martes, 9 de abril de 2013


di Manuel Nin
Benedettino Rettore
del Pontificio Collegio Greco
Secondo una tradizione dei cristiani di lingua siriaca le anime dei defunti che arrivano alla porta del paradiso non vi trovano san Pietro ma il Buon Ladrone:  questi - redento dalla croce di Cristo, che ne è la chiave di ingresso - è stato il primo a entrarvi, dopo una disputa con il Cherubino che dopo l'espulsione di Adamo custodiva l'ingresso del paradiso. L'apocrifo Vangelo di Nicodemo, nella seconda parte intitolata Discesa di Cristo negli inferi, parla di un uomo miserabile, con una croce sulle spalle, che l'angelo guardiano aveva messo alla destra della porta del paradiso. E in molti testi liturgici della Settimana Santa le Chiese orientali celebrano il Buon Ladrone come figura del cristiano - dell'essere umano - che trova nella croce di Cristo la sua salvezza. La stessa liturgia bizantina insiste sul rapporto tra il ladrone e la croce:  è la croce a portare il ladrone alla fede, a farlo divenire teologo, a condurlo in paradiso.

Le Chiese di tradizione siro-orientale conservano un Dialogo tra il Cherubino e il Buon Ladrone, messo in scena la domenica di Pasqua oppure la mattina del lunedì, chiamato "dell'angelo" o, appunto, "del ladrone". È una vera celebrazione liturgica, molto popolare, rappresentata in chiesa da due diaconi, secondo un testo che risale probabilmente al V secolo (attribuibile forse a Narsai o, ancor prima, a Efrem) ed è preceduto dal canto di alcuni salmi da parte del coro. Poi due diaconi vestiti di bianco si collocano l'uno alla porta del santuario - la porta del cielo - con una spada fiammeggiante nella mano, l'altro nella navata con una piccola croce di legno nascosta nelle maniche. Mentre il coro intona le sette prime strofe del dialogo, i due diaconi vanno ai loro posti e intonano poi in forma dialogata le altre strofe del testo. Alla fine, il ladro mostra al cherubino la croce dicendo:  "Ti ho portato la croce come segno. Guarda se è genuino. Non contestare". Entrambi, allora, entrano nel santuario fino all'altare. Questa forma liturgica ha ancora oggi una grande popolarità, e in alcune chiese siriache dell'Iraq viene celebrata diverse volte durante l'anno e applicata come suffragio per i defunti.

Il testo ha come sfondo generale il brano evangelico:  "Poi (uno dei malfattori) aggiunse:  Gesù, ricordati di me, quando andrai nel tuo regno. Gesù gli rispose:  In verità ti dico, oggi, sarai con me in paradiso" (Luca, 23, 42-43). Nelle sette prime strofe è riassunta tutta la redenzione di Cristo:  per mezzo della sua croce gloriosa il ladro - Adamo, l'umanità - viene riportato in paradiso. In tutte le liturgie dell'Oriente cristiano, infatti, la Pasqua di Cristo è la sua risurrezione dai morti, dal sepolcro, che suppone la sua discesa negli inferi per tirarne fuori Adamo e tutta la sua discendenza.
Nel dialogo vi è poi uno stretto legame tra Regno e Eden:  il luogo da dove Adamo è stato espulso e il regno promesso da Cristo al ladro sulla croce vengono collegati, e le parole di Cristo non sono "sarai oggi nel paradiso", come nel testo di Luca, ma "sarai oggi nell'Eden". Spicca la centralità della croce come chiave di apertura dell'Eden:  così le ragioni presentate dal cherubino sono legate all'antica alleanza, mentre quelle del ladrone sono nate dalla nuova alleanza nella croce di Cristo. Per il cherubino colui che arriva è un ladro; il ladrone riconosce invece la sua colpevolezza:  "Sono stato un ladrone", ma cambiato e redento. Per il cherubino, l'Eden è un luogo terribile, mentre per il ladro il luogo terribile è il Golgota, la croce di Cristo. L'Eden per il cherubino è un luogo chiuso, per il ladrone è stato aperto da Cristo, con lo sviluppo dell'idea paolina del debito di Adamo cancellato da Cristo sulla croce. Ma vi è pure il tema dell'espulsione dal paradiso e del rientro in esso attraverso le immagini neotestamentarie del ritorno del figlio prodigo e del ritrovamento della pecora smarrita.
Nell'Oriente cristiano fortunatamente non c'è spaccatura tra teologia, liturgia e spiritualità, e la liturgia di ogni Chiesa cristiana orientale è il luogo dove quella chiesa professa, celebra e vive la sua fede. E nella celebrazione pasquale il Dialogo tra il Cherubino e il Buon Ladrone mostra come una Chiesa cristiana è riuscita a presentare e vivere la propria fede nel cuore della liturgia:  il mistero della redenzione operato da Cristo per mezzo della sua croce.



Nota: Gentileza del Padre Manuel Nim, previamente Publicado en Osservatore Romano, año 2008

miércoles, 3 de abril de 2013


La Epifanía en Oriente
La Epifanía es una fiesta litúrgica  presente en todas las liturgias cristianas, que celebra la manifestación del Verbo de Dios encarnado, en un contexto a la vez trinitario y cristológico. Celebrada ya en Oriente probablemente a mitad del siglo III, conmemoraba las diversas manifestaciones del Señor al mundo. Cuando en el siglo IV el Nacimiento de Cristo fue llevado también como celebración cristiana al 25 de diciembre, el contenido de la fiesta del 6 de enero se centró en la manifestación de Cristo con ocasión de su bautismo en el Jordán, es decir la segunda manifestación del Salvador a los hombres, y que tuvo lugar al inicio de su vida pública, una manifestación que se perfila más con un carácter claramente trinitario, en la que el Padre hace sentir su voz sobre el Hijo y el Espíritu Santo desciende bajo forma de paloma. El 6 de enero es además un día en el que, a partir del siglo IV, los catecúmenos eran bautizados, al igual que en la celebración de Pascua. Los textos litúrgicos de las diversas liturgias orientales resumen muy bien los principales misterios de la fe cristiana: el misterio trinitario, la encarnación del Verbo de Dios, la redención para los que reciben el bautismo. A este evento miran las celebraciones litúrgicas de todas las tradiciones cristianas de Oriente, especialmente con la gran bendición de las aguas que recuerda y celebra el bautismo de Cristo y de cada uno de los fieles cristianos.

En estas páginas queremos poner en relieve algunos aspectos teológico-litúrgicos de la Epifanía en la tradición bizantina. La fiesta del 6 de enero es una celebración litúrgica considerada en todas las Iglesias Orientales una de las 12 grandes fiestas[1], y como tal tiene una pre-fiesta que inicia el 2 de enero y una post-fiesta (octava) que acaba el día 14 de enero. Con los días de preparación y la subsiguiente octava, la tradición litúrgica bizantina quiere poner en relieve como la comunidad cristiana se prepara, teniendo a la liturgia como pedagoga, a la celebración de un gran evento de salvación, y como lo vive en el arco de 8 días, para subrayar la plenitud a la que el misterio celebrado deve llevar a la Iglesia que lo celebra y lo vive[2].
Como celebración litúrgica nos centraremos solamente en estas páginas en los días 5 y 6 de enero. En los días que preceden a la fiesta, a partir del 2 de enero, algunos troparios[3] introducen ya en un modo pedagógico a los grandes temas de la fiesta en cuestión:
Cristo se muestra, Dios se manifiesta... Jordán alégrate... Como podré yo (Juan Bautista) acercar mi mano al fuego, mano de barro. El Jordán se retira, oh Salvador, y como podré yo imponer mi mano sobre la cabeza que hace tremar a los serafines? (2 de enero, vísperas).
A través de los textos pre festivos la liturgia lleva de la mano, conduce a los fieles al misterio que se celebra:
Como lámpara a la luz, como rayo al sol, como amigo al esposo, como precursor al Verbo, lleva a cabo, o profeta, tu servicio... llega la iluminación, se manifiesta la redención en el Jordán, corramos juntos hacia la purificación cantando himnos vigiliares...Dios entre los hombres, luz en el Jordán... (4 de enero, vísperas).
La gran vigilia de la Epifanía, el día 5 de enero, en los libros litúrgicos bizantinos viene llamada “paramonì[4] de las luces” o de la Epifanía. Dejando de lado las vísperas y el orthros (celebración conjunta de los maitines y laudes) del 5 de enero, merecen una atención especial en ese día la celebración de las “Grandes Horas” de prima, tercia, sexta y nona, y ya al final del día las vísperas de la Epifanía y la Divina Liturgia de San Basilio. En primer lugar las “horas menores” vienen llamadas “Grandes Horas” porque sin modificar la propia estructura litúrgica la enriquecen con salmos propios que la tradición bizantina lee en clave claramente cristológica, con lecturas del Antiguo y del Nuevo Testamento, y con una perícope evangélica para cada una de estas Grandes Horas. Indicamos a continuación la lista de salmos y lecturas para cada una de las horas, para poner en relieve la dimensión cristológica con la que la tradición bizantina escoge, lee e interpreta los textos de la Sagrada Escritura del Nuevo y sobretodo del Antiguo Testamento.
Hora de prima. Salmos[5]: 5; 22; 26. Lecturas: Is 35, 1-10; Hechos 13, 25-33; Mt 3, 1-6.
Hora de tercia. Salmos: 28; 41; 50. Lecturas: Is 1, 16-20; Hechos 19, 1-8; Mc 1, 1-8.
Hora de sexta: Salmos: 73; 76; 90. Lecturas; Is 12, 3-6; Rm 6, 3-11; Mc 1, 9-11.
Hora de nona: Salmos 92; 113; 85. Lecturas: Is 49, 8-15; Tit 2, 11-14; 3, 4-7; Lc 3, 1-18.
Los salmos propios de cada una de las horas ponen en relieve la centralidad del Jordán y de la luz como lugar en la que el Señor lleva a término su manifestación y su salvación para con los hombres: salmos 26, 28, 113... Las profecías mesiánicas de Isaías en cada una de las cuatro horas ponen en relieve la renovación y la redención que tienen lugar a través de la manifestación de la divinidad del Verbo de Dios encarnado. Las perícopes apostólicas y evangélicas se centran más en el tema bautismal. Los troparios de estas Grandes Horas ponen en evidencia el lugar ocupado por el Jordán (las aguas), y la “humillación” (kenosis) del Verbo de Dios que se hace siervo:
Hoy se santifica la naturaleza de las aguas, se divide el Jordán... viendo el Soberano que se purifica... Tu vienes, Señor, tomando forma de siervo, para pedir el bautismo, tu que no conoces el pecado... Acercándose hoy a las orillas del Jordán, el Señor anuncia a Juan: Bautízame sin temor, porque vengo para salvar a Adán el primer creado... (troparios de la hora de prima). Dice el Señor a Juan Bautista: profeta, acércate y bautiza a Aquél que te ha creado, que ilumina con su gracia y a todos purifica. Toca sin dudar a mi cabeza divina... (troparios de la hora de sexta).
La celebración propiamente dicha de la Epifanía inicia con las vísperas, a las que sigue sin solución de continuidad la Divina Liturgia con la anafora de san Basilio[6]. Las lecturas bíblicas previstas para las vísperas son: Gen 1, 1-13; 2Re 2, 6-14; 2Re 5, 9-14; 1Co 9, 19-27; Lc 3, 1-19. Dos troparios se cantan entre la primera y la segunda de las lecturas, y entre la segunda y la tercera; son troparios que claramente subrayan la clave de lectura cristológica del texto veterotestamentario que ha sido proclamado:
Te has manifestado al mundo, tu que lo has creado, para iluminar a aquellos que estàn sentados en las tinieblas. O filántropo, gloria a ti[7] (vísperas, primer tropario a las lecturas). En la riqueza de tu misericordía te has manifestado a pecadores y publicanos, o nuestro Salvador. Y donde podía brillar tu luz sino entre aquellos que están en las tinieblas? Gloria a ti (vísperas, segundo tropario).
Los textos himnológicos de vísperas y del orthros son obra de los grandes himnógrafos bizantinos que encontramos en el arco cronológico que va del siglo VI, Romano el Melodo, passando por Sofronio de Jerusalén (+ 638), Andrés de Creta (+ 740), Germán de Constantinopla (+ 733), Juan Damasceno (+ 750), Cosmas de Maiuma (+ 752), hasta el siglo IX con José el Himnógrafo. Los troparios de vísperas subrayan especialmente el estupor y la maravilla de Juan Bautista y de toda la creación: ángeles, firmamento, las aguas del Jordán... ante la manifestación humillada y humilde de Cristo que se acerca al bautismo:
Viendo el precursor a aquél que es nuestra luz, que ilumina a todos los hombres, que se acerca para recibir el bautismo, se alegra en su alma, tiembla en su mano... Los ejércitos de los ángeles temblaron al ver a nuestro Redentor bautizado por un siervo, recibiendo el testimonio de la presencia del Espíritu... Las aguas del Jordán te han acogido a ti, que eres la fuente, y el Paráclito ha bajado con forma de paloma. Inclina la cabeza aquél que hace inclinar a los cielos. Grita la arcilla a aquél que lo ha plasmado: soy yo que necesito tu bautismo... (vísperas, troparios del lucernario).
Por lo que se refiere al orthros, la perícope evangélica que se lee es la de Mc 1, 9-11, ya leída precedentemente en la grande hora de sexta. El canon matutino[8] es una larga poesía atribuída a Cosmas de Maiuma con dos troparios atribuidos a Romano el Melodo; a lo largo del texto encontramos toda la temática de la Epifanía desarrollada a partir del cántico veterotestamentario en el que el texto se apoya e inspira:
Ode 1, cántico de Moisés Ex 15, 1-19. En las olas del Jordán, el Señor crea de nuevo a Adán que se había corrompido... el Rey de los siglos, el Señor grandemente glorificado(Ex 15,1)... Con la carne material, revestida del fuego inmaterial de la divinidad, se inmerge en las olas del Jordán, el Señor encarnado de la Virgen, grandemente glorificado(Ex 15,1).
Ode 3, cántico de Ana 1Sa 2, 1-10. Estéril un tiempo, con amargura sin hijos, hoy alégrate, Iglesia de Cristo: porque del agua y del Espíritu te han nacido hijos que con fe aclaman: nadie es santo como nuestro Dios, no hay justo sino tu, Señor(1Sa 2,2).
Ode 4, cántico de Habacuc Ha 3, 1-10. Ha oído Señor a tu voz(Ha 3,2) aquél que tu llamaste voz de uno que grita en el desierto, cuando te has hecho sentir sobre las grandes aguas para dar testimonio de tu Hijo, por medio del Espíritu...
De los dos troparios atribuidos a Romano el Melodo transcribimos el segundo, en el que el poeta bizantino resume la teología de la redención a través de imágenes bíblicas y poéticas de extraordinaria belleza:
Para Galilea de las gentes, para la región de Zabulón y para la tierra de Neftalí, como dijo el profeta, ha surgido una gran luz (Is 8, 23-9,1), Cristo: para aquél que estaba en las tinieblas ha aparecido como fúlgido resplandor, fulgurante en Belén. O mejor dicho: naciendo de María, el Señor, sol de justícia (Mal 3,20), expande por toda la tierra sus rayos luminosos. Venid, hijos de Adán que estábais desnudos (Ge 3,7), venid todos, revistámonos de Él que nos vivifica con su calor: sí, como refugio para los desnudos y luz para los ciegos, tu has venido, te has mostrado, tu que eres la luz inaccesible (1Ti 6,16)[9].
Otro texto de la celebració litúrgica de la Epifanía en la tradición bizantina es la gran bendición de las aguas, celebrada o al final de vísperas o al final de la Divina Liturgia del mismo día 6 de enero, y que se celebra o en el bautisterio o en un lugar donde se coloca un recipiente con agua abundante. El texto de la oración para la consagración del agua se atribuye a Sofronio de Jerusalén (+ 638), y es un largo texto con un carácter literario y teológico claramente anafórico y con una estructura de celebración litúrgica a se stante, aunque se celebre sin solución de continuidad con las vísperas o con la Divina Litúrgia. Subrayamos algunos aspectos importantes de este texto. Después de los troparios iniciales, tomados de la misma liturgia del 6 de enero, se proclaman las tres profecías: Is 35, 1-10; 55, 1-13; 12, 3-6, tomadas la primera y la tercera de las grandes horas de prima y sexta; sigue 1C 10, 1-4, y el evangelio Mc 9, 1-11. Sigue al evangelio la gran letanía díaconal en la que se añaden diversas peticiones que tienes ya un carácter claramente epiclético de invocación del Espíritu Santo para la consagración de las aguas: Para que sea santificada esta agua con la virtud, la fuerza y la venida del Espíritu Santo... Para que descienda sobre estas aguas la acción purificadora de la Santísima Trinidad... Para que nosotros seamos iluminados con la luz del conocimiento y de la piedad por la venida del Espíritu Santo... Para que esta agua se convierta en don de santificación, lavado de los pecados para purificación del alma y del cuerpo... Esta letanía, cantada por el diácono, contiene ya en modo muy explícito la petición para que el agua, por el don del Espíritu Santo, se trasmute en fuente de perdón, de purificación y de vida nueva para los cristianos.
La oración para la consagración del agua inicia con una primera parte a modo de prefacio, en la que el sacerdote enumera en la alabanza los atributos de la Trinidad divina[10]: diez atributos que encontramos presentes también en las anáforas de san Juan Crisóstomo y de san Basilio: Trinidad sobresustacial, divinísima, buenísima, omnipotente, invisible, omnividente, creadora... El texto pasa enseguida a dirigirse a Cristo, con títulos cristológicos que denotan que es un texto que surge un contexto claramente calcedoniano[11]: Señor, amigo de los hombres, omnipotente, rey, Hijo unigénito, nacido sin padre de la Madre, y sin madre del Padre... En la fiesta precedente[12] te contemplamos niño, en esta te vemos llegado a la perfección, manifestado como Dios nuestro perfecto. El texto de la oración prosigue con la enumeración de los hechos salvíficos celebrados en la fiesta; a lo largo de 24 invocaciones, repitiendo la forma “Hoy” al inicio de cada frase, el texto describe no solo lo que ocurrió a lo largo de la historia de la salvación y que hoy se conmemora, sino que el “Hoy” toma de por si una fuerza de actualización en la celebración y en la vida de la Iglesia que celebra este misterio[13]:
Hoy la gracia del Espíritu Santo, en forma de paloma  desciende sobre las aguas... Hoy aquél que es increado es tocado por las manos de su criatura... Hoy las orillas del Jordán se transforman en medicina de vida gracias a la presencia del Señor... Hoy somos rescatados d ela tiniebla y llevados al conocimiento divino...
Sigue la alabanza hecha por el sacerdote y repetida tres veces por la enumeración de los prodígios salvíficos:
Grande eres, o Señor, y tus obras son prodigiosas, y no hay palabra capaz de alabar a tus maravillas.
Dos frases del sacerdote con carácter epiclético invocan la santificación de las aguas:
Tu, Señor, Rey y amigo de los hombres, sé presente ahora por la venida de tu Espíritu Santo y santifica esta agua (repetida tres veces). Tu, Señor, santifica ahora esta agua con tu Espíritu Santo (repetida tres veces).
Acabada la oración consacratoria, el sacerdote toma una cruz manual, junto con un ramo de hierbas aromáticas, y la introduce tres veces hasta el fondo del agua consagrada, cantando tres veces el tropario propio de la fiesta de la Epifanía:
Bautizado en el Jordán, oh Señor, se manifestava la adoración de la Trinidad. La voz del Padre te llamaba Hijo predilécto, y el Espíritu Santo con forma e paloma confirmaba la palabra infalible. Cristo Dios nuestro que hoy te has manifestado y has iluminado el mundo, gloria a ti.
Acabada la consagración del agua, los fieles pasan a besar la cruz que les presenta el sacerdote mientras son aspergidos con el agua consagrada. La piedad popular añade la tradición del llevarse consigo a las propias casas agua consagrada en esta celebración. Como indicábamos al inicio, la celebración de la Epifanía tiene una octava que se concluye el día 14 de enero.
La riqueza de los textos litúrgicos bizantinos de la fiesta del 6 de enero nos permitiría de poner en evidencia diversos aspectos. Subrayamos como conclusión solo tres de ellos.
En primer lugar la celebración de la Epifanía como manifestación de la divinidad sobretodo en clave trinitaria; el bautismo de Cristo en el Jordán manifiesta sì la revelación del Verbo de Dios, pero incluye necesariamente la del Padre y la del Espíritu Santo. La centralidad cristológica de la gran oración de la consagración del agua no puede hacernos olvidar que la mayoría de los troparios del oficio del 6 de enero subrayan la manifestación de la Trinidad.
En segundo lugar la celebración de la Epifanía pone en relieve la obra salvífica de Cristo manifestada ya en su bautismo, y llevada a término a través de su humillación, es decir de su encarnación y de su venida al Jordán vistas en clave de “kenosi”.
En tercer lugar la celebración de la Epifanía significa también la comunicación a los hombres de la gracia del Espíritu Santo por medio del agua del bautismo; en las aguas del Jordán Cristo ha vencido al maligno y, como consecuencia también nosotros a través del agua santificada somos salvados, santificados, configurados a la misma victoria de Cristo.
A travès de la lectura y sobretodo de la celebración de los textos litúrgicos bizantinos, hemos visto como la Epifanía de nuestro Señor Jesucristo se centra en el hecho de su bautismo en el Jordán. En este bautismo la tradición bizantina contempla la manifestación de la divinidad, la de Cristo en modo especial, sin separarla de la de las otras dos Personas de la Santa Trinidad.

P. Manuel Nin osb
Rettore
Pontificio Collegio Greco
Roma



[1] Las 12 grandes fiestas concretamente en la tradición bizantina son: la Natividad de la Madre de Dios (8-IX), la Exaltación de la Santa Cruz (14-IX), la Entrada de la Madre de Dios en el Templo (21-XI), el Nacimiento de Cristo (25-XII), la Epifanía (6-I), la Presentación de nuestro Señor Jesucristo (2-II), la Anunciación (25-III), Pascua, Ascensión, Pentecostés, la Transfiguración (6-VIII) y la Dormición de la Madre de Dios (15-VIII).
[2] Este es el sentido de las vigilias y de las octavas que encontramos en todas las Liturgias Cristianas de Oriente y de Occidente.
[3] El tropario es una composición poética o en prosa propia de la tradición bizantina que describe y canta el misterio de la fiesta que se celebra.
[4] El término griego “paramonì” indica que los fieles “se paran”, “se quedan”, “permanecen” –en el sentido de vigilar en la oración-, preparándose a la celebración de día siguiente festivo.
[5] La numeración de los salmos corresponde a la de la Vulgata. Nótese que los salmos 5 (prima), 50 (tercia), 90 (sexta y 85 (nona), que hemos indicado en cursivo, son algunos de los salmos fijos para estas horas a lo largo del año, mientras que los otros dos de cada hora son propios de la vigilia de la Epifanía.
[6] La tradición bizantina en la celebración eucarística usa durante todo el año la anáfora de San Juan Crisóstomo, excepto 10 días en los que usa la de San Basilio: vigilia de Navidad (24-XII), 1 de enero que celebra la fiesta de San Basilio, vigilia de la Epifanía (5-I), los cinco domingos de la Gran Quaresma, el Jueves Santo y el Sábado Santo.
[7] El tropario se repite cuatro veces intercalando los versículos del salmo 3; la lectura veterotestamentaria precedente ha sido un fragmento de la narración de la creación en el libro del Génesis.
[8] En la tradición litúrgica bizantina, el cánon matutino es una composición poética estructurada en nueve odas o cánticos que siguen y se inspiran en los nueve cánticos del Antiguo Testamento cantados o recitados después de la lectura del evangelio matutino. La mayoría de estos cánticos veterotestamentarios coinciden con los usados por la liturgia romana en el oficio de laudes. En la tradición bizantina pero el cántico noveno lo constituyen, en un único texto, los cánticos de Lc 1, 46-55 (Magnificat) y de Lc 1, 68-79 (Benedictus).
[9] Como la mayoría de troparios bizantinos, éste de Romano es una composición hecha con un entretejido de citas bíblicas implícitas y explícitas de las que el autor, y la Iglesia que las canta, hace una exégesis espiritual y cristológica. Interesante notar la contraposición hecha entre la primera y la segunda parte del tropario, con la introducción de la manifestación del Verbo de Dios a partir de su nacimiento de María. La luz profetizada por Isaías se manifiesta en el Verbo hecho hombre. La desnudez y el frío de Adán y de su prole el poeta teólogo la pone en relación con la desnudez de los que se preparan al bautismo y el calor, la vida, que viene del bautismo, del ser revestidos de Cristo.
[10] En la primera parte de la oración, brevemente el autor se dirije alabándola a la Trinidad; el resto del texto será claramente cristológico.
[11] El concilio de Calcedonia del 451 define las dos naturalezas divina e humana del Verbo de Dios encarnado.
[12] Referencia a la celebración del 25 de diciembre.
[13] Muchísimos de los troparios de las grandes fiestas bizantinas comienzan con el “simeron”, del mismo modo que diversas de las antífonas de la lituúrgia romana inician con el “hodie”. 

miércoles, 20 de marzo de 2013


Tradizione liturgica etiopica.
Bibliografia.
Abiy Add’i M., Il culto mariano nella Chiesa Etiopica, in Marianum 19 (1957) 254-265; Barsotti, D., Etiopia Cristiana, Milano 1939; Chaine, M., La chronologie des temps chrétiens de l’Egypte et de l’Ethiopie, Paris 1925 ; Daoud, M., The Liturgy of the Ethiopian Church, Addis Abeba 1954; Gharib, G., Testi Mariani del Primo Millennio, 4. Padri ed altri autori orientali, Roma 1991, pp. 833-1010; Hänggi, A.-Pahl, I., Prex Eucharistica. Textus e variis liturgiis antiquioribus selecti. Éditions Universitaires, Fribourg 1968, pp. 142-203; Nollet, G., Le culte marial en Ethiopie, in Maria 1 (1949) 363-416; Raineri, O., Etiopia, in Dizzionario Patristico e di Antichità Cristiane I, 1251-1261 ; Salaville, S., Le feste della Madonna in Etiopia, in Studia Orientalia Liturgica Teologica, Roma 1940, pp. 186-193.

Gli inizi del cristianesimo nell'Etiopia sono molto oscuri, benché ci sono in Etiopia cristiani certamente già nel IV sec., e il cristianesimo vi sembra arrivato per mezzo di missionari copti e siriaci. La Chiesa etiopica è stata sempre posta sotto la giurisdi­zione del patriarca di Alessandria fino al 1951 in cui ci fu il primo arcivescovo etiopico e nel 1959 il primo patriarca. I documenti liturgici del primo millennio non si sono conservati poiché furono distrutti dal re Amda-Sion (1314-1344) e dalle diverse invasioni islamiche. La lingua liturgica è il Ge'ez, e la liturgia non è semplicemen­te una riproduzione di quella copta, ma ha tanti influssi sia giudei sia siriaci.
La letteratura etiopica, prettamente cristiana, si sviluppa a partire dal V secolo all’inizio come letteratura di traduzione –testi biblici e patristici- e quindi come letteratura originale. Il periodo più fiorente per questa letteratura saranno i secoli XV-XVI, in cui la Chiesa etiopica sviluppa una letteratura teologica vera e propria. Malgrado le somiglianze e dipendenze dalla liturgia copta, quella etiopica ha degli aspetti veramente originali, sia nello svolgimento della liturgia sia nei testi dell’ufficiatura. I frequenti pellegrinaggi dei monaci etiopici a Gerusalemme portarono anche degli influssi liturgici provenienti dalla Città Santa, e dalle altre liturgie cristiane orientali.

La Madre di Dio nell’anno liturgico etiopico.
L’anno liturgico etiopico è molto simile a quello copto, diviso in due cicli, quello annuale attorno alla festa di Pasqua, e quello del calendario delle feste legato al santorale. La presenza della Madre di Dio sia nel calendario sia nella vita della Chiesa e del popolo etiopico è molto notevole; la tradizione che primo re nella dinastia regnante in Etiopia Menelik I sarebbe figlio del re Salomone e della regina di Saba, ne fa un antenato di Maria nella linea della discendenza davidica. Importante anche nella tradizione etiopica è il “Patto di Misericordia” stabilito tra Gesù e sua Madre per cui il Signore le avrebbe promesso di liberare dalle prove coloro che la invocassero e ne celebrassero la memoria; questo patto nella tradizione etiopica ha quasi un valore di testamento nell’economia divina di salvezza.
La letteratura etiopica sulla Madre di Dio nasce e si sviluppa soprattutto in campo liturgico, sia in testi originali sia in traduzioni dal greco, dal siriaco, dal copto e dall’arabo. Una notevole letteratura apocrifa scritta in etiopico contiene diversi aspetti mariani. L’esegesi liturgica etiopica privilegia inoltre una lettura mariologica del Cantico dei Cantici.
Le feste mariane dell’anno liturgico sono quelle della tradizione copta con delle aggiunte proprie della tradizione etiopica. Troviamo delle feste liturgiche legate alla vita della Madre di Dio: Natività (26 aprile), Dormizione (16 gennaio), Assunzione (22 agosto). Feste legate a miracoli adoperati dalla Madre di Dio; feste ancora legate a titolo mariani: Monte Sion (19 novembre), Patto di Misericordia (10 febbraio); feste legate a dedicazioni di chiese e santuari mariani; quindi le diverse commemorazioni mensili della Madre di Dio: Natività (primo giorno di ogni mese), Presentazione (terzo giorno di ogni mese), Patto di Misericordia (sedicesimo giorno di ogni mese).

La Madre di Dio nelle anafore etiopiche.
La liturgia eucaristica etiopica è divisa in tre parti: riti di preparazione, liturgia dei catecumeni e liturgia dei fedeli. La Madre di Dio occupa un luogo importante nella celebrazione liturgica, sia nelle due prime parti, sia anche nelle anafore. La Chiesa Etiopica ha quattordici anafore, di cui due della Madre di Dio, fatto che non troviamo nelle altre liturgie orientali o occidentali. La prima di queste due anafore porta il nome di “Anafora di Maria Vergine, Figlia di Dio”, ed è attribuita a Ciriaco di Bahnasa; la tradizione manoscritta di questa anafora rissale al XIV secolo. La seconda anafora mariana è un testo anch’esso rissalente al XIV secolo, attribuito ad un certo monaco Giorgio, e porta come titolo “Anafora di Nostra Signora, Profumo di Santità”. Sono anafore che vanno lette in un contesto chiaramente cristologico, nell’insieme della storia della salvezza, dall’Antico al Nuovo Testamento.
L’Anafora di Maria Vergine, Figlia di Dio è una lunga lode e confessione del disegno di Dio di salvare l’uomo per mezzo di Gesù Cristo attraverso la mediazione umana di Maria. Essa è l’avvocato che intercede presso suo Figlio per tutta la Chiesa. Le stesse invocazioni del Trisaghion vengono fatte in un contesto mariologico: Santo Dio Padre, che di te si dilettò, Santo il Figlio, che abitò nel tuo seno, Santo il Paraclito, che ti santificò e ti purificò. Il lungo prefazio prima del Santo è un’enumerazione del rapporto di Maria con suo Figlio, con i santi dell’Antico e del Nuovo Testamento, con la Chiesa. Troviamo delle immagini molto grafiche per indicare il suo ruolo nell’incarnazione del Verbo di Dio: Tu sei un’officina tessile, perché l’Emmanuele indossò da te la veste ineffabile della carne; dalla carne nata da Adamo egli fece l’ordito, mentre la tua carne ne fu la trama e la spoletta lo stesso Verbo… tessitore lo Spirito Santo. Queste immagini sottolineano fortemente una cristologia di stampo chiaramente alessandrino. Tutti i personaggi dell’Antico Testamento vengono evocati in rapporto a Maria: Tu sei la scala dalla terra al cielo… speranza di Adamo, pietà di Abele… arca di Noè… peregrinazione di Abramo… scala di Giacobbe, consolazione di Giuseppe… concezione verginale di Isaia…. La vita terrena viene anche evocata nel prefazio, a partire dai fatti narrati dagli apocrifi: concepita nella santità, dalle legittime e pure nozze di Gioacchino ed Anna, cresciuta ed allevata nel Tempio, data in sposa a Giuseppe, tempio dove si incarna il Verbo di Dio. Dopo il Santo l’anafora ripropone il Trisaghion con una lettura questa volta chiaramente cristologica, con i versetti aggiunti tipicamente anticalcedioniani: Santo Dio, santo forte, santo immortale, nato da Maria Vergine… battezzato nel Giordano… vivente ed immortale… abbi pietà di noi. Il soggetto dell’anafora passa al Figlio lungo la narrazione dell’istituzione, l’epiclesi e l’anamnesi.
La seconda delle anafore mariane, “Nostra Signora, Profumo di Santità”, è molto simile alla precedente; nel pure lungo prefazio è interessante di notare il collegamento di Maria con i santi dell’Antico Testamento e inoltre con ognuno degli apostoli: O Maria, chiavi di Pietro, tabernacolo del testamento di Paolo, maestra della visione di Giovanni, nave di salvezza di Andrea, forza di Giacomo… sorella degli angeli, figlia dei profeti, grazia degli apostoli.

P. Manuel Nin osb
Roma

jueves, 14 de marzo de 2013


Tradizione liturgica armena.
Bibliografia.
Agagianian, G., Il concilio di Efeso e il culto della Madre di Dio nella Chiesa armena, in Mater Dei (1930) 87-96 ; Botte, B., Lre Lectionnaire arménien et la fete de la Theotokos à Jérusalem au V siècle, in Sacris Erudiri 2 (1949) 111-122 ; Conybeare, F.C., Rituale Armenorum, Clarendon Press, Oxford 1905; Gharib, G., Testi Mariani del Primo Millennio, 4. Padri ed altri autori orientali, Roma 1991, pp. 535-664; Hänggi, A.-Pahl, I., Prex Eucharistica. Textus e variis liturgiis antiquioribus selecti. Éditions Universitaires, Fribourg 1968, pp. 319-344 ; Issaverdenz, J., The Armenian Liturgy, Venice 1873; Lapostolest, M., Liturgie de la Messe Arménienne, Venise 1851; Renoux, A., Le Triduum Pascal dans le rire arménien et les himnes de la Grande Semaine, in L'economie du salut dans la liturgie, Conférences de Saint-Serge, XVII Semaine d'études liturgiques, BEL Subsidia 25, Roma 1982, pp. 169-218 ; Id., Les premières manifestations liturgiques du culte des saints en Arménie, in Saints et sainteté dans la liturgie, Conférences de Saint-Serge, XXXIII Semaine d'études liturgiques, BEL Subsidia 25, Roma 1987, pp. 291-304.

La Chiesa Armena è una Chiesa che ha una storia essa stessa ricca e allo stesso tempo molto complessa, molto perseguitata e sottomessa a continui stermini. A livello liturgico si può dire che la liturgia armena ricevete molto influsso dalla Chiesa di Gerusalemme e di quella di Cappadocia; è una liturgia, quindi, di tradizione siro-antiochena con influssi venuti dalla liturgia della Cappadocia. La Chiesa armena nel 506 durante il concilio di Dvin, condanna solennemente quello di Calcedonia e forma la terza gran Chiesa anti calcedoniana. L'Armenia era stata evangelizza­ta sia da missionari venuti dalle regioni di lingua siriaca, sia da missiona­ri venuti dall'Asia Minore di lingua greca -il più famoso di loro è san Gregorio l'Illuminatore. Nel 390, sotto il catolicos Sahag il Grande, si spezzano definitiva­mente i legami con la sede di Cesarea di Capadocia; il monaco Mesrob(360-440) crea l'alfabeto armeno e traduce i libri santi e gli scritti principa­li della tradizione patristica.

La Madre di Dio nell’anno liturgico armeno.
Il calendario liturgico armeno è assai complesso; parte da quello che si potrebbe chiamare un principio di immobilità, oppure, se si preferisce, dalla precedenza dei giorni settimanali sui giorni fissi del calendario. Ci sono tre giorni dedicati esclusiva­mente al mistero della salvezza: la domenica, in cui viene commemorata la risurrezione del Signore ed in cui si possono celebrare soltanto le grandi feste del Signore se cadono nel giorno di domenica -Teofania, Pasqua, Trasfigurazione, Esaltazione della Santa Croce- e quelle più importanti della Madre di Dio -8 settembre, 21 novembre e 9 dicembre; il mercoledì in cui viene commemorata l'annunciazione; il venerdì in cui viene commemorata la crocifis­sione. Le feste dei santi vengono commemorate solo negli altri giorni e soltanto fuori dei grandi periodi del ciclo liturgico: Quaresima-Pasqua-Pentecoste.
Ci sono 8 tempi liturgici del ciclo annuale mobile: 1. Teofania, che va dal 6 gennaio fino alla settima domenica prima di Pasqua. Nella decima domenica prima di Pasqua inizia il "Digiuno dei catecumeni", che è un periodo pre quaresi­male. 2. Quaresima, che va dalla settima domenica prima di Pasqua fino al Sabato Santo incluso. 3. Pentecoste, che va dalla Pasqua fino alla domenica di Pentecoste. 4. Avvento dello Spirito, che è il periodo che va dalla Pentecoste fino alla domenica della Trasfigurazione. 5. Tempo delle rose, che va dalla domenica della Trasfigura­zione fino all'Assunzione. 6. Tempo dell'Assunzione, che va dalla festa dell'Assunzio­ne -che viene celebrata la domenica più vicina al 15 agosto- fino all'Esaltazione della Santa Croce. 7. Tempo dell'Esaltazione della Santa Croce, che va dall'E­saltazione della Santa Croce -che viene celebrata la domenica più vicina al 14 settembre- fino alla quinta settimana prima di Natale. 8. Tempo di preparazione per il Natale, periodo di cinque settimane.
La letteratura armena ha delle omelie sulle feste della Madre di Dio e quindi questa è la sua letteratura mariana. Maria è invocata col titolo di Madre di Dio, e se ne celebra soprattutto la verginità, il parto immacolato e la divina maternità. Collegata quindi alle feste liturgiche, l’innologia liturgica armena va legata ai nomi di: Gregorio di Narek, Nerses il Grazioso e Nerses Lampron.
Troviamo della Madre di Dio nel calendario armeno le celebrazioni seguenti: 8 settembre che celebra la Natività della Madre di Dio; il 21 novembre, l’Ingresso della Madre di Dio nel Tempio; la Concezione di santa Anna il 9 dicembre; la celebrazione fatta insieme di Natale ed Epifania il giorno 6 gennaio; l’Incontro il 2 febbraio; l’Annunciazione il 25 marzo; la V Domenica dopo Pentecoste il ritrovamento della veste della Madre di Dio; Dormizione della Madre di Dio il 15 agosto.

La Madre di Dio nelle anafore armene.
Attualmente la liturgia armena ha un’unico formulario per la celebrazione della Liturgia eucaristica, conosciuta come “Liturgia di nostro santo Padre Gregorio l’Illuminatore”, e adopera un’unica anafora attribuita a sant’Atanasio di Alessandria; a livello manoscritto ci sono testimonianze di una decina di anafore.
Gli accenni alla Madre di Dio sono pochi, e sempre viene invocata come colei che intercede presso il suo Figlio Gesù Cristo. Nelle preghiere che il sacerdote fa ai piedi dell’altare Maria viene invocata come interceditrice. Nel contesto cristologico dell’inno, viene cantata nel testo O Unigenito, che abbiamo trovato sia nella tradizione bizantina sia in quella siro-occidentale. Infine nelle intercessioni delle anafore, viene commemorata coi titoli di Madre di Dio, semprevergine, santa.

P. Manuel Nin osb
Roma

El Equipo de redacción de Orthros En El Desierto, agradece a Dios Nuestro Señor por haberse fijado en América Latina, y en Argentina, para elegir al sucesor de Pedro.
Este equipo, acompaña al nuevo Papa con sus oraciones y agradece al Papa Francisco su humildad y mansedumbre.



martes, 5 de marzo de 2013


Tradizione liturgica siro-maronita.
Bibliografia.
Dib, P., Histoire de l’Eglise Maronite, Beyrouth 1962 ; Id., Etude sur la liturgie maronite, Paris 1919 ; Doumith, M., Marie dans la liturgie syro-maronite, in Maria 1 (1949) 327-340 ; Gharib, G., Testi Mariani del Primo Millennio, 4. Padri ed altri autori orientali, Roma 1991, pp. 441-534; Hänggi, A.-Pahl, I., Prex Eucharistica. Textus e variis liturgiis antiquioribus selecti. Éditions Universitaires, Fribourg 1968, pp. 410-420 ; Hayek, M., Maronite (Eglise), in Dictionnaire de Spiritualité 10, 631-644 ; Id., Liturgie maronite. Histoire et textes eucharistiques, Paris 1964 ; Sfeir, N.P., Maria nella Chiesa Maronita, Roma 1972.

La liturgia della Chiesa Maronita è di stampo antiocheno, legata strettamente alla tradizione siro-occidentale, soprattutto per quanto riguarda l’anno liturgico; per questo rimandiamo a quanto detto sopra sulla tradizione siro-occidentale. La tradizione maronita, comunque, ha aggiunto la celebrazione di tre mesi dedicati specialmente alla Madre di Dio: agosto, collegato alla festa della Dormizione il giorno 15; maggio ed ottobre, entrati per influsso della Chiesa latina.
Nella tradizione maronita Maria è invocata sempre come colei che intercede per il suo popolo presso il suo Figlio. Due aspetti sono particolarmente presenti: la divina maternità di Maria e la sua verginità.

La Madre di Dio nelle anafore maronite.
La tradizione maronita tramanda una quindicina di anafore per la celebrazione dei Santi Misteri. La Madre di Dio vi occupa un posto importante, sia nelle parti comuni della celebrazione, sia nelle anafore e nelle litanie diaconali. Essa viene invocata come protettrice, interceditrice, sostegno dei fedeli. Nelle preghiere che precedono l’anafora Maria viene invocata con delle immagini prese molte dall’Antico Testamento: Madre dell’Onnipotente… Madre dell’Antico che precede il sole… Madre del Vasaio che formò Adamo dalla terra… Madre del Pittore che disegnò Eva e la diede ad Adamo….
All’interno delle anafore, Maria viene commemorata dopo l’epiclesi, assieme ai santi, ai martiri, agli apostoli. Nelle litanie diaconali, inoltre, Maria viene invocata ripetutamente col titolo di Figlia di Davide.

Tradizione liturgica copta.
Bibliografia.
Aranda, G., Maria y la predicacion del Evangelio. Alcunos rasgos de la literatura apocrifa copta, in Estudios Marianos 46 (1981) 161-176; Brackmann, H., La "Mystagogie" de la liturgie alexandrine et copte, in Mystagogie: pensée liturgique d'aujourd'hui et liturgie ancienne, conférences Saint-Serge, XXXIX Semaine d'Etudes Liturgiques, Paris 1992, BEL subsidia 70, Roma 1993, pp. 55-66 ; Gharib, G., Maria nella Chiesa copta, in Nuovo Dizionario di Mariologia, 1036-1038; Id., Testi Mariani del Primo Millennio, 4. Padri ed altri autori orientali, Roma 1991, pp. 665-832; Giamberardini, G., Il culto mariano in Egitto, 3 voll., Jerusa­lem 1975-1978 ; Hänggi, A.-Pahl, I., Prex Eucharistica. Textus e variis liturgiis antiquioribus selecti. Éditions Universitaires, Fribourg 1968, pp. 134-141 ; Jugie, M., art. Monophysite (Église Copte), VI. Vie liturgique et rituel, in DTC 10, coll. 2298-2303 ; Lanne, E., Textes et rites de la liturgie pascale dans l'ancienne Eglise copte, in L'Orient Syrien 6 (1961) 81-94 ; Lantschoot, A.V., L’Assomption de la Sainte Vierge chez les Coptes, in Gregorianum 27 (1946) 493-526; Viaud, G., La liturgie expression de la foi chez les coptes d'Égypte, in La liturgie expression de la foi, conférences Saint-Serge, XXV Semaine d'Etudes Liturgiques, Paris 1978, BEL subsidia 16, Roma 1979, pp. 311-314.

La Chiesa copta, come quella siro occidentale, è una Chiesa di confessione cristologica anti calcedoniana, legata al patriarcato di Alessandria. Le sue origini sono assai poco chiare; comunque è una Chiesa che si vuol fondata da san Marco, dunque di origini apostoliche. Certo è che nel 180 c'è un episcopato ben organiz­zato ad Alessandria con Demetrio come vescovo, ed una scuola teologica che darà come frutto il più grande teologo cristiano di tutti i tempi: Origene. La Chiesa copta, come d'altronde da canto suo quella siriaca, sarà fiorente anche in centri monastici. Lo sviluppo della letteratura in lingua copta avviene alla fine del III sec., e sopratutto durante il IV sec.; sarà da prima una letteratura di traduzione, ma subito diventa anche una letteratu­ra originale che pian piano si sviluppa di fronte ed anche in contrapposto con quella bizantina greca, predominante nella capitale, Alessandria. La lingua copta si sviluppa sopratutto accanto ai centri monastici come il Monastero Bianco e legata ai nomi di Pacomio (+346), Shenute (+466), Rufus di Shotep (fine VI sec.); sviluppa sopratutto il genere letterario delle omelie -dietro questo concetto ci sono omelie, commenti biblici, catechesi monastiche...- e delle traduzioni di testi dal greco. Dopo Calcedonia, la grande maggioranza della Chiesa copta diventa anti calcedoniana e già nel 537 c'è ad Alessan­dria un doppio patriarca­to: uno calcedoniano, fedele all'impera­tore, ed uno anti calcedoniano, che tiene sotto di se tutte le comunità copte ed i principali centri monastici.
La liturgia copta, come le altre liturgie orientali, è sempre espressione della fede della Chiesa; è una liturgia in cui le frequenti ripetizioni scandiscono questa professione di fede della Chiesa. Gli "amen", "noi crediamo", "noi confessiamo", "noi glorifichiamo" sono ripetuti a lungo dai fedeli; durante la settimana di Pasqua la formula "a te la gloria... Emanuele, nostro Dio e nostro Re..." viene ripetuto più di seicento ottanta volte dall'assemblea; la presenza dell'Emanuele, del "Dio con noi" è fortemente segnata nel popolo copto. Questa presenza dell'Emanuele, si trova anche nel rito che precede la comunione eucaristica, con l’esclamazione del sacerdote: Questo è veramente il Corpo e il Sangue dell'Emanuele nostro Dio, amen.
L’anno liturgico nella liturgia copta rispecchia la divisione dei periodi annuali della terra egiziana stessa. Il computo degli anni si conta secondo "l'era dei martiri", cioè comincian­do il 29 agosto 284, giorno dell'inizio del governo di Diocleziano. L'anno è diviso in 13 mesi: 12 di 30 giorni ed 1 di 5/6 giorni; ci sono 3 stagioni lungo l'anno, che scandiscono la vita del popolo e della stessa Chiesa: 1. Inondazione (dal 19 giugno al 19 ottobre); 2. Semina (dal 20 agosto al 18 gennaio); 3. Raccolta (dal 19 gennaio al 18 giugno).

La Madre di Dio nell’anno liturgico copto.
La presenza della Madre di Dio nella liturgia della Chiesa copta è notevole, e va legata alla venerazione del popolo copto verso la Theotokos (Madre di Dio), ed anche al legame della Chiesa copta con la cristologia di stampo cirilliano. In ambito ed in lingua copta abbiamo le testimonianze più antiche –III-IV secoli- del titolo cristologico Theotokos applicato a Maria nella antifona, poi passata alle altre tradizioni cristiane orientali ed occidentali, Sub tuum praesidium. L’enorme quantità di santuari dedicati alla Madre di Dio in Egitto va legata alla tradizione del soggiorno della Sacra Famiglia in questa terra (cf., Mt 2, 13-14. 19-23); molti dei monasteri egiziani, soprattutto dopo il concilio di Efeso (431) vengono dedicati alla Madre di Dio. Il soggiorno egiziano della Sacra Famiglia porta ad uno sviluppo dell’interesse della letteratura copta verso gli apocrifi legati all’infanzia di Cristo. La letteratura copta possiede un’abbondante letteratura omiletica di contenuto mariano, legata ai grandi nomi dei Padri sia di tradizione alessandrina che antiochena: Cirillo di Alessandria, Giovanni Crisostomo, Efrem il Siro, Giacomo di Sarug. Tra i testi della liturgia sono importanti per il loro contenuto mariologico i tropari chiamati theotokia (della Madre di Dio), nei quali, sempre in un contesto cristologico, si canta il ruolo della Madre di Dio nei misteri della salvezza.
Nell’anno liturgico copto troviamo diverse feste della Madre di Dio; molte di esse sono legate alla dedicazione di molti santuari in Egitto, legati a luoghi “di passaggio” della Sacra Famiglia. Altre feste sono in comune con Cristo stesso, come l’Annunciazione, il Natale, la Presentazione al Tempio, la Fuga in Egitto. Alcune delle feste mariane la Chiesa copta le ha in comune con le altre Chiese cristiane: la Natività della Madre di Dio (8 settembre), l’Ingresso nel Tempio (21 novembre), la Dormizione (16 gennaio), l’Assunzione (22 agosto); la Chiesa copta celebra quindi la morte e l’Assunzione della Madre di Dio separatamente. Il 21 di ogni mese nel calendario copto si commemora la Dormizione della Madre di Dio. Specialmente dedicato alla Madre di Dio è il mese che precede la festa del Natale, con un periodo di digiuno che viene anche chiamato “Digiuno della Madre di Dio”. I testi liturgici copti insistono è nella verginità e nella divina maternità di Maria, nella linea della cristologia cirilliana della scuola alessandrina; Maria è veramente madre di Cristo come Dio, come uomo, ed anche questa sua maternità si estende a tutti i fedeli. Maria viene vista anche nella letteratura copta come colei che intercede, media, tra Cristo ed i fedeli. Come Cristo, anche Maria, dopo la sua morte, non ebbe la corruzione del sepolcro; dopo 206 giorni dalla sua morte l’anima di Maria si riunì al suo copro e fu glorificata in cielo.

La Madre di Dio nelle anafore copte.
Nella liturgia copta vengono usate tre anafore che sono: l'anafora di San Basilio, che è una traduzione abbreviata di quella greca; la di San Gregorio di Nazianzo e quella di San Cirillo, le due prime di tradizione antiochena, mentre la terza è di tradizione alessandrina. In questi testi Maria viene invocata con dei titoli presi della Sacra Scrittura ed applicati con una lettura cristologica. Oltre ai titoli Madre di Dio, semprevergine, tuttasanta… la troviamo invocata come incensiere d’oro che contiene il profumo (Cristo)… turibolo d’oro che contiene il carbone ardente…. Nelle tre anafore la Madre di Dio viene commemorata dopo l’epiclesi tra i santi. Nella confessione di fede eucaristica prima della comunione, viene collegato direttamente il corpo eucaristico di Cristo col corpo che prese da Maria: Credo, credo, credo e confesso fino all’ultimo respiro, che questo è il corpo vivificante, tuo Figlio unigenito, nostro Signore, Dio e Salvatore Gesù Cristo. Egli lo prese dalla nostra Signora e Regina di tutti noi, la Madre di Dio, la santa e immacolata Maria, e lo fece uno con la sua divinità senza confusione, senza mescolanza, senza cambiamento… Infine nel canto di comunione, si riprende questo collegamento tra l’Incarnazione e l’Eucaristia: Tu anche, o Maria, hai portato nel tuo grembo la manna spirituale che viene dal Padre. Lo hai portato senza macchia, ed egli ci ha donato il suo corpo ed il suo sangue prezioso. Per questo noi ti magnifichiamo degnamente con inni profetici.
P. Manuel Nin osb
Roma