lunes, 14 de febrero de 2011

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PROFUNDIZACIÓN DE LA DOCTRINA EVAGRIANA

3. Estrategia de los demonios

Con mucha fineza y profundidad presenta Evagrio, basándose principalmente en la observación psicológica, las tácticas con que los demonios buscan hacer valer sus poderes sobre los anacoretas. Pero aquí debe señalarse inmediatamente que las enseñanzas de Evagrio están dirigidas exclusivamente a quienes viven como ermitaños o anacoretas, pues el demonio modifica su estrategia según el modo de vida de los hombres a los que intenta someter (TP 48; cf. 5).

Contra el monje ermitaño la estrategia preferida de los demonios es la de la guerra inmaterial, o lucha por medio de los malos pensamientos, que es la más difícil de contrarrestar (cf. TP 5).

Evagrio no confunde los malos pensamientos con el demonio, o los demonios, que los inspiran. El mal pensamiento NO es el demonio, sino el arma que éste utiliza para provocar la tentación:

“La tentación es lo característico del monje, que suele ser tentado por pensamientos que obscurecen su inteligencia, y que nacen en la parte del alma en la que tiene su sede la pasión” (TP 74).

Observando los pensamientos se aprende a conocer a los distintos demonios y el arte que suelen emplear. A veces, parecería que Evagrio usa indistintamente las palabras pensamiento y demonio, pero se trata más bien de una simplificación en la expresión, no de una identificación de conceptos. Conviene asimismo tener presente que Evagrio no considera malos a todos los pensamientos los hay también buenos, inspirados ora por los ángeles ora por los santos[1].

La estrategia de los demonios es sugerir a través de pensamientos diversos, especialmente valiéndose de los ocho logismoi principales. Por ejemplo: el pensamiento de la gula le sugiere al monje el inmediato abandono de su ascesis (TP 7). O bien, el de la avaricia le sugiere una larga vejez... (TP 9).

Las sugestiones enviadas por cada uno de los demonios son tanto más peligrosos cuanto más se presentan bajo la apariencia de ser buenos pensamientos, o incluso se apoyan en algún texto de la Sagrada Escritura.

Los demonios, según Evagrio, no pueden ejercer una acción directa sobre el espíritu del hombre, pero pueden rodearlo de tinieblas, obscurecerlo[2], y excitar a las pasiones que lo entorpecen:

“¿Qué buscan los demonios al excitar en nosotros la gula, la impureza, la avaricia, la ira, el rencor y las demás pasiones? Que el espíritu sea entorpecido por ellas y no pueda orar como es debido. Porque cuando las pasiones irracionales dominan, (el espíritu) ya no puede moverse de acuerdo a la razón[3] y salir en busca del Verbo de Dios” (TO 50).

Por tanto, la estrategia de los demonios consiste en introducir en el alma del ermitaño fantasías y recuerdos, para así impresionar o deformar la inteligencia. El logismoi es una imagen, y la lucha contra los malos pensamientos se coloca, para Evagrio, en el mundo de las imágenes que el monje lleva dentro de el mismo. Todavía más que el laico, el monje habla, obra y peca en pensamiento. Esto se aprecia, siempre según Evagrio, de forma manifiesta en los sueños nocturnos, cuando ciertas imágenes toman forma, con la colaboración de la memoria (cf. TP 54).

Evidentemente no todos los sueños, imágenes y pensamientos provienen de la estratégica acción de los demonios, sino solamente aquellos que buscan arrastrar al ermitaño hacia una acción pecaminosa.

Existe, por otra parte, una relación entre pensamiento y pasión: por medio de aquel los demonios activan ésta. En la sistematización evagriana es claro que un mal pensamiento no es eficaz si no provoca una pasión; la guerra contra los logismói es, pues, un combate contra los recuerdos turbados por la pasión: “Si encontramos en nosotros recuerdos turbados por la pasión, que provienen de antiguas experiencias, significa que hemos recibido algún objeto con pasión. Porque todos los objetos que en el presente recibamos con pasión dejarán recuerdos turbados por esa misma pasión” (TP 34).

El monje lucha para obtener la gracia de no pecar en pensamiento, para no temer a los malos pensamientos y para tener recuerdos simples, no turbados por la pasión (cf. TP 36).

Los demonios al verse frustrados en su accionar, entonces modificarán su estrategia: “Cuando el demonio ha fracasado por el lado de los pensamientos, empieza a palpar los miembros del cuerpo” (Antirretikós II, 55; cf. KG VI,25).

Se trata, según Evagrio, de un verdadero contacto físico (o al menos así lo experimenta el anacoreta), cuya finalidad es apartarlo de la oración, de la contemplación. Es una táctica sutil, por su naturaleza engañosa, ya que el demonio por la “composición” del cuerpo suscita en el intelecto alguna imagen, o una figura que puede ser tomada como una epifanía divina. Dos pasajes de Evagrio nos ilustran acerca de este procedimiento:

a) “Cuando el envidioso demonio no puede perturbar la memoria durante la oración, fuerza la complexión corporal para provocar alguna imagen peregrina que informe al espíritu. Este, acostumbrado a pensar con formas mentales, fácilmente se doblega y se deja engañar tomando el humo por luz, él, que tendía a la gnósis inmaterial y libre de toda forma” (TO 68)

b) “Cuando el espíritu ora con pureza, sin distraerse y verdaderamente entonces los demonios no se acercan a él por la izquierda sino por la derecha. Le representan la gloria de Dios como una figura agradable a los sentidos, para que crea que ya alcanzó perfectamente el fin de la oración” (TO 72).

Evagrio advierte que sólo Dios puede alcanzar nuestro espíritu sin provocar una alteración corporal:

“Los demonios producen en el espíritu razonamientos, pensamientos y visiones, causando alteraciones corporales. Pero Dios hace lo contrario: llega al mismo espíritu, le infunde el conocimiento que quiere, y, a través del espíritu, calma la intemperancia del cuerpo” (TO 63).

Equipo de redacción: "En el Desierto"


[1] “... Tu voluntad tiene el poder de destruir por medio de pensamientos humanos los pensamientos del demonio. Pero resistir con humildad al pensamiento de la vanagloria y con continencia al pensamiento de la fornicación es signo de una muy profunda apátheia” (TP 58).

[2]La tentación es lo característico del monje, que suele ser tentado por pensamientos que obscurecen su inteligencia, y que nacen en la parte del alma en la que tiene su sede la pasión.

“El pecado del monje es el consentimiento dado al placer prohibido que propone el pensamiento” (TP 74-75).

[3] Se refiere a la parte “racional” del alma.

lunes, 7 de febrero de 2011

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PROFUNDIZACIÓN DE LA DOCTRINA EVAGRIANA

2. Clasificación de los demonios

La demonología de Evagrio tiene dos aspectos complementarios especulativo y práctico. Y en el segundo es completamente fiel a la tradición del desierto, pero que él ha logrado enriquecer con amplitud. A partir de la psicología humana y de los diversos estadios de la vida espiritual, establece una clasificación de los demonios distinguiendo entre los que presiden las pasiones del alma y los que presiden las pasiones del cuerpo (cf. TP 36). Pero sin duda su aportación más significativa es el establecimiento en forma definitiva y fija de una lista de ocho malos pensamientos que se oponen a la actividad propia del monje: su busca de la perfecta sanidad del alma.

En el sistema evagriano, por tanto, el monje no puede evitar las tentaciones, no puede impedir que los pensamientos inquieten su alma, pero si está en sus manos impedir que los pensamientos se instalen en su alma y lo alejen de Dios. Los malos pensamientos son, sin duda, el arma preferida de los demonios en su lucha contra los anacoretas.

Los malos pensamientos son los medios utilizados por los demonios para provocar la pasión en el anacoreta: el demonio -con el pensamiento que sugiere- hace irrupción en la vida misma del anacoreta. Provoca tentaciones que, por lo común, tienen un carácter de representaciones que afectan a la imaginación o a los razonamientos. Así los demonios impulsan al monje a pecar no tanto con obras sino en su imaginación. No son los objetos los que lo tientan, sino los malos pensamientos que esos objetos suelen despertar. Por ello en la lucha contra el demonio hay que evitar a toda costa que los malos pensamientos se instalen en el alma.

Para combatir bien contra los demonios es fundamental aprender a conocer “la personalidad” de cada uno, y el asceta la puede reconocer en su comportamiento. Algunos, sostiene Evagrio aparecen más raramente, pero son más “pesados”; otros son asiduos, pero son más “livianos” (o ligeros); la fornicación, por ejemplo, se caracteriza por su rapidez, que suele superar el movimiento de la inteligencia (TP 51; cf. 43).

También hay que conocer la sucesión de los pensamientos o demonios. Hay que saber qué demonio sigue a tal otro, y cuál no acompaña a cual otro:

“Observa atentamente y descubrirás que entre los demonios dos son más rápidos y superan en un instante el movimiento de nuestro pensamiento: el demonio de la fornicación y el que nos incita a blasfemar contra Dios. El segundo dura poco, y el primero, si los pensamientos que provoca no están cargados de pasión, no nos impedirá llegar a la contemplación de Dios” (TP 51).

Evagrio piensa que es imposible que los diversos demonios tienten todos juntos y al mismo tiempo al monje; así, el demonio de la vanagloria es opuesto al de la fornicación, y no es posible “que los dos asalten el alma al mismo tiempo, porque uno promete honores y el otro es agente de deshonor” (TP 58).

Se suceden, pues, en un orden bastante riguroso, y normalmente los nuevos pensamientos son peores que los anteriores (TP 59). Por ejemplo, el demonio de la vanagloria suele aparecer cuando el monje ha logrado vencer a los otros y se aprovecha del hecho mismo de la victoria lograda:

“Yo he observado que el demonio de la vanagloria se expulsado por casi todos los demonios, pero cuando caen los que la expulsan, entonces se aproxima abiertamente y expone ante los ojos del monje la grandeza de sus virtudes” (TP 31).

Y el demonio de la acedia, cuya aparición la preparan la cólera y la fornicación[1], no tiene sucesores inmediatos, le sigue una profunda alegría: el demonio de la acedia, “una vez derrotado, no es seguido inmediatamente por ningún otro, un estado apacible y un gozo inefable le suceden en el alma después de la lucha” (TP 12).

Equipo de redacción: "En el Desierto"


[1]No te abandones al pensamiento de la cólera, combatiendo interiormente al que te ha perjudicado; ni al de la fornicación, imaginando continuamente el placer. Porque el primero oscurece el alma y el segundo invita a dejarse dominar por la pasión: en ambos casos tu espíritu es deshonrado. Y como en el momento de la oración recuerdas esas imágenes y no ofreces una oración pura a Dios (cf. Mt 5,24), en ese mismo instante te entregas al demonio de la acedia, que ataca precisamente en tales circunstancias y despedaza el alma del mismo modo que un perro a un cervatillo” (TP 23).

martes, 1 de febrero de 2011

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PROFUNDIZACIÓN DE LA DOCTRINA EVAGRIANA

Segunda aproximación a la doctrina de Evagrio: el combate espiritual


El combate espiritual contra los demonios en la sistematización de Evagrio


En la síntesis de Evagrio quedó como fijada la parte más notable de la experiencia de los monjes antiguos y su vivencia del combate espiritual contra los demonios. Trataremos de presentar su sistematización, aunque sea sólo de un modo muy sintético. Lo haremos tratando cuatro aspectos de la especulación evagriana, por así llamarla: la naturaleza de los demonios; su clasificación; su estrategia; la lucha del monje contra ellos.

1. La naturaleza de los demonios

Según Evagrio, los seres racionales se dividen en tres categorías: ángeles, hombres y demonios. Estos perdieron su cercanía con Dios por causa de un exceso de cólera, y por eso la ira es una característica específica del estado demoniaco (KG III, 34; cf. V,9 y 11).

Para Evagrio existe un “mundo” de los demonios., que es inaccesible para nosotros. “Ángeles y demonios se acercan a nuestro mundo, pero nosotros no nos aproximamos a sus mundos; en efecto, no podemos asemejarnos a los ángeles de Dios y tampoco nos es posible ser más malvados que los demonios” (KG III, 78).

El hombre no puede ver a los demonios, pues ellos escapan a nuestros sentidos, porque su "cualidad" es diversa de la de los cuerpos que captamos con los sentidos. Sin embargo, algunos ascetas los han visto en virtud de un especial don o carisma. Pero normalmente los demonios son imperceptibles para los sentidos humanos. En cambio, ellos sí pueden ver a los hombres, “transformándose en una semejanza de nuestro cuerpo sin mostrar su cuerpo” (KG I, 22). Pero incluso esta misma transformación no es más que una apariencia (cf. KG V, 18).

Los cuerpos en los que los demonios se presentan ante nosotros no son verdaderos cuerpos, que siempre permanecen invisibles -normalmente- para el ser humano. Se trata, por ende, de verdaderas ilusiones o fantasías. Y esto vale para todas las formas bajo las cuales ellos se aparecen: ángeles de luz, indígenas que nos espían en el aire, guerrero armado con una espada, mujer sensual y provocadora, animales salvajes de todas las especies. También son ilusiones los ruidos que suelen provocar, los cantos que hacen oír, las diversas manifestaciones amenazadoras por medio de las cuales buscan asustar al monje para que abandone su ascesis: “Quien se esfuerza por alcanzar la oración pura, aunque oiga ruidos o estrépitos, voces e insultos, no se abatirá ni se rendirá, sino que le dirá al Señor: No temeré ningún mal porque tú estás conmigo (Sal 22,4)” (TO 97).

Los demonios no fueron creados malvados por Dios (KG IV, 59), sino que cayeron en su estado actual, según Evagrio, por un exceso de cólera que los impulsó a rebelarse contra su Creador (KG III, 34). Por tanto, en ellos ahora domina el irascible, mientras que en los ángeles prevalece el espíritu y en los hombres la concupiscencia.

“Los ángeles se alegran mucho cuando el mal disminuye, los demonios cuando disminuye la virtud. Los primeros, en efecto, están al servicio de la misericordia y la caridad. Los demonios, en cambio, están al servicio de la cólera y el odio. Los primeros cuando se nos acercan nos colman con la contemplación. Mientras que los demonios al acercarse nos inspiran pensamientos vergonzosos” (TP 76).

El demonio busca por todos los medios manchar, ensuciar, la imagen de Dios, que para Evagrio se halla en el alma del hombre, para así dominar al género humano, ya en esta vida y también después de la muerte. “Las almas de los justos son conducidas por los ángeles, de las almas de los malhechores se encargan los demonios” (Sentencias para monjes 23).

Todo aquello que se opone a los propósitos de los demonios los entristece, especialmente la virtud del discernimiento de espíritus (cf. TP 43). Y suelen tornarse particularmente agresivos en el momento de la oración, porque “el demonio tiene una gran envidia del hombre que reza, y emplea todos los medios para arruinarle su propósito” (TO 46); de modo que hará cuanto pueda para impedirle al monje “su espléndida carrera y su éxodo hacia Dios” (TO 46).

Además, los malvados demonios., según Evagrio, son ignorantes. Les está vedada la contemplación de la Trinidad y son incapaces de ver a los ángeles y de conocer las razones de los seres. Pueden ciertamente ver a los hombres, pero su conocimiento se sólo exterior. Únicamente Dios sabe lo que hay en el corazón del hombre. Los demonios conocen solamente las manifestaciones exteriores de los monjes: “Los movimientos del alma se manifiestan en una palabra o en un movimiento del cuerpo. A través de esos signos los enemigos perciben si tenemos sus mismos pensamientos y los alimentamos en nuestro interior, o si por el contrario los hemos abandonado para ocuparnos únicamente de nuestra salvación. Porque sólo Dios, que nos ha creado, conoce nuestros espíritus. Él no tiene necesidad de signos para conocer lo que está oculto en el corazón” (TP 47).

Por eso aunque Evagrio niega que los demonios posean un verdadero conocimiento la gnósis, reconoce que tienen una gran habilidad para observar los descuidos del hombre y disponer así las trampas convenientes para hacerlo tropezar. Los demonios disponen de un verdadero arte, una auténtica habilidad, pero que no proviene de una ciencia o de un carisma: “Es necesario aprender a conocer los diferentes tipos de demonios y saber las circunstancias de sus apariciones. Conoceremos por medio de los pensamientos -y los pensamientos los conoceremos por medio de los objetos- cuáles de entre los demonios atacan raramente, cuáles son los más fastidiosos, cuáles son más asiduos, cuáles son los más astutos y cuáles son los que atacan por sorpresa y empujan al espíritu a blasfemar” (TP 43).

Equipo de redacción:"En el Desierto"

lunes, 24 de enero de 2011

PROFUNDIZACIÓN DE LA DOCTRINA EVAGRIANA

Segunda aproximación a la doctrina de Evagrio: el combate espiritual

“No debemos vacilar y dudar respecto de lo que el Señor nos dice, sino estar totalmente convencidos que cada palabra de Dios es verdadera y poderosa, incluso si la naturaleza la contradice. En esto consiste la lucha de la fe”[1]. Esta afirmación de san Basilio nos indica que para los cristianos de los primeros tiempos su vida misma era una lucha, un verdadero combate por permanecer en la fe, por no apartarse del amor de Dios manifestado en Jesucristo. “Es necesaria una gran lucha., que debe combatirse según las reglas, para que no recibamos en vano la gran e importante gracia del amor de Dios en Cristo[2]. En su lucha por no apartarse del amor de Dios el cristiano debía enfrentarse con el espíritu del mal, llamado demonio, diablo, o -menos frecuentemente- Satanás. Se trataba, pues, de un combate espiritual, porque a esos demonios no se los veía sino que eran los instigadores, según los antiguos, de los pecados y vicios. En efecto, desde Orígenes en adelante se considera toda la vida de fe como una lucha o combate contra los demonios. Esta contienda se iniciaba ya en el catecumenado, cuando se le exigía al que se preparaba para el bautismo la renuncia a la pompa diaboli[3].

En la literatura monástica primitiva el monje es presentado no tanto como quien huye del mundo para internarse en el desierto en busca de su propia salvación,, sino más bien como un cristiano, radicalizado, que anhela llevar su combate espiritual hasta las últimas consecuencias y por ello se interna en las vastas soledades del yermo: va a combatir contra el demonio.

“Si vas allí donde reina la guerra(contra el diablo), la guerra de Dios, el Espíritu de Dios te excita: «No te duermas aquí, porque hay emboscadas»; y si el diablo, por su parte, te susurra: «Es la primera vez que te sucede, no te aflijas aunque ya te haya pasado»; no cedas a aun palabras astutas; no suceda que se retire de ti el Espíritu de Dios, te debilites y quedes sin fuerzas como Sansón (cf. Jc ll,l9 ss.)” (Pacomio (+346/47), Catequesis; CSCO 160, p. 11,12-18).

El monje está en guerra contra el diablo y sus obras, tal es la tarea que se le propone: “Lucha contra las pasiones diabólicas para no seguirlas y Jesús te concederá lo que te ha prometido” (Pacomio, Catequesis; CSCO 160, p. 7,l-2).

Para los monjes antiguos, por tanto, el combate espiritual se centraba en una verdadera guerra contra los demonios. Y si el anacoreta deseaba librarla con esperanza de éxito debía, ante todo, contar con la ayuda de la gracia divina; pero también debía poner todo su empeño en la empresa; le era necesario conocer la naturaleza de los demonios; las diversas clases de espíritus malignos que podían atacarlo; sus formas de actuar y los medios para combatirlos con éxito.

“Quiero que sepan, hijos, que no ceso de rogar a Dios por ustedes día y noche: que abra los ojos de sus corazones para que perciban los múltiples maleficios secretos lanzados sobre nosotros cada día, en todo tiempo. Hago votos para que Dios les dé corazones clarividentes y un espíritu de discernimiento, a fin de que se presenten ante Él como una víctima pura, sin mancha.

“Sí, hijos, los demonios no dejan de manifestar su envidia hacia nosotros: designios malos, persecuciones solapadas, sutilezas malévolas, acciones depravadas... En resumen: buscan obstinadamente desviarnos del recto camino utilizando otros muchos engaños para dominarnos...

“No cesen, pues, de implorar la bondad del Padre para que su ayuda nos acompañe y nos muestre el mejor camino”[4].

Para que estas enseñanzas sobre el combate espiritual contra los demonios pudiesen ser conocidas y utilizadas, fue necesaria una previa acción de síntesis, que ordenara en un sistema orgánico las observaciones de los primeros monjes egipcios. Este será el gran aporte de Evagrio Póntico.

Equipo de redacción: "En el Desierto"



[1] Moralia 8,1.

[2] Basilio de Cesarea, De baptismo I,9.

[3] “¿Cuál es el primer compromiso de los cristianos en el bautismo de salvación? ¿Cuál es sino declarar públicamente que renuncian al demonio, a sus pompas y a sus obras? Así, pues, según nuestra profesión de fe, los espectáculos y las pompas son las obras del demonio” (Salviano de Marsella [+hacia el 480], Del gobierno de Dios VI,31).

[4] Antonio el Grande (+hacia el 356), Carta 4,5.

martes, 18 de enero de 2011

3. Hacia la contemplación (la gnosis)

HESYCHÍA

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POR MEDIO DE LA PRAKTIKÉ

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APÁTHEIA

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GNÓSIS (Contemplación)

La articulación entre la praktiké y la gnosis es un punto capital en el sistema evagriano. No se trata de dos dominios yuxtapuestos, entre los cuales la impasibilidad (o apátheia) sería una línea de separación o de demarcación.

Evagrio distingue entre una apátehia imperfecta (o pequeña) que se alcanza al vencer las pasiones de la parte concupiscible del alma, y otra segunda o perfecta que se obtiene al vencer las pasiones de la parte irascible. Pero sólo los ángeles logran llegar al segundo estadio en modo total; para el hombre es una meta hacia la que tiende sin cesar, pero nunca alcanza definitivamente.

La vida gnóstica comienza, en su forma más humilde, cuando el hombre llega a las “fronteras de la apatheia”:

“El práctico es aquel que solamente ha adquirido la impasibilidad de la parte turbada por las pasiones del alma. El gnóstico es el que desempeña el papel de la sal para los impuros y de la luz para los puros” (Gnos. 2-3).

Y esa vida gnóstica se va desarrollando a medida que el hombre progresa en la apátheia, purificando su parte irascible. Por eso, el gnóstico (el “contemplativo”) debe practicar particularmente la bondad y la caridad. Esta última es el “freno” de la parte irascible y crece con la apátheia:

“Todas las virtudes le franquean el camino al gnóstico, pero más que todas ellas el dominio de la cólera. Aquel, en efecto, que ha tocado la ciencia (=la contemplación) y se deja ir fácilmente hacia la cólera es semejante a un hombre que se vacía los ojos con la punta de un hierro” (Gnos. 5).

“El gnóstico se ejercitará siempre en la limosna y estará dispuesto para ser un bienhechor. Si no posee dinero, pondrá en juego el instrumento de su alma[1]. Porque de todas formas, es propio de su naturaleza hacer limosna: lo que le faltó a las cinco vírgenes cuyas lámparas se habían apagado”[2] (Gnos. 7).

Esta doctrina de la relación entre praktiké y vida gnóstica parece que proviene de una reflexión personal de Evagrio, en la que ha volcado su cultura filosófica y teológica.

La contemplación vida gnóstica, o “ciencia espiritual” se compone de dos grandes partes o “momentos”:

1. la contemplación natural, cuyo objeto son las naturalezas creadas;

2. la contemplación de Dios o teología.

“El fin de la práctica es purificar la parte racional del alma y hacerla impasible; el de la contemplación natural (physiké), es revelar la verdad oculta en todos los seres; pero alejar el intelecto (=parte racional del alma) de las materias e inclinarlo hacia la Causa primera (el Creador), esto es un don de la teología” (Gnos. 49).

La contemplación natural, a su vez, se divide en:

a. contemplación natural segunda: de las naturalezas materiales y visibles;

b. contemplación natural primera: objetos o naturalezas invisibles y espirituales.

La contemplación natural segunda se distingue de la contemplación que Evagrio llama “común”, pues aunque se realizan por medio de los sentidos del cuerpo, aquella va más allá de la apariencia material de los objetos, hasta su principio: su ser, su inteligibilidad o comprensibilidad. Y como es contemplación de las “razones” o principios (lógoi), aunque se trate de objetos materiales, ya es una ciencia espiritual:

“Ten cuidado, porque toda cosa creada no tiene solamente una razón sino varias, y según la medida de cada uno; las potestades santas, ellas alcanzan los lógoi verdaderos de los objetos, pero no el Primero, él sólo es conocido por Cristo” (Gnos. 40).

La contemplación permite conocer las naturalezas en sus lógoi. Éstos tienen su principio en el Lógos, el Verbo, que Cristo tiene en sí. Así, solamente Cristo conoce la Causa primera de cada naturaleza, ya que presidió su creación. Los seres racionales creados (ángeles y hombres), en la presente condición, conocen los lógoi de las cosas según la capacidad de cada uno (los ángeles se aproximan mucho más), pero siempre son aspectos múltiples y parciales de la Causa primera.

Por eso para acceder a la contemplación es necesario, para Evagrio, haber pasado por la purificación de la praktiké. Únicamente quien ha llegado a la apátheia (o a sus umbrales) comienza a percibir la realidad espiritual de los objetos materiales.

Los hombres que todavía no se han purificado, al igual que los demonios, no pueden ir más allá de la contemplación común. Por esa causa los demonios le hacen la guerra al monje durante la praktiké; no quieren, por envidia, que los hombres alcancen una contemplación de la cual ellos están privados. Y logran su meta cuando perturban el irascible y provocan pensamientos de cólera. La contemplación de los lógoi tanto más clara será cuanto más purificada esté el alma en su parte irascible:

“La columna de la verdad, Basilio de Capadocia, dijo: «La ciencia que proviene de los hombres se fortalece por el estudio y el ejercicio asiduos, pero la que recibimos por la gracia de Dios[3], se fortalece por la justicia, el dominio de la cólera y la misericordia. La primera la pueda recibir incluso aquel que está sometido a las pasiones; pero la segunda, sólo son capaces de recibirla los impasibles»...” (Gnos. 45).

Por ende, la contemplación espiritual es una suerte de desciframiento[4] espiritual de las naturalezas creadas, cuyo verdadero sentido, hasta ese momento, se nos había escapado.

Así sucede, por ejemplo, con la Sagrada Escritura. Cuando el gnóstico descubre su sentido espiritual percibe las verdades que antes, cuando leía ateniéndose a la letra, le estaban vedadas.

La exégesis alegórica es, por tanto, una parte de la contemplación espiritual, por medio de la cual el gnóstico descubre la verdadera naturaleza de los seres:

“Hay que buscar, en los pasajes alegóricos y literales, si tratan de la praktiké de la contemplación natural (physiké), o de la teología. Si tratan de la praktiké hay que examinar si hablan de la irascibilidad y de lo que nace de ella, o bien de la concupiscencia y lo que le sigue, o bien de la parte racional del alma y sus movimientos. Si se refieren a la contemplación natural, hay que ver si dan a conocer alguna de las doctrinas que conciernen a la naturaleza, y cuál de ellas. Y si se trata de un pasaje alegórico concerniente a la teología, hay que examinar, en cuanto sea posible, si informa sobre la Trinidad y si Ella (la Trinidad) es vista simplemente o si es contemplada en la Unidad. Pero si no hay nada de esto, se trata de una contemplación simple, o bien sólo da a conocer una profecía” (Gnos. 18).

La contemplación natural segunda no es únicamente la percepción de los lógoi de las naturalezas que constituyen el mundo material, sino que es la percepción de los que Evagrio denomina: percepción de los lógoi de la providencia y el juicio. Es decir, las razones que explican la existencia del mundo material y el fin para el cual ha sido creado:

“Medita constantemente sobre los lógoi que conciernen a la providencia y al juicio... Encontrarás los lógoi concernientes al juicio, en la diversidad de los cuerpos y de los mundos; y los que atañen a la providencia, en la disposiciones que nos hacen ascender de la malicia y la ignorancia a la virtud y la contemplación” (Gnos. 48).

El gnóstico descubre entonces las grandes verdades que constituyen la reflexión teológica de Evagrio, que él presento en los Capítulos Gnósticos, en términos velados. Son, en efecto, que sólo los gnósticos pueden conocer y hay que cuidarse de revelarlos prematuramente a quienes no están suficientemente purificados y son incapaces de comprender:

... Vamos a exponer lo referente a la vida práctica y a la vida contemplativa (gnóstica)[5]; no vamos a tratar de todo lo que hemos visto y oído, sino solamente de aquello que hemos aprendido de los Padres para comunicárselo a otros. Hemos condensado y distribuido lo referente a la vida práctica en cien capítulos, y la enseñanza sobre la vida contemplativa en cincuenta y además en otros seiscientos capítulos. Ciertas cosas las hemos velado, otras las hemos obscurecido, para no dar a los perros lo que es santo y no arrojar perlas a los cerdos (Mt 7,6). Pero todo resultará claro para quienes transitan por el mismo camino que los Padres.

1. El cristianismo es la doctrina de Cristo, nuestro Salvador, que se compone de la praktiké, de la contemplación del mundo físico (physiké) y de la contemplación de Dios (theología).

2. El reino de los cielos es la apátheia del alma, acompañada del verdadero conocimiento de los seres creados.

3. El reino de Dios es el conocimiento de la Santa Trinidad, coextensivo con la capacidad de la inteligencia y superior a su incorruptibilidad” (TP pról. 9; 1-3).

Finalmente, Evagrio expondrá su “mística” en el Tratado de la Oración. En él define la oración como “ascensión del espíritu hacia Dios” (TO 35). En ella se resume toda la vida espiritual que va del espíritu hacia Dios:

“¿Quieres orar? Sal de aquí y ten tu morada en los cielos (cf. Flp 3,20), pero no sólo con palabras sino con la praxis angélica y con la gnosis divina” (TO 142).

Para orar verdaderamente hay que estar libre de los pensamientos turbados por las pasiones, sobre todo los que son sugeridos por el demonio de la cólera:

“Si Moisés, cuando intentó acercarse a la zarza ardiente, no pudo hacerlo hasta que se quitó las sandalias de sus pies (cf. Ex 3,5) ¿cómo tú, que pretendes ver al que está por encima de todo conocimiento y sentimiento, no te desprendes de todo pensamiento perturbado por la pasión?” (TO 4).

Además, hay que tener el espíritu libre de toda representación o recuerdo que intente distraerlo:

“Pugna para que tu espíritu, en el tiempo de la oración, sea sordo y mudo. Entonces podrás orar” (TO 11).

La verdadera oración es aquella que se realiza sin distracciones, a la que Evagrio denomina “oración pura”. Esta oración implica la ausencia de toda imagen o de toda forma por medio de la cual uno se representa a Dios:

“Cuando ores, no plasmes en ti representación alguna de lo divino, ni per que en tu espíritu se imprima ninguna forma, sino ve, inmaterial, hacia lo inmaterial y lo hallarás” (TO 66).

Desprendido, en cierta medida, de la materialidad el espíritu está en condiciones de ejercer la actividad que le es propia:

“La salmodia calma las pasiones y apacigua la intemperancia del cuerpo. La oración, en cambio, hace que el espíritu se ejercite en la actividad que le es propia” (TO 83).

La oración pura le permite al espíritu acceder, al menos de forma temporal, a la teología:

“Si eres teólogo, orarás verdaderamente; y si oras verdaderamente, eres teólogo” (TO 60).

En el estado momentáneo de oración pura el espíritu no tiene una visión directa de Dios, se ve a sí mismo, pero iluminado por esa luz que es Dios mismo.

Equipo de redacción: "En el Desierto"

Notas:

[1] Es decir, la caridad ejercida por medio de la enseñanza o la dirección espiritual.

[2] La misericordia tiene como símbolo el aceite; es decir, la misericordia alimenta la contemplación (la ciencia), al igual que el aceite la lámpara. En la Epístola 27, dice Evagrio: “... Llamo lámpara al espíritu que ha sido creado para recibir la luz santa, pero que a causa de su dureza, se apartó del conocimiento de Dios; allí donde falta el aceite, domina la cólera”.

[3] ¿El bautismo o la apátheia?

[4] Descubrir, entender o explicar algo oscuro u oculto; Enciclopedia Interactiva Santillana (versión 1.0), CD ROM para Windows, Chinon America Inc., 1995.

[5] Para Evagrio el gnóstico es aquel que anhela un conocimiento superior por deseo de la salvación, lo cual conlleva una formación más amplia y comprometida.