cátaras motivaron que el concilio Lateranense IV hablara sobre la naturaleza y el pecado del diablo. Por su parte, la teología del siglo XIII, que tiene su máximo representante en Santo Tomás de Aquino ( 1274), quien desarrolla su demonología a partir de loa datos bíblicos, la enseñanza patrística y la enseñanza del Magisterio de la Iglesia. El eje de sus especulaciones es el ya conocido: los demonios son ángeles caídos que, por permisión divina, inducen al hombre a pecar y, además, pueden causarle males físicos.

Trata el tema en diversas ocasiones, pero merecen citarse especialmente las cuestiones 63 y 64 de la primera parte de la Suma teológica, sobre la maldad de los ángeles pecadores, en cuanto a la culpa, y sobre el castigo de los demonios, cuestiones con las que cierra su angelología. Resumiendo podemos decir: La naturaleza angélica, puramente espiritual pero limitada y, por tanto, defectible, hace pensar al Angélico que el pecado de los ángeles rebeldes fue de soberbia, aunque, por vía de consecuencia, pudieron pecar también de envidia: quisieron ocupar el puesto del Creador. Por ser sustancias intelectuales, su naturaleza no puede ser mala; toda su maldad les viene de haber pecado, al ejercer desordenadamente su libertad. Piensa que este pecado tuvo lugar inmediatamente después de la creación de los ángeles. Considera probable que el principal de los ángeles pecadores fuera el más eximio entre todos; éste, Lucifer, persuadió a otros para que se unieran a él en la rebelión contra Dios. El pecado de los demonios no cambió su naturaleza angélica; de ahí que conserven su capacidad de conocimiento natural, muy superior a la capacidad del hombre. Al pecar perdieron la gracia y, por lo tanto, la capacidad de actos sobrenaturales propiamente dichos. Son incapaces de penitencia y están obstinados para siempre en el mal, porque su voluntad se adhiere totalmente al objeto elegido _en este caso, a la rebelión contra Dios_, lo cual hace que se adhieran de un modo fijo e inmutable. Por consiguiente, no pueden realizar acto alguno moralmente bueno. Están, por tanto, en estado de condenación eterna, apartados culpablemente de Dios, lo cual constituye el mayor de los tormentos. En cuanto al lugar en que sufren su eterna frustración, los demonios tiene “dos lugares de tormento: uno por razón de su culpa, y éste es el infierno, y otro por razón del ejercicio a que someten a los hombres, y para esto deben ocupar la atmósfera tenebrosa... Mas, a partir del día del juicio, todos los malos, sean hombres o ángeles, estarán en el infierno” (1 q. 64 a. 4).

Desde el Renacimiento hasta hoy:

Desde la baja Edad Media el diablo sigue jugando un papel importante en la vivencia popular. Más que como tentador, es temido por sus intervenciones físicas de carácter extraordinario. La caza de brujas en Europa, buen número de procesos inquisitoriales, las representaciones artísticas e incluso los escritos de moralistas y de autores espirituales reflejan e indirectamente fomentan la propensión a sospechar la intervención diabólica con excesiva facilidad.

Los escritores, casi siempre moralizantes, van en una doble dirección: a) escepticismo con respecto a la realidad de los fenómenos extraordinarios en materia de magia y brujería; b) atribuir a engaño diabólico lo que, sucedido o imaginado, no pueda tener explicación natural.

La descripción de esos fenómenos, de los medios utilizados y de sus efectos se encuentra en infinidad de textos. He aquí uno del papa Inocencio VIII: “Recientemente hemos sabido con gran disgusto que, en algunas partes del norte de Alemania, así como en las provincias, ciudades, tierras, lugares y diócesis de Maguncia, Colonia, Tréveris, Salzburgo y Bremen, muchas personas de ambos sexos, olvidándose de su salvación y apartándose de la fe católica, cometen abusos con demonios incubos y súcubos; y con sus encantamientos, hechizos, conjuros y mediante otros nefandos, supersticiosos y sortílegos excesos, crímenes y delitos, ahogan, hacen y procuran que perezcan los niños recién nacidos, los fetos de los animales, las cosechas, las uvas y los frutos de los árboles, así como hombres, mujeres, ganados, rebaños y otros animales diversos; las viñas, huertas, prados, pastizales, trigos, cereales y legumbres; afligen y atormentan con atroces dolores y torturas, tanto interiores como exteriores, a esos mismos hombres, mujeres, jumentos, bestias, rebaños y animales; impiden a los hombres engendrar y a las mujeres concebir y que puedan los maridos pagar el débito conyugal a las mujeres y éstas a sus maridos; además, reniegan de la fe que recibieron en el santo bautismo; no temen cometer y perpetrar, por instigación del enemigo del género humano, otros muchos excesos y crímenes nefandos, con peligro de sus almas, ofensa de la divina Majestad y pernicioso ejemplo y escándalo de muchos” (Bula Summis desiderantes affectibus, 5 de diciembre 1484: Bullar. Rom., V, 297).

Durante el Renacimiento y hasta fines del siglo XVII abundan los astrólogos y adivinos, a quienes se supone en pacto con el diablo; se teme o se busca a discípulos y discípulas de la Celestina, duchos en pócimas, conjuros y filtros amorosos que surten efecto por arte diabólica; sigue hablándose de brujas que cabalgan sobre sus escobas o a lomos de animales inmundos, la noche del viernes al sábado, para celebrar aquelarres bajo la presidencia del diablo en forma de macho cabrío; corren leyendas acerca de los lugares concretos de tales reuniones; los efectos de ciertos alucinógenos se atribuyen con frecuencia a intervención de Satanás, así como algunos fenómenos de hipnosis o de histerismo; se celebran misas negras; se dan casos de satanismo, cuyas prácticas suelen ser inversión de los ritos cristianos, a los que se añade, a veces, un crimen ritual; se imprimen en Francia misales para este culto satánico.

Lutero fue uno de los más convencidos de la realidad de la intervención diabólica para explicar cualquier tipo de desgracias. Sin llegar a tanto, los autores católicos más representativos mencionan habitualmente al diablo, aunque cargan más el acento en su papel de tentador, que dificulta la vida cristiana y, sobre todo, la perfección espiritual. San Ignacio de Loyola, en la meditación “de dos banderas”, dentro de los Ejercicios espirituales, presenta Lucifer, “mortal enemigo de nuestra humana natura”, como antagonista de Cristo; le imagina “así como si se asentase... en una grande cátedra de fuego y humo, en figura horrible y espantosa”; considera “cómo hace llamamiento de innumerables demonios y cómo los esparce a los unos en tal ciudad y a los otros en otra, y así por todo el mundo...; y cómo los amonesta para echar redes y cadenas”, a fin de que tienten a los hombres hacia la codicia, el honor y la soberbia y, “destos tres escalones induce a todos los otros vicios”.

San Francisco Javier, al narrar las peripecias de un viaje por los mares de China, identifica los ídolos con el demonio y advierte que “más se ha de temer la desconfianza en Dios que el miedo al enemigo” (=diablo)[4]. San Juan de la Cruz alude con frecuencia a las insidias del diablo en la vida espiritual: “Quiere que, como él es ciego, también el alma lo sea” (Llama 3, 3, 23)[5]. Parece que en alguna ocasión actuó como exorcista. Santa Teresa cuenta que en Ávila había sacado “de una persona tres legiones de demonios, y les mandó en virtud de Dios que dijesen su nombre y al punto obedecieron” (Cartas73- 5A)[6]; sin embargo, cuando examinó a una religiosa a la que la comunidad creía posesa, dictaminó que no tenía demonio “sino sobra de melancolía”. Por su parte, Santa Teresa de Jesús narra cómo la molestaba el demonio con “tentaciones y turbaciones interiores y secretas” y con “otras que hacía casi públicas, en que no se podía ignorar que era él”. Le describe como “un negrillo muy abominable”. “Yo, como le vi, reíme y no hube miedo” (Libro de su vida c. 31). No da gran importancia a los demonios: El caso es que yo tengo tan entendido su poco poder _si yo no soy contra Dios_ que casi ningún temor los tengo; porque no son nada sus fuerzas, si no ven almas rendidas a ellos y cobardes, que aquí muestran ellos su poder” (ibid.). El demonio actúa con preferencia en la imaginación; en ella “hace el demonio sus saltos y engaños” (Moradas 5, 3, 10). Los ahuyenta mediante la señal de la cruz y, sobre todo, con agua bendita.

Sería interesante pasar revista a otros muchos representantes de la teología, de la espiritualidad y de las letras, así como seguir los derroteros de las corrientes artísticas. La seriedad de los teólogos se ve desbordada por la imaginación de los artistas, quienes encuentran en el diablo y sus satélites una cantera inagotable para sus composiciones, algunas tan curiosas como la representación de la batalla entre ángeles buenos y malos, con corazas, armas y pertrechos de guerra propios de la época. Por otra parte, la abundancia de escritos dedicados a reprobar supersticiones y hechicerías, en cuya trastienda se afirma o se supone la acción diabólica, indica los vericuetos por los que discurría la credulidad del pueblo.

Desde el siglo XVIII, la generalización de una actitud más crítica, así como la ingenua esperanza de explicarlo todo mediante las ciencias positivas, provoca un giro radical. No sólo se ponen en duda y hasta se niegan a priori las manifestaciones externas del poder del diablo, sino que muchos dejan de admitir la existencia de Satanás, relegándole a la condición de mera personificación del mal. Es un movimiento pendular en el que, por muy diversos motivos, algunos sedicentes intelectuales niegan los datos fundamentales de la revelación, en esta materia como en otras.

Es un proceso que culmina en la negación rotunda que en nuestros días suscriben algunos exégetas y teólogos, partidarios de la desacralización indiscriminada. Aunque el P. Feijoo no exageraba al decir que entre la gente rústica “es comunismo atribuir a la hechicería mil cosas que en ninguna manera exceden las facultades de la naturaleza o del arte” (Cartas eruditas, IV, Madrid 1774, 292) y aunque Goya, en sus Caprichos, se burlara con fundamento de la tramoya brujeril, lo cierto es que el espíritu volteriano con que muchos hicieron la crítica de lo diabólico sirvió para negar de raíz los datos ciertos que, en esta materia, mantuvo y mantiene el Magisterio de la Iglesia, máxima censora, por otra parte, de supersticiones y hechicerías carentes de base racional. Bajo barniz de ciencia se adoptaron y se adoptan posiciones cerriles y anticientíficas.

Es curioso que, a pesar de todo, por obra de algunas sociedades secretas y de ciertas aberraciones religiosas, haya persistido e incluso aumentado el satanismo. La exaltación del diablo ha tenido portavoces tan conocidos como Hoffman (1822) o Carducci (1907), autor éste último de un célebre Himno a Satanás. En el siglo XIX la figura del diablo ha sido magnificada de diversas maneras; la moda en ambientes propios del “siglo de las luces” explica, por ejemplo, la estatua del ángel caído, de Ricardo Bellver, en el Retiro de Madrid. Pero el satanismo ha cobrado vuelos en el siglo XX, a través de sectas que, sobre todo en Inglaterra, Italia y Estados Unidos, agrupan a varios miles de adeptos. Dentro de una gran variedad de formas de adoración satánica suele encontrarse el común denominador de remedar los ritos cristianos y practicar obscenidades[7]. También se han dado casos en los que ha tenido que intervenir la policía con motivo de crímenes rituales.

Equipo de redacción: "En el Desierto"


[1] Cf. Padres apostólicos. Edición bilingüe preparada por D. Ruiz Bueno (BAC, Madrid, 1979).

[2] R. TREVIJANO, En lucha contra las potestades (Vitoria 1968), p. 169.

[3] Obras de San Agustín. Tomo XXII: Enarraciones sobre los salmos. Edición bilingüe preparada por B. Martín (BAC, Madrid 1967) p. 423.

[4] Cartas y escritos de San Francisco Javier (BAC, Madrid 1979) p. 367.

[5] Vida y obras de San Juan de la Cruz.por C. de Jesús, M. del Niño Jesús y L. Ruano (BAC, Madrid 1978).

[6] Obras completas de Santa Teresa de Jesús. Edición preparada por E. De la Madre de Dios O. Steggink (BAC, Madrid 1979).

[7] Cf. G. PRIETO CIENFUEGOS, El culto al demonio en los Estados Unidos: “Ecclesia” n. 2001 (1980) 1276.

lunes, 9 de mayo de 2011

Continuamos dialogando con el Padre Simeón sobre el demonio.

*Segunda parte

ALGUNOS DATOS BÍBLICOS:


“La doctrina del Magisterio de la Iglesia ha codificado el contenido real de la Escritura en lo relativo a los ángeles (buenos y malos), limitándose con cautela a lo religiosamente importante para nosotros y para nuestra salvación y dejando todo lo sistemático al trabajo de la teología” (K. RAHNER, o.c., I 168).

Es pues, imprescindible remitirse a los principales datos bíblicos en los que se basa el Magisterio. Estos son abundantes y se van clarificando, como suelen ser habitualmente a medida que avanza el proceso de la revelación. Sin embargo, hay que advertir que la importancia del diablo en la Biblia es modesta y, desde luego, muy inferior a la que le concedían las religiones iránicas, babilónicas, egipcias y griegas, cuya influencia sobre los israelitas no puede ser descartada, aunque sea menor de lo que suele suponerse. El estricto monoteísmo bíblico ayuda a interpretar y a depurar en Israel esas influencias, así como las antiquísimas tradiciones populares, anteriores a Moisés, relativas a los malos espíritus.

A este propósito, conviene advertir que algunas posibles aportaciones o sugerencias de origen pagano han podido ser asumidas válidamente por la Sagrada Escritura. No hay que menospreciar aquellos “gérmenes de verdad” de que hablaba San Justino (Apol. I, 44, 10). “La Iglesia católica nada rechaza de lo que en estas religiones hay de verdadero y de santo”[1]. La verdad queda garantizada por el hecho de la inspiración bíblica.

Antiguo Testamento

En los libros más antiguos del Antiguo Testamento apenas se habla de los ángeles malos. Este relativo silencio se explica por la obsesiva preocupación de que los israelitas no caigan en la idolatría, ya que el diablo recibía culto entre sus vecinos paganos. En Gén 3 la tentación de Eva es obra de una misteriosa serpiente, cuya astucia se pone de relieve y que más tarde será identificada como el diablo: “Por envidia del diablo se introjujo la muerte en el mundo” (Sab 2,24); y en el Apocalipsis se hablará del “gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás” (12,9).

Satanás es el primitivo nombre hebreo con que se le conoce. Significa “el enemigo”, “el adversario”, “el acusador” del hombre ante Dios. La versión de los setenta lo tradujo por diablo, término que entre los griegos significaba “maledicente”, “calumniador”. Como sinónimo, se incorpora también, en época tardía, el término demonio, que en su origen no tenía connotaciones peyorativas.

(Para Platón, los demonios son seres intermedios e intermediarios entre los dioses y los hombres: “Todo lo demoniaco es intermediario entre el dios y el mortal... La virtud de lo demoniaco es fomentar no sólo todo lo relativo a la adivinación, sino también el arte de los sacerdotes en lo que atañe a sacrificios e iniciaciones, al igual que los encantamientos, vaticinios en general y magia” (Banquete, 202e). Fue Jenócrates quien desarrolló la demonología platónica y dividió a los demonios en buenos y malos. Pero el carácter maligno de todos los demonios es claro en los textos bíblicos, más influenciados por la demonología iránica que por la griega).

Satanás, Satán, hace de fiscal ante la corte divina, imaginada al modo de las cortes orientales: acusa a Job y obtiene licencia para poner a prueba su fidelidad (Job 1). Zac 3,1-2 le presenta como el acusador del sumo sacerdote Josué, cuyo defensor es el ángel de Yahveh. Desde Cro 21,1, aparece siempre vinculado al mal: “Levantose Satán contra Israel e incitó a David a hacer el censo de Israel”, acto contrario a la voluntad de Dios. Otros nombres que se le asignan reflejan también su maldad e incluyen, casi siempre, menosprecio hacia él, por ejemplo, Belial, que indica perversidad (cf. Dt 13,14; Sal 18,5); Beelzebú nombre del dios Eqrón (2 Re 1,2.3.6.16) o dios de las moscas; Azazel, demonio del desierto (Lev 16,8); Asmodeo, “demonio perverso” que daba muerte a los maridos de Sara (Tob 3,8), mera adaptación del persa Aeshma daeva.

El porqué de la malicia del diablo nunca se da directamente en el Antiguo Testamento. Pero hay indicios de que se acepta la narración del libro apócrifo de Henoc, según la cual Satanás es el jefe de los ángeles que se revelaron contra Dios y que, derrotados, cayeron desde su esplendor al abismo de la condenación. En esto parece pensar Isaías en un texto directamente referido al rey de Babilonia, cuya caída compara con la de Satanás “¿Cómo has caído del cielo, astro rutilante, hijo de la aurora, y has sido arrojado a la tierra, tú que vencías las naciones? Tú dijiste en tu corazón: ‘El cielo escalaré, por encima de las estrellas más altas elevaré mi trono? Por el contrario, al seol has sido precipitado al hondón de la fosa” (Is 14,12-15). Al esplendor inicial del ángel caído corresponden los nombres de Lucifer y Luzbel.

El eco de esta explicación llega al Nuevo Testamento y a ella podría referirse Jesús: “Yo estaba viendo a Satanás que caía del cielo como el rayo” (Lc 10,18), aunque es probable que se refiriera, más que al momento de la caída inicial de Satanás tras su pecado, al hundimiento del poder maléfico del ángel caído, como consecuencia de la derrota que le inflige el Redentor. También Jds 6 hablará de los “ángeles que no mantuvieron su primacía, sino que abandonaron su propia morada”. Hay alusiones a una lucha entre los ángeles fieles a Dios , capitaneados por Miguel, y los rebeldes, al frente de los cuales está Satanás, lucha que se traslada a este mundo entre los ángeles guardianes y los demonios (cf,. Dan 10,13.21;12,1; Jds 9; 2 Pe 2,11). La culminación de la misma se describe en Ap 12,7: “Y estalló un combate en el cielo: Miguel y sus ángeles luchando contra el dragón. Y el dragón luchó, y sus ángeles, pero no tuvieron fuerza ni volvió a encontrarse su sitio en el cielo; fue expulsado el gran dragón, la serpiente antigua (que se llama Diablo y Satanás), que engaña al orbe entero; fue expulsado a la tierra, y sus ángeles fueron expulsados con él”.

Esta escenificación tiene antiquísimos precedentes extrabíblicos. Responde a creencias populares, influencias por el culto astral de Mesopotamia y por la general persuasión oriental del influjo de los astros en el acontecer terreno. Así, en el canto de Débora por su victoria, resuena esta idea: “Desde el cielo lucharon las estrellas, desde sus órbitas lucharon contra Sísara (Jue 5,20).

Satanás no está solo: un mundo de ángeles caídos le obedece como a jefe. Son los agentes del mal físico y del mal moral. El desarrollo de esta creencia es muy notable después del destierro de los israelitas en Babilonia (a. 597-538 aC). Pero siempre aparecen supeditados a Dios, sin que se acepte el dualismo persa; el monoteísmo en Israel sólo admite un principio supremo: “Yo, Yahveh, y nadie más, que formó la luz y creó las tinieblas” (Is 45, 6- 7). Sólo la secta heterodoxa de Qumrán presenta coincidencias con la concepción dualista, reflejada en la antítesis entre “el príncipe de las luces” y “el ángel de las tinieblas”.

El pueblo imaginaba los demonios como a seres fantasmales, que moran en las ruinas desoladas, actúan especialmente durante la noche y adoptan formas de animales que inspiran miedo o repugnancia (macho cabrío- sátiro, serpiente, búho, chacal, hiena). A veces se les dan nombres babilónicos como el de Lilit (Is 34, 14), demonio de la tormenta, representado con cabeza y cuerpo de mujer, pero con alas y extremidades de ave nocturna. Como indicio de ruina, se pronostica que los demonios tendrán su morada en Babilonia (Is 13, 21- 22) y en la tierra de Edom (Is 34, 11- 15). El medio utilizado para hacerle frente era el exorcismo, que no consistía en alguna fórmula mágica como entre los paganos, sino en oraciones para pedir a Dios que reprima a Satanás (cf. Zac 3, 2), o algún otro procedimiento sugerido por Dios mismo (cf. Tob 6, 8; 8, 2- 3).

Los vecinos de Israel daban culto a los demonios para aplacarlos o para tenerlos propicios en las prácticas de carácter mágico. Es un culto que la Biblia considera idolátrico; de ahí que lo prohíba tajantemente: “No sacrificarán más sus sacrificios a los sátiros” (Lev 17, 7). Se explica que todo el culto pagano fuera censurado como culto a los demonios, “porque todos los dioses de los pueblos son demonios” (Sal 96, 5); Moisés, en su cántico, increpa a los idólatras “que ofrecen sacrificios a los demonios” (Dt 32, 17). La carta de Jeremías (Bar 6) ridiculiza, en los términos más sarcásticos a tales ídolos.

Nuevo Testamento

En el Nuevo Testamento los textos relativos al diablo son muy numerosos. Recogen y aceptan en todo lo fundamental los datos veterotestamentarios y reflejan, al mismo tiempo que depuran, las creencias del judaísmo sobre los espíritus malignos. En el trasfondo de los textos está la persuasión de la unidad del reino del mal bajo la jefatura de Satanás, enemigo de Dios y de su Reino, enemigo del hombre y de su salvación, tentador, mentiroso, enseñoreado del mundo pecador, pero vencido por Jesús. La terminología que se utiliza es muy variada: se habla de diablo, demonio/s, Satanás, Beelcebú, el maligno, el tentador, el homicida desde el principio, el que peca desde el principio, el príncipe de este mundo, el gran dragón, la serpiente antigua, el padre de la mentira, el malo, potestades, espíritus impuros, espíritus malignos, etc. En cuanto a su actuación, se hace hincapié en su oposición tenaz, bajo diversas formas, a Jesús y a la Iglesia.

Tampoco el Nuevo Testamento habla directamente de la caída inicial de Satanás ni de los motivos de la misma. Se acepta el esquema de la ya mencionada narración apócrifa del libro de Henoc: Satanás y sus demonios fueron ángeles buenos, creados por Dios (Col 1, 15- 16); pecaron y se hundieron en el mal. Lo que interesa a los hagiógrafos es destacar que Jesús vence en toda la línea al diablo y que nosotros, unidos a Jesús, podemos y debemos vencerle.

El panorama del mundo, hasta la venida de Jesús, estaba entenebrecido por la acción avasalladora del Maligno: Satanás era “el Jefe del mundo” (Jn 12, 31; 14, 30). Por eso los evangelistas ponen de relieve la lucha victoriosa de Jesús contra el diablo. Este, enemigo permanente del Reino de Dios, trata de arrastrar al mal incluso a Jesús, a quien tienta con la pretensión de que se presente como un mesías político, en vez de cumplir la misión salvífica que le había encomendado el Padre (Mt 4, 1- 11 y paralelos). No parece que fuera esta la única ocasión en que el diablo tentó a Jesús. Lc 4, 13 advierte que, tras la derrota, el diablo “se retiró de él hasta su momento preciso”. Ese momento será el de la pasión, cuando se pondrá a prueba la fidelidad plena de Jesús a la voluntad del Padre (cf. Lc 22, 42). La pasión fue la hora de los enemigos de Jesús y “el dominio de la oscuridad” (Lc 22, 53), es decir, del diablo (cf. Col 1, 13; Ef 2, 2; 6, 12). Él había metido en el corazón de Judas Iscariote la idea de entregarlo (Jn 13, 2), pues “Satanás entró en Judas” (Lc 22, 2; cf. Jn 13, 27).

Pero es Jesús quien lleva la iniciativa en la lucha, de modo que el fuerte es encadenado por el más fuerte (cf. Mc 3, 27) y “el jefe de este mundo va a ser expulsado afuera” (Jn 12, 31). Los reiterados ataques de Jesús al diablo se ponen de manifiesto en los milagros que realiza al expulsar demonios de algunos posesos y liberar enfermos de la influencia de Satanás. El relieve que dan los evangelistas a estos relatos demuestra, por una parte, la importancia que atribuían a la acción del diablo en el mundo y, por otra, su interés por presentar “signos” de la superioridad del Señor y de la instauración del Reino de Dios: “Si yo expulso a los demonios gracias al espíritu de Dios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios” (Mt 12, 28).

Los casos en que se habla de posesión diabólica suelen tener manifestaciones físicas tales como ceguera, mudez total o parcial, convulsiones, gritos y actitudes furiosas (cf. Mt 9, 32; 12, 22; 17, 14- 17; Mc 1, 23- 26, etc.). en algunos casos podría tratarse de enfermedades, explicables sin posesión diabólica, pero hay que tener en cuenta que en el evangelio se distingue entre endemoniados y enfermos (Mc 1, 34), aunque, según la mentalidad del judaísmo se propenda a considerar a diablo como agente de las enfermedades.

El dominio de Jesús sobre los demonios es reconocido por éstos en varias ocasiones (cf. Mc 1, 23- 24; 5, 2- 16 y paralelos). Con la venida y la obra de Jesús se evidencia que “el jefe de este mundo está condenado” (Jn 16, 11), es decir, vencido. Como signo de esta victoria, se habla de la sentencia que en el juicio final pronunciará Jesús contra los condenados: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt 25, 41).

El ejercicio del poder sobre los demonios es parte integrante de la misión salvífica de Jesús, misión de la que hizo partícipes a sus discípulos, a quienes “daba autoridad sobre los espíritus impuros” (Mc 6, 7). Consta que ellos ejercieron este poder: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre” (Lc 10, 17; cf. Hech 5, 16; 8, 7; 16, 16- 18; 19, 12- 16).

En las cartas de San Pablo y en los otros escritos del Nuevo Testamento se nos alerta contra el diablo y se indican los medios para vencerle. Jesús en la oración sacerdotal había pedido al Padre: “No ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno” (Jn 17, 15). Porque la victoria de Jesús sobre Satanás no impide que éste siga tentando, individual y colectivamente, a los cristianos con intención de engañarlos (cf. 2 Cor 2, 11) mediante sus estratagemas (Ef 6, 11) y trampas (1 Tim 3, 7), incluso disfrazándose de “ángel de luz” (2 Cor 11, 14), y “ronda como león rugiente, intentando devorar a alguno” (1 Pe 5, 8). Procura sembrar cizaña en el campo del Señor (cf. Mt 13, 25. 28), zarandea a los apóstoles cribándolos como al trigo (Lc 22, 31), suscita persecuciones contra ellos y, en general, contra la Iglesia (cf. Ap 2, 10; 12, 17; 13, 7); estorba la predicación del Evangelio (1 Tes 2, 18). Al final de los tiempos, la venida del anticristo “estará señalada por el influjo de Satanás” (2 Tes 2, 9), quien pondrá a disposición de aquél “su fuerza, su trono y gran autoridad” (Ap 13, 2), en orden a “engañar, si fuera posible, aún a los elegidos” (cf. Mt 24, 24).

Las tentaciones son siempre superables. No todas se deben al diablo, pero él puede sacar provecho de las que tienen otras causas, por ejemplo, nuestras tendencias desordenadas. Para vencerlas, contamos siempre con la ayuda de la gracia. Somos libres y, por tanto, responsables de nuestras claudicaciones ante la tentación. Sant 4, 7 nos da la fórmula: “Someteos a Dios; en cambio, resistid al diablo y huirá de vosotros”. Esta resistencia es siempre posible, porque “fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas” (1 Cor 10, 13; cf. 2 Tes 3, 3). Hay que revestirse de la armadura de Dios (Ef 6, 11), embrazar el escudo de la fe (Ef 6, 16) y evitar las ocasiones (1 Cor 7, 5; 1 Tim 3, 6). Cumplidas estas condiciones, “el Dios de la paz hará pedazos a Satanás bajo vuestros pies rápidamente” (Rom 16, 20). “¡Feliz el hombre que soporta la prueba!” (Sant 1, 12); cuantos resistan con valentía estarán entre “los que han vencido por la sangre del Cordero y por la palabra del testimonio que dieron” (Ap 12, 11).

Los que se dejen seducir y caigan en pecado vienen a ser “hijos del diablo” (cf. 1 Jn 3, 10), se sitúan voluntariamente bajo su dominio: “Quien comete el pecado es del diablo” (1 Jn 3, 8); él “actúa ahora en los rebeldes” (Ef 2, 2), que optan por someterse a las tinieblas, al poder de Satanás (cf. Hech 26, 18), o engrosar las filas de alguna “sinagoga de Satanás” (Ap 2, 9; 3, 9). De hecho, el mundo, en la medida en que rechaza el suave yugo de Jesús (cf. Mt 11, 30), “yace en poder del Maligno” (1 Jn 5, 19), a quien San Pablo llega a llamar “el dios de este mundo” (2 Cor 4, 4). Bajo su dominio sólo cabe participar en la mentira y en la muerte (Jn 8, 44; 1 Tim 4, 1).

Equipo de redacción: "En el Desierto"


[1] Declaración Nostra aetate. Cf. Documentos del Vaticano II (BAC, Madrid 1979).

miércoles, 4 de mayo de 2011

Queremos proponerles para los próximos días tomar contacto con un tema de suma importancia, y por muchos aspectos casi abandonado de la reflexión cristiana en muchos ambientes.

Dialogaremos con

Padre Simeón sobre el demonio.

¿PADRE, QUE NOS PUEDE DECIR SOBRE EL DEMONIO SEGÚN LO PRESENTA EL MAGISTERIO DE IGLESIA CATÓLICA Y LA TRADICIÓN BÍBLICA?

*Primera Parte

Comenzaré introduciendo el tema para plantear mi objetivo al abordar éste argumento.

En esta breve exposición no pretendo agotar un tema tan vasto y amplio como el que nos empeña, pero sí presentar una propuesta compendiada de datos objetivos sobre la existencia y naturaleza del diablo, sin eludir algunas de las principales manifestaciones de la acción diabólica, ciertamente hablamos de datos objetivos.

No obstante debo decirles que vengo ustedes a compartirles una lectura que he realizado sobre el argumento, no soy un demonólogo ni un gran experto, simplemente el tema me interesa, diré más me preocupa desde el punto de vista de la falta de información y formación que se ofrece al pueblo de Dios que peregrina entre dudas y certezas.

Me explico: sí dudas, las dudas que siembran quienes desde la más grande de las indiferencias laicas, dicen y afirman que no existe un tal personaje llamado diablo y entre las certezas de un sin número de situaciones que realmente nos hablan de un tal personaje como el que hemos mencionado.

Por esto podemos afirmar que de la misma manera que no sirven las afirmaciones carentes de fundamento serio, tampoco son aceptables las negaciones gratuitas, aunque estén de moda.

A propósito de tales negaciones cabría recordar la frase de Goethe: “El vulgo no se da cuenta del diablo ni siquiera cuando éste lo ha tomado por el cuello”. Al fin y al cabo, como decía Baudelaire, “el mayor éxito del diablo es persuadirnos de que no existe”.

Esta persuasión es lógica para quienes profesen el ateísmo. Si Dios desaparece del horizonte del pensamiento o de las aspiraciones supremas del hombre, es natural que se esfume también la idea del diablo, quien, como veremos, intenta apartarnos de Dios. Si fuera cierto que “Dios ha muerto”, como algunos han afirmado con blasfema petulancia, habría que matar, por incoherente, la idea del diablo. También se explica que nieguen la existencia del diablo aquellos que, aunque no se proclamen ateos e incluso se digan teólogos, están exclusivamente preocupados por encontrar soluciones intramundanas, ajenas a toda trascendencia; intentan explicar la revelación divina como una proyección del espíritu humano, sirviéndose para ello de métodos exegéticos basados en apriorismos racionalistas, que les permitan aplicar sin trabas las teorías subjetivistas según los gustos del momento. Por supuesto, esto está, a mi pobre juicio, al margen del Magisterio de la Iglesia o lo relativizan a su antojo. Pero así como el sol no deja de lucir porque yo cierre la ventana, así la realidad objetiva está ahí, independientemente de toda artificiosa negación. Y como vemos esta no es una mera postura, “pasada de moda”, perteneciente a la década de los setenta, sino una acuciante y exigente realidad.

El MAGISTERIO DE LA IGLESIA NOS DICE:

Según Pablo VI (15 de noviembre de 1972), “se sale del cuadro de la enseñanza bíblica y eclesiástica quien se niegue a reconocer su existencia (la del diablo); o bien quien hace de ella un principio que existe por sí y que no tiene, como cualquiera otra criatura, su origen en Dios; o bien la explica como una pseudo-realidad, una personificación conceptual y fantástica de las causas desconocidas de nuestras desgracias”[1]. Afirmaciones tan rotundas no se hacen por casualidad; están avaladas por un amplio magisterio anterior, basado en las fuentes de la revelación.

En efecto, muchos símbolos de fe de la Iglesia primitiva solían comenzar así: “Creemos en un solo Dios, creador de todo, de los seres visibles y de los invisibles”. El Magisterio posterior aclarará que esas creaturas invisibles son los ángeles, algunos de los cuales pecaron y, por su culpa, se hicieron malos. Así, el Concilio IV de Letrán (1215) dirá: “El diablo y demás demonios, por Dios ciertamente fueron creados buenos en cuanto a su naturaleza, mas ellos por sí mismos se hicieron malos” (DS[2] 800). Esta puntualización, así como otras similares, de fecha anterior y posterior, no es sino una exposición actualizada de aquel primitivo símbolo de la fe.

No se define la existencia del diablo: se la da por supuesta, como la de cualquier otra criatura. El Magisterio puede intervenir con definiciones dogmáticas cuando algunos niegan verdades reveladas por Dios. No era éste el caso: ni en la antigüedad ni en la Edad Media se niega la existencia del diablo. Los errores surgen, a veces, al explicar la naturaleza y atribuciones del mismo. Entonces la Iglesia puntualiza cuestiones fundamentales relativas al origen, naturaleza espiritual, pecado, condenación eterna y actividad maléfica del diablo, sin entrar en otros pormenores. La persuasión general de que el diablo existe no tiene fisuras hasta fechas relativamente recientes. Veamos algunos ejemplos de la enseñanza de la Iglesia:

· El sínodo Constantinopolitano del año 543 publicó un edicto contra algunos discípulos de Orígenes, en el que se afirma que el castigo de los demonios es eterno, jamás terminará y no habrá lugar a la “reintegración” de los mismos (cf. DS 411).

· El concilio de Braga (a. 561): “Si alguno dice que el diablo no fue primero un ángel bueno hecho por Dios y que su naturaleza no fue obra de Dios, sino que dice que emergió del caos y de las tinieblas y que no tiene autor alguno de sí, sino que él mismo es el principio y la sustancia del mal, como dijeron Maniqueo y Prisciliano, sea anatema. Si alguno cree que el diablo ha hecho en el mundo algunas criaturas y que por su propia autoridad sigue produciendo los truenos, los rayos, las tormentas y las sequías, como dijo Prisciliano, sea anatema” (DS 457-458)

· El Concilio de Sens (1140) proscribió, entre otros errores de Pedro Abelardo, la tesis de que el diablo sugestiona mediante determinadas piedras y hierbas (cf. DS 736).

· En la profesión de fe propuesta a Durando de Huesca y a sus compañeros valdenses (a. 1208) se dice: “Creemos que el diablo se hizo malo no por creación, sino por albedrío” (DS 797).

· El concilio de Florencia, en su decreto para los jacobitas (a. 1442): “Firmemente cree, profesa y enseña que nadie concebido de hombre y de mujer fue jamás librado del domino del diablo sino por la fe en el Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, Señor nuestro”(DS 1347).

· El concilio de Trento afirma en el decreto de la justificación (a. 1547) que los hombres, tras el pecado original, “estaban bajo el poder del diablo y de la muerte” (DS 1521). Al hablar de la perseverancia, advierte que, después de la justificación, “aún les aguarda la lucha... con el diablo” (DS 1541). Los que pecan después del bautismo se entregan “a la servidumbre del pecado y al poder del demonio” (DS 1668). A propósito de la unción de los enfermos (a. 1551), refiriéndose al diablo, dice “aunque nuestro adversario, durante toda la vida, busca y aprovecha ocasiones para poder de un modo u otro devorar nuestras almas (cf. 1 Pe 5, 8), ningún tiempo hay, sin embargo, en que con más vehemencia intensifique toda la fuerza de su astucia para perdernos totalmente y apartarnos, si pudiera, de la confianza de la misericordia divina, como el ver que es inminente el término de nuestra vida” (DS 1694). Gracias a este sacramento, el enfermo “resiste mejor las tentaciones del demonio” (DS 1696).

· Inocencio XI, al condenar los errores de Miguel de Molinos (a. 1687), afirma indirectamente que Dios no permite ni quiere que el diablo violente de tal manera al hombre, que éste no sea responsable de algunos actos pecaminosos (cf. DS 2241- 2253; cf. 2192).

· León XIII, mediante decreto del Santo Oficio (a. 1887), proscribió, entre otros errores de Rosmini, su intento de explicar el dominio del diablo sobre el hombre tras el pecado original. La proposición condenada es esta: “como los demonios poseían el fruto, pensaron que, si el hombre comía de él, ellos entrarían en el hombre; porque convertido aquel alimento en el cuerpo vivo del hombre, podrían entrar libremente en su animalidad, esto es, en la vida subjetiva de este ente y así disponer de él como se habían propuesto” (DS 3233).

· Pío XII, en la encíclica Humani generis (a. 1950), censura la actitud de algunos que se planteaban “La cuestión de si los ángeles (y, por tanto, también el diablo) son criaturas personales” (DS 3891).

· El concilio Vaticano II afirma que “el Hijo de Dios, con su muerte y resurrección, nos libró del poder de Satanás” (SC 6); que el Padre envió a su Hijo “a fin de arrancar por él a los hombres del poder de las tinieblas y de Satanás” (AG 3); y que, en efecto, “Cristo derroca el imperio del diablo” (AG 9). Aludiendo a Ef 6, 11- 13, habla de las “asechanzas del diablo” (LG 48).

· Pablo VI se refirió en varias ocasiones a la existencia y a la actividad maléfica del diablo. En su homilía del 29 de junio de 1972, pronunció la conocida frase: “A través de alguna grieta ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios”[3]. Y el 15 de noviembre del mismo año hablaba así del diablo: “Es el enemigo número uno, es el tentador por excelencia. Sabemos también que este ser oscuro y perturbador existe de verdad y que con alevosa astucia actúa todavía; es el enemigo oculto que siembra errores e infortunios en la historia humana... Es el pérfido y astuto encantador, que sabe insinuarse en nosotros por medio de los sentidos, de la fantasía, de la concupiscencia, de la lógica utópica o de los desordenados contactos sociales en el juego de nuestro actuar, para introducir en él desviaciones, muchos más nocivas porque en apariencia son conformes a nuestras estructuras físicas o psíquicas, o a nuestras instintivas y profundas aspiraciones”[4]. Y añadía: “Podremos suponer su acción siniestra allí donde la negación de Dios se hace radical, sutil y absurda; donde la mentira se afirma hipócrita y poderosa contra la verdad evidente, donde el amor es eliminado por un egoísmo frío y cruel; donde el nombre de Cristo es impugnado con odio consciente y rebelde...; donde el espíritu del Evangelio es mixtificado y desmentido; donde se afirma la desesperación como la última palabra”[5].

Resumen: a) Estos documentos, de índole dispar, convienen en dar por supuesta la existencia del diablo como ser personal. Se trata de un dato de fe. Como escribe K. Rahner, el diablo “no puede ser entendido como una mera personificación mitológica del mal en el mundo, o sea, la existencia del diablo no puede discutirse” (Sacramentum mundi II 249).

b) El diablo depende radicalmente de Dios creador: fue creado por Dios y, por tanto, fue creado bueno. La maldad del diablo se debe a que pecó. Se apartó libremente de Dios y quedó condenado para siempre.

c) Por permisión divina actúa con astucia, induciendo al hombre al mal, aunque no puede anular la libertad humana. El hombre, al pecar, cae bajo su dominio maléfico.

d) Cristo Redentor nos libera del dominio del diablo.

Equipo de redacción: "En el Desierto"


[1] PABLO VI, Enseñanzas al Pueblo de Dios 1972 (Librería Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano, 1973) p184

[2] La sigla DS se refiere a la obra Enchiridon Symbolorum, Definitionum et Declarationum de rebus fidei et morum, editada por H. Denzinger y Schönmetzer. Traducción española: Enchiridon Symbolorum. El Magisterio de la Iglesia (Herder, Barcelona 1976).

[3] “Ecclesia” 32 [1972] 969.

[4] Ibid., p. 186

[5] Ibid.