martes, 29 de mayo de 2012



PRESENTAMOS AHORA UNA CONFERENCIA DADA por el P. JUAN BAUTISTA ROMANO, Monje de la Santa Cruz y miembro de la Alianza Sacerdotal de los Amigos del Sagrado Corazón, en el Congreso Internacional del Amor Infinito, realizado en Colombia en el año 2010.
Agradecemos al P. Juan Bautista el permitirnos reproducir esta Conferencia.


SACRIFICIO DE CONSAGRACIÓN SACERDOTAL

 El sacrificio de Cristo ha ocupado el lugar de todos los sacrificios antiguos, es decir, de todas las especies de sacrificios que se ofrecían en el Antiguo Testamento. Ha cumplido plenamente lo que aquéllos querían realizar, pero no lo alcanzaban.
En cuanto a nosotros, ahora, y como punto de partida, frente a esta reflexión nos preguntamos: y, ¿qué podemos decir sobre el sacrificio sacerdotal a la luz de algunos textos de: “Al servicio de Dios Amor”, de Madre Luisa Margarita? Yo, vengo de un mundo monástico, y en lo profundo de mi alma resonó y resuena: “Comparte aquello que es característico de la vida monástica, que te es propio, tu experiencia de la Palabra de Dios, de la Lectio Divina, de tu encuentro con Cristo.” El Señor dice a Madre Luisa Margarita: “Mi Sacerdote es otro yo”… Yo les doy mi Corazón…lleno de compasión y dulzura”[1]
         Por lo tanto, Padres, Hermanos y Hermanas queridas, simplemente les compartiremos una experiencia de Lectio, hecha reflexión, como parte de esta historia de la Obra en la Argentina.
         Deseamos compartirles este largo parágrafo de “Al Servicio de Dios-Amor”: 
“He visto varias cosas referentes al amor que Nuestro Señor espera de sus sacerdotes, pero no he tenido tiempo para escribirlas.
Una vez, estando totalmente absorta y recogida en el interior de mí misma, vi primero las complacencias de amor que las tres divinas Personas de la Santísima Trinidad tienen en el sacerdote, la imagen más perfecta del Verbo Encarnado. Inefable complacencia del Padre que contempla los rasgos de su Hijo; del Hijo que se reconoce a Sí mismo; del Espíritu Santo que mira una de sus más hermosas obras maestras.
Después he visto la retribución de amor y de complacencia que la Santísima Trinidad espera, a su vez, del sacerdote.
El sacerdote no debe solamente amar a Dios como lo hacen los fieles, de una manera general; es necesario que el sacerdote tenga un sentimiento de amor particular para cada una de las divinas Personas.
Debe tener para el Padre un amor de adoración y de respeto filial, semejante al amor de Jesús para con su Padre. Para el Hijo, un amor de unión que le mantenga en relación continua con Él. Para el Espíritu Santo, un amor de docilidad, de dependencia, que continuamente recurra a Él."[2]
         Viniendo del mundo de la Lectio Divina, como les dije, intentaré ser eco de la Palabra de Dios y de mi experiencia eclesial.
         Quiero iniciar citando a San Juan, en el capítulo 15, 5 de su evangelio, en donde Jesús, el Hijo del Padre, nos dice: “Sin mí no pueden hacer nada”. Nosotros, como presbíteros, como sacerdotes, participamos por nuestro ministerio en el ministerio de Jesucristo y por esto no podemos ni debemos olvidar estas palabras. Nuestro ministerio lo podemos desarrollar sólo unidos a Jesús. No es suficiente la capacidad y la formación intelectual, o nuestros cansancios apostólicos para ser enviados, apóstoloi de Jesús, como Él es el enviado del Padre (cf. Jn 13, 20); es absolutamente necesario que nosotros vivamos con Él (cf. Mc. 3 14), como pastores que participamos de la única misión del Hijo. No tenemos nada propio, en este ministerio, todo es don gratuito para ser dado gratuitamente. También a Madre Luisa Margarita dice el Señor: “El sacerdote es mucho más que un servidor mío, por participar de mi Sacerdocio recibe una especial igualad conmigo, se convierte en el hijo muy amado de mi Padre”[3]
         Y en este contexto, y después de un año en el que hemos vivido de manera particular, el ministerio de los sacerdotes, por el Año Sacerdotal promovido por el Santo Padre Benedicto XVI, creo que hablar de una espiritualidad presbiteral, no es otra cosa que hablar de una vida, la nuestra, vivida en el ministerio eclesial que se funda en el bautismo y se alimenta de la Palabra de Dios y de los sacramentos, recibidos y ofrecidos, ya que es en el ejercicio de nuestro ministerio en donde se produce el crecimiento en la fe que nos alimenta, y en la donación que nos hace
generosos; en el anuncio de la Palabra que nos nutre, al tiempo que nos envía, y finalmente en la celebración de la Eucaristía que nos adentra más profundamente en el misterio pascual del Hijo de Dios, dándonos la gracia de la reconciliación, y celebrándola sacramentalmente, celebramos y gustamos la misericordia de Dios, sea escuchando a nuestros hermanos y hermanas, llevando en nuestros corazones sus heridas, experimentando que somos sanados, sanando; y perdonados en el perdón que ofrecemos y que recibimos. En definitiva, viviendo como buenos pastores somos pastoreados. El Papa nos decía al dar inicio al Año Sacerdotal: “Este año deseo contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo. ‘El Sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús’, repetía con frecuencia el Santo Cura de Ars, nos dice el Papa. Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma. Tengo presente a todos los presbíteros que con humildad repiten cada día las palabras y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo entero, identificándose con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así como con su estilo de vida. ¿Cómo no destacar sus esfuerzos apostólicos, su servicio infatigable y oculto, su caridad que no excluye a nadie? Y ¿qué decir de la fidelidad entusiasta de tantos sacerdotes que, a pesar de las dificultades e incomprensiones, perseveran en su vocación de ‘amigos de Cristo’, llamados personalmente, elegidos y enviados por Él?” Veamos cómo todo esto tiene para nosotros, que vivimos bajo el impulso espiritual de Madre Luisa Margarita, un eco muy particular. Es central en la espiritualidad de la Madre, el Corazón de Jesús, como lo era para el santo Cura de Ars y así lo tomó el Santo Padre.
         Nosotros como presbíteros, sabemos que somos cristianos llamados por el Señor y puestos por el Espíritu Santo para presidir a la comunidad, presidiendo en el servicio del anuncio de la Palabra, la liturgia Eucarística y el cuidado de las almas. El presbítero preside en el discernimiento que lo impulsa a servir como el Buen Pastor, bello y bueno ( ho poimèn ho kalós) como dice san Jn 10, 11, como aquel que está dispuesto a dar la vida por sus hermanos y hermanas (cf Jn 10, 11), como aquel que camina delante de la comunidad peregrina (cf Jn 10, 14). Pastor de la comunidad, siervo de la comunión y discípulo del Maestro Jesús junto a sus hermanos para los que ha de ser guía, siendo el guiado por el Espíritu Santo (cf Hech 20, 28), no puede haber verdadero sacerdocio, decía Juan Pablo II, sino hay intimidad con Cristo Jesús y nosotros podemos agregar que la caridad de Cristo nos impulsa a una fidelidad mayor que hace de nosotros Sacerdotes según su corazón, corazón de Hijo del Padre Celeste y Hermano de todos los hijos. Esta es la gracia que nos comunica Cristo y que junto a san Pablo en la segunda carta a Timoteo nos llama a: “Te aconsejo que reavives el don de Dios que te fue dado cuando te impuse las manos” 2 Tm 1,6 y en 1 Tm 4, 14 nos dice: “No hagas estéril el don que posees y que te fue conferido”. Y este ministerio, vivido junto a otros hermanos sacerdotes, se renueva y florece sólo si lo vivimos “en relación” con los otros sacerdotes y con el obispo, en diálogo con todos.
         Sí, hermanos, el don que de Dios hemos recibido en la ordenación sacerdotal, no disminuye por nuestros límites, por el contrario nos impulsa a ser y a darnos como el buen pastor, por esto es importante recurrir a la Palabra y a los sacramentos que nos reavivan el don del Espíritu. Hemos de contemplar en nuestros hermanos sacerdotes este misterio que nos recuerda cuán grande es el don que tenemos entre manos, sea el de la propia ordenación como el de la comunión fraterna, sólo así evitaremos ser escándalo para el pueblo fiel y simple, y ya sabemos lo que dice Jesús en el evangelio sobre aquellos que escandalicen al los simples.
        
                                                                                             Equipo de redacción: "En el Desierto"

[1]Cf Al Servicio de Dios – Amor, pp. 223 y 234.
[2] Cf Id. Pp. 281-282. Par 1.
[3]Cf Id. P. 227








lunes, 21 de mayo de 2012


CONTINUAMOS 
NUESTRO DIÁLOGO CON PADRE SIMEÓN SOBRE M. LUISA MARGARITA

Antes de retomar el diálogo con Padre Simeón, queremos citar unas palabras de Madre Luisa Margarita que, a nuestro humilde parecer, son toda una invitación para nuestro siglo XXI.

“¡Amor! He aquí la palabra que hay que lanzar a los hombres;
Es el poderoso remedio para el mal que los aqueja,
Es el foco ardiente que dará llamas
A este mundo helado que el egoísmo estrecha.
¡El Amor es tu esperanza, oh siglo veinte!
De todos tus enemigos él te hará vencer.
¡Ve, pues, a Dios! Ve a aprender cómo se ama:
¡Delante de ti, Cristo te muestra su Corazón!”
(cf. INTRODUCCIÓN, p. 17 – 18. Notas íntimas, año 1900)

   Venerable Padre, ayer nos hablaba de la experiencia mística de Madre Luisa Margarita y, particularmente escuchamos con sus propias palabras  dicha experiencia del Amor de Dios.




    Sí. Pero hay más para escuchar de la Madre. Ella nos conduce de profundidad en    profundidad como atraída por la Luz.  Escuchémosla, querido hermano:
“¡Dios es Amor! Su ocupación primordial es amar: ¡Ama desde la eternidad hasta la eternidad!”
“¡Dios es Amor! Él da su amor sin medida; con inagotable abundancia lo vierte sobre la creación entera. Nada escapa a este divino diluvio que todo lo quiere anegar.”

    Padre, ¿podríamos considerarla una verdadera Madre espiritual, así como sus escritos un pequeño tratado de teología?

    Me atrevo a decir que sí. La Caridad de Dios se le ha manifestado. Dejemos que sea ella quien nos siga conduciendo por los caminos del Amor:
“La caridad de Dios, inmensa, infinita, no podía ser medida por el ojo humano, por la mirada del alma.
Entonces, el Ser – Amor condensó en cierto modo esta divina caridad y, en el Corazón del Verbo Encarnado, la hizo visible. Los seres creados han podido ver en este Corazón creado pero adorable y divino, la anchura y  longitud y altura y profundidad del Amor Infinito.
Anchura: porque el Amor Infinito abraza la multitud de los seres; ni a una sola criatura el Amor Infinito deja de acunar en sus brazos; ni una sola hay a quien no haya querido, mirado, amado, ni una sola a quien no haya dotado y provisto de todo lo que constituye su forma y su existencia.
Longitud: es la duración sin límites de este Amor. ¿Quién medirá la longitud de este Amor Infinito? ¿Quién le pondrá un comienzo y le asignará un término? “Longitud…” Siempre ha amado, amará siempre, eternamente.
Altura: el Amor Infinito se elevó a alturas incomprensibles. Se elevó en el Padre hasta la generación del Verbo Divino, Palabra todopoderosa, Sabiduría eterna, Hijo único, igual en todo a su Padre.
Se elevó en el Padre y en el Hijo, hasta la procesión del Espíritu Santo, principio de todo am, de toda santidad, Dios como el Padre y el Hijo.
Se elevó en la Trinidad divina hasta formar la unidad más perfecta, de suerte que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son sino un solo Amor, uno solo único en tres Personas.
¡Oh sublimidad del Amor Infinito de Dios! ¿Quién podría elevarse hasta Ti para comprenderte?
Profundidad: y, también, ¿quién podría descender hasta tus insondables profundidades?
El Amor Infinito, ese maravilloso edificio compuesto por la Omnipotencia, la Sabiduría infinita, la Soberana Bondad, la invariable Justicia, la divina Misericordia, el Bien absoluto y la Belleza perfecta, tiene cimientos tan profundos que nada jamás ha podido sacudirlo. El tiempo, que todo lo destruye, nada pudo contra él. La ola de las iniquidades humanas vino a estrellarse contra él, como la furiosa onda se quiebra contra el acantilado de granito.
¡No le bastará al alma elegida, toda la eternidad, para poder penetrar hasta las íntimas profundidades de este abismo de amor! “¡Profundidad!” Vayamos al Corazón de Jesús: por la ancha abertura que la lanza le ha hecho, miremos en este abismo de la Caridad divina; tratemos de sondear en él su profundidad.
Más, no; el vértigo se apodera del alma ante este abismo de amor; hay que cerrar los ojos, abandonar todo apoyo y dejarse caer; caer sin fin en esas divinas profundidades, sin tratar de comprender, sin querer explicar.
¡El Amor no se explica! Se desea, se quiere, se siente, se gusta, se embriaga uno con él, se vive, se muere por él, ¡no se le conoce! ¡Oh Profundidad!

_Venerable padre, usted mencionó al inicio de nuestro diálogo que, Jesús le encomendó a M. Luisa Margarita la misión específica de la Obra del Amor Infinito. ¿En qué consiste esta Obra?
La Madre nos ha comunicado que “el primer deseo de Jesús es la salvación de las almas; volver a levantar el mundo por medio del Amor, establecer el reino del Amor Infinito en la tierra”.
A este deseo de Jesús corresponde la Obra del Amor Infinito, cuya finalidad es difundir el conocimiento del Amor en todo el mundo y establecer su reino en todas las almas. Para ello, nuestro Señor mismo elige, como medio de esta gran empresa, a sus sacerdotes. Ellos, agrupados alrededor del Corazón de Jesús, constituirán la rama más importante de la Obra y, recibirá el nombre de “Alianza sacerdotal de los Amigos del Sagrado Corazón”.
Pero, la Obra forma una gran Familia unida toda ella por el Acto de consagración al Amor Infinito por la que cada miembro pone toda su vida al servicio de este Amor.
Además de la Alianza sacerdotal, conforman esta Familia las Hermanas de Betania del Sagrado Corazón. Contemplativas, las Hermanas ofrecen su vida de oración, silencio, trabajo e inmolación a Dios Amor, por la Iglesia, el Papa y el sacerdocio, a fin de que se apresure el triunfo del Amor en el mundo. Tratan de vivir las cuatro virtudes que el Sagrado Corazón pidió a Madre Luisa Margarita, como un deseo expresado para la nueva fundación: humildad, pobreza, sencillez y caridad.
Betania es como la raíz escondida de la Obra del Amor Infinito.
Las fieles amigas y amigos de Betania del Sagrado Corazón. Son quienes unidos a Betania del Sagrado Corazón, se ofrecen totalmente al Amor Infinito para obtener Su reinado en el mundo, a través del sacerdocio.
Las Misioneras del Amor Infinito. Es un Instituto secular femenino que, trata de vivir la unidad en la caridad, al servicio de Dios Amor y del sacerdocio.
Padre, finalmente, ¿cuál sería el mensaje de M. Luisa Margarita para el mundo  particularmente -  para los jóvenes de este siglo XXI?

_Preguntémoselo. Madre, ¿Qué nos dices hoy a todos los hombres que ardientemente buscamos la Verdad, el Bien, la Belleza y el Amor?

_Dios es Amor y el Amor quiere ser amado, y el Amor no es suficientemente amado.
Hay que amar apasionadamente a este Dios, a este Salvador, confiarle todo, esperar todo de Él, ir a Él con corazón de niño que se abre, que cree, que recibe y da.
Lo que Dios busca y pide son corazones que le amen desestimando todo lo demás, de tal modo entregados  a Él, de tal modo despojados de sus propios intereses que pueda complacerse en ellos.

_Venerable padre, nuevamente le agradecemos su bondad por acogernos. Nos encomendamos a su paternal oración. Bendíganos, padre.

Equipo de redacción: "En el Desierto"


sábado, 12 de mayo de 2012

Dialogando nuevamente
Madre Luisa Margarita
con Padre Simeón
En esta oportunidad deseamos acercarnos a un alma privilegiada que Dios ha regalado a su Iglesia, la Venerable Madre Luisa Margarita Claret de La Touche.   Para ello, dialogamos nuevamente con quien ya lo hemos hecho en otras oportunidades que, aún siendo él un Solitario del Señor, discípulo de los Santo Padres,  ha tenido un acercamiento y encuentro profundo y lleno de luz con la Madre.
Foto: Madre Luisa Margarita


- Padre, nuevamente le agradezco que me permita acercarme a usted…  Sé que conoce y ama profundamente a la Madre Luisa Margarita Claret de La Touche y también conoce la Obra del Amor Infinito.
¿Qué puede decirnos de esta mística del siglo XX?
- Margarita Claret de La Touche nació en Saint – Germain en Laye (Francia) el 15 de marzo de 1868. 
A los 22 años ingresa en el Monasterio de la Visitación de Romans (Francia). Su vida religiosa transcurre exteriormente inadvertida, pero su camino interior está marcado por particulares momentos de gracia. Ella se siente llamada por el Señor para dos grandes tareas: transmitir el mensaje que Jesús le ha confiado respecto de los sacerdotes y hacer conocer la misión del sacerdote como sembrador de amor.
Ante todo, es una mujer contemplativa que el Señor condujo  a una alta unión mística. Ella sólo expresa lo que ve y lo que cree recibir de Dios. Y lo hace con profunda humildad, desconfiando siempre de sí misma y temerosa ante la idea de poder equivocarse o de mezclar algo de sí misma con lo que le parece provenir de Dios.
-Venerable Padre, respecto a sus escritos, ¿Qué apreciación tiene de ellos?
-Los escritos de la Madre rebosan de Dios – Amor. Ella se siente inundada y sobrecogida por el Amor de Dios manifestado en Jesucristo, particularmente en su Sagrado Corazón. Es más, esta experiencia desborda en ella al punto de ser la receptora  de comunicaciones particulares de Jesús, quien le encomienda la misión específica de la Obra del Amor Infinito.
Querido hermano, escuche lo que nos dice la Madre: (Padre Simeón tomó con veneración los escritos de la Madre y comenzó a leer piadosamente). “Veo el Amor Infinito en todos los misterios de nuestra fe, explicándolos, precisándolos, iluminándolos con una luz intensa y sin embargo tan suave, que las miradas interiores pueden fijarse en ellos sin deslumbrarse”. En estas palabras se resume lo que podríamos llamar la doctrina de la Venerable Madre.
Ella nos invita, desde su propia experiencia, a seguirla para entrar  en el gran misterio de Dios, sumergiéndonos en los Abismos del Amor Infinito.

-¿Puede usted indicarnos cuál es este itinerario?
-Sí. Pero dejaré que sea la propia Madre quien lo señale. Cada uno tiene que hacer su propia experiencia…
Padre Simeón, como lo hizo anteriormente, tomó los escritos de la Madre Luisa Margarita y comenzó a leerlos pausadamente y con gran unción.
“Durante algún tiempo estuve dedicada a considerar el Amor Infinito, y mi alma conserva tan suaves y fuertes impresiones que quiero dejar anotado algo.
Veía delante de mí un abismo inmenso, tan extenso, que ningún ojo humano podía sondearlo: era el Amor Creador.
El Amor Infinito tuvo necesidad de difundirse fuera de sí mismo y resolvió la creación del hombre a fin de poder derramarse en él.
Por acuerdo de la Santísima Trinidad el hombre fue formado y el soplo divino, el Espíritu de Dios, el Amor, le dio la vida, la vida del alma y la del cuerpo, una vida perfecta, pura, la vida tal como Dios la hacía para el hombre.
Entonces vi otro abismo. El hombre había pecado, había transgredido la orden de Dios y esta criatura rebelde debía ser castigada. La santidad infinita reclamaba sus derechos y la Justicia iba a aniquilar a este ser, que no había respondido a las liberalidades del Amor Creador, sino con la desobediencia y el orgullo.
Pero el Amor, el Amor Mediador, colocándose entre el hombre pecador y Dios ultrajado, abrió un profundo abismo y la Justicia no podía alcanzar al hombre.
Durante largos siglos este Amor Mediador preservó a la criatura pecadora de los golpes de la divina Justicia; conducía a los Patriarcas y se revelaba a ellos, hablaba por los Profetas, conservaba la verdadera noción de Dios en el pueblo elegido, trabajaba preparando a toda la humanidad para la obra de la Redención.
Vi un tercer abismo de amor, tan extenso, tan profundo, tan incomprensible, que sólo un Amor incomprensible podía explicarlo. Era el Amor Redentor.
El Verbo se había encarnado, había visitado la tierra, había descubierto al hombre los misterios ocultos de la salvación, había dado toda su sangre y, en este baño generoso, la humanidad culpable había sido lavada. Toda la vida de Jesús, todas sus adorables inmolaciones estaban allí.
El Amor – Sacerdote había ofrecido al Amor – Víctima, el mundo estaba rescatado, la Justicia divina desarmada; había tenido lugar la reconciliación definitiva entre el Creador y la criatura. Jesús había muerto para darnos la vida. Resucitado, había terminado de formar la Iglesia; ahora, volvía hacia su Padre.
Un nuevo abismo de amor se me aparecía: ¡era el Amor Iluminador! El Espíritu Santo, el Espíritu de Dios, el Amor substancial del Padre y del Hijo había descendido a la Iglesia para fecundarla, como antaño había fecundado el seno virginal de María. Me fue mostrado un quinto abismo: se habían cumplido los tiempos, nuevos cielos y nueva tierra aparecieron y el Amor Glorificador iba a coronar a los elegidos; nada faltaba a la plenitud divina; todas las criaturas habían vuelto a entrar en el seno del Padre y el Amor, glorificándolas, se glorificaba a Sí mismo.
Y percibí también otro abismo, cuyas dimensiones ninguna palabra humana podría expresar,  ninguna inteligencia creada midió jamás: era el Amor sin forma, el Amor sin manifestaciones exteriores: ¡era Dios mismo!
Postrada al borde de este abismo insondable, mi alma adoraba en silencio y me parecía oír una voz que me decía: ‘El Amor Infinito envuelve, penetra y llena todas las cosas; es la fuente única de la vida y de toda fecundidad; es el principio eterno de los seres y su fin eterno. Si quieres poseer la vida y no ser estéril, rompe los lazos que todavía te atan a ti misma y a la criatura, ¡y arrójate en este abismo!'  
El Padre Simeón hizo un profundo silencio que se prolongó por varios minutos. Luego nos levantamos invadidos por una sola Presencia, y me invitó a continuar nuestro diálogo,  al día siguiente.
Equipo de redacción: "En el Desierto"

martes, 1 de mayo de 2012


Continuación…
San Máximo:
Interpretación del Padre Nuestro

Ascenso a la Divinización
Por eso, también nosotros, -para retroceder un poco y reasumir sucintamente la fuerza de lo que hemos dicho-  si queremos ser librados del Maligno y no entrar en tentación, creamos a Dios y perdonemos las ofensas a quienes nos ofenden. Pues dijo: “Si no perdonáis a los hombres sus pecados, tampoco vuestro Padre celeste os perdonará[1]; para que no recibamos sólo el perdón de las culpas sino que también venzamos la ley del pecado, no permitiendo Dios que la experimentemos, y aplastemos a la maligna serpiente -que ha engendrado esta ley- de la cual pedimos ser librados. Porque Cristo, que ha vencido el mundo[2], nos guiará en el combate, y nos armará con las leyes de los mandamientos y, conforme a estas leyes, con la remoción de las pasiones; y unirá, mediante el amor, a la naturaleza humana consigo misma. Y, siendo Él pan de vida[3], de sabiduría, de conocimiento y de justicia, moverá nuestro apetito insaciablemente hacia Él y, por la realización de la voluntad del Padre, nos hará semejantes a los ángeles en su adoración[4], manifestando por nuestra conducta, y mediante una buena imitación, la beatitud celeste.
Y de allí nos guiará luego al supremo ascenso a las realidades divinas, al Padre de las luces[5], haciéndonos partícipes de la divina naturaleza[6], por la participación por gracia del Espíritu Santo, por la cual recibiremos el título de hijos de Dios, portando íntegramente al autor todo de esta misma gracia e Hijo del Padre por naturaleza, sin circunscribirlo ni mancharlo; de quien, por quien y en quien tenemos y tendremos el ser, el movimiento y la vida[7].


Conclusión: Exhortación a vivir el Misterio presentado por la Oración
Que el fin de nuestra oración sea la contemplación de este misterio de la divinización, para que conozcamos lo  que ha realizado de nosotros  la kénosis en la carne del Hijo unigénito, y de dónde y dónde ha hecho subir, por la potencia de su mano que ama al hombre, a aquellos que  habían alcanzado el punto más bajo de todo el universo[8], allá donde nos había precipitado el peso del pecado. Amaremos más así a Quien sabiamente ha preparado esta salvación para nosotros. Mostremos mediante nuestras acciones el cumplimiento de la oración y, proclamando, manifestemos que Dios es verdaderamente Padre por gracia. Mostremos claramente, por el contrario, que no tenemos por padre de nuestra vida al maligno quien, mediante las pasiones deshonrosas, se dedica a imponer siempre tiránicamente su dominio a la naturaleza. Que no nos suceda cambiar la muerte por la vida, porque también cada uno de los adversarios (Cristo y el Diablo) distribuye naturalmente a los que le están unidos: uno dispensa la vida eterna a aquellos que lo aman; el otro, por la sugerencia de las tentaciones voluntarias, la muerte a quienes se aproximan a él.

Porque, según la Escritura, doble es el modo de las tentaciones: uno por el placer, el  otro por el dolor; uno libre y el otro no. Aquel engendra el pecado y la enseñanza del Señor nos prescribe orar para no caer en él, cuando dice: “Y no nos dejes caer en tentación[9] y “Velad y orad para no caer en tentación[10]. El otro protege del pecado, castigando la disposición que ama el pecado con suplementos involuntarios de penas. Si alguien las soporta, y sobre todo si no está adherido por los clavos del mal, escuchará al gran apóstol Santiago quien proclama explícitamente: “Considerad un gran gozo, hermanos mío, el estar rodeados por toda clase de pruebas, porque la prueba de nuestra fe produce la paciencia, la paciencia virtud probada y la virtud probada debe ir acompañada por una obra perfecta[11]. El Maligno usa pérfidamente ambas tentaciones, la voluntaria y la involuntaria. Sembrando la tentación voluntaria, excita al alma con los placeres del cuerpo para apartar su deseo, con estas maquinaciones, del amor divino; y, con el engaño, busca obtener la tentación involuntaria porque quiere destruir la naturaleza con dolor, para forzar al alma, abatida por la debilidad de los sufrimientos, a volver sus pensamientos a la calumnia contra el Creador.

Por el contrario, conociendo bien los pensamientos del Maligno, oremos para apartar la tentación voluntaria, para que no apartemos el deseo de la caridad divina. Con la ayuda de Dios, soportemos con entereza la tentación que sobreviene involuntariamente, a fin de manifestar que preferimos en vez de la naturaleza al Creador de la naturaleza. Y que todos los que invocamos el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo[12], seamos rescatados de los placeres presentes del Maligno y liberados de los dolores futuros por la participación en la sustancia verdadera de los bienes futuros[13], la cual contemplaremos en el mismo Cristo nuestro Señor, quien solo es glorificado con el Padre y el Espíritu Santo por toda la creación. Amén.
Equipo de redacción: "En el Desierto"

Notas:
[1] Mt  6, 15.
[2] Cf. Jn  16, 33.
[3] Jn 6, 35. 48.
[4]homolatras
[5] St  1, 17.
[6] 2 P 1, 4. Este pasaje bíblico es usado casi siempre por los Padres en relación al misterio de la divinización.
[7] Cf. Rm  1, 26.
[8] Aparece el principio denominado tantum-quantum. El hombre asciende por la divinización, en la medida en que Cristo descendió por su encarnación kenótica.
[9] Mt  7, 13.
[10] Mt  26, 41.
[11] St  1, 2-4, unido a Rm  5, 4.
[12] 1 Co  1, 2.
[13] Hb  11, 1.

jueves, 19 de abril de 2012


Continuación…
San Máximo:
Interpretación del Padre Nuestro

La Oración como realización del Designio

En efecto, ella habla del Padre, del Nombre del Padre y del Reino. Ella expresa también  que aquel que ora es hijo de este Padre en la gracia. Pide que lo que está en el cielo y lo que está sobre la tierra provengan de una única voluntad. Manda pedir el pan cotidiano. Pone la reconciliación como ley para los hombres, y por el perdonar y de ser perdonado, une a sí misma la naturaleza para que no esté más escindida por la diferencia entre las voluntades. Ella nos enseña a suplicar para no caer en tentación (que es la ley del pecado) y exhorta a ser liberados del mal. En efecto, era necesario que aquel que realiza y concede los bienes fuera también el maestro, y que les presente también como a sus discípulos las palabras de la Oración, como los preceptos para esta vida, a quienes creen en él e imitan su conducta en la carne. Por estas palabras ha significado los tesoros escondidos de la sabiduría y del conocimiento[1]que subsisten específicamente en él, impulsando evidentemente el deseo de aquellos que suplican hacia el goce de esos tesoros.

Por eso, pienso, la Escritura ha llamado ‘oración’ a este enseñanza porque comporta la petición de los dones que Dios da los hombres por gracia. En efecto, así como nuestros Padres, inspirados por Dios han explicado y definido la oración, diciendo que ella es una petición de lo que Dios regala convenientemente a los hombres, como él lo sabe; igualmente han definido al voto como un compromiso, o una promesa, de las cosas que los hombres ofrecen a Dios dándole un culto verdadero. Han expuesto con frecuencia que la Escritura da testimonio de ello con su propia palabra, así: “Haced votos y ofrendas al Señor, nuestro Dios[2] y Todo de lo cual he hecho voto, te lo ofreceré, Señor, nuestro Dios[3]. Esto es lo que se ha dicho respecto al voto; y respecto a la oración: “Ana oró al Señor y dijo: ‘Señor Adonai, Eloí Sabaoth, si tú te dignas satisfacer a tu sierva y conceder un fruto a mis entrañas’[4], y “Oró Ezequías, rey de Judá, así como el profeta Isaías, hijo de Amós al Señor[5] y lo dicho por el Señor a sus discípulos: Cuando oren, digan: ‘Padre Nuestro que estás en los cielos’[6]. Así el voto puede ser la guarda de los mandamientos, ratificada por las acciones voluntarias del que hace el voto; y la oración es la petición de aquel que ha guardado los bienes, hecha para tener parte en los bienes que ha guardado; o incluso, el voto, es el combate de la virtud, ofrenda que Dios acepta con la más grande complacencia; y la oración es la recompensa de la virtud, que Dios da a cambio con gran gozo.

Comentario Continuado
Puesto que ha sido demostrado que la oración es una petición de los bienes de los cuales el  Logos encarnado es autor, poniendo en nosotros lo mismo que nos han enseñado las palabras de la Oración, avancemos con confianza, desnudando cuidadosamente por la contemplación, tanto cuanto es posible, el sentido de cada palabra, como el Logos mismo acostumbra conceder convenientemente y dar la potencia de comprender el pensamiento de aquel que dice...

“Padre Nuestro, que estás en los cielos. Santificado sea tu nombre, venga  tu Reino”
En primer lugar, el Señor enseña, por estas palabras, a aquellos que oran a comenzar, como conviene, por la teología; y los introduce en el misterio[7] del modo de la existencia de la Causa Creadora de los seres, que es, por esencia, el autor de los seres. En efecto, las palabras de la oración muestran al Padre, al Nombre del Padre y el Reino del Padre, para que seamos enseñados desde el mismo principio a honrar, invocar y adorar la Trinidad Una. Porque el Hijo unigénito, es el Nombre de Dios Padre que subsiste esencialmente; y el Espíritu Santo, es el Reino de Dios Padre que subsiste esencialmente. En efecto, lo que aquí Mateo llama “Reino”, otro de los evangelistas lo llama Espíritu Santo: Que venga tu Espíritu Santo  y que nos purifique[8]. En efecto, el Padre no tiene un Nombre recibido, y no debemos pensar al Reino como una dignidad agregada a Él. No ha comenzado a ser de modo que comience  también a ser Padre o Rey, sino que siendo siempre, es también siempre Padre y Rey, no habiendo comenzado de ningún modo, ni a ser, ni a ser Padre o Rey. Y si siendo siempre, es también siempre Padre y Rey, entonces también el Hijo y el Espíritu Santo han coexistido siempre esencialmente con el Padre; son naturalmente a partir de Él y en Él, más allá de la causa y de la razón; sin embargo no son después de Él, como si hubieran advenido posteriormente, en tanto causados por Él. Porque la relación posee la capacidad de mostrar uno en el otro al mismo tiempo, a aquellos de los cuales ella es y es llamada relación, no permitiendo por esto, que sean considerados uno después del otro.

Comenzando esta oración somos conducidos a honrar la Trinidad consubstancial y supersubstancial, en tanto Causa creadora de nuestro origen. También se nos enseña a anunciarnos a nosotros mismos la gracia de la filiación, hechos dignos de llamar Padre por la gracia, a aquel que nos ha creado por naturaleza; para que, respetando la invocación de quien nos ha hecho nacer por la gracia, nos empeñemos en significar en nuestra vida la impronta de aquel que nos ha hecho nacer, santificando su Nombre sobre la tierra, imitándolo como a un Padre, mostrándonos como sus hijos por nuestras acciones, y magnificando por nuestros pensamientos y acciones al Hijo por naturaleza del Padre, que obra por sí mismo la filiación.

Santificamos el Nombre del Padre por gracia en los cielos, mortificando la concupiscencia por la materia purificándonos de las pasiones que realizan la corrupción, porque la santificación es la total inmovilidad y mortificación de la concupiscencia de los sentidos. Llegados a esto, calmamos los impertinentes ataques de la ira, la cual no tiene más a la concupiscencia que la excite y persuada en luchar por los placeres familiares, puesto que la concupiscencia está mortificada ya por la santidad según al principio de naturaleza. En efecto, la ira que por naturaleza es vengadora de la concupiscencia, cesa naturalmente de enfurecerse cuando la ve »a la concupiscencia¼ mortificada.

Con razón, pues, tras el rechazo de la ira y de la concupiscencia viene, según la oración, la posesión del Reino de Dios Padre para aquellos que, después de haberlas rechazado,  son hechos dignos de decir “Que venga tu Reino”, es decir, tu Espíritu Santo . Por el principio y el modo de la mansedumbre, han sido ya hechos templos de Dios por el Espíritu[9]. En efecto, se ha dicho: ¿Sobre quién reposaré, si no sobre aquel que es dulce, sobre aquel que es humilde y que teme mis palabras?[10]. De donde es visible que el Reino de Dios Padre es de los humildes y de los dulces. Porque se ha dicho: Bienaventurados los dulces, porque heredarán la tierra[11]- No es esta tierra, que ocupa por naturaleza el lugar intermedio del universo, la que Dios ha prometido en herencia a aquellos que lo aman, si dice verdaderamente cuando afirma: “Cuando resucitarán los muertos, no tomarán ni mujer ni marido, sino que serán como loa ángeles en el cielo”[12] y: “Venid, benditos de mi Padre, heredaréis el Reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo”[13]. Y nuevamente a otro que servía con buena voluntad: “Entra en el gozo de tu Señor[14]. Y después de él, el divino Apóstol: “Con la trompeta, aquellos que han muerto en Cristo resucitarán primero, incorruptibles; luego nosotros, los que vivimos, que permanecemos aún aquí, al mismo tiempo que ellos, seremos raptados en las nubes al encuentro del Señor en los aires, y así estaremos para siempre con el Señor[15].

Habiendo sido hechas tales promesas a los aman al Señor, ¿quién, si ha adherido su intelecto a las solas palabras de la Escritura, movido por la razón y deseando  ser servidor de ella, dirá que el “cielo”, el Reino preparado desde la creación del mundo, el gozo misteriosamente escondido del Señor, la habitación y morada continuas y totalmente ininterrumpidas con el Señor de aquellos que son dignos, son de alguna manera idénticos a la tierra? Por el contrario, pienso poder decir ahora que la tierra es este hábito y esta potencia de los mansos, que es firme y totalmente inseparable del bien; en cuanto está siempre con el Señor y tiene un gozo indeficiente; ha obtenido el Reino preparado desde el origen y ha sido hecha digna del reposo y orden en el cielo, como una tierra que ocupa la posición media del universo, es decir el principio de la virtud. Según este principio, el manso, en medio del bien y del mal que se dice de él[16], permanece imperturbable , sin ser inflado por aquello que se dice de bueno, ni entristecido por lo que se dice de malo. Porque la razón es naturalmente libre, después de haber rechazado el deseo, no percibe los asaltos cuando estos la turban; ella ha reposado de la agitación respecto a estas cosas, y ha amarrado  toda la potencia del alma a la inmóvil libertad divina. Y deseando distribuirla a sus discípulos, el Señor dice: “Cargad mi yugo sobre vosotros  y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis reposo para vuestras almas[17]. Llama reposo a la posesión del Reino divino, en tanto que produce en aquellos que son dignos una soberanía liberada de toda esclavitud.

Si la posesión indestructible del Reino puro ha sido dada a los humildes y a los mansos, ¿quién no amará apasionadamente y deseará totalmente los bienes divinos de manera de no tender, hasta el extremo a la humildad y la mansedumbre para llegar a ser  -en tanto es posible al hombre- impronta del Reino de Dios, llevando en sí por la gracia la inmutable configuración con Cristo en el Espíritu, quien es en verdad, naturalmente y por esencia, el gran Rey?

En esta configuración, dice el divino Apóstol: no hay varón y mujer[18], es decir ni ira ni concupiscencia. En efecto, aquella saca tiránicamente a la razón y al pensamiento, fuera de la ley de la naturaleza. Y la concupiscencia hace que los seres que son según la Causa y Naturaleza única, sola deseable e impasible, sean más deseables que Aquella. Por eso hace a la carne más preferible que el espíritu,  y el gozo de lo visible más agradable que la gloria y el resplandor de los inteligibles. Por la molicie del placer de los sentidos, aparta al nous de la percepción divina de los inteligibles, que le es connatural. Pero en esta configuración no hay más que la razón sola; que se ha despojado por la sobreabundancia de virtud de esta ternura y disposición al cuerpo, ternura y disposición que son no sólo imperturbables sino también naturales. El Espíritu domina totalmente a la naturaleza, persuadiendo al nous a abandonar la filosofía moral[19], cuando debe unirse al Logos suprasubstancial por la contemplación simple e indivisa (aún si contribuye naturalmente a que el nous se aparte fácilmente y sobrepase las cosas que fluyen temporalmente). Habiendo sobrepasado estas cosas, no es razonable imponer la carga de la vía ética como una manto[20], a quien que se ha mostrado desprendido de las cosas sensibles[21].

Y el gran Elías manifiesta claramente este misterio, por medio de las cosas que realizó en figura[22]. Durante su rapto da a Eliseo su manto (quiero decir la mortificación de la carne, en la cual ha fijado la magnificencia de la recta ordenación moral) para asistir al espíritu contra toda potencia adversaria y para que golpee la naturaleza inestable y que fluye (cuyo tipo era el Jordán), a fin de que no impida al discípulo atravesar hacia la tierra santa y ser tragado por la turbación y lo resbaladizo de la afección a la materia. Avanza libre hacia Dios, no siendo dominado absolutamente por relación alguna con los seres, teniendo simple el deseo e incompuesta su voluntad, para establecer su morada en Aquel que es simple por naturaleza, por medio de las virtudes generales, encadenadas éstas gnósticamente unas a otras como los caballos de fuego. Él sabía, en efecto, que el discípulo de Cristo debe estar apartado de las disposiciones desiguales, cuya diferencia prueba la hostilidad (porque la pasión de concupiscencia produce una efusión de sangre en torno al corazón y el movimiento de ira produce, evidentemente, la ebullición de esta sangre)[23]. Llegado a la vida, el movimiento y el ser en Cristo[24], había alejado de sí el origen discordante de las desigualdades, no llevando más en sí las disposiciones contrarias -diría- de estas pasiones, como la de »la oposición¼ varón-mujer; de modo que la razón no sea esclavizada por ellas, habiendo permanecido extraña a sus cambios inestables. Ella es naturalmente dominada por la veneración de la imagen divina, y persuade al alma a transformarse a semejanza divina, por su voluntad, y de pertenecer al gran Reino que subsiste sustancialmente con el Dios y  Padre de todas las cosas, en cuanto morada toda resplandeciente del Espíritu Santo, recibiendo -si está permitido decirlo y en la medida de lo posible - el poder entero de conocer a la naturaleza divina. Por este poder es rechazado el origen de lo peor y subsiste naturalmente el de lo que es mejor; llegando a ser el alma igual a Dios, conservando intacta en sí, por la gracia de su vocación,  la sustancia de los bienes recibidos. Por este poder, Cristo quiere siempre ser engendrado misteriosamente, encarnándose mediante los que son salvados[25]; convierte al alma que lo engendra en una madre virgen que, para decirlo brevemente, no lleva las marcas de la naturaleza sumisa a la corrupción y a la generación según la relación de varón y mujer[26].

Que ninguno se sorprenda de escuchar la corrupción situada antes de la generación. En efecto,  el que examina sin pasión y con recta razón la naturaleza de lo que viene al ser y de lo que se va del ser, encontrará claramente que la generación toma su comienzo de la corrupción y en ella acaba. Cristo (es decir el modo de vida y de la razón de Cristo y según Cristo) no posee como decía, las pasiones características de esta generación y de esta corrupción, si es verídico quien dice: Porque en Cristo Jesús, no hay varón y mujer[27] (mostrando evidentemente las características y las pasiones de la naturaleza sumisa a la corrupción y a la generación), sino que hay un principio único y deiforme realizado por el conocimiento divino, y un movimiento único de la voluntad que elige sólo la virtud.
Ni griego y judío[28], por medio de lo cual se significa la diferente noción acerca de la opinión de Dios o, para decir más verdaderamente, la contradicción de opiniones acerca de Dios[29]. La noción griega introduce insensatamente una multiplicidad de principios y  divide el principio único en operaciones y potencias contrarias,  modela un culto politeísta que es contradictorio por la multitud de quienes son adorados, y ridículo por las variadas formas de veneración. La noción judía, por su parte, introduce un principio único, estrecho e imperfecto, casi impersonal, como carente de razón y vida, cayendo, por medios contrarios, en el mismo mal que la primera noción: el ateísmo, circunscribiendo en una única persona al único y mismo principio, que subsiste sin el Logos y el Espíritu, o que sería cualificado por el Logos y el Espíritu. No ve qué sería Dios, privado del Logos y del Espíritu, ni cómo sería Dios dividido por ellos, como si fueran accidentes, de modo cercano a la participación de los seres racionales sujetos a generación. En Cristo, como dije, no hay ninguna de estas cosas, sino sólo principio de la genuina piedad, una sólida ley de la teología mística, la cual rechaza la expansión de la divinidad del primer discurso y no acepta la contracción (de la divinidad) del segundo discurso, para que no haya contradicción por una pluralidad de naturalezas, el error griego, ni padezca por la singularidad de la persona, que es el error judío,  como privado del Logos y del Espíritu, o cualificado por el Logos y el Espíritu, no siendo honrada la divinidad como Inteligencia, Logos y Espíritu. Esto nos enseña a quienes hemos sido introducidos en el conocimiento de la verdad[30] por la llamada de gracia según la fe, a reconocer que la naturaleza y el poder de la divinidad es uno, y que, por lo tanto, hay un Dios contemplado en el Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esto significa un solo Nous que existe substancialmente, incausado, que engendra al único Logos que subsiste substancialmente sin principio, y fuente de la única vida eterna esencialmente subsistente, el Espíritu Santo. Trinidad en Unidad y Unidad en Trinidad: no una en la otra, como si la Trinidad estuviera en la Unidad como un accidente en la sustancia, ni vice versa, la Unidad en la Trinidad, porque es incualificada. No como una y otra, porque la Unidad no difiere de la Trinidad por una diferencia de naturaleza puesto que es una naturaleza simple y única. Ni como una después de la otra, porque la Trinidad no se distingue de la Unidad por una disminución de poder, ni la Unidad de la Trinidad. Ni la Unidad se distingue de la Trinidad como algo común y general considerado sólo por el intelecto como distinto de las partes que la constituyen, puesto que es una esencia que existe propiamente por sí misma, y una fuerza que es absolutamente poderosa. Ni como una a través de otra, porque no hay mediación de relación como de efecto a causa entre lo que es completamente idéntico y absoluto. Ni como una de la otra, porque la Trinidad no es una derivación de la Unidad, puesto que es sin origen y se manifiesta a sí misma.
Por el contrario, decimos y pensamos que el mismo Dios es verdaderamente Unidad y Trinidad: Unidad de acuerdo al principio de esencia, y Trinidad según el modo de existencia. Es la misma: toda la Trinidad, no dividida por las personas, y toda la Unidad, no confundida por la unidad[31], para que no sea introducido el politeísmo por la división, ni el ateísmo por la confusión. Huyendo de ambos, brilla el principio de Cristo. Llamo principio de Cristo a la nueva proclamación de la verdad, en la cual no hay varón y mujer[32]”, o sea ni signos ni pasiones de la naturaleza sujeta a la corrupción y a la generación; ni judío y griego, las nociones opuestas acerca de Dios, ni circuncisión e incircuncisión, los cultos diferentes que broten de esas concepciones opuestas. La religión de la circuncisión, por medio de los símbolos de la Ley, envilece la creación visible y acusa al Creador de ser autor de cosas malas. La religión de la incircuncisión, por medio de la pasión, diviniza la creación visible y subleva la creatura contra el Creador; ni bárbaro y escita, o sea, no hay tensión de la voluntad que subleve a la única voluntad contra sí misma, por la cual se introdujo entre los hombres la ley antinatural del mutuo asesinato. Ni esclavo y hombre libre, o sea, la división de la misma naturaleza por oposición de la voluntad, que deshonra lo que por naturaleza es de igual honor, teniendo  la ley como auxiliar a la actitud de los que ejercen una disposición tiránica sobre la dignidad de la imagen. Pero Cristo es todo en todos[33], creando la configuración en el espíritu del reino sin comienzo; configuración que sobrepasa la naturaleza y la ley; configuración caracterizada, como se mostró, por la humildad y mansedumbre de corazón, cuya concurrencia[34] caracteriza, como se ha mostrado, al hombre perfecto creado según Cristo. Porque todo hombre humilde es también totalmente manso  y todo  hombre manso es también totalmente humilde: humilde en cuanto sabe que tiene el ser como prestado; manso en cuanto reconoce el uso natural de las potencias dadas, y los entrega al servicio de la razón para engendrar la virtud, restringiendo su operación sensible, de un modo perfecto. Y por eso, por su nous, está siempre en movimiento hacia Dios[35].
Aún si experimenta al mismo tiempo todo lo que puede afligir su cuerpo, no es movido en modo alguno de acuerdo a los sentidos, ni traza alguna de tristeza marca su alma como sustituyendo la actitud gozosa en él,  porque no piensa que el dolor sensible constituya una pérdida de placer, pues conoce un solo placer: la comunión de vida[36] del alma con el Logos, cuya privación es un castigo sin fin que circunscribe naturalmente todos los siglos, Y por esto, abandonando su cuerpo y las cosas corporales, es llevado vigorosamente hacia la divina comunión de vida, pensando que el único castigo -aun si fuese señor  de todo en la tierra-  consiste en el fracaso de la divinización por la gracia, que él persigue.
Purifiquémonos, por lo tanto, de toda contaminación de la carne y del espíritu[37], para que santifiquemos el nombre de Dios, extinguiendo la concupiscencia que indecentemente nos tormenta con las pasiones, y atemos con la razón la ira que se enfurece desordenadamente con los placeres, para que acojamos al reino de Dios Padre que viene por la mansedumbre. Y conectemos la siguiente petición de la oración, con las cosas dichas anteriormente, diciendo:

“Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”
Quien ofrece místicamente culto a Dios por medio de la sola potencia racional, separado de la concupiscencia y de la ira, ése ha cumplido la voluntad divina sobre la tierra, así como lo hacen las órdenes angélicas en el cielo. Se ha hecho en todo igual a los ángeles en su culto y vida, como dice el gran Apóstol en alguna parte: Nuestra ciudadanía está en el cielo[38], donde no hay concupiscencia para relajar el vigor del nous por medio del placer, ni la ira furiosa, que ladra indecentemente al semejante, sino la sola razón[39] que conduce naturalmente a los seres racionales[40] al primer Principio[41]. Sólo en esta razón se alegra Dios, y pide de nosotros, sus siervos. Y muestra esto diciendo al gran David: ¿Qué hay para mí en el cielo, y aparte de ti, qué deseo en la tierra?[42] Nada es ofrecido a Dios en el cielo por sus santos ángeles, salvo el culto racional[43]; esa adoración que Él espera de nosotros, enseñándonos a decir cuando oramos:”Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.

Nuestra razón debe ser movida, por lo tanto, a la búsqueda de Dios, la fuerza concupiscible a su deseo, y la de la ira debe luchar por su conservación; o mejor, para hablar más propiamente, el nous debe tender todo hacia Dios, fortificado por la tensión de la potencia irascible y encendido por el deseo extremo de la concupiscencia. Así, pues, seremos encontrados dando culto a Dios en todas las cosas, imitando a los ángeles del cielo y mostraremos entonces sobre la tierra el mismo modo de vida que los ángeles, no moviendo el nous, como ellos, hacia ninguna de las cosas que están después de Dios[44]. Comportándonos así, según los votos, recibiremos como pan supersubstancial  y vivificador para alimento de nuestras almas y conservación en buen estado de los bienes que nos fueron concedidos, al Logos que dijo: Yo soy el pan que ha bajado del cielo y que ha dado la vida al mundo[45]. Él llega a ser todo para nosotros en proporción a la virtud y la sabiduría con la que hemos sido alimentados, encarnándose en una variedad de modos, que sólo Él conoce, en cada uno de los salvados, mientras estamos aún en este siglo, de acuerdo a la fuerza del texto de la oración que dice:

“Danos hoy el pan nuestro de cada día”
Pienso que la palabra “hoy” significa el siglo presente. Por lo tanto, para entender más claramente este pasaje de la oración deberíamos decir: “Danos hoy, a nosotros que vivimos la presente vida mortal, el pan nuestro que has preparado desde el principio para la inmortalidad de la naturaleza”, para que el alimento, que es este pan de vida[46] y  de conocimiento, venza la muerte del pecado; este pan del cual el primer hombre no pudo ser partícipe por la transgresión del mandamiento divino. Porque si se hubiese saciado con este divino alimento, no hubiera caído apresado por la muerte del pecado.
Pero, el que ora para recibir este pan suprasubstancial no lo recibe todo entero como el pan es en sí, sino como él mismo puede recibirlo. Porque el Pan de vida, en cuanto ama a los hombres[47] se da a sí mismo a todos aquellos que lo piden, pero no a todos en el mismo modo: sino más plenamente a aquellos que han hecho grandes obras, mientras que se da de un modo menor a aquellos que han hecho obras más pequeñas; a cada uno, pues, de acuerdo a la dignidad de su nous, según el cual puede recibirlo.
El Salvador me ha abierto el sentido de la presente expresión, cuando ordena explícitamente a sus discípulos no preocuparse por la comida sensible, diciendo: “No os preocupéis por vuestra alma: qué comeréis o qué beberéis; ni por vuestro cuerpo: con qué os vestiréis. Porque son las gentes del mundo quienes se preocupan por estas cosas. Buscad más bien, en primer lugar, el reino de Dios y su justicia y todas estas cosas se os darán en añadidura[48].
¿Cómo nos enseña, entonces, a rezar por aquello de lo cual nos ha mandado antes no preocuparnos? Es evidente que no nos ordenaba pedir con la oración aquello que no recomendaba buscar mediante el mandamiento. Porque por la oración se debe pedir sólo lo que se debe buscar de acuerdo al mandamiento. Aquello que no estamos inducidos a buscar mediante un mandamiento, no es lícito pedirlo con la oración. Y si el Salvador nos ha mandado buscar sólo el reino de Dios y su justicia, entonces es evidentemente esto lo que sugirió: que aquellos que desean los dones divinos deben pedirlos en la oración.
Habiendo confirmado por medio de la gracia de la oración aquello que se busca naturalmente, une la voluntad de los que piden con la voluntad del que concede la gracia, haciéndolas una sola cosa mediante una relación de unión.

Si también nos manda pedir en la oración el pan cotidiano que sostiene nuestra vida presente, se nos manda no sobrepasar los límites de la oración buscando abrazar, ávidamente, períodos de muchos años, olvidándonos que somos mortales y poseemos una vida que pasa como una sombra. Por el contrario, pidamos sin ansiedad en la oración el pan del día y mostremos que hacemos de la vida cristiana, filosóficamente, una meditación sobre la muerte[49], previniendo con la voluntad la naturaleza, y antes de que venga la muerte, despegando el alma de las preocupaciones corporales, para que no se adhiera a las cosas corruptibles, transfiriendo a la materia el uso de su deseo natural, ni aprenda la avidez que priva de la abundancia de los bienes divinos.
Huyamos con todas las fuerzas, pues, del afecto por la materia y lavémonos de nuestras relaciones con ella como del polvo de nuestros ojos espirituales. Démonos por satisfechos con lo que nos hace subsistir solamente y no con lo que nos da placer en la vida presente; más aún, pidamos a Dios, como se nos ha enseñado, que seamos hechos de mantener el alma libre de la servidumbre, no dominada por ninguna de las cosas visibles a causa del cuerpo. Probemos que  comemos para vivir y no seamos acusados de vivir para comer. Porque aquello es claramente propio de la naturaleza racional, mientras esto lo es de la irracional. Seamos escrupulosos observadores de la oración, mostrando por nuestras acciones que preferimos tenazmente la única y sola vida del Espíritu y que hacemos uso de la vida presente para adquirir aquella, y  a causa de aquella cuidamos de ésta, de modo de no rehusar sostenerla con el solo pan y de mantener su buena salud física, en tanto nos está permitido, no para  vivir sino, más bien, para vivir para Dios. Hacemos, pues, del cuerpo -racionalizado por las virtudes- un mensajero (ángel) del alma, y del alma un heraldo de Dios por su firmeza en el bien. Así limitaremos naturalmente el pedido a un día solo, no atreviéndonos a extenderlo al segundo día, a causa de Aquel que nos ha dado la oración. Así, ordenando nuestras acciones de acuerdo al poder de la oración, podremos pasar, con pureza, a las expresiones siguientes, diciendo:

“Perdónanos nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”
Quien busca por medio de la oración aquel pan incorruptible de la sabiduría, de la cual fuimos privados por la transgresión en el comienzo -según la primera interpretación de las expresiones precedentes- en el siglo presente, del cual hemos dicho que el “hoy” es símbolo, sabe que el único placer consiste en la consecución de los bienes divinos. De ellos Dios es por naturaleza el dispensador, y custodia es la libre voluntad del que los ha recibido. El único dolor es su no-consecución, sugerida por el diablo, pero llevada a cabo por todo el que se aparta de los bienes divinos a causa de la debilidad de su voluntad, no custodiando el valor amado con la disposición de la voluntad. Si esa persona no dirige en modo alguno toda su elección a las cosas visibles y, por eso, no se encuentra sujeto a ninguna  pena que sobrevenga a su cuerpo, ese tal perdona, verdadera e impasiblemente, a aquellos que pecan contra él, porque nadie absolutamente puede poner mano en el bien que él busca con tanto celo, porque cree que es inalienable por naturaleza. Y se hace a sí mismo ejemplo de virtud para Dios  -si se puede decir esto- e invita al inimitable a imitarlo, diciendo: “Perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden[50]. Exhorta a Dios que sea para él, lo que él es para sus prójimos. Porque así como él perdonó las ofensas de los que habían pecado contra él, desea ser  también él perdonado por Dios. Esto manifiesta que así como Dios, imperturbablemente, perdona a aquellos que perdonan, así también quien permaneciendo impasible ante las cosas que le suceden, perdona a los que lo han ofendido, sin permitir que en su nous se imprima recuerdo alguno de las penas que le han sobrevenido, para no ser acusado de dividir la naturaleza por su libre voluntad, separándose él, que es hombre, de otro hombre. Así unida la voluntad al principio de naturaleza, la reconciliación de Dios con la naturaleza viene naturalmente porque, por otra parte, no es posible para la naturaleza en rebelión contra sí misma por su voluntad, recibir la inefable condescendencia divina. Y quizá por esto Dios quiere que primero nos reconciliemos entre nosotros, no para aprender de nosotros a reconciliarse con los pecadores y a perdonar la satisfacción de muchos y terribles crímenes, sino para purificarnos de las pasiones y mostrar que la disposición de aquellos que han sido perdonados está de acuerdo con la condición de la gracia. Es bien claro que cuando la voluntad se ha unido a la razón de la naturaleza, la facultad de elección -de aquellos que hayan alcanzado esto- no estará más en rebelión contra Dios, puesto que nada es considerado contrario a la razón en el principio de la naturaleza, el cual es ley natural y divina, cuando asuma el movimiento de la voluntad, operante conforme a tal razón. Si no hay nada de contrario a la razón en el principio de la naturaleza, es normal que la voluntad que se mueve según la razón de la naturaleza tendrá su propia operación de acuerdo con Dios. Y ésta es una disposición activa, caracterizada por la gracia de Aquel que por naturaleza es bueno, destinada a dar vida a la virtud.
Éstas son, pues, las disposiciones del que pide en la oración el pan espiritual. Y, también además de él, el que, constreñido por la naturaleza pide sólo el pan de cada día, deberá tener las mismas disposiciones, perdonando las ofensas a los que lo ofenden, sabiendo que él es mortal por naturaleza; y, recibiendo cada día en la incertidumbre lo que sucede por naturaleza, previene la naturaleza con la voluntad, muriendo voluntariamente para el mundo, según lo dicho: “Por tu causa somos llevados a la muerte cada día, somos considerados como ovejas de matadero[51]. Por eso se ofrece en libación por todos, para que no permanezca en él traza alguna de la perversidad del siglo presente, trasladado a la vida que no envejece, y reciba del juez y salvador del universo, la recompensa adecuada por aquello que ha hecho aquí abajo. Porque una disposición pura hacia los que nos han entristecido es necesaria para el mutuo beneficio de ambos, a causa de todo lo precedente y en no menor medida por la fuerza de las palabras que quedan por decir, y que tienen esta forma:

“Y no nos dejes entrar en tentación, sino líbranos del  Maligno”
La oración nos manifiesta en estas palabras cómo el que no perdona totalmente a los que lo ofenden, y no presenta a Dios un corazón purificado de la tristeza, iluminado por la luz de la reconciliación con su prójimo, perderá la gracia de los bienes por los que ora. Y también, según un justo juicio, será entregado a la tentación y al Maligno para que aprenda así a purificarse de las culpas, eliminando sus disputas con el prójimo. Aquí llama “tentación” ahora a la ley del pecado, la cual no tenía el primer hombre cuando fue creado. Es llamado “Maligno” el diablo que ha infundido esta ley en la naturaleza de los hombres y que por medio del engaño ha persuadido al hombre a transferir el deseo de su alma, de las cosas lícitas a aquellas prohibidas[52] y volverse a la transgresión del mandamiento divino, cuyo fruto fue la pérdida de la incorruptibilidad dada por gracia.
También llama “tentación” a la disposición voluntaria del alma hacia las pasiones de la carne; y es llamado “Maligno” el modo de la realización en acto de la disposición pasional. De ninguna de éstas librará el justo juez a quien no ha perdonado las ofensas de los que lo ofenden, aún si lo pide vanamente mediante la oración; sino que, por el contrario, permite que tal hombre sea manchado por la ley del pecado, y dejará que sea dominado por el maligno aquel cuya voluntad es dura y rígida, porque ha preferido las pasiones de la deshonra, sembradas por el diablo, a la naturaleza, creada por Dios. A aquel que voluntariamente está inclinado hacia las pasiones de la carne, Dios no le impide realizarlas de hecho; no lo libra de la realización en acto de la inclinación hacia las pasiones, porque él ha considerado la naturaleza como inferior a las pasiones inconsistentes, porque por su empeño por ellas ha ignorado el principio de la naturaleza. En el movimiento de este principio debería saber cuál es la ley de la naturaleza y cuál es la de las pasiones, cuya tiranía adviene por una elección de la voluntad y no por naturaleza. Debería también preservar la ley de la naturaleza con una actividad conforme a la naturaleza, y mantener la ley de las pasiones alejadas de su voluntad;  y con la razón a la naturaleza, que de sí permanece pura e inmaculada, debería salvaguardar libre de odio y división, y constituir a la voluntad como compañera de la naturaleza, de modo que no sea llevada en modo alguno hacia aquello que no ha sido concedido por el principio de la naturaleza. Así habría alejado todo odio y toda distancia respecto a quien le es afín por naturaleza de modo que, diciendo esta oración, fuera escuchado y obtenga de Dios una gracia doble en vez de una sola: el perdón de las culpas pasadas, y la protección y liberación  respecto a las futuras. Porque Dios no permite que entre en tentación y no lo abandona a la esclavitud del Maligno por este único motivo: porque está dispuesto a perdonar las ofensas al prójimo.
Equipo de redacción: "En el Desierto"



Notas:
[1] Col  2, 3.
[2] Sal  15, 12.
[3] Jon 2, 10.
[4] 1 S  1, 10.
[5] 2 Cro 32, 20.
[6] Mt  6, 9.
[7]mystagogei
[8] Cf. Lc  11, 2, según ciertos mansucritos.
[9] Ef  2, 21- 22.
[10] Is  66, 2.
[11] Mt  5, 4.
[12] Mt  22, 30.
[13] Mt  25, 34.
[14] Mt  25, 21.
[15] 1 Co  15, 52 y 1 Ts  4, 15- 17.
[16] 2 Co  6, 8.
[17] Mt  11, 29.
[18] Ga  3, 28.
[19] Ésta es otra denominación de la vida activa o práxis, que es la primera etapa del ascenso espiritual.
[20] El texto dice “melota”, la cual es un manto pesado de piel de oveja, distintivo de la indumentaria monástica.
[21] Superación de la vida activa y de la praxis  por la contemplación.
[22] Cf. 2 R  2, 1-14.
[23] Explicación fisiológica de las pasiones.
[24] Cf. Hch  17, 28.
[25] Cf. Quaestiones ad Thalassium  22, 321b.
[26] Ga  3, 28; Col  3, 11.
[27] Ga  3, 28.
[28] Cf. Col  3, 11.
[29] Cf. Char  II, 29
[30] Cf. 1 Tm  2, 4; 2 Tm 3, 7; Tt  1, 1; Hb  10, 26
[31] Esta doble calificación  de sin división ni confusión será aplicada por el Concilio de Calcedonia al misterio de la unión hipostática. En efecto, en Cristo sus dos naturalezas se unen indivisa e inconfusamente. Y este modo de unión será llevado por Máximo a paradigma y clave de interpretación de toda la realidad.
[32] Ga 3, 28; Col  3, 11
[33] Col  3, 11.
[34] la de la humildad y mansedumbre de corazón.
[35] Máximo planteará, también, que el ser creado, en realidad, no acaba su movimiento en Dios, sino que allí su dinamismo es disparado, insospechadamente, en un movimiento incesante (aeikinesía), en una continua penetración del misterio divino sin jamás agotar al Insaciable.
Este continuo movimiento, (aeikinesía).
[36] simbiosis
[37] 2  Co  7, 1.
[38] Flp  3, 20.
[39]logos
[40]logikous
[41]Logos
[42] Sal  72, 25.
[43]logiken
[44] El fin de todo el movimiento del nous es sólo Dios.
[45] Jn  6, 51. 53.
[46] Jn  6, 35. 38.
[47]filánthropos
[48] Mt  6, 25. 32. 33.
[49] Aquí aparece la vieja concepción filosófica de la vida como una meditación sobre la muerte (meléte thanátou).
[50] Mt  6, 12.
[51] Sal  43, 23.
[52] Aquí se presenta el camino inverso. El ascenso espiritual consiste en transferir el deseo de las cosas materiales a Dios.